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La Película de Pedro Infante Que el Gobierno Pagó Millones Por Destruir

 No un melodrama de barrio, no una comedia musical, no un western ranchero. Quiere hacer algo  que nunca se había hecho en el cine mexicano de esa época con ese nivel de honestidad brutal. Quiere adaptar la novela El sarco del escritor Ignacio Manuel Altamirano, pero  no como pieza histórica de museo.

 Quiere llevarla al presente, quiere usar esa  historia de bandoleros, traiciones y miseria del campo mexicano para hablar del México que el gobierno no quería que nadie viera en una pantalla de cine. Su director de confianza,  un hombre llamado Rogelio Fernández, lo escuchó en silencio durante 2 horas una tarde de octubre en una fonda del  centro de la ciudad.

Cuando Pedro terminó de hablar, Rogelio se quedó mirando su café frío. ¿Sabes lo que estás  pidiendo, Pedro? Sé exactamente lo que estoy pidiendo. ¿Estás pidiendo que hagamos  una película donde los villanos no son bandidos de otra época? ¿Son funcionarios? ¿Son caciques? ¿Son los mismos que hoy cobran  mordida y despojan tierras? Sí. Rogelio exhaló lento.

 Nos van  a destruir. Pedro lo miró sin parpadear. O nos van a recordar para siempre. Tú decides  de qué lado quieres estar cuando esto termine. Rogelio tardó exactamente 8 segundos en responder. Pedro los contó. Consigue el  financiamiento y yo dirijo. Conseguir el financiamiento no fue fácil.

 Pedro lo sabía desde el principio. Las grandes productoras mexicanas,  Clax, Producciones Grobas, todas tenían algo en común. Necesitaban la bendición del gobierno  para operar. Los permisos de distribución, el acceso a los cines,  los créditos del Banco Nacional Cinematográfico, todo pasaba por manos oficiales.

 Y el gobierno de Ruis Cortínez no era conocido por su tolerancia a las incomodidades. Pedro pasó tres meses tocando  puertas, tres meses de reuniones en oficinas con aire acondicionado donde hombres de traje lo escuchaban  con sonrisa amable y luego le decían lo mismo con distintas palabras, que el proyecto era  interesante, que había que estudiarlo, que el momento no era el adecuado, que quizás el año que viene.

 Una noche después de otra reunión fallida,  Pedro llegó al departamento de su amigo, el compositor Manuel Esperón, completamente agotado. Se tiró  en el sofá sin siquiera quitarse el saco. Nadie quiere tocar esto, Manuel. Todos huelen de qué se trata, aunque no se los  diga directamente. Esperón le sirvió un mezcal sin preguntar.

 Y si buscas fuera del sistema, ¿qué quieres decir? Hay productores independientes, gente con dinero propio  que no depende del banco del gobierno, empresarios, algunos extranjeros, gente que invierte en cine  porque le gusta el cine, no porque le conviene políticamente. Pedro se incorporó  lentamente. Tienes nombres, sonrió de lado.

 Tengo un nombre, un español.  llegó después de la guerra civil. Tiene dinero de no sé dónde y ha financiado  dos películas que ningún estudio quiso tocar. Se llama Aurelio Morán. Pedro lo buscó al día siguiente. Aurelio Morán  era un hombre pequeño, delgado, de unos 50 años, con bigote cuidado y ojos que parecían calcular constantemente el peso de cada palabra que escuchaban.

Tenía una oficina  discreta en la colonia Narbarte, sin logotipos en la puerta, sin recepcionista visible, sin ninguna señal exterior de que ahí adentro  se tomaban decisiones importantes. Los dos hombres se estudiaron en silencio durante  los primeros minutos de la reunión.

 Finalmente, Morán habló.  Sé quién eres, Pedro. Todo México sabe quién eres. La pregunta es si tú sabes lo que estás haciendo. Quiero hacer una película honesta sobre México. Morana asintió despacio. He leído el argumento que me mandaste. Es bueno. Demasiado bueno para que alguien con algo que perder lo financie sin pensarlo dos veces.

 Usted tiene algo que perder. Moran no miró fijo. Todos tenemos algo que perder, muchacho. La diferencia es que estamos  dispuestos a arriesgar. ¿Y por qué? Yo salí de España con lo opuesto porque me negué a callarme cuando Franco decía que me callara. Llegué a México sin nada. Este país me dio todo lo  que tengo.

 Si una película puede devolverle aunque sea un poco de honestidad, creo que vale el riesgo. Se levantó y extendió la mano. Tienes tu  financiamiento. Pero escúchame bien. En el momento en que esto se filtre y se va a filtrar, porque siempre se filtra,  vas a necesitar moverte rápido. ¿Entiendes lo que te digo? Pedro tomó su mano. Lo entiendo perfectamente.

No lo entendía todavía. todavía no comprendía de verdad la magnitud de lo que acababa de poner en marcha. Eso vendría  después. Eso vendría cuando los teléfonos empezaran a sonar a medianoche y las amenazas dejaran de ser sutiles. Las filmaciones comenzaron en enero de 1955 en  las afueras de Cuernavaca.

 Rogelio Fernández había elegido el lugar con cuidado. Lejos  de la Ciudad de México, lejos de los ojos del sindicato cinematográfico controlado por  el gobierno, lejos de los informantes que el PR tenía sembrados en cada set de filmación importante del país. El equipo era  pequeño, deliberadamente pequeño.

 20 personas en total, la mitad de lo que normalmente requería una producción  de ese tamaño. Cada uno había sido elegido por Rogelio de forma personal, con un criterio simple, lealtad absoluta  y capacidad de guardar silencio. Pedro llegó el primer día antes que nadie, se paró en medio del campo que serviría como locación  principal y miró el horizonte.

La luz de enero en Morelos tiene algo particular. Es una luz limpia, sin excusas,  que no permite que nada se esconda. Pensó que era la luz perfecta para esta historia. El primer día de rodaje fue también el día que Pedro comprendió que estaban haciendo algo que iba más allá del cine. La escena que filmaron esa mañana mostraba  a un grupo de campesinos siendo expulsados de sus tierras por hombres a caballo que trabajaban  para el cacique local.

 En el guion, el cacique tenía el nombre ficticio de don próspero, pero los  diálogos, la forma en que hablaba, las frases exactas que usaba para justificar el despojo,  todo había sido tomado por Pedro de testimonios reales, testimonios que él mismo había recolectado durante meses viajando por Guerrero, Oaxaca y Veracruz, sentándose con campesinos que le  contaban lo que les había pasado a cambio de nada, solo porque alguien famoso los estaba escuchando por primera vez en sus vidas.

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