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UN MILLONARIO EN DUELO CONTRATÓ A UNA NIÑERA FUGITIVA — Y TERMINÓ DESCUBRIENDO SU VERDAD

—¡Esta niña no puede quedarse con él! ¡Clara murió por su culpa!

El murmullo atravesó la capilla como un cuchillo.

Santiago, de pie junto al ataúd, no se movió. Tenía el rostro hundido, la barba sin afeitar y los ojos tan secos que parecían de piedra. No había dormido desde el accidente. Tres días antes, Clara había salido de la mansión bajo la lluvia, furiosa, con Sofía dormida en el asiento trasero. Quince minutos después, el auto cayó por un barranco. Clara murió al instante. Sofía sobrevivió, pero desde entonces no había pronunciado una sola palabra.

—Devuélveme a mi nieta —exigió Eugenia, levantándose—. Todos aquí saben que Clara quería divorciarse. Todos saben que tú la encerrabas en esa casa como un trofeo.

Santiago apretó los puños.

—Eso es mentira.

—¿Mentira? —Eugenia soltó una risa amarga—. Entonces lee esto.

Sacó un sobre del bolso y lo sostuvo en alto. Dentro había una carta escrita con la letra de Clara. La voz de Eugenia tembló mientras leía:

“Si algo me pasa, no dejen a Sofía con Santiago. Tengo miedo de lo que puede hacer cuando pierde el control.”

La capilla quedó en silencio.

Santiago sintió que el piso se abría bajo sus zapatos. Aquella letra era de Clara. Aquella firma era de Clara. Pero esas palabras… esas palabras no eran de la mujer que él había amado durante diez años.

Su cuñado Rodrigo se acercó y le puso una mano en el hombro, fingiendo compasión.

—Hermano, lo mejor para Sofía es que venga con nosotros un tiempo. Estás destruido. No puedes cuidarla.

Sofía, abrazada al vestido negro de su abuela, miraba a su padre sin parpadear. Sus ojos enormes estaban llenos de terror. Santiago dio un paso hacia ella, pero la niña retrocedió.

Ese gesto lo rompió más que la muerte.

Esa misma noche, cuando todos se fueron, Santiago subió a la habitación de Sofía. La encontró sentada en el suelo, rodeada de muñecas, con el vestido de funeral todavía puesto. Tenía una cajita musical en las manos. Era el último regalo de Clara.

—Sofi —susurró él—. Soy papá.

La niña giró lentamente la llave de la cajita. La melodía comenzó, dulce y triste.

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