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Todo el personal huía del Multimillonario grosero… hasta que la chica nueva se enfrentó a él

 Dos años son suficientes para que un vino pase de memorable a mediocre. Marta abrió la boca. Señor, el somelier confirmó que no me interesa lo que confirmó el somelier. Ahora sí la miró. Apenas un segundo. Suficiente. Si quiere discutir con alguien, hágalo afuera. Yo vine a cenar. Marta dejó la botella sobre la mesa auxiliar, se quitó el delantal con dedos que no le obedecían del todo y atravesó el salón en dirección a la cocina.

No lloró hasta llegar al vestuario. Después no regresó. En el salón, el murmullo volvió despacio, cauteloso, como quien regresa a una habitación donde acaba de ocurrir algo y todavía no está seguro de que haya terminado. Los comensales miraban sus platos. Nadie hacía contacto visual con la mesa del rincón. La mesa 10.

Rodrigo Villanueva, dueño del grupo Villanueva, 22 hoteles de lujo repartidos entre Alemania, Austria y Suiza, cuatro restaurantes propios y una reputación que en los últimos 3 años había conseguido algo que su fortuna sola nunca habría logrado, que los mejores establecimientos de Munich temblaran al ver su nombre en la lista de reservas.

El maitre Hauer llegó a la mesa con la expresión entrenada de quien ha sobrevivido décadas en la industria a base de sonreír cuando por dentro está calculando el costo de cada segundo. Er Villanueva, en nombre de Saala le ofrecemos nuestras más sinceras disculpas. En 5 minutos tendrá el borgoña correcto en su mesa. Villanueva no respondió.

Revisaba correos. ¿Desea algo mientras tanto? Agua. una tabla de quesos. Deseo que me sirvan correctamente. Eso es posible esta noche o también es demasiado pedir. Baguer asintió, dio media vuelta y caminó hacia la cocina con la velocidad de alguien que sabe que cada segundo que pasa sin solución es un segundo que puede costarle el empleo.

 En la cocina el ambiente era el de una trinchera. Ya van cuatro este mes”, dijo Klaus, el Soul chef, sin levantar la vista de la sartén. Cuatro personas que han pedido cambio de turno o se han ido directamente. Si esto sigue así, vamos a necesitar contratar solo psicólogos. Yo llevo dos años negándome a salir al salón cuando él está, dijo Renata, una de las meseras veteranas, desde la barra de emplatado.

No es cobardía, es supervivencia. Me dijo una vez que mi manera de caminar distraía, añadió otro mesero sin que nadie le hubiera preguntado. Que parecía que transportaba peces. Peces, peces. No sé qué significa. No pregunté. Bauer entró, dejó caer la carpeta sobre la mesa auxiliar y se frotó la frente. Marta no regresa.

 Necesito a alguien para la mesa 10 esta noche. Ahora el silencio fue de esos que tienen textura. Todos miraron al suelo, a las ollas, al reloj. Renata fingió necesitar urgentemente algo en la despensa. Klaus descubrió de repente que la reducción necesitaba atención inmediata. “Ebbauer”, dijo alguien desde la puerta del vestuario.

“Yo puedo ir.” Era una voz tranquila, sin temblor, todos giraron. La chica era nueva. Llevaba exactamente 11 días trabajando en Saala Chsen. Ester Kelner, su nombre. Venía de un pueblo pequeño cerca de Stuttgart. Había llegado a Munich con una maleta, una dirección y la intención de ahorrar lo suficiente para pagar la facultad de medicina.

 Nadie le había explicado todavía lo que significaba la mesa 10. Tenía la mirada de quien ha aprendido a leer a las personas antes de que abran la boca. Ber la observó como se observa a alguien que acaba de ofrecerse voluntario para algo que no entiende completamente. Kelner Villanueva no es un cliente ordinario. Lo sé, respondió ella.

 Lo he visto dos veces desde que llegué. La semana pasada con el somelier, esta noche con Marta. Entonces sabe lo que puede pasar. Sé lo que puede decir, dijo Ester acomodándose la chaqueta. Eso es diferente. Renata la miró con algo entre admiración y pena. Querida, la última persona que dijo algo parecido estuvo una semana con ansias.

Gracias por el dato. Ester tomó la libreta, la metió en el bolsillo del delantal. El Borgoña 2017, ¿cuál es el que tiene Bauer en mente? Todos la observaron alejarse hacia el salón con la misma mezcla de silencio que acompaña a ciertos momentos que uno sabe, sin que nadie lo diga, que van a recordarse después.

La mesa 10 estaba en el rincón sur del salón junto a un ventanal que daba a la Maximilians trase. A esa hora, la ciudad afuera brillaba con esa luz específica del otoño en Munich, fría, dorada, perfectamente indiferente. Rodrigo Villanueva tenía el teléfono apoyado sobre la mesa y los dedos entrelazados frente a la boca.

 La postura de alguien que está esperando para ver qué excusa traen ahora. Buenas noches, hervillanueva. Él levantó los ojos, los dejó ahí un momento. Era diferente a las anteriores. No llevaba la sonrisa entrenada de quien intenta caer bien. No había ansiedad en su postura. Se paró frente a la mesa como si la mesa 10 fuera una mesa como cualquier otra, lo cual técnicamente era, soy Ester.

 Le traigo el Borgoña 2017. Le muestro la botella antes de abrir. Villanueva no respondió de inmediato. Estudió la botella que ella sostenía, la etiqueta, el año. ¿Cuánto tiempo llevas aquí? 11 días. ¿Y te mandaron a ti? Me ofrecí. Muéstrame la botella. Esterla giró con cuidado, etiqueta hacia él y esperó. Villanueva la examinó durante varios segundos. más de los necesarios.

Era un hábito, no una duda real, un test para ver cuánto aguantaba la persona sin ponerse nerviosa. Ester esperó sin moverse. Está bien, dijo él finalmente. Ábrela. Ella procedió con movimientos precisos, cortó la cápsula, extrajo el corcho con herramienta adecuada, sirvió un poco en la copa para catarlo. Villanueva bebió, dejó la copa. Bien.

Mi pedido en 3 minutos respondió Esther. El chef lo tiene listo desde hace un cuarto de hora. Esperaba confirmar el vino antes de emplatar. Por primera vez en esa velada, algo cruzó la cara de Rodrigo Villanueva que no era frialdad. No llegó a ser sorpresa. Fue algo más sutil, la expresión de alguien que recibe exactamente lo que pidió y no sabe bien qué hacer con eso.

3 minutos. repitió. 3 minutos confirmó Eser y se fue. En la barra Renata la esperaba con los brazos cruzados y los ojos muy abiertos. ¿Qué pasó? Pidió la comida, dijo Ester pasando de largo hacia la cocina. Klaus, ¿podemos emplatar? Esa noche Villanueva terminó su cena. No fue notable por lo que ocurrió, sino por lo que no ocurrió.

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