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Así Es la Vida de Juan García Ábrego Después de 30 Años Encerrado en la Prisión Más Extrema de EE.UUd

Así Es la Vida de Juan García Ábrego Después de 30 Años Encerrado en la Prisión Más Extrema de EE.UUd

Imagina tener ranchos gigantescos, caballos de carreras, empresas millonarias y una fortuna de más de 2,000 millones de dólares. Imagina caminar por Monterrey sin escoltas, aunque el FBI te considere uno de los hombres más buscados del planeta. Nadie te toca. Nadie se atreve. Ese hombre era Juan García Ábrego y hoy, después de haber construido uno de los imperios criminales más poderosos de América Latina, vive encerrado en una celda de concreto en la prisión más extrema de Estados Unidos. Hoy vamos a descubrir

cómo vive realmente Juan García Ábrego después de haber pasado casi tres décadas encerrado. ¿Cómo funciona el sistema donde permanece aislado? ¿Y qué ocurre dentro de esas paredes que casi nunca se muestra públicamente? Pero eso no es todo. Quédate hasta el final porque también vamos a descubrir qué ocurre dentro de ese lugar para que incluso antiguos funcionarios aseguraran que pasar años ahí puede ser peor que la muerte.

 Pero primero necesitas entender quién era este hombre antes de que todo colapsara, porque sin ese contexto, nada de lo que vino después tiene el peso que merece. La historia de Juan García Ábrego no empieza con él, empieza con un hombre llamado Juan Nepomuseno Guerra, su tío que desde los años 30, en plena época de la ley seca en Estados Unidos, ya cruzaba tequila y whisky al otro lado de la frontera.

 Nepomuseno era lo que en ese tiempo se llamaba un contrabandista de oficio, alguien que conocía cada agujero en la frontera de Tamaulipas, que tenía tratos con quien había que tener tratos y que construyó durante décadas una red de contactos y sobornos que le permitía moverse con libertad a ambos lados. Cuando la ley seca terminó, el negocio no terminó con ella.

Nepomuseno diversificó autos robados, casas de apuestas, tráfico de personas, armas y eventualmente drogas. Cuando García Abrego era joven, ese tío ya era una institución del noreste mexicano, alguien a quien le debían favores políticos, judiciales y policiales en toda la región. Y fue ese tío quien le enseñó a su sobrino desde pequeño cómo funciona ese mundo.

 Pero García Ábrego no iba a conformarse con el negocio que heredó y la decisión que tomaría años después cambiaría para siempre el narcotráfico en México. Juan García Ábrego nació el 13 de septiembre de 1944, aunque el año, el lugar y hasta el país son parte de un misterio que lo persiguió toda su vida y que al final lo hundió.

Existe un acta de nacimiento mexicana que lo coloca en el rancho La Puerta a 22 km de Matamoros, Tamaulipas. Y existe un certificado de nacimiento del condado de Cameron en Texas, Estados Unidos, con el mismo nombre y la misma fecha, dos documentos, dos países, dos identidades. Por años esa ambigüedad fue su escudo.

Le permitía cruzar la frontera, moverse con relativa facilidad. Y cuando las autoridades mexicanas querían actuar, había siempre una pregunta sobre jurisdicción. Pero cuando fue capturado en 1996, esa misma doble identidad se convirtió en el mecanismo que lo sacó de México en cuestión de horas, sin proceso de extradición formal, sin que sus abogados pudieran hacer mucho, lo que fue su ventaja durante décadas se convirtió el día menos esperado, en la trampa perfecta.

Aunque para entonces García Ábrego ya había construido algo mucho más peligroso que una simple red de contrabando. De joven trabajó en el campo como su familia apenas terminó la secundaria, pero su tío Nepomuseno le fue pasando el negocio poco a poco y García Ábrego aprendió rápido que el crimen no funciona solo con violencia, sino con relaciones. Aprendió a pagar.

Aprendió a construir lealtades con dinero antes que con miedo, aunque el miedo también estaba siempre disponible cuando lo necesitaba, pero el movimiento que estaba a punto de hacer llevaría el negocio familiar a un nivel que ni las autoridades mexicanas entendían todavía. Sus primeras actividades documentadas incluyen el robo de autos y el tráfico de marihuana desde mediados de los años 70.

 Pero lo que realmente lo diferenció fue lo que hizo a principios de los 80 cuando tomó la decisión de entrar de lleno al tráfico de cocaína y de hacerlo no como mensajero, sino como socio. Esa decisión cambiaría la historia del crimen organizado en México de una manera que todavía se siente hoy, porque a partir de ese momento, García Ábrego dejó de mover droga para otros.

 empezó a construir algo mucho más grande. Cuando García Abrego formalizó su control sobre la organización que heredó de su tío, había una pregunta central que respondió de una manera que ningún narco mexicano había respondido antes. ¿Cómo dejar de ser un simple transportista y convertirte en dueño del negocio? La respuesta fue sentarse a negociar directamente con el cártel de Cali en Colombia y cambiar las reglas del juego.

Y cuando los colombianos aceptaron esa propuesta, el equilibrio del narcotráfico en América Latina cambió para siempre. Hasta ese momento, los mexicanos cobraban aproximadamente $1,500 por kilogramo de cocaína que cruzaban hacia Estados Unidos. García Abrego rechazó ese modelo. Exigió el 50% de cada cargamento como pago en especie en producto, no en efectivo.

 Eso significaba que los colombianos ponían la droga, él ponía la logística y al final cada uno se quedaba con la mitad para vender por su cuenta. Esa renegociación transformó a los mexicanos de empleados a socios y el cártel del Golfo pasó a ser una organización con su propia red de distribución en territorio estadounidense, con capacidad de colocar el producto directamente en diferentes ciudades.

 Para finales de los años 80 y entrados los 90, las estimaciones del gobierno de Estados Unidos situaban a la organización de García Ábrego, moviendo más de 300 toneladas métricas de cocaína al año a través de la frontera norte de México. La DEA calculaba en 1994 que sus ganancias anuales rondaban los 10,000 millones de dólar.

 La revista Fortune estimó que su imperio valía 15,000 millones. El Departamento de Justicia de Estados Unidos confiscó más de 53 millones de dólares entre 1989 y 1993 que estaban siendo lavados a través de empleados corruptos como evidencia directa de la escala de sus operaciones financieras.

 Y para poder garantizar el tránsito de esos cargamentos, García Ábrego había construido algo igual de valioso que la droga misma, una red de protección política y policial que abarcaba desde las calles de Tamaulipas hasta las oficinas más altas del gobierno mexicano. Eso explica por qué se paseaba sin escoltas. No los necesitaba.

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