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La noche que María Félix humilló a Ava Gardner en Cannes – El vestido que cambió todo

Ojos verdes como esmeraldas líquidas, piel de porcelana que parecía iluminarse desde dentro, una boca que había lanzado mil fantasías y una forma de caminar que convertía cualquier calle en pasarela. Frank Sinatra se había destruido por ella, había abandonado a su esposa, había suplicado de rodillas, había amenazado con suicidarse y cuando Aba lo dejó, Sinatra nunca volvió a ser el mismo.

Jaguar Jugues había ofrecido una fortuna entera solo por cenar con ella una noche y Aba había rechazado la invitación con una risa que Jugues escuchó durante años en sus pesadillas. Mickey Roney, su primer esposo, la había llamado la única mujer que me hizo creer en Dios. Y Ernest Hemingway, el escritor más duro de su generación, se había enamorado de ella con la desesperación de un adolescente.

 Pero Aba tenía un problema, un problema que la atormentaba desde hacía años y que ningún elogio, ningún amante, ninguna película podía resolver. Nunca había conquistado Europa. Hollywood la adoraba. Sí. Estados Unidos la veneraba, por supuesto. Pero Europa, especialmente Francia, la veía como otra americana más. Bonita, pero vacía, talentosa, pero predecible.

 Una estrella de cinemas en un cielo lleno de ellas. Los críticos franceses, esos jueces implacables que podían hacer o destruir una carrera con un párrafo, la trataban con educación distante, reconocían su belleza, pero cuestionaban su profundidad. En las revistas parisinas, Aba aparecía en las páginas de sociedad, nunca en las de arte.

 Y eso, para una mujer que se tomaba en serio como actriz, era un insulto disfrazado de cortesía. En 1959, Aba necesitaba desesperadamente cambiar esa percepción y el festival de Canes era su oportunidad. No cualquier oportunidad, la oportunidad. Kanes era el escaparate del cine europeo, el lugar donde las estrellas de Hollywood venían a demostrar que eran más que rostros bonitos, que tenían sustancia, que merecían el respeto del viejo continente.

 Si Aba triunfaba en Canes, si Europa la aceptaba como una de las suyas, su legado estaría completo. Ya no sería solo la chica bonita de Carolina del Norte que había llegado lejos. Sería una estrella universal reconocida en ambos lados del Atlántico. Su publicista Morgan Hudgins, un hombre astuto que llevaba 12 años manejando la imagen de Ava, diseñó el plan perfecto.

 “Vamos a presentarte como nunca te han visto”, le dijo durante una reunión en la oficina de la MGM en Beverly Hills. No como la chica americana, como una diosa internacional. Á lo miró con esos ojos verdes que habían derretido a hombres mucho más fuertes que Morgan. ¿Qué tienes en mente? Todo empieza con el vestido, respondió Morgan.

 Si te ven llegar a Canes con algo de Hollywood, te tratarán como turista. Necesitamos algo francés, algo que diga que perteneces ahí. contrataron al diseñador francés Jack Fat, uno de los nombres más respetados de la alta costura parisina, para crear un vestido exclusivo. Verde esmeralda, palabra de honor. Corte sirena con una cola de 3 m que se arrastraría por la alfombra roja como una declaración de guerra contra la indiferencia europea.

 Elegante, pero sensual, europeo, pero glamoroso, sofisticado, pero accesible. El vestido costó $10,000, una fortuna absoluta en 1959, más de lo que la mayoría de los americanos ganaban en un año entero. Pero Morgan insistía en que valía cada centavo porque ese vestido iba a cambiar todo. Iba a hacer que Europa finalmente viera a Aba Garner como la estrella que era, o eso pensaban.

 Si esta historia ya te está atrapando, suscríbete al canal para que sigamos manteniendo viva la memoria de Nuestra Señora María Félix. Haz que la época de oro no se acabe. Quédate con nosotros y sigamos contando estas historias que merecen ser recordadas. Mientras tanto, a 9,000 km al oeste, en la ciudad de México, en una casa de la colonia Polanco, llena de arte, de recuerdos y de una vida vivida en sus propios términos, María Félix estaba sentada en su sala leyendo la invitación de Canes por décima vez. Tenía 45 años.

Se había retirado del cine hacía dos años, pero seguía siendo la doña, la mujer más bella de México, la mujer más temida de Latinoamérica, la única actriz latina que había rechazado a Hollywood y había ganado. Porque María no había rechazado Hollywood por incapacidad, sino por orgullo. Cuando los estudios americanos le ofrecieron contratos millonarios con la condición de que cambiara su nombre, suavizara su acento y aceptara papeles de latina su misa.

María los miró con esos ojos que habían destruido matrimonios, carreras y egos, y dijo una frase que se volvió leyenda. Yo no cambio mi nombre por nadie. Si quieren a María Félix, tómenla como es. Si no, que se busquen otra. Hollywood se buscó otras. María construyó un imperio sin ellos y ahora, en mayo de 1959, Canes la quería.

 No por caridad, no por cuota latina, la quería porque el festival estaba tratando de expandirse más allá de Europa y Estados Unidos. Quería glamur latino, quería diversidad, quería la mujer que había dicho no al sistema más poderoso del entretenimiento mundial y había sobrevivido para contarlo. María no necesitaba Canes. Canes la necesitaba a ella y esa diferencia lo cambiaba todo.

 Su asistente Lupita, la mujer que llevaba 15 años a su lado, que conocía cada humor, cada capricho, cada genialidad de María, entró a la sala con un sobre. Señora, llegó esto de París. Era grande, pesado, elegante. María lo abrió con la calma de quien sabe que el mundo puede esperar.

 Adentro, bocetos de vestidos de Christian Dior. Cinco diseños, todos espectaculares, todos únicos, todos creados específicamente para ella. No eran bocetos genéricos enviados a cualquier cliente rica. Eran diseños que solo María Félix podía usar, creados pensando en su cuerpo, su actitud, su presencia. La casa Dior la conocía bien.

 María era clienta desde hacía una década. Había cenado con Cristian Dior mismo antes de su muerte en 1957. Y el nuevo director artístico, Ibsaint Laurent, la admiraba con la intensidad de un joven que reconoce la grandