o alguien con dinero queriendo hacerse el santo. Pero nadie los escuchaba. Todos estaban ocupados masticando pan con ojos agradecidos. Esa noche Elías no apareció, no pidió comida, no se recostó bajo el naranjo, no dejó rastros, pero en el altar junto al pan partido había una migaja pequeña, casi invisible, y sin embargo, brillaba bajo la luz temblorosa de la vela como si fuera oro.
El padre Gaspar la tocó con un dedo tembloroso. Se deshizo al instante, pero el olor que dejó era el mismo que flotaba en todo el pueblo, a trigo fresco, a milagro sin nombre. Los días siguientes, San Jerónimo de las Amapolas ya no era el mismo. Cada amanecer traía consigo algo nuevo, un saco de maíz frente a una puerta, un atado de leña seca apoyado contra un muro, un jarro lleno de leche tibia que nadie recordaba haber ordeñado.
Las manos que dejaban aquellas ofrendas seguían siendo un misterio. Nadie las veía, pero todos las sentían. La gente comenzó a cambiar. No por miedo ni por órdenes. Cambiaban como cambia el río cuando vuelve el agua. Don Braulio, que antes vendía el pan más duro del pueblo, empezó a dejarlo en canastas colgadas frente a las casas.
“Si alguien lo necesita más que yo, que lo tome”, decía encogiéndose de hombros. Las mujeres que antes escondían su poca harina como si fueran lingotes, ahora se reunían en los patios comunes para hacer tortillas juntas. Reían, cantaban canciones antiguas que ya no se escuchaban desde los tiempos de sus abuelas.
Y mientras tanto, los niños volvían a corretear por las calles, sus mejillas ya no tan hundidas, sus ojos menos apagados. Una mañana, mientras barría la entrada de la capilla, el padre Gaspar notó que algo más había cambiado. La puerta que durante años chirriaba como alma en pena, se abría ahora con suavidad. Las flores del altar antes marchitas parecían mantener su color por días.
Incluso las velas que solían consumirse en silencio parpadeaban con una luz serena casi viva. Esa misma tarde llegaron al pueblo unos forasteros. Eran tres, un hombre con sombrero alto, una mujer de vestido oscuro y un joven que apenas levantaba la mirada. Venían desde Santa Lucía, dijeron, y habían escuchado rumores extraños que en San Jerónimo nadie pasaba hambre, que allí los pobres comían sin preguntar de dónde venía el pan.
“Milagros”, preguntó el hombre escéptico. “De un mendigo.” Los vecinos no sabían que responder. Nadie había dicho esa palabra. Milagro. Sonaba grande, sonaba a iglesia de ciudad, a libro viejo. Elías seguía sin aparecer. Para algunos eso confirmaba la leyenda. Para otros era una prueba más de que todo era un invento. Pero nadie podía negar que desde aquella noche del pan seco algo se había movido en lo profundo del pueblo.
Doña Tomasa, con sus más de 80 años y su caminar lento, decía que lo que pasaba no era cosa de magia. Es fe, hijos, fe de la buena. La que no pide, solo ofrece. Y al decirlo, dejaba sobre el altar una mazorca envuelta en hojas verdes, como si ofrendara lo mejor que tenía. Un niño pequeño. Diego, que nunca hablaba con nadie desde que perdió a su madre, se acercó una mañana a la capilla con un dibujo hecho en una hoja de cuaderno viejo.
Era una figura con los brazos abiertos y un trozo de pan en la mano. La dejó sobre la base de la Virgen y se marchó sin decir palabra. Cada día llegaban más ofrendas, pero nadie traía oro ni joyas, solo lo que tenían una calabaza, una barra de jabón, una flor del campo, un cuenco de arroz. Era como si el pueblo entero hubiera entendido, sin decirlo, que los regalos más verdaderos no eran los más grandes, sino los más honestos.
Una noche, mientras el padre Gaspar recogía las velas, se detuvo al ver que la imagen de la Virgen tenía algo distinto. No era la expresión ni el color de la túnica, era su mirada. Antes sus ojos parecían fijos en el cielo, como escapando del dolor del mundo. Ahora, sin saber cómo miraban hacia el altar, hacia la gente, no dijo nada, solo se quedó allí en silencio, sintiendo una gratitud que no podía poner en palabras. Pero no todo era paz.
