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Hélène Pastor: La millonaria que traicionaron… y terminó asesinada

No daba entrevistas largas, no aparecía en las revistas del corazón, no organizaba fiestas que terminaran en los periódicos, gestionaba. La fortuna que Elena administraba al momento de su muerte era difícil de calcular con exactitud, precisamente porque su estructura era compleja y estaba distribuida entre múltiples sociedades.

Pero las estimaciones que circulaban en los medios europeos hablaban de un patrimonio de alrededor de 20,000 millones de euros. Otros análisis más conservadores lo situaban entre 12,000 y 15,000 millones. En cualquier caso, una cifra que la convertía no solo en la mujer más rica de Mónaco, sino en una de las personas más acaudaladas de toda Europa.

Tener esa cantidad de dinero en un principado del tamaño de un barrio grande crea una posición única. Elen Pastor no podía moverse por Mónaco sin que su presencia fuera reconocida, sin que sus decisiones tuvieran consecuencias para decenas, quizás centenas de personas. Era, en el sentido más literal, la columna vertebral económica de muchas existencias.

Y esa centralidad, que debería haber sido una coraza, acabó siendo la razón por la que alguien la quiso muerta. Tenía dos hijos. A ambos les transfería una asignación mensual de 500,000 € cifra, que para la mayoría de los seres humanos representaría más que una vida entera de trabajo, era para los pastor simplemente la manera en que la matriarca garantizaba que su familia viviera bien, que los negocios funcionaran y que el apellido siguiera brillando con la misma intensidad de siempre.

Pero esos 500,000 € mensuales también fueron a la larga el hilo que los investigadores siguieron hasta llegar al corazón de la conspiración. Porque en el mundo de Elén Pastor, como en casi todos los mundos donde hay demasiado dinero junto, había personas que vivían a la sombra de esa generosidad sin haberla ganado.

Personas que dependían de ella, que necesitaban de ella, pero que al mismo tiempo la resentían. Personas que sonreían en las reuniones familiares y planeaban en la oscuridad. Y una de esas personas llevaba muchos años sentada a su mesa. No todos los villanos de la historia tienen cara de villano.

Algunos visten bien, hablan varios idiomas, frecuentan cócteles de embajada y saben exactamente qué decir en cada momento para parecer respetables. Boichek Hanowski era uno de esos hombres y durante más de tres décadas logró convencer a todos de que era algo que no era. Hanowski había nacido en Polonia en agosto de 1949. Su vida hasta llegar a Mónaco no estaba exenta de ambición, pero tampoco de opacidad.

Con el tiempo presentaría ante el mundo una versión pulida de sí mismo. Empresario exitoso, hombre cultivado, cónsul honorario de Polonia ante el principado de Mónaco. Esa última distinción era significativa porque en un lugar tan pequeño y tan vigilado como Mónaco, los títulos diplomáticos otorgan un barniz de legitimidad y de contactos que vale más que cualquier tarjeta de presentación.

Lo que nadie sabía o lo que nadie quiso ver era que la imagen de Hanowski era poco más que un decorado cuidadosamente construido. Deía tener un título en economía de la Universidad de Cambridge. Era mentira. Sus negocios, que presentaba como exitosos y prósperos, estaban al borde del colapso. Las deudas se acumulaban, las inversiones habían fracasado una tras otra y la fachada de hombre de mundo empezaba a resquebrajarse bajo el peso de la realidad financiera.

La clave de su estabilidad no eran sus negocios, sino su relación con Silv Ratkovski, la hija de Elén Pastor. Janovski y Silv llevaban juntos décadas, una relación larga y compleja que nunca se había formalizado en matrimonio. Eso era un detalle que en la vida cotidiana podía parecer intrascendente, pero que en el mundo del dinero y la herencia tenía consecuencias enormes.

Sin matrimonio, Janowski no tenía derechos legales sobre el patrimonio de los pastor. Era el compañero de vida de la heredera, pero un compañero sin papeles, sin garantías, sin red de seguridad. Y entonces llegó el golpe que cambió todo. En 2012, Silv fue diagnosticada con cáncer. La enfermedad puso a Janowski ante un escenario que lo paralizó de terror.

Si Silv moría antes que su madre, él no recibiría absolutamente nada, ni un céntimo de los miles de millones que la familia Pastor había acumulado durante décadas. No solo eso, los 500,000 € mensuales que Elen enviaba a su hija y de los cuales Janowski se había servido durante años desviando una parte hacia sus propias empresas y proyectos fallidos, también desaparecerían de golpe.

La situación lo colocaba en un callejón sin salida que él mismo había construido. Sus negocios no generaban ingresos reales. Su estilo de vida dependía por completo del dinero de los pastor y la única puerta de acceso a ese dinero, Silv, estaba enferma y la cerrojo que la controlaba todo, era Elen, una mujer que, según el propio Janowski reconocería más tarde, nunca lo había aceptado como parte de la familia.

La relación entre Elen y Janovski era fría, distante y cargada de una desconfianza que la matriarca nunca escondió del todo. Elen Pastor era perspicaz. Había vivido suficiente en el mundo de los negocios para reconocer a alguien que no encajaba, alguien cuya sonrisa era demasiado calculada, cuyos gestos eran demasiado estudiados.

No hay registros de que lo confrontara directamente, pero quienes los conocían describían una tensión permanente, una frialdad que los años no habían logrado descongelar. Y fue precisamente esa frialdad, esa exclusión que Janowski sentía en cada reunión familiar, en cada gesto de su suegra, lo que fue alimentando algo mucho más oscuro que la simple incomodidad.

Los investigadores que reconstruirían los hechos tiempo después encontrarían en Janowski a un hombre que había pasado años procesando esa sensación de rechazo, mezclándola con el pánico financiero, con la desesperación de ver que su mundo construido sobre mentiras estaba a punto de derrumbarse. El resultado fue una decisión que solo puede tomarse cuando todos los filtros morales han quedado atrás.

Hanowski comenzó a planear el asesinato de Elen Pastor. No fue un impulso, no fue una explosión de rabia, fue una planificación fría, metódica, como si estuviera estructurando uno de sus fracasados proyectos empresariales. Y para ejecutarlo necesitaba intermediarios, porque los hombres que viven en el mundo del cónsul honorario y los cócteles diplomáticos no saben contratar asesinos, pero conocen a personas que sí saben.

Hay algo perturbador en la forma en que los crímenes de encargo funcionan. El dinero pasa de mano en mano. Cada eslabón de la cadena sabe solo lo que necesita saber. Y al final hay un hombre o una mujer que aprieta el gatillo sin conocer al que ordenó que se apretara. Es una arquitectura del mal diseñada para proteger al responsable real, para enterrarlo bajo capas de intermediarios de cuartadas y de distancias calculadas.

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