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Gringa Vino a Robarle el Cinturón a México y Terminó BESANDO la Lona en Juárez

Este escenario realmente nos enseña escuela. Mister Mister. Una muchacha mexicana de apenas 23 años, hija de la frontera más golpeada de México, se paró sola en medio de un cuadrilátero a defender el honor que ningún hombre había podido defender por ella. La estadounidense había llegado a Ciudad Juárez con una sola misión y esa misión era arrancarle a México un cinturón que llevaba grabado en letras doradas el nombre de nuestra patria.

Llegó confiada, llegó sonriente, llegó pensando que igual que tantas extranjeras antes que ella, regresaría a su país con un trofeo robado a costa del sudor de una mexicana. Pero esa noche, frente a 9,000 almas que cantaban el himno con la garganta abierta, frente a una afición que sabía que el boxeo no es un deporte, es una religión, frente a una bandera tricolor que ondeaba en cada esquina del gimnasio Josué Neri Santos, esa estadounidense iba a aprender una lección que jamás olvidaría.

Iba a aprender que cuando una mexicana se planta a pelear por su gente, por su tierra, por la frontera donde nació, no hay americana. No hay europea, no hay sudamericana que la pueda detener. Lo que pasó esa noche del 10 de febrero de 2018 fue una de las exhibiciones más brutales y más patrióticas que ha dado jamás el boxeo femenil mexicano.

Y lo que vas a ver hoy es el relato completo, asalto por asalto, golpe por golpe, lágrima por lágrima, de cómo Diana Laura La Bonita Fernández hizo justicia por México sobre la lona de Ciudad Juárez. Quédate hasta el final porque el desenlace de esta historia te va a poner la piel chinita. Antes de meternos al combate tienes que entender una cosa.

Tienes que entender qué significa ser boxeadora en México. No es como en otros países donde el boxeo es un pasatiempo, un negocio, una manera más de ganarse la vida. En México el boxeo es sangre, es herencia. Es la única patria portátil que tenemos cuando nos vamos a pelear lejos de casa.

Cada vez que un mexicano sube al ring, no sube solo. Suben con él los millones de hombres y mujeres de este país que se levantan todos los días a romperse el lomo por una vida digna. Suben con él los abuelos que cruzaron la frontera buscando trabajo. Suben con él los niños que entrenan en gimnasios polvorientos del barrio con guantes prestados.

sube con él toda la historia de un pueblo que cuando todo le ha sido arrebatado se ha quedado al menos con la dignidad de saber pelear. Por eso, cuando un boxeador mexicano gana, no gana él gana México entero. Y por eso, cuando un boxeador mexicano pierde, perdemos todos. El boxeo en este país no es deporte, es identidad, es geografía emocional.

Es el último cordón umbilical que nos une con esa imagen de hombres bravos como Julio César Chávez, Salvador Sánchez, Rubén Olivares, Carlos Árate, Ricardo Finito López, Eric Terrible Morales, Marco Antonio Barrera, Juan Manuel Márquez, hombres que no fueron simplemente campeones, fueron embajadores de un pueblo que durante décadas fue subestimado por las potencias del primer mundo.

Hombres que a puro puño le enseñaron al mundo que aquí en esta tierra de tacos, mariachi y sol bravo se cocinan los guerreros más temidos del planeta entero. Pero faltaba algo. Durante mucho tiempo, ese estandarte había sido cargado solo por hombres. Y entonces, lentamente, una nueva generación de mujeres mexicanas empezó a tomar las riendas de esa tradición sagrada.

Mariana Barbie Juárez, Jacki Nava, Zulina Loba Muñoz, Esmeralda Joya Moreno, Yasmín Rusa Rivas, mujeres que se atrevieron a ponerse los guantes en una sociedad que durante siglos les dijo que ese no era su lugar. Mujeres que conquistaron títulos mundiales y demostraron que la sangre brava no entiende de género. Y de esa estirpe, de esa nueva generación de mujeres guerreras, surgió la protagonista de la historia que hoy te voy a contar.

Una muchacha de Ciudad Juárez. Una muchacha de la frontera más violenta de América Latina. Una muchacha que decidió que no le iba a temer a nadie. Su nombre es Diana Laura Fernández, pero el mundo la conoce como la bonita. Para entender a Diana tienes que entender Ciudad Juárez, no la postal turística, la Ciudad Juárez real, la que ha sido escenario de una de las violencias más brutales que ha conocido este país.

La que pasó años siendo señalada como la ciudad más peligrosa del mundo, la que enterró a miles de hijos durante los años más oscuros del narcotráfico, la que vio como el mundo entero la juzgaba sin conocerla, sin entender que detrás de cada titular sangriento había también familias trabajadoras. Había niños jugando en la calle, había abuelas haciendo gorditas en la esquina, había padres rompiéndose la espalda en las maquiladoras del otro lado.

Esa ciudad Juárez es la que parió a Diana Fernández. Una niña que creció viendo como su ciudad era estigmatizada, como a los juarenses los miraban con desconfianza al otro lado del puente, como el nombre de su tierra se convertía en sinónimo de tragedia. Y como buena juarense, Diana decidió hacer algo al respecto.

Decidió que ella con sus puños iba a cambiarle la cara a Juárez, iba a darle a su gente algo de que sentirse orgullosa. Iba a poner en el mapa, no por las cosas malas, sino por las cosas grandes, a la ciudad que la vio nacer. empezó a entrenar siendo apenas una adolescente, boxeo amater, combates pequeños, trabajo silencioso y muy pronto los entrenadores experimentados de la zona se dieron cuenta de que esta muchacha tenía algo distinto.

No era solo técnica, no era solo velocidad, era hambre. Era esa hambre que solamente conocen los que han visto pasar el dolor de cerca. Esa hambre que solo tienen los hijos de las ciudades olvidadas. Diana subía al gimnasio todos los días con la misma intensidad con la que un soldado va a la guerra.

No entrenaba para perder peso, no entrenaba para tener buen físico, no entrenaba como hobby. Entrenaba como si en cada saco de arena estuviera la cara de quienes habían humillado a su ciudad, de quienes habían lastimado a su gente, de quienes habían dicho que en Juárez no podían hacer nada bueno. Y así con esa furia disciplinada fue trepando peldaño tras peldaño en el escalafón profesional.

Para principios de 2018, Diana ya había peleado 17 veces como profesional y había ganado 17 combates. Solo había caído una vez y esa caída no había sido en cualquier pelea. había sido en disputa por un título mundial supermosca de la Federación Internacional de Boxeo contra una de las mejores boxeadoras argentinas de la historia, Débora Gurisa Dionicius, en pleno territorio enemigo.

En Buenos Aires, en agosto de 2017, Diana había ido a la Argentina sola, casi sin equipo, casi sin promotor, a meterle pelea a una campeona mundial en su propia casa. Y aunque perdió esa noche, perdió con la frente en alto, perdió peleando hasta el último segundo, perdió como pierden las grandes guerreras. Esa derrota no la quebró, al contrario, la hizo más fuerte.

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