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Un anciano Ciego Esperó 6 Horas Bajo la Lluvia Para Ver a Pedro Infante.

Pero a veces, después de un día largo necesitaba solo un momento de paz. Lain y la lluvia caía constante, formando charcos en el pavimento irregular. Las luces de la calle brillaban en el agua creando reflejos dorados. Pedro levantó el cuello de su abrigo y caminó rápidamente hacia donde debería estar su auto. Y entonces se lo vio.

 Al otro lado del callejón, casi escondido en la sombra cerca de la pared del edificio, había un hombre sentado en el suelo mojado. Era anciano. Pedro estimó que tendría 70 años o más. Estaba empapado hasta los huesos, su ropa vieja pegada a su cuerpo delgado. No tenía paraguas, no tenía abrigo adecuado, solo un suéter delgado que claramente no era suficiente contra el frío de octubre.

 Temblaba visiblemente, pero lo más impactante era que el hombo hombre tenía los ojos cerrados, no de sueño, sino de una manera que Pedro reconoció inmediatamente. Los ojos hundidos, las cuencas ligeramente colapsadas, la forma en que su cabeza se inclinaba ligeramente como si estuviera escuchando en lugar de viendo.

 El hombre era ciego y estaba sosteniendo algo en sus manos temblorosas, un pedazo de cartón empapado con algo escrito en él y las letras corridas por la lluvia, pero aún legibles. Esperando a Pedro Infante, Pedro se detuvo en seco. el corazón apretándose en su pecho. El anciano claramente no sabía que Pedro estaba ahí.

 Continuaba sentado, temblando, aferrando su cartón como si fuera lo más precioso del mundo. Pedro se acercó lentamente, sus zapatos haciendo ruido en los charcos. El anciano levantó la cabeza girándola hacia el sonido. ¿Quién está ahí?, preguntó con una voz rasposa, debilitada por horas, tal vez días de exposición al frío. “Soy yo,”, dijo Pedro suavemente.

“Soy Pedro Infante.” El efecto de esas palabras en el anciano fue instantáneo y devastador. Su rostro arrugado, demacrado, marcado por décadas de vida dura, se transformó completamente. Sus ojos ciegos se llenaron de lágrimas, sus labios comenzaron a temblar. Oh, sus manos soltaron el cartón empapado y se extendieron hacia adelante buscando tratando de encontrar a Pedro en la oscuridad de su mundo sin luz.

 “De verdad”, susurró su voz quebrándose. ¿De verdad es usted? “Sí, señor, de verdad soy yo.” Pedro se arrodilló en el pavimento mojado sin importarle que su abrigo caro se empapara. Tomó las manos frías y temblorosas del anciano entre las suyas. “¿Cuánto tiempo ha estado esperando aquí? Desde desde esta mañana, dijo el hombre, las lágrimas ahora corriendo libremente por su rostro.

 Llegué cuando abrieron el estudio. Me dijeron que usted estaba adentro trabajando. Pensé que si esperaba, que si me quedaba aquí, tal vez cuando saliera yo, yo podría. Su voz se quebró completamente y comenzó a sozar. Sollosos profundos y desgarradores que sacudían todo su cuerpo frágil. Pedro sintió algo romperse dentro de él.

 Este hombre había estado sentado bajo la lluvia fría durante más de 12 horas. 12 horas sin comida, sin refugio, sin poder ver, solo esperando la posibilidad de conocer a Pedro Infante. ¿Por qué no entró al edificio?, preguntó Pedro gentilmente. ¿Por qué no le dijo a alguien en la recepción? El anciano se rió, una risa amarga sin humor.

 Lo intenté temprano esta mañana, pero el guardia de seguridad me sacó. Dijo que no podían dejar entrar a cualquier indigente de la calle. Dijo que gente como yo no tenía asunto molestando a las estrellas. Me dijo que me fuera o llamaría a la policía. Pedro sintió ira, ira caliente y feroz ardiendo en su pecho.

 Conocía a ese guardia, un hombre que se sentía importante por su pequeño pedazo de poder, que lo usaba para hacer sentir pequeñas a las personas que ya tenían muy poco. Entonces decidí esperar aquí afuera, continuó el anciano. Pensé que si esperaba lo suficiente, que si era paciente, que tal vez usted saldría y yo podría, podría simplemente escuchar su voz solo una vez.

 Solo quería escuchar su voz en persona, no a través de un radio o una televisión, sino real, cerca de mí. He estado sentado aquí bajo la lluvia todo este tiempo. La lluvia comenzó al mediodía, pero no podía irme. No podía. Esta es mi única oportunidad. No tengo dinero para venir a la ciudad muy seguido.

 Me tomó tr meses ahorrar suficiente para el autobús desde Pachuca. Si me iba hoy, tal vez nunca tendría otra oportunidad. Pedro cerró sus ojos tratando de controlar las emociones que amenazaban con abrumarlo. ¿Cómo se llama, señor? Sebastián. Sebastián Flores. Don Sebastián, ¿me permite llevarlo a algún lugar cálido y seco? ¿Me permite darle algo de comer? El anciano negó con la cabeza vigorosamente. No, no.

 Yo no vine aquí por comida o dinero o caridad. Solo vine para decirle algo, algo que he querido decirle durante 40 años. Está bien, dijo Pedro suavemente, pero al menos déjeme sacarlo de la lluvia mientras me lo dice, por favor. No puedo dejarlo aquí temblando así. Sebastián dudó, luego asintió débilmente.

 Pedro ayudó al anciano a ponerse de pie. Pesaba casi nada, solo huesos y piel, frágil como un pájaro, y lo guió lentamente hacia la entrada del estudio. El guardia de seguridad que había echado a Sebastián esa mañana estaba ahí luciendo aburrido. Cuando vio a Pedro entrando con el viejo mendigo, sus ojos se abrieron con alarma.

 Señor infante, lo siento. Traté de mantener alejados a los vagabundos hoy, pero este viejo insistía. Cállate, dijo Pedro. Su voz tan fría y cortante que el guardia retrocedió físicamente. Este caballero ha estado esperando bajo la lluvia durante 12 horas porque tú no le permitiste entrar. 12 horas. ¿Me escucha? ¿Me la escuchas? Es ciego, está empapado.

 Está temblando de frío y tú lo echaste como si fuera basura. Yo solo estaba haciendo mi trabajo. Tu trabajo es proteger a las personas, no juzgar quién merece respeto basándote en cómo se ven. Este hombre merece más respeto que tú has mostrado en toda tu vida. Pedro guió a Sebastián más allá del guardia avergonzado por los pasillos del estudio hasta su camerino privado.

 Allí encendió la calefacción, consiguió toallas limpias y ayudó a Sebastián a secarse y quitarse el suéter empapado. Mon le dio su propia chaqueta seca para ponerse. Pidió a un asistente que trajera café caliente y comida de la cafetería del estudio. Sopa, pan, algo sustancioso. Sebastián se sentó en el sofá del camerino en envuelto en la chaqueta de Pedro, sosteniendo una taza de café caliente entre sus manos temblorosas, las lágrimas aún cayendo silenciosamente por su rostro.

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