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‘No eres rival’ gritaron las boxeadoras cubanas… y la mexicana ganó por puntos

Su entrenador, que caminaba a su lado, no podía creer la transformación. Esta ya no es la niña nerviosa de ayer, pensó. Esta es una guerrera. Dentro del coliseo, la hostilidad se multiplicó por 1000. Más de 8,000 personas coreaban el nombre de Janet Bermúdez como si fuera una diosa. Las banderas cubanas sondeaban por todos lados, mientras que María Elena solo pudo distinguir una pequeña bandera mexicana en las gradas altas, sostenida por un compatriota solitario que había viajado hasta Cuba para apoyarla.

Los vestuarios se convirtieron en su último refugio de paz. Ahí, mientras se vendaba las manos, don Roberto le contó la historia de su propio padre, quien había sido boxeador en los años 50. Mi papá me decía que los puños no ganan peleas, los gana el corazón. Y tú, María Elena, tienes el corazón más grande que he visto en mis 40 años como entrenador.

Pero justo cuando comenzaba a sentirse tranquila, llegó la noticia que la destrozaría por dentro. Los jueces de la pelea habían sido cambiados a última hora. Los tres árbitros originales, que incluían a un mexicano y un estadounidense fueron reemplazados por tres jueces cubanos. La pelea ya no era solo cuesta arriba, era prácticamente imposible.

Don Roberto vio como el color se desvanecía del rostro de su pupila. No le dijo firmemente. No te voy a permitir que te derrotas antes de subir al rin. ¿Sabes qué significa esto? Significa que tienen tanto miedo de ti que necesitan hacer trampa. Eso, mi hija, es una victoria en sí misma. Las palabras de su entrenador fueron como un bálsamo, pero el miedo seguía carcomiendo sus entrañas.

Faltaban solo 30 minutos para la pelea y cada segundo se sentía como una eternidad. Su corazón latía tan fuerte que estaba segura de que todo el vestuario podía escucharlo. Entonces llegó el momento más aterrador de todos, el llamado para dirigirse al rin. El rugido de la multitud se escuchaba incluso desde los vestuarios, como una bestia gigante que rugía de hambre.

Era el sonido del infierno esperándola. La caminata hacia el rin fue la más larga de su vida. Cada paso resonaba como un tambor de guerra en sus oídos. La multitud había enloquecido completamente. Miles de personas gritaban, silvaban y algunos hasta lanzaban objetos hacia su dirección. Los insultos llovían desde todos los ángulos.

Farsante, regresa a tu casa. No eres rival. Pero entonces pasó algo mágico. Cuando María Elena puso su pie en el primer escalón hacia el ring, algo se activó en su interior. Era como si todas las mujeres fuertes de su linaje hubieran descendido para caminar a su lado. Sintió la presencia de su abuela, de su madre, de todas las mexicanas que habían luchado contra la adversidad.

Subió las escaleras con una dignidad que silenció parcialmente a la multitud. Al llegar al rin, se dirigió hacia su esquina y algo increíble sucedió. Besó sus guantes, se persignó y gritó con toda la fuerza de sus pulmones. Por México. Su voz se alzó por encima del rugido de 8,000 personas. El compatriota solitario en las gradas altas respondió con un grito desgarrador.

Dale, María Elena, dale por todas nosotras. Era un hombre de unos 50 años que había gastado sus ahorros para viajar a Cuba solo para apoyar a la boxeadora mexicana. Sus lágrimas corrían por sus mejillas mientras agitaba la pequeña bandera tricolor. Cuando Janet la tormenta Bermúdez hizo su entrada, el coliseo prácticamente se desplomó por los gritos.

Era una mujer imponente de 1.75 m de altura con músculos marcados como los de una estatua griega. Sus ojos verdes brillaban con la confianza de quien nunca había conocido la derrota. Caminó hacia el ringiéndose a su trono. La presentación oficial fue una tortura adicional. Cuando el anunciador presentó a María Elena, los abucheos fueron ensordecedores en la esquina azul, con récord de 18 victorias y tres derrotas desde Guadalajara, México.

El resto de sus palabras se perdieron en una sinfonía de odio que parecía salir directamente del infierno. Pero cuando presentaron a Janet, el coliseo se transformó en una catedral de adoración en la esquina roja, invicta en 37 peleas, 28 por knockout, la orgullo de Cuba, Janet, la tormenta, Bermúdez. El rugido fue tan fuerte que María Elena sintió que sus tímpanos iban a explotar.

Las instrucciones del árbitro fueron tensas. Ambas peleadoras se miraron a los ojos en el centro del ring y en ese momento el tiempo se detuvo. Janet le susurró algo que solo María Elena pudo escuchar. Te voy a hacer llorar frente a tu banderita mexicana. La respuesta de María Elena fue un silencio cargado de determinación que valía más que 1000 palabras.

Round 1. La campana sonó como el disparo que da inicio a una guerra. Janet salió como un huracán. lanzando combinaciones de golpes con una velocidad y potencia que cortaron el aire como cuchillas. Su primer conectó limpiamente en la frente de María Elena, quien sintió como si la hubiera golpeado un martillo.

La multitud estalló en gritos de alegría. Así se hace, tormenta. Acábala rápido. Los primeros 2 minutos del round fueron una pesadilla para la mexicana. Janet la tenía acorralada contra las cuerdas. lanzando percuts que buscaban el knockout temprano. Pero María Elena había entrenado toda su vida para momentos como este.

Comenzó a esquivar con movimientos sutiles, dejando que los golpes de la cubana pasaran rozando su rostro. Su entrenador había trabajado con ella durante meses en la técnica de pelear hacia atrás y ahora esa preparación empezaba a dar frutos. En el último minuto del round, María Elena lanzó su primera combinación seria. un jaab seguido de un cross directo que conectó limpiamente en la barbilla de Janet.

Por primera vez en la pelea, la cubana retrocedió dos pasos. El coliseo se quedó en silencio por una fracción de segundo antes de estallar en abucheos más fuertes. Don Roberto masajeó los hombros de María Elena entre Rones. Lo estás haciendo perfecto, mija. Ella esperaba noquearte rápido y ya está frustrada. Sigue boxeando inteligente. Las palabras de su entrenador fueron como agua fresca en el desierto.

Round 2. La campana del segundo round sonó como un rugido de león. Janet salió más agresiva que antes, claramente molesta porque no había podido dominar completamente el primer round. Sus golpes tenían más fuerza, pero menos precisión. Exactamente lo que María Elena había esperado. La estrategia mexicana comenzó a brillar.

Mientras Janet se desgastaba lanzando golpes al aire, María Elena se movía como una bailarina de ballet, esquivando y contragolpeando con precisión quirúrgica. Un cross derecho directo al rostro de la cubana hizo que su cabeza se moviera hacia atrás violentamente. La multitud comenzó a murmurar nerviosamente. Este no era el show fácil que habían esperado.

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