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Alejandra Guzmán: La Herencia Millonaria, Las Cirugías y La Hija Que La Acusó de Todo

Alejandra Guzmán. Cambia la lectura de Va y mamá. Cambia la lectura de sus adicciones. Cambia la lectura de sus relaciones con hombres destructivos. Cambia la lectura de su relación con Frida Sofía. Porque una niña que crece viendo a su padre golpe madre no sale de esa experiencia intacta. Esa niña aprende que el amor y la violencia pueden coexistir, que se puede amar a alguien que te destruye, que el caos es la normalidad.

Y esas lecciones aprendidas en la infancia se repiten en la adultez como un patrón que la persona no puede ver porque es lo único que conoce. Silvia y Enrique se divorciaron en 1976 cuando Alejandra tenía 8 años. Pero el divorcio no terminó con el caos, solo lo redistribuyó, porque Alejandra quedó en medio de dos planetas que se alejaban.

un padre que se fue, una madre que estaba demasiado ocupada siendo Silvia Pinal como para ser mamá de tiempo completo. Porque hay que entender algo sobre Silvia Pinal que la historia oficial suele omitir. Silvia Pinal fue una artista extraordinaria, pero fue una madre compleja, no porque fuera mala persona, sino porque su carrera era tan absorbente, tan demandante, tan totalitaria que no dejaba espacio para nada más.

Las horas que debía dedicar a sus hijas se las comían los rodajes, las grabaciones, las giras, los compromisos, las juntas, las entrevistas. Alejandra creció rodeada de sirvientes, de niñeras, de personas que cobraban por cuidarla. Pero la persona que no cobraba, la que debía cuidarla por amor, por instinto, por obligación maternal, estaba en un foro de televisión.

Y entonces, cuando Alejandra tenía 14 años, ocurrió algo que le arrancó la poca inocencia que le quedaba. 25 de octubre de 1982, Viridiana a la triste Pinal, hija de Silvia Pinal y del director Gustavo Ariste, media hermana de Alejandra, muere en un accidente automovilístico en la Ciudad de México. Tenía 19 años.

Su carro se estrelló contra un poste. Murió al instante. Viridiana era actriz, era joven, era hermosa, era la hija que ya había empezado a brillar con luz propia. Silvia Pinal le había puesto ese nombre en homenaje a la película de Buñuel, que la había consagrado internacionalmente. Era, en cierto modo, la herederá simbólica del legado artístico de su madre y de pronto ya no estaba.

La muerte de Viridiana fue un terremoto emocional que sacudió a toda la familia Pinal, pero el epicentro fue Silvia. La actriz se hundió en un duelo tan profundo, tan devastador, tan consumidor, que las hijas que le quedaban sintieron que las habían abandonado emocionalmente. Silvia estaba ahí físicamente, seguía viviendo en la misma casa, seguía trabajando, seguía apareciendo en la televisión, pero su alma estaba en otro lugar, en un lugar donde solo cabía Viridiana, en un lugar donde las hijas vivas no podían entrar.

Alejandra tenía 14 años, la edad más frágil, la edad en que una adolescente necesita más que nunca la presencia emocional de su madre, la edad en que se forman los vínculos que definirán todas las relaciones futuras. Y en esa edad su madre desapareció emocionalmente, no porque quisiera, porque el dolor la secuestró.

Alejandra procesó ese abandono de la única manera que sabía, con rabia, con rebeldía, con una necesidad desesperada de ser vista, de ser escuchada, de existir para alguien. Si su madre no la veía, el mundo la vería. Si su madre no la escuchaba, el mundo la escucharía. Si su madre no la elegía, ella se elegiría a sí misma. Y ahí nació la semilla de la Guzmán.

En 1988, a los 20 años, Alejandra grabó su primer disco y el título fue una declaración de guerra, no contra la industria, no contra el mundo, contra su propia madre. Se llamaba B Mamá. La canción que le daba título era un grito que México no estaba preparado para escuchar. Era una hija diciéndole a Silvia Pinal en público frente a millones de personas lo que llevaba años gritándole en privado.

No estuviste. Me dejaste sola. Elegiste tu carrera antes que a mí. Elegiste tu dolor por Viridiana antes que mi necesidad de ti. Y ahora me voy. By mamá. La polémica fue nuclear. Cómo una hija le canta eso a Silvia Pinal. ¿Cómo se atreve? ¿Qué clase de ingratitud es esa? La prensa la destrozó. Los columnistas la acusaron de malagradecida.

Los defensores de Silvia Pinal la señalaron como una niña mimada que no sabía valorar el privilegio de haber nacido en esa familia. Y los que la apoyaron, que eran más de los que la prensa quería admitir, reconocieron en ese grito algo que miles de hijos sentían, pero que nadie se atrevía a decir en voz alta. El productor que creyó en ella cuando nadie más lo hacía fue Miguel Blasco.

Él vio en Alejandra algo que la industria no quería ver. Que esa muchacha rebelde, con voz rasposa, con actitud de roquera, con más rabia que técnica vocal, tenía algo que no se podía fabricar, ni comprar ni imitar. Autenticidad. El público le creía cuando cantaba, porque cantaba desde un lugar real, desde el dolor real de una hija abandonada, desde la rabia real de una adolescente que perdió a su hermana, desde la soledad real de una mujer que creció entre reflectores ajenos sin que ninguno la iluminara a ella.

Bye mamá fue un éxito, no porque fuera la mejor canción del año, porque era la más honesta. Y la honestidad cuando viene envuelta en una melodía de rock es imparable y lo que siguió fue una avalancha. En 1990, con apenas 22 años, Alejandra grabó eternamente bella y ese disco lo cambió todo, no solo para ella, para la música mexicana.

Eternamente bella, vendió más de un millón de copias en un solo año. Una cifra que en 1990, sin streaming, sin redes sociales, sin YouTube, significaba algo descomunal. Significaba que millones de personas habían ido a una tienda de discos, habían sacado su billetera y habían pagado por escuchar a esa mujer eternamente bella, hacer el amor otro.

Mírala, míralo. Cada canción era un himno. Cada tema era una provocación. Cada letra era una declaración de libertad sexual, de independencia emocional, de una mujer que no pedía permiso para hacer lo que quería hacer. Hacer el amor con otro escandalizó a México entero, una mujer cantando sobre serle infiel a su pareja en 1990, en un país donde las mujeres no hablaban de en público, con una voz que sonaba a cigarros, a noches largas, a camas desordenadas, a cosas que las señoritas de buena familia no debían mencionar

jamás. Alejandra no era las señoritas, era la antiseñorita. era el polo opuesto de todo lo que México esperaba de la hija de Silvia Pinán y precisamente por eso conectaba con millones de mujeres que estaban hartas de ser lo que México esperaba de ellas. Y ahí comenzó la leyenda de la Guzmán, la mujer que subía al escenario con ropa de cuero, que se movía como si el escenario fuera a su casa, que gritaba, que provocaba, que se sin pudor, porque el exhibición fue parte de su imagen desde el principio.

En varios conciertos a lo largo de su carrera, Alejandra mostró partes de su cuerpo que generaron escándalos instantáneos. Hacía cosas en el escenario que ninguna otra artista mexicana se atrevía a hacer. Era libertad. Era provocación calculada, era autodestrucción disfrazada de rebeldía. Probablemente era todo al mismo tiempo, porque Alejandra Guzmán nunca fue una sola cosa, siempre fue una contradicción caminante.

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