Algunos vecinos como Julián del Almacén comenzaron a hablar de organizar un comité. Esto se nos puede salir de las manos, decía. Si seguimos regalando comida, ¿quién va a comprar? Otros lo apoyaban. Decían que no había pruebas de nada, que alguien se estaba aprovechando de la situación para hacer política o negocio.
Empezaron a hablar con la gente en voz baja, sembrando dudas, repitiendo palabras como farsa, engaño, superstición. Una tarde apareció un visitante inesperado. Era un hombre alto, vestido de negro, con la barba recortada y un maletín. Venía de la ciudad. Decía ser periodista. Me interesa la historia del mendigo dijo mientras tomaba nota en su libreta.
¿Dónde está? ¿Tiene nombre completo? Fotos, familia, ¿algún testigo? Nadie supo qué decirle. y la comida han analizado su procedencia, ¿no será que alguien está financiando todo esto? La gente empezó a sentirse incómoda. El padre Gaspar intentó explicarle que no se trataba de pruebas, sino de algo más hondo, pero el periodista no escuchaba, solo buscaba un ángulo, una versión que vendiera.
Aquella noche hubo reunión en la plaza. Algunos pedían que se organizara todo, que se contaran los milagros, que se anotaran las ofrendas, que se hiciera una lista de beneficiados. Otros se oponían. Decían que el corazón no se puede poner en columnas ni en hojas contables. Y mientras discutían, una figura apareció en la penumbra apoyada contra el muro de la capilla.
Era Elías, flaco, encorbado con la misma barba, la misma mirada cansada, pero algo en él había cambiado. Su rostro ya no era el de un hombre vencido. Caminó despacio hasta el altar, se arrodilló y colocó otro pan seco frente a la Virgen. Luego se levantó y salió sin decir palabra. Nadie lo detuvo. Nadie se atrevió.
Cuando la puerta de la capilla se cerró detrás de él, el pueblo entero guardó silencio como si supieran que algo nuevo estaba por comenzar. Esa madrugada, la brisa que bajaba de los cerros trajo un aire fresco distinto, como si el campo respirara por primera vez en mucho tiempo. La niebla se coló por los callejones, cubrió los tejados de adobe y acarició los rosales secos del atrio con una ternura invisible.
Nadie lo sabía aún, pero la noche que Elías volvió a aparecer, algo más también había vuelto con él. Antes de que saliera el sol, don Hilario, el viejo campesino, que ya no cultivaba por culpa del reumatismo, abrió su puerta y se quedó inmóvil. Frente a su casa había un bulto cubierto por un costal. Lo levantó con esfuerzo.
Era un saco de semillas, maíz, grueso, amarillo, brillante, como el de antes, como el que ya no crecía. lloró en silencio, sentado en el umbral, abrazando el saco como a un hijo. Más arriba en el barrio alto, doña Clotilde Siega desde hacía años salió a tomar el aire. Siempre iba con su nieto, pero esa mañana lo hizo sola.
Al llegar al portal, se detuvo, olfateó el aire y dijo, “Me huele a poleo y pan dulce.” El nieto corrió a mirar encima del viejo tonel que usaban de mesa había una charola con bollos de aní y una ramita de poleo fresco. Ella sonrió sin ver. Ya vino él dijo. Lo sentí en el aire. Los rumores no tardaron en multiplicarse, que había agua en el pozo seco del norte, que la tierra de la cañada esa que no daba ni maleza, amaneció cubierta por un manto de verdor, que un burro desaparecido regresó solo con una manta sobre el homo y en el centro de todo
otra vez Elías. Pero él no hablaba, no explicaba, no daba discursos, simplemente aparecía, caminaba entre la gente como sombra que no deja huella y desaparecía antes de que alguien pudiera hacerle una pregunta. Solo dejaba lo mismo de siempre, un pan duro oscuro, envuelto en un trapo limpio, siempre frente a la Virgen, siempre en silencio.
En el altar de la capilla los panes empezaron a acumularse. No eran grandes, ni bellos, ni suaves, pero cada uno tenía algo inexplicable. Algunos decían que no se enmoecían, aunque pasaran los días. Otros juraban que uno solo bastaba para alimentar a una familia entera. La gente empezó a llegar desde fuera del pueblo.
