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Angélica Vale: La Mansión, El Divorcio, Los Secretos y Todo Lo Que No Te Han Contado

La primera señal de que algo no estaba bien fue invisible para el público, pero visible para la niña que crecía entre bastidores. Angélica Vale apareció por primera vez en televisión a los dos meses de edad en la telenovela El milagro de vivir, protagonizada por su madre. A los 3 años ya participaba en telenovelas y películas.

A los cinco estaba en la comedia musical Soy las sonrisas. A los siete le propuso a su abuela crear un espectáculo infantil y nació el club de la amistad que duró 3 años en cartelera. A los 9 debutó en el mago de OS. A los 13 interpretó a Sandy en vaselina, convocada por la productora Julisa.

A los 14 [música] actuó en los tenis rojos y en Mamá ama el rock al lado de Ricky Martín. Esa infancia no fue normal. No fue la infancia de una niña que juega en el parque, que va a fiestas de cumpleaños, que descubre el mundo a su propio ritmo. Fue la infancia de una profesional en miniatura, de una niña que a los 7 años ya sabía leer un libreto, memorizar diálogos, pararse en un escenario y sostener la mirada de un público de adultos, de una niña que creció entre camerinos, ensayos, luces calientes y la sensación constante de que el aplauso era la única forma válida

de existir. Y todo eso lo administraba la abuela. Angélica Ortiz era quien la llevaba a las audiciones, quien negociaba los contratos, quien la acompañaba a los ensayos, quien la protegía de una industria que no estaba diseñada para cuidar a las niñas. Era la guardiana, el escudo, la mujer que se interponía entre su nieta y un mundo que podía devorarla.

Y esa protección fue real porque la industria del entretenimiento mexicana de los años 80 era un territorio peligroso para una adolescente y Angélica Vale lo descubrió de la peor manera posible. Tenía 14 años cuando un productor musical la llamó a su casa. Le dijo que fuera a su [música] estudio, pero puso una condición que no llevara a su abuela. Piensa en eso.

Un hombre adulto con poder en la industria llamando a la casa de una niña de 14 años y pidiéndole explícitamente que fuera sola, sin la abuela, sin la protección, sin testigos. Angélica entendió inmediatamente lo que estaba pasando. A los 14 años ya sabía lo suficiente del mundo como para reconocer el peligro. Le dijo, “Bueno, okay, va.

” Y le colgó. corrió donde su abuela y le contó todo. No fue, no se expuso, no cayó en la trampa. Años después, al contarlo en el programa Chisme en vivo, lo resumió con una frase que duele por lo que implica, “Me escapé de un meto. Me escapé [música] como si el acoso fuera un accidente del que uno tiene suerte de salir.

Como si la responsabilidad de protegerse fuera de la niña de 14 años y no del adulto que la estaba acechando.” Esa frase revela el mundo en el que Angélica Vale creció, un mundo donde las niñas tenían que aprender a esquivar depredadores antes de aprender a manejar un carro. Pero la abuela no solo la protegió de los depredadores, también la protegió de algo que puede ser igual de destructivo, la sombra de una madre famosa.

Porque crecer siendo la hija de Angélica María no era fácil. Todo el mundo esperaba que fuera una copia, que cantara igual, que se viera igual, que brillara igual. Y Angélica Vale no era igual. No tenía la misma voz dulce de su madre. No tenía el mismo rostro de muñeca. No encajaba en el molde que la industria había preparado para ella. Ella misma lo confesó después.

No es fácil crecer con papás famosos. Te lo confieso, no es nada fácil. Si llegó un momento en el que yo decía, ¿por qué todo el mundo quería que yo fuera Angélica María? Fue su abuela quien le dio la respuesta. En una conversación que Angélica describe como transformadora, Ortiz le hizo entender que no tenía que ser su madre, que podía hacer otra cosa, que podía buscar su propio camino.

Y ese camino resultó ser la comedia, la imitación, el humor, el territorio donde su madre nunca había sido reina y donde ella podía construir su propio reino. “Diosito sabe por qué hace las cosas”, dijo Angélica Vale en una entrevista. Todo me lo fue construyendo para yo tener mi identidad, mi carrera y mi rollo. Siento que el humor me salvó y me llevó por otro lado y me dio la oportunidad de convertirme más en la Angélica, vale que soy.

El humor la salvó. Esa frase es más profunda de lo que parece, porque el humor no solo la salvó profesionalmente, la salvó emocionalmente, la salvó de la comparación constante, la salvó de la frustración de no ser lo que todos esperaban y sobre todo la salvó de lo que estaba pasando dentro de su casa. Porque mientras Angélica Vale crecía entre escenarios y aplausos, el matrimonio de sus padres se estaba desmoronando.

Raúl Vale era mujeriego, no discretamente mujeriego, escandalosamente mujeriego. Angélica María lo resumió años después con una frase que no deja espacio a la interpretación. El único defecto que tenía Raúl era ser Cusco. Se echó a medio mundo, a casi todas mis amigas, a casi todas sus amigas. La esposa descubriendo que el marido le fue infiel no con una desconocida, sino con las mujeres de su círculo cercano, con las personas que ella consideraba amigas, con las que entraban a su casa, se sentaban en su mesa, le sonreían a la cara mientras por detrás se acaban con

su marido. Angélica Vale, siendo niña, no se enteró de las infidelidades directamente. Según sus propias palabras, nunca le dijeron nada en la escuela, nunca la molestaron con el tema. El mundo adulto la protegió de los detalles, pero no la protegió del ruido. No la protegió de las peleas nocturnas, no la protegió de la tensión que se sentía en cada rincón de la casa cuando sus padres [música] estaban juntos.

Y un día Angélica no pudo más. En una entrevista para el minuto que cambió mi destino, contó el momento exacto en que todo cambió. dijo que cuando las cosas ya estaban muy mal, cuando las discusiones eran insoportables, fue ella quien tomó la decisión que los adultos no se atrevían a tomar. Fue ella, siendo adolescente, quien miró a su madre y le dijo, “Ya divorciense, ya está horrible oírlos discutir en las noches.

” Una adolescente pidiéndole a su madre que se divorcie. Eso no es una anécdota tierna. Eso es el retrato de una niña que llegó al límite de lo que podía soportar, que prefirió una familia rota, pero en paz a una familia unida pero en guerra. Angélica María y Raúl Vale se divorciaron en 1989. Habían estado casados 14 años [música] y lo que siguió fue todavía más doloroso para Angélica Vale, porque Raúl Vale no esperó mucho.

Al poco tiempo del divorcio se casó con Arlete Pacheco, la tercera en discordia, la mujer que había sido la amante durante el matrimonio. Y no solo [música] eso, Raúl y Arlete tuvieron dos hijas, Carla y Nicole, medias hermanas de Angélica que nacieron de la traición que había destruido su familia.

Para Angélica, ¿vale? Eso fue demasiado. Ver a su padre casarse inmediatamente con la mujer que le había sido infiel a su madre, verlo formar una nueva familia como si la anterior pudiera borrarse con un acta de matrimonio nueva, verlo seguir adelante sin mirar atrás. Todo eso se acumuló hasta que Angélica tomó una decisión que marcaría el resto de su vida.

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