Posted in

Lo que María Félix dijo antes de subir al avión estremeció a todo México

 María Félix se va de México. No de vacaciones, no a filmar una película. Se va, se va para siempre. Los periódicos llevaban días publicando titulares cada vez más dramáticos. La doña abandona México. María Félix le da la espalda al país que la hizo leyenda. Adiós a la mujer más bella de México. Se va y no piensa volver.

 Pero nadie sabía exactamente por qué. Los rumores eran contradictorios. Algunos decían que se iba por amor, que un millonario europeo le había ofrecido una vida en París. Otros decían que se iba por orgullo, que los estudios mexicanos la habían humillado ofreciéndole papeles de abuela cuando ella todavía era la mujer más impresionante del continente.

 Había quienes juraban que se iba por miedo, que alguien poderoso la había amenazado, y había quienes simplemente no entendían. ¿Cómo puede María Félix irse de México? México es María Félix. Sin ella, ¿qué nos queda? La verdad era más compleja, más oscura, más dolorosa que cualquier rumor. Y para entenderla hay que retroceder exactamente 47 días al momento en que todo empezó a derrumbarse.

Si esta historia te está haciendo sentir algo, si te transporta a esa época dorada que tanto amamos, suscríbete para que sigamos manteniendo vivas las grandes historias de Nuestra Señora María Félix. No dejes que la época de oro se apague. Suscríbete y quédate con nosotros. 26 de julio de 1965. María Félix tenía 51 años y seguía siendo la fuerza más imponente del espectáculo mexicano.

 El tiempo la había tocado, sí, como toca a todos, pero en ella el tiempo parecía negociar, parecía pedir permiso antes de dejar su marca. A los 51 seguía caminando como si el suelo le debiera algo. Seguía mirando como si pudiera atravesar paredes. Seguía siendo María y eso era más que suficiente para paralizar cualquier habitación en la que entrara.

 Esa mañana María recibió una llamada en su residencia de Polanco. Era Gregorio Ballerstein, su productor de confianza, el hombre que había estado detrás de algunas de sus películas más importantes. Su voz sonaba diferente, tensa, como si estuviera hablando con alguien apuntándole una pistola en la nuca. María, necesito verte hoy. Esenta.

¿Qué pasa, Gregorio? No puedo decirte por teléfono. Ven al estudio a las 4 y ven sola. María colgó el teléfono lentamente. Conocía a Gregorio desde hacía 20 años. Lo había visto enfrentar crisis de producción, pleitos con distribuidores, amenazas de censura. Nunca, en dos décadas, lo había escuchado así. Algo estaba muy mal.

 A las 4 en punto, María entró al estudio Churubusco, el lugar que había sido su segundo hogar durante años, los pasillos que había caminado cientos de veces, los sets donde había llorado, gritado, besado, muerto y resucitado en decenas de películas. Pero hoy los pasillos se sentían diferentes. Los técnicos que siempre la saludaban con reverencia apenas la miraban.

Algunos bajaban la vista, otros se daban la vuelta. Algo había cambiado y María lo sentía en los huesos. Llegó a la oficina de Gregorio. Él estaba sentado detrás de su escritorio, pálido, con un vaso de whisky a medio tomar, aunque apenas eran las 4 de la tarde. Siéntate, María. María no se sentó. Habla. Gregorio tomó un trago largo.

 Hubo una reunión ayer. Los directivos de los estudios principales, productores, distribuidores, gente del sindicato. ¿Y tu nombre salió? ¿En qué contexto? Gregorio la miró a los ojos. Decidieron que ya no eres rentable. María no se movió. Su rostro no cambió. Pero algo dentro de ella, algo que había construido durante 23 años de carrera, crujió rentable, repitió la palabra como si fuera veneno.

 Dicen que tus últimas tres películas no recuperaron inversión. Dicen que el público quiere caras nuevas. Dicen que el cine mexicano necesita modernizarse y que tú representas lo viejo, lo pasado. María caminó hacia la ventana. Afuera, el sol caía sobre los techos de los estudios. recordó cuando llegó por primera vez a ese lugar, 1942, una muchacha de Alamos, sonora, que no sabía nada del cine, pero sabía todo sobre la vida.

 Recordó su primera película, Las luces cegadoras, El miedo, la certeza absoluta de que había nacido para esto. ¿Quién dijo eso exactamente?, preguntó sin volverse. María, no importa quién, claro que importa. Quiero nombres. Gregorio Suspiro. Ernesto Solano fue quien más habló. Dijo que invertir en una película tuya hoy es tirar dinero a la basura.

 Que el público mexicano ya te superó, que lo que necesitan son actrices de 25 años que atraigan al público joven. María volteó lentamente. Sus ojos eran dos brasas. Ernesto Solano. El mismo Ernesto Solano que en 1952 me robó de rodillas que hiciera su película porque ninguna otra actriz quería trabajar con él. El mismo que me debe su carrera porque yo acepté un papel que seis actrices habían rechazado.

 El mismo María y ahora dice que soy vieja, que no soy rentable. No uso esa palabra exacta. ¿Qué palabra usó? María. Dejémoslo así. ¿Qué palabra usó Gregorio? Acabara, dijo que estás acabada. El silencio de la oficina fue absoluto. María respiró profundo. Sus manos temblaban ligeramente, pero su voz cuando habló era de acero.

 ¿Quién más? ¿Quién más? ¿Qué? ¿Quién más estaba en esa reunión? ¿Quién más asintió cuando Solano dijo que estoy acabada? Gregorio nombró seis personas más. Directores que María había convertido en estrellas, productores que habían hecho fortunas con sus películas. ejecutivos que la habían cortejado durante años, invitándola a cenas, enviándole flores, llamándola la más grande del cine mexicano.

 Todos habían asentido, todos habían estado de acuerdo. María Félix estaba acabada. ¿Y tú?, preguntó María mirando a Gregorio directamente. ¿Tú qué dijiste? Gregorio bajó la mirada. Su silencio fue la respuesta. María asintió lentamente. Entiendo. Se dio la vuelta y caminó hacia la puerta. María, espera. Yo intenté defenderte, pero eran demasiados.

 El sindicato también presiona. Quieren darle oportunidades a las nuevas generaciones. No te están vetando oficialmente, solo están cortando el financiamiento para proyectos contigo. María se detuvo en la puerta, no se dio vuelta. ¿Sabes qué es lo peor, Gregorio? No es que piensen que estoy acabada. Lo peor es que ninguno tuvo el valor de decírmelo a la cara.

Tuvieron que hacerlo en una reunión a mis espaldas como cobardes, como siempre han sido. Y salió. Esa noche María no durmió. se sentó en la sala de su casa en Polanco, rodeada de los retratos que Diego Rivera había pintado de ella, de las joyas que Cartier había diseñado para ella, de los premios, las fotografías, los recuerdos de una vida vivida a una intensidad que pocos seres humanos conocen.

Read More