Primero fueron los de San Isidro, luego los de Santa Clara, más tarde algunos de la esperanza. Caminaban durante horas bajo el sol, llevaban niños de la mano, bolsas vacías y oraciones atadas al corazón. Venían por pan, por fe, por esperanza. El padre Gaspar, que al principio dudaba, ya no tenía dudas. Cada vez que miraba a la Virgen, sentía que ella lo miraba también, no con reproche, sino con dulzura, como una madre que espera sin exigir, pero sin ceder.
“No lo entiendo, señor”, murmuraba cada noche mientras apagaba las velas. “Pero lo acepto. En la plaza la vida también se transformaba. Don Braulio ya no vendía el pan, lo repartía. Camila tejía mantas para los que llegaban. El viejo Julián, aunque renegaba, abría su almacén cada tarde para dar sal frijol y hasta jabón sin cobrar. Solo por esta vez, decía.
Pero esta vez se repetía cada día. Un amanecer, cuando las campanas de la capilla tocaron sin que nadie las moviera, se supo que había llegado alguien más. Una mujer de ciudad de cabello recogido, ropa elegante y manos que no conocían el surco. Llevaba un cuaderno grueso, una grabadora y una cámara colgando del cuello.
“Vengo a hacer un reportaje”, dijo. Necesito hablar con Elías. Pero Elías no apareció ese día, ni el siguiente, ni el otro. La mujer esperó en la plaza, habló con todos, tomó fotos, grabó voces, pero nadie pudo señalar una casa, un origen, una historia, solo el nombre, Elías y los panes. Cuando la periodista se rindió y partió en la camioneta que la trajo, dejó atrás una frase anotada en su cuaderno.

Aquí no buscan milagros, solo agradecen los que no piden nada. Esa noche el altar amaneció con algo distinto. No era pan, era una piedra pequeña lisa, blanca con una flor pintada a mano. Nadie supo quién la dejó. Pero todos entendieron su mensaje. No todo alimento va al estómago. Algunas cosas alimentan el alma. Desde entonces empezaron a llegar también otras ofrendas, cartas, dibujo de niños, cintas, peines, fragmentos de canciones escritas a mano, historias de dolor y esperanza enrolladas con hilo.
No se leía todo, pero se sentía. Pero no todos estaban contentos. Esa misma semana llegaron dos funcionarios enviados por el obispado. Traían papeles, sellos, protocolos. Hablaban de control de orden, de formalidad. Querían evaluar la imagen, constatar los hechos, determinar si aquello podía considerarse milagro oficial.
“La fe debe canalizarse correctamente”, dijo uno de ellos. El padre Gaspar los escuchó en silencio. Luego les ofreció un pan del altar sin decir palabra. Ellos no lo probaron. A la mañana siguiente se marcharon sin despedirse. Y al final de ese día, cuando el sol se escondía detrás de los cerros y el cielo se teñía de cobre, Elías volvió a aparecer.
Caminó hasta el altar, colocó otro pan y esta vez por primera vez habló. Ella no necesita permisos y luego se marchó. Elías no volvió a aparecer durante semanas. La gente lo esperaba en silencio cada atardecer, sentados en la capilla, en la plaza, en las piedras del camino, mirando el horizonte con una mezcla de resignación y deseo.
Pero solo llegaban los vientos, las noches seguían frescas, el pan seguía apareciendo, pero él no. Aún así, nadie dejaba de ir a la capilla, ni de orar, ni de dejar ofrendas. Al contrario, parecía que la ausencia de Elías fortalecía aún más esa llama que había despertado en cada casa, en cada gesto, en cada cuenco compartido.
El pueblo ya no esperaba un milagro, se había convertido en él. La capilla antes vacía, ahora rebosaba. Los bancos estaban siempre ocupados. En los muros colgaban pañuelos bordados, dibujos, nombres escritos con lápiz, velas encendidas a toda hora. hacían que el aire oliera acera y esperanza. Afuera el padre Gaspar había colocado un banco largo para los que ya no cabían adentro.
Allí muchos rezaban mirando al cielo, otros simplemente se quedaban en silencio. Una tarde, cuando el calor bajaba y los grillos comenzaban su canto, apareció un anciano que nadie conocía. Iba encorbado caminando con un bastón de madera retorcida. Llevaba un sombrero de palma y una mochila de cuero.
