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‘Una mexicana jamás me tocará’, dijo la francesa… y la mexicana ganó la final de esgrima olímpica

Era un señor de unos 70 años con el pelo completamente blanco y una mirada penetrante. Cuando vio a Paola entrar, le sonrió con calidez. “No puedes dormir tampoco”, le preguntó en español con acento argentino. Paola se sorprendió. “Usted habla español. Soy Carlos Mendoza”, se presentó el hombre.

Fui esgrimista argentino hace como 40 años. Ahora soy uno de los jueces de Estas Olimpiadas. Paola se acercó a él, sintiendo como si el destino hubiera puesto a esa persona en su camino justo cuando más lo necesitaba. “He visto todos tus combates hasta ahora”, le dijo Carlos. Y te voy a decir algo que quizás no quieras escuchar. Técnicamente, Amelí es superior a ti.

Tiene mejor preparación, mejor equipo, mejores reflejos. En papel, debería ganarte sin problema. El corazón de Paola se hundió. Justo lo que necesitaba escuchar a las 3 de la mañana antes de la final más importante de su vida. Pero Carlos continuó. Sin embargo, en mis 40 años compitiendo y bien desgrima, he aprendido que las finales olímpicas no se ganan solo con técnica, se ganan con corazón.

Y tú, niña, tienes algo que Amelí jamás va a tener. Hambre. Tienes hambre de demostrar que perteneces aquí, hambre de honrar a tu familia, hambre de representar a tu país. Amelí está aquí porque se espera que esté aquí. Tú estás aquí porque luchaste como una guerrera para estar aquí. Paola sintió como algo se encendía en su pecho.

Era como si alguien hubiera prendido una llama que había estado a punto de apagarse. ¿Quieres que te enseñe algo que aprendí de mi maestro italiano hace 45 años? Le preguntó Carlos. Durante las siguientes dos horas, Carlos le enseñó a Paola una técnica que no estaba en ningún manual de esgrima moderna.

Era un movimiento que había aprendido de los maestros de la vieja escuela europea, un ataque que requería timín perfecto y una confianza absoluta en uno mismo. Esta técnica, le dijo Carlos mientras le mostraba el movimiento, solo funciona cuando tu oponente se confía, cuando cree que ya ganó antes de ganar. Y por lo que vi ayer en la conferencia de prensa, Amelí está más que confiada.

Cuando regresaron a sus habitaciones, eran ya las 5 de la mañana. Paola logró dormir 2 horas antes de que sonara su alarma, pero fueron las dos horas más reparadoras que había tenido en semanas. Se despertó con una sensación extraña en el pecho. Ya no era miedo, era determinación. El día de la final llegó como un huracán.

Los medios de comunicación franceses habían convertido el evento en una celebración anticipada del triunfo de Amelí. Los titulares de los periódicos decían, “Duboys por su quinto oro consecutivo, la coronación de la reina de la esgrima, Francia domina una vez más. En el lado mexicano, los pocos periodistas que habían viajado a cubrir los juegos estaban nerviosos.

Sabían que Paola era buena, pero también sabían que se enfrentaba a la mejor esgrimista del mundo. Las expectativas eran simples, que no hiciera el ridículo, que compitiera con dignidad, que al menos hiciera algunos puntos antes de perder. Pero cuando Paola llegó al estadio esa mañana, algo había cambiado en ella. caminaba diferente, miraba diferente.

Los reporteros que la habían visto días anteriores notaron inmediatamente la transformación. Ya no era la chica tímida y nerviosa que había llegado a París. Era una gladiadora preparándose para la batalla de su vida. En el vestuario, mientras se ponía su uniforme blanco de esgrima, Paola recordó las palabras de su padre el día que se despidió de ella en el aeropuerto de Guadalajara.

Hija, no importa si ganas o pierdes. Lo importante es que llegaste hasta donde nadie de nuestra familia había llegado jamás. Ya eres una campeona solo por estar ahí. Pero en ese momento, poniéndose la careta que cubriría su rostro durante el combate, Paola se dio cuenta de que si importaba si ganaba o perdía. importaba porque no se trataba solo de ella, se trataba de cada niña mexicana que soñaba con ser atleta.

Se trataba de cada familia humilde que creía que algunos sueños eran demasiado grandes para ellos. Se trataba de demostrar que el corazón y la determinación pueden vencer al privilegio y la arrogancia. Mientras tanto, en el vestuario del equipo francés, Amelí se preparaba con la tranquilidad de quien ya considera ganado el combate.

Sus entrenadores repasaban con ella algunas tácticas básicas, pero sin mucha intensidad. No necesitas complicarte, le decía su coach principal. Mantén tu estilo, presiona desde el principio y esto terminará rápido. Amelí asintió mientras se acomodaba su equipo de última generación. valorado en más de 20,000 € pensó en la conferencia de prensa que daría después de ganar, en las ofertas comerciales que llegarían, en el lugar que ocuparía en la historia de la esgrima francesa.

Lo que no sabía era que en ese mismo momento del otro lado del estadio, una joven mexicana se estaba preparando para escribir su propia historia, una historia que comenzaría con humillación y terminaría con gloria. Cuando sonaron las campanas que anunciaban el inicio del combate, las gradas estaban abarrotadas.

Más de 15,000 espectadores, en su mayoría franceses, habían llegado a presenciar lo que esperaban fuera la coronación de su campeona. Las banderas francesas sondeaban por todos lados, mientras que en una pequeña sección se podían ver algunas banderas mexicanas sostenidas por los pocos connacionales que habían podido viajar a París.

Paola entró a la pista bajo una lluvia de abucheos corteses. No eran abucheos maliciosos, sino más bien indiferencia. El público francés no la odiaba, simplemente no la consideraban digna de estar ahí. Para ellos era solo un trámite que había que superar antes de la verdadera celebración. Amelí entró como una reina.

Los aplausos fueron ensordecedores. Las cámaras las siguieron cada paso. Los comentaristas televisivos hablaban de su legado y su técnica impecable. se dirigió a su posición en la pista con la confianza de quien ha hecho esto mil veces antes. Cuando se colocaron en posición, frente a frente, separadas por apenas 2 met, el contraste era abismal.

Amelí era alta, elegante, con movimientos fluidos que hablaban de años de entrenamiento de élite. Paola era más pequeña, con una contextura más robusta, producto de años de entrenamiento con menos recursos, pero más intensidad. El juez principal, que casualmente era Carlos Mendoza, llamó a las dos competidoras al centro.

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