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Los turistas grabaron un avión aterrizando en Baja California en 2024 — perdido desde 1971

 Ahora con el sol apenas asomándose en el horizonte, Miguel preparaba su cámara para capturar el amanecer, mientras los demás todavía dormían en sus tiendas. Fue entonces cuando lo escuchó. Un sonido grave, distante, pero inconfundible. Motores, motores de avión. Miguel frunció el ceño. Estaban a más de 80 km del aeropuerto más cercano en una zona donde rara vez pasaban aeronaves comerciales.

 El sonido se fue haciendo más fuerte, más cercano, retumbando entre las rocas del desierto. Algo en aquel ruido le resultaba extraño, anacrónico, como si proviniera de otra época. “¿Qué demonios?”, murmuró girando la cabeza en todas direcciones para localizar el origen del estruendo. El ruido despertó a los demás. Daniela salió de su tienda despeinada con los ojos entrecerrados por el sueño y la confusión.

 Roberto emergió segundos después, seguido por Sofía, quien inmediatamente sacó su teléfono móvil. “¿Escuchan eso?”, preguntó Sofía con la voz aún ronca. Suena como un avión viejo de esos de las películas. Miguel ya había montado su cámara en el trípode y apuntaba hacia el cielo del este, de donde parecía provenir el sonido. El rugido de los motores se había convertido en un estruendo ensordecedor y entonces lo vieron.

 apareció sobre la cresta de una montaña lejana, emergiendo de la bruma matinal como un fantasma mecánico. Era un avión comercial, eso era evidente, pero su diseño parecía sacado de décadas pasadas. La silueta era inconfundible, un Douglas DC8 con sus cuatro motores turboractores montados bajo las alas, su fuselaje alargado y elegante pintado en blanco y azul.

 No puede ser real”, susurró Daniela acercándose a Miguel. “Ese tipo de aviones ya no vuela.” ¿O sí? Miguel no respondió. Tenía el ojo pegado al visor de su cámara grabando cada segundo. El avión volaba sorprendentemente bajo, quizás a unos 500 m de altura, dirigiéndose directamente hacia ellos. A través del zoom de su lente, Miguel podía distinguir detalles imposibles.

 El brillo metálico del fuselaje parecía nuevo, impoluto, como si la aeronave acabara de salir de la fábrica. podía leer las letras en el costado, aunque estaban borrosas por la distancia, y la vibración del aire caliente del desierto. “Está descendiendo”, observó Roberto señalando con el brazo extendido. “Miren, está bajando.

 Tenía razón. El DC8 había iniciado un descenso gradual siguiendo una trayectoria que lo llevaría directamente sobre el valle donde acampaban. El rugido de los motores era ahora tan intenso que hacía vibrar el suelo bajo sus pies. Sofía grababa frenéticamente con su teléfono. Esto es increíble.

 ¿Será algún tipo de exhibición, un avión restaurado? Pero Miguel sabía que algo no cuadraba. No había ninguna pista de aterrizaje en cientos de kilómetros a la redonda. El valle era puro desierto, rocas y arena, interrumpido ocasionalmente por cardones gigantes y arbustos resecos, donde demonios pretendía aterrizar aquel avión.

 La respuesta llegó segundos después. El DC8 pasó sobre sus cabezas con un estruendo atronador, tan bajo que Miguel juró poder distinguir los remaches en el fuselaje. El viento generado por los motores levantó nubes de polvo y arena, obligándolos a cubrirse los ojos. Cuando volvieron a mirar, el avión había descendido aún más, sus ruedas de aterrizaje ahora completamente extendidas, aproximándose a un lecho seco de lago que se extendía al oeste de su posición.

 “Va a estrellarse”, gritó Daniela por encima del ruido. “Dios mío, va a estrellarse.” Pero no fue así. Con una suavidad que desafiaba toda lógica, el DC8 tocó tierra en el lecho del lago seco. Las ruedas levantaron inmensas columnas de polvo blanco, creando una cortina que ocultó momentáneamente la aeronave. Los motores rugieron al aplicar reversa, el sonido rebotando en las paredes rocosas del valle como el bramido de alguna bestia prehistórica.

 Miguel siguió grabando con las manos temblorosas y el corazón desbocado. El avión se deslizó por el terreno irregular durante lo que pareció una eternidad, dejando profundos surcos en la tierra compactada. Finalmente, después de recorrer casi un kilómetro, se detuvo completamente. Los motores no se apagaron de inmediato.

Continuaron funcionando durante varios segundos más, su zumbido resonando por todo el valle antes de apagarse uno por uno en una secuencia precisa. Y entonces el silencio, un silencio tan profundo que resultaba casi doloroso después del estruendo de los minutos anteriores. Los cuatro amigos se quedaron paralizados, mirando fijamente hacia la nube de polvo que aún flotaba sobre el lecho del lago, ocultando parcialmente la aeronave.

“¿Que acabamos de ver?”, susurró Sofía con voz temblorosa. Miguel bajó la cámara por primera vez desde que había comenzado a grabar. Sus manos temblaban ligeramente mientras procesaba lo que acababa de presenciar. Un avión comercial aparentemente de los años 60 o 70 acababa de aterrizar en medio del desierto de Baja California, en un lugar donde no debería haber ningún avión y mucho menos uno de esa época.

 Tenemos que acercarnos”, dijo Roberto ya caminando hacia su mochila para sacar agua y equipamiento. “Puede haber heridos, puede ser una emergencia.” “¿Estás loco?”, replicó Daniela. “No sabemos qué es eso. Podría ser peligroso.” Pero la curiosidad había ganado. Todos sabían que irían a investigar, que la oportunidad de resolver aquel misterio era demasiado tentadora para ignorarla.

 En cuestión de minutos habían preparado mochilas ligeras con agua, un botiquín de primeros auxilios y sus teléfonos móviles. Miguel se aseguró de llevar baterías extra para su cámara. La caminata hacia el lecho del lago les tomó casi 20 minutos. El solido completamente y el calor comenzaba a hacerse sentir.

 A medida que se acercaban, el avión se revelaba en toda su magnitud. detrás de la nube de polvo en dispersión. Era enorme, mucho más grande de lo que había parecido desde la distancia. El fuselaje brillaba bajo el sol de la mañana con una pintura que parecía sorprendentemente nueva. En el costado ahora podían leer claramente las letras Aeroméxico, en un estilo de tipografía que no se había usado en décadas.

 Es un avión de Aeroméxico, observó Sofía. Pero ese logo es antiguo, muy antiguo. A medida que se acercaba más, comenzaron a notar otros detalles desconcertantes. Las ventanillas del avión estaban oscuras, impenetrables. No había señales de movimiento en el interior, ninguna figura asomándose por las ventanas, ninguna puerta abriéndose.

 El avión estaba completamente quieto, silencioso, como si fuera una maqueta gigante abandonada en el desierto. “Hola!”, gritó Roberto cuando estuvieron a unos 30 met de distancia. “¿Hay alguien ahí? ¿Necesitan ayuda?” Silencio. Solo el viento susurrando entre las rocas se detuvieron junto al ala derecha bajo la sombra que proyectaba sobre la arena.

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