Se detuvo frente al altar, dejó a un lado su bastón y sacó con manos temblorosas un mendrugo de pan ennegrecido. No tengo más, dijo, pero esto me sostuvo en los caminos. Que sostenga ahora a alguien más. Lo colocó junto al pan fresco, se persignó y salió sin decir otra palabra. El padre Gaspar, que lo había observado desde el fondo, lo siguió. Hermano, espere.
¿De dónde viene usted? El viejo se detuvo. De muchos sitios, pero todos llevan a esta luz. ¿Conoció a Elías? El anciano sonrió apenas. A veces los santos no nacen santos, solo caminan mucho con hambre. Y continuó su camino perdiéndose entre las sombras del callejón. Esa noche un grupo de mujeres organizó la primera cena del pan compartido.
Llevaron mesas frente a la capilla, velas jarras de agua con limón, sopas sencillas y tortillas calientes. No había invitaciones. Nadie preguntaba quién trajo qué. Todos comían lo que había juntos. Como si el pan multiplicado por Elías hubiera aprendido a multiplicarse solo entre las manos de los que daban sin esperar.
Los niños ya no temían el silencio. Jugaban en la plaza con bolas de trapo, hacían rodar aros viejos, se perseguían entre los naranjos. Había risas otra vez, no porque todo fuera perfecto, sino porque algo dentro de ellos les decía que estaban acompañados. Y una noche, mientras la vela mayor del altar se consumía lentamente volvió a suceder.
La imagen de la Virgen que había permanecido quieta por años pareció cambiar. Sus labios, según dijeron algunos, estaban ligeramente curvados, sus ojos más abiertos, el paño sobre sus hombros parecía más limpio, más nuevo, pero no hubo luces celestiales, ni rayos, ni campanas mágicas, solo el murmullo de una brisa suave que recorría la capilla como una caricia antigua.
El padre Gaspar, con lágrimas en los ojos, se arrodilló frente a ella. Gracias por enseñarnos que el milagro no cae del cielo, se hornea en la tierra. A la mañana siguiente ocurrió algo inesperado. En las colinas al sur del pueblo, donde solo crecían piedras y espinas, brotaron flores, no una ni dos, sino cientos, pequeñas blancas con forma de estrella.
Nadie supo su nombre, nadie las había plantado. Los niños corrieron a recogerlas, las mujeres las trenzaron en coronas, los ancianos las llevaron a los difuntos. El padre Gaspar, al verlas, murmuró con voz entrecortada: “Son pan para el alma.” Ese mismo día llegó una carta sellada del obispado. Felicitaban al pueblo por su devoción ejemplar.
proponían incluir la historia de Elías en el registro local de devociones populares. Solicitaban pruebas, testimonios, fechas, documentos. Nadie respondió. El altar seguía abierto. Las puertas sin llave, las mesas llenas, el pan aparecía, Elías no. Pero un niño, el pequeño Diego, encontró una piedra pintada junto al tronco del mesquite más viejo del pueblo. Tenía una flor dibujada.
y una palabra escrita con caligrafía imperfecta, gracias. Y en el fondo todos lo supieron. No necesitaban verlo, porque Elías ya no era un hombre, era semilla, era sombra buena, era pan entre las manos, era todo lo que había quedado cuando lo demás se fue. Y mientras hubiera alguien que ofreciera un mendrugo en silencio, una flor al amanecer, una vela encendida sin esperar nada, el pueblo nunca volvería a tener hambre.
Pasaron los meses. El frío del invierno bajó desde las cumbres cubriendo las madrugadas con una escarcha delgada. En otros tiempos, el frío era una amenaza más una razón para encerrarse, para apretar los dientes y esperar que pasara. Pero aquel año fue distinto. El pueblo no tenía miedo. Las puertas no se cerraban con cerrojo.
Las ollas no se escondían, las manos no se negaban. Los fuegos seguían encendidos hasta tarde, calentando no solo el aire, sino los corazones. San Jerónimo de las Amapolas, había dejado de ser un sitio olvidado, no por aparecer en los mapas, sino porque sus propios habitantes ya no se olvidaban entre sí.
La tradición del pan continuaba. Cada noche, frente a la Virgen, alguien dejaba algo, una arepa, una empanada, un tamal envuelto en hoja tierna o a veces solo una vela. Y cada mañana sin falta, el altar tenía una nueva pieza de pan seco, nunca caliente, nunca recién hecho, pero siempre ahí, siempre envuelto en un trapo limpio.
