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Julio Iglesias Fue Desafiado Por El Barón de Viena — ‘Canta Ópera Ahora’ — El Barón Se Arrodilló

Diana. Noviembre de 190. Winner Statsoper. El templo de la música clásica mundial. El lugar donde Mozart estrenó sus óperas. Donde Beethoven dirigió sus sinfonías. Donde Schubert encontró la eternidad. Esa noche había una gala especial, la más importante del año, un 800 personas, la élite de Europa, príncipes de la casa de Absburgo, condes austríacos cuyas familias habían gobernado durante siglos, embajadores de 20 países, los críticos musicales más respetados del mundo.

Y en el programa de esa noche, un nombre que hizo fruncir el seño a más de uno. Julio Iglesias, el cantante español, el de las baladas románticas, el que llenaba estadios con canciones de amor. En la Winner Statoper, en el santuario de la música clásica, algunos aristócratas protestaron en privado. Es un insulto a nuestra tradición. Un cantante popular en este escenario sagrado. ¿Qué será lo próximo? circo.

Pero la organización había decidido. Julio Iglesias cantaría esa noche. Lo que nadie sabía era que alguien tenía otros planes. El varón Heinrich von Steinberg, director artístico de la statsoper durante 35 años, el hombre más poderoso de la música clásica en Austria, el guardián de la tradición bienes a y esa noche iba a asegurarse de que ese español supiera exactamente dónde estaba su lugar.

Lo que el varón no sabía era que estaba a punto de cometer el error más grande de su carrera. Porque Julio Iglesias no era solo un cantante de baladas, era algo que el varón jamás habría imaginado. Y cuando lo descubriera sería demasiado tarde. Para entender lo que pasó esa noche, hay que entender quién era el varón Heinrich von Steinberg, nacido en 1920 en una familia que había servido a los Absburgos durante generaciones.

Su abuelo había sido consejero musical del emperador Francisco José. Su padre había dirigido la orquesta de la corte y Henrich. Heinrich había nacido con una certeza absoluta. La música clásica austríaca era superior a cualquier otra forma de arte y él era su guardián. A los 12 años ya tocaba piano mejor que sus profesores.

A los 18 dirigía orquestas juveniles. A los 25 fue nombrado director asistente de la TTER. A los 35 era el director principal y a los 47 se convirtió en director artístico, el cargo más alto, el poder absoluto sobre lo que se tocaba en ese teatro. Durante 35 años, el varón había mantenido una tradición. Ningún artista popular pisaba ese escenario.

Ningún cantante de baladas, ningún músico de jazz, ningún intérprete que no viniera de la tradición clásica europea. La stats per era sagrada y él era su sacerdote. Pero en 1982 algo cambió. El gobierno austríaco presionó. Necesitamos modernizar, atraer público joven. Las fundaciones que financiaban la ópera amenazaron sin cambios, sin dinero.

Y la junta directiva votó por primera vez en la historia de la Tatsoper un cantante popular sería invitado a la gala anual Julio Iglesias. El varón recibió la noticia en su oficina. Se quedó mirando el comunicado durante 3 minutos sin decir nada. Luego lo dejó sobre la mesa y dijo una sola frase. Muy bien. Si quieren un espectáculo, tendrán un espectáculo.

Los que conocían al varón sabían exactamente qué significaba esa frase. Alguien iba a ser humillado esa noche. Y no sería Hein Rich von Steinberg. Julio llegó a Viena tres días antes de la gala, no como turista, como siempre hacía antes de un concierto importante. Quería sentir la ciudad, respirar su aire, entender su historia. Caminó por las calles donde Bethoven había caminado.

Visitó la casa donde Mozart había muerto. Se sentó en el café donde Schubert escribía canciones y sintió algo que no esperaba. Respeto. Respeto profundo por esa ciudad que había dado al mundo tanta belleza. La tarde antes del concierto fue a conocer el teatro La Winner Tatsoper. Cuando entró por primera vez se detuvo en la puerta mirando el techo pintado con escenas de óperas clásicas.

Los palcos dorados donde emperadores habían aplaudido, el escenario donde los más grandes habían cantado. Julio no era un hombre que se impresionara fácilmente. Había cantado en 100 países. Había visto palacios y estadios y teatros de todo el mundo, pero esto era diferente. Esto era sagrado.

Señor Iglesias, una voz fría lo sacó de su contemplación. se volvió un hombre alto, cabello blanco, perfectamente peinado, traje impecable, ojos grises que no sonreían, aunque los labios lo intentaran. Soy el varón Heinrich von Steinberg, director artístico. Julio extendió la mano. Un placer, varón. Este teatro es extraordinario.

El varón estrechó la mano brevemente, sin calidez. Sí, lo es. Tiene 300 años de historia, 300 años de los mejores artistas del mundo. Mozart, Beethoven, Mer Straus. Hizo una pausa deliberada. Artistas de verdad. Julio captó el insulto, pero no reaccionó, solo sonríó. Espero estar a la altura de esta historia.

El varón lo miró de arriba a abajo, como quien examina un insecto curioso. Lo dudo mucho, señor iglesias, pero mañana lo veremos. De hecho, el varón se acercó un paso. Tengo una pequeña tradición en esta casa. Antes de que cualquier artista cante en nuestro escenario por primera vez, le pido que demuestre su valía. Demostrar mi valía.

Una pequeña prueba informal para asegurarme de que merece pisar este suelo sagrado. Julio lo miró a los ojos, vio la trampa, vio la arrogancia, vio el desprecio y vio algo más. Miedo. El varón tenía miedo de que el mundo que él protegía estuviera cambiando y necesitaba demostrar que no. ¿Qué tipo de prueba?, preguntó Julio. Mañana, antes de su actuación programada, le pediré que cante algo, algo apropiado para este teatro.

Si lo hace bien, podrá continuar con su programa. Si no, el varón sonríó. la sonrisa de quien ya sabe el resultado. Bueno, supongo que el público entenderá por qué no debería estar aquí. Julio guardó silencio durante 5 segundos, luego sonríó. Acepto, varón. Mañana le mostraré exactamente quién soy. El varón asintió satisfecho, pensando que ya había ganado, sin saber que acababa de despertar algo que llevaba dormido mucho tiempo.

La noche de la gala biena brillaba. La statsoper resplandecía con miles de luces. Limusinas llegaban una tras otra, mujeres con vestidos de alta costura, hombres con smoking y con decoraciones, la flor inata de Europa. Un 800 personas llenaron el teatro. Los palcos estaban ocupados por la antigua nobleza. Las primeras filas por embajadores y ministros, el resto por melómanos adinerados que habían pagado fortunas por sus entradas.

El programa de la noche era variado. Orquesta sinfónica, solistas de ópera, un cuarteto de cuerda. Y al final, Julio Iglesias, el segmento popular, lo llamaban algunos con desprecio, la concesión a la modernidad, decían otros. El varón estaba sentado en su palco privado observando, esperando. Julio estaba en su camerino preparándose, pero no solo para su actuación, para lo que vendría antes, la prueba del varón.

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