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Una estudiante entró al auto pensando que era un Uber… sin saber que pertenecía a un Multimillonario

cabeza. No es un servicio de carro compartido,  dijo Paola. más para sí misma que para él. Definitivamente  no, confirmó el hombre. Paola sintió el calor subiendo por el  cuello. Me equivoqué de coche. Sí. En el aparcamiento del hospital había cuatro coches negros iguales y estaba lloviendo y yo se detuvo.

Estaba justificándose ante un desconocido dentro de cuyo coche había entrado sin permiso y se había quedado dormida durante 20 minutos. Lo siento”, dijo buscando la manilla de la puerta. Bajo ahora mismo. Son las 12:30 de la noche, respondió él. ¿A qué parte de Madrid vuelves? Eso no es asunto suyo.

 Él levantó una ceja. La primera señal de que aquella respuesta no era la que esperaba. Técnicamente acabas de usar mi coche como dormitorio. Creo que puedo hacer una pregunta y yo creo que puedo no responderla. Silencio. El hombre la miró un momento más sin perder la calma. Luego se recostó ligeramente en el asiento, como si la situación le resultara genuinamente interesante.

Rodrigo Castellanos dijo. El nombre no le dijo nada a Paola en ese instante, pero algo en la forma en que lo pronunció, sin esperar reacción, sin necesitar que ella lo reconociera, le indicó que era alguien a quien mucha gente solía reconocer. “Paola,” respondió ella sin apellido. “¿Trabajas en el hospital? Hago entregas.

Servicio de comida nocturno. Segundo trabajo. Él no dijo nada, solo asintió. Baja en mi parada y pide otro coche, dijo  Rodrigo. O te llevo como prefieras. No necesito que me lleve a ningún sitio. Son casi las 12:30, llevas el uniforme de trabajo y llevas  ¿cuántas horas en pie? Paola calculó mentalmente desde las 7 de la mañana en la cafetería universitaria, clases al mediodía, entregas a partir de las 9 de la noche.

Eso tampoco es asunto suyo, repitió. Él sonrió, esta vez sin ironía. Tienes razón.  Golpeó suavemente el cristal que lo separaba del conductor. Ernesto, hacemos una parada. No tiene que hacer eso,”, protestó Paola. “Ya lo estoy haciendo.” Paola sopezó sus opciones. Eran las 12:30. Yo tenía el teléfono con un 10% de batería y la aplicación de servicio de carro cargando a velocidad desesperante.

El asiento donde estaba era el más cómodo en el que había estado sentada en semanas. Bien, dijo al fin. Pero no es caridad, es simplemente que llueve. Claro, respondió él con ese tono que no confirmaba ni negaba nada. Paola le dio la dirección al conductor mirando hacia la ventanilla, no hacia Rodrigo. El coche avanzó con una suavidad que ningún vehículo compartido habría logrado jamás.

Primero  trabajo, preguntó él al cabo de un momento. Cafetería Universitaria de 7 a dos. y estudias. Administración de empresas. Cuarto año. Rodrigo no respondió de inmediato. Paola notó que la observaba de una manera distinta, no condescendiente, algo más parecido a la atención genuina. ¿Cuántas horas duermes? Las suficientes.

Eso no responde la pregunta. No pretendía hacerlo. Él volvió a sonreír y esta vez Paola, a pesar de sí misma, tuvo que contener el impulso de hacer lo mismo. El coche frenó frente a su edificio. Un bloque de apartamentos en Carabanchel con la fachada antigua y el portal  con un timbre que a veces funcionaba y a veces no.

Rodrigo miró el edificio sin comentar nada, pero Paola vio el gesto. Lo vio porque llevaba toda la vida viéndolo, la fracción de segundo en que alguien de otro mundo procesaba el suyo. “Gracias por el trayecto”, dijo con la mano en la manilla. “Necesito una asistente personal”, dijo Rodrigo. Paola se quedó quieta.

 El salario es competitivo, el horario flexible y no implica quedarse dormida en mi coche, aunque eso tampoco está explícitamente prohibido. Paola giró la cabeza hacia el muy despacio. Me está ofreciendo trabajo. Te estoy diciendo que hay una posición disponible. Lo que hagas con esa información es decisión tuya.

 Ella lo miró un momento, evaluó si era una broma. No lo parecía. ¿Por qué? Porque llevas 17 horas trabajando, estudias administración y en los últimos 4 minutos has bloqueado todas mis preguntas con precisión quirúrgica. Sacó una tarjeta del bolsillo interior de la chaqueta y la dejó en el reposabrazos entre los dos.

 Si te interesa, llama mañana. Paola miró la tarjeta. Rodrigo Castellanos. Castellanos y asociados. Madrid. La cogió sin decir nada. Bajó del coche. La lluvia había parado. Cuando el vehículo se alejó, se quedó un momento en la acera con la tarjeta en la mano y la sensación de que algo había empezado, aunque todavía no supiera exactamente qué.

 La cafetería universitaria olía a café quemado y pan recalentado a las 7:15 de la mañana. Paola colocaba tazas con movimientos automáticos cuando su compañera Pilar apareció por la puerta de servicio con cara de no haber dormido lo suficiente. “Llegas tarde”, dijo Paola. “Llego a la hora.” “Eres tú la que siempre llegas pronto.

” Pilar se amarró el delantal y la miró de reojo. ¿Qué te pasó anoche? Te mandé tres mensajes. Me metí  en el coche equivocado. Pilar se detuvo en seco. ¿Qué? En el aparcamiento del hospital. Pensé que era mi cabifi. No era mi cabifi. Y me quedé dormida dentro. Pilar la miró fijamente durante 3 segundos completos.

Dormida. 20  minutos. Según él. ¿Según quién? Paola dejó las tazas sobre la barra y sacó la tarjeta del bolsillo de su delantal. Pilar la tomó, la leyó, la giró como si hubiera información oculta en el reverso. Castellanos y asociados, leyó en voz alta. Paola, esto es una empresa real, muy real.

 Rodrigo Castellano Ses se interrumpió. ¿Cuánto sabes de él? Nada. Me dio la tarjeta antes de bajarme. Es multimillonario. Construyó castellanos y asociados desde cero. Inversión, desarrollo inmobiliario de alto nivel, participaciones en tecnología. Pilar bajó la tarjeta de espacio. ¿Y tú le roncaste encima durante 20 minutos? No  ronco.

 Eso lo dicen todos los que roncan. Paola recogió la tarjeta, la miró un momento más. “Necesito el dinero”, dijo  al fin. La Academia de Lucía sube la cuota el mes que viene. El nombre de su hermana menor lo cambió todo. Pilar lo sabía. Dejó el tono de broma a un lado. “¿Vas a llamar?” Paola guardó la tarjeta. Voy a terminar mi turno primero.

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