El pan de Elías, nadie lo tocaba. Era como una señal, un recordatorio, un símbolo de que lo invisible también alimenta, que el alma como el cuerpo necesita alimento diario. Un día de enero, los niños del pueblo decidieron escribirle una carta a Elías, no porque pensaran que alguien la leería, sino porque querían hablar con él.
Cada niño escribió algo. Diego, que antes nunca hablaba, escribió con lápiz grande y torpe, “Gracias por enseñarnos que nadie es tan pobre como para no dar algo.” Colocaron la carta en una cajita de madera, la envolvieron con una cuerda y la dejaron bajo la imagen de la Virgen. A la mañana siguiente, la caja seguía allí, pero dentro ya no estaba la carta.
En su lugar había otra. Era un papel viejo doblado en cuatro, escrito con tinta desbaída y letra temblorosa. Nadie reconoció la caligrafía. La carta decía, “El pan no se termina cuando se acaba, se termina cuando se deja de compartir. Si alguna vez no tienen que dar en el silencio.
Si no tienen pan, den palabras buenas. Y si un día ya no sienten mi paso, búsquenme donde más duela, allí estaré.” Elías. El padre Gaspar leyó la carta en voz alta durante la misa del domingo. Nadie aplaudió, nadie lloró, pero todos se quedaron más tiempo después de que terminó sentados en los bancos, en silencio, como si no quisieran salir de ese momento.
Algunas semanas después, un joven llegó al pueblo. Venía desde muy lejos de una ciudad costera cargando una mochila rota y una guitarra vieja. Se llamaba Tomás. Había escuchado hablar de San Jerónimo por un anciano que encontró en un camino de tierra. No sabía muy bien que buscaba, solo sentía que debía llegar. La primera noche durmió bajo el alero de la capilla.
A la mañana siguiente, alguien le dejó una taza de café y un bollo envuelto en papel. Nadie dijo una palabra, pero Tomás comprendió. Se quedó. Poco a poco otros forasteros comenzaron a quedarse también. Algunos eran peregrinos cansados, otros gente rota, algunos buscaban consuelo, otros solo pan, pero nadie se iba igual que llegó.
Y con el paso del tiempo la capilla se amplió. No por decisión de nadie, simplemente la gente trajo madera, tejas, manos. Se levantó un pequeño comedor al costado, luego una estantería con ropa usada, después un huerto detrás. Cada cosa surgía porque sí, porque alguien lo pensó y otros lo hicieron. El pan, siempre el pan seguía llegando.
Una anciana ciega decía que lo oía caer en la madrugada como si el altar respirara. Un niño juraba haber visto una sombra dejarlo y desaparecer en el aire. Otros decían que era el propio aire el que lo depositaba allí, pero ya no importaba cómo, importaba que seguía. Un día, don Jacinto, el más viejo del pueblo, que ya apenas podía moverse, pidió que lo llevaran en su silla hasta la capilla.
Una vez frente al altar, levantó el rostro arrugado y dijo, “Yo vi morir a muchos. Vi secarse las tierras vaciarse, los estómagos apagarse las luces, pero jamás vi lo que vi aquí.” Y luego con una sonrisa frágil agregó, “Ahora puedo irme tranquilo, porque si Elías existe, nunca vamos a estar solos.” Esa misma noche, don Jacinto murió en paz con una vela encendida al lado y una rebanada de pan sobre su pecho.
Desde entonces, algunos comenzaron a dejar no solo pan, sino también nombres escritos en papelitos, nombres de vivos, nombres de muertos, nombres que se querían cuidar. Era como decirle a Elías, “Aquí estamos, no nos olvides.” Y así fue como San Jerónimo dejó de ser un pueblo pobre. No porque llegó el oro, ni la modernidad ni el progreso, sino porque su gente, sin saberlo, había descubierto la riqueza más difícil, la de dar sin medida.
Elías ya no volvió, o tal vez sí, pero de otra forma, en cada pan dejado con amor, en cada mantel compartido, en cada niño que ofrecía la mitad de su tortilla, en cada persona que se sentaba a escuchar sin interrumpir, en cada silencio lleno de compañía. Una madrugada, mientras barrían el atrio, dos niñas encontraron una piedra blanca con una flor azul pintada a mano.
Debajo una palabra, sigan. Y así lo hicieron. El calendario marcaba un año desde aquel primer pan. En San Jerónimo de las Amapolas, el cielo amaneció claro sin una sola nube. Las campanas de la capilla repicaron solas a las 6 en punto, como si supieran que no era un día cualquiera. Los vecinos comenzaron a salir de sus casas sin hablar mucho, algunos con velas, otros con flores.
Muchos llevaban panes envueltos en servilletas bordadas, no para comerlos, sino para compartirlos. Era el primer aniversario. No había procesiones ni fuegos artificiales, pero sí una certeza que atravesaba el aire. Algo los había tocado, los había cambiado para siempre. La misa fue sencilla. El padre Gaspar, ya con el cabello completamente blanco, se mantuvo en silencio por un largo rato antes de comenzar.

Sus ojos recorrían a la gente con emoción contenida. Luego con voz firme solo dijo, “Hoy no voy a hablarles de Elías. Pausa, porque Elías ya no está fuera de nosotros.” Y entonces, uno a uno, los vecinos comenzaron a acercarse al altar. Dejaban su pan, su nombre, su silencio, sus lágrimas. Los niños llevaban dibujos, los ancianos bastones con cintas.
Las mujeres frascos de maíz seco, como si cada grano fuera una promesa. La capilla no podía contener tanto. Afuera la gente se sentaba en el suelo, en los muros, en las bardas. Nadie tenía prisa, nadie preguntaba la hora. Era como si ese día no perteneciera al tiempo. Al terminar la misa no hubo aplausos [música] ni música, solo un silencio tan profundo que incluso el viento se detenía para escuchar.
[música] Entonces Diego, el niño que antes nunca hablaba, se puso de pie. Ya no era tan niño. Su voz, aunque suave, resonó clara. Elías no [música] nos dio comida. Nos enseñó a no tener miedo de darla. Y luego bajó la mirada tímido, [música] mientras una ola de murmullos suaves lo rodeaba. La vida en San Jerónimo [música] siguió.
La tierra no se volvió rica, las lluvias aún tardaban. Pero nadie volvió a acostarse con hambre, porque [música] si a alguien le faltaba algo, otro lo dejaba en su ventana. Ya no se preguntaban de dónde venía el pan, lo horneaban entre todos. [música] El altar de la Virgen seguía recibiendo panes secos cada noche, pero ahora también recibía [música] otras cosas, fotos, cartas, llaves, muñecas, mechones de cabello, botones, cosas que [música] decían, “Te dejo lo más mío porque confío.
” Nadie las robaba, nadie las movía, solo estaban [música] ahí como piedras pequeñas, construyendo una fe silenciosa. Los niños crecieron [música] con la historia de Elías en la punta de los dedos. Algunos pensaban que fue un ángel, [música] otros un santo. Algunos decían que era solo un hombre bueno con hambre, pero todos coincidían en algo.
Lo más grande que [música] hizo fue compartir su nada. Cada 12 de diciembre el pueblo entero se reunía, no por matato, no por tradición forzada, simplemente [música] porque así lo sentían. Encendían hogueras, repartían pan, tejían con hojas de [música] maíz, coronas sencillas para los recién nacidos del año.
Y siempre, cuando ya caía la noche, alguien dejaba una piedra [música] blanca al pie del altar. A veces tenía una flor pintada, a veces una [música] palabra, a veces nada. Pero todos sabían lo que significaba. Una madrugada cualquiera, [música] Tomás, el joven de la guitarra, se despertó con una melodía que no podía sacarse de la cabeza.
Salió al atrio, [música] se sentó junto a la campana y empezó a tocar. Era una canción sin letra suave, circular como un susurro de pan horneándose en [música] la leña. No sabía de dónde venía, solo sabía que era de él. Y cuando levantó la vista, vio que la capilla no estaba sola. Bajo la luz de la luna entre las sombras de los árboles caminaba alguien, no rápido, no buscando nada, solo caminando, con los hombros caídos y el paso tranquilo.
Tal vez era un sueño, o tal vez era Elías de nuevo cruzando San Jerónimo como la primera vez. Tomás no lo llamó, solo siguió tocando mientras el hombre se alejaba hasta desaparecer en la curva del sendero. Esa mañana el altar tenía un solo objeto, un pan seco, partido en dos, envuelto en un trapo que nadie había visto antes y al lado una palabra escrita con carbón sobre una hoja de maíz compartan.
Desde entonces ese fue el único mandamiento en San Jerónimo de las amapolas. Y con eso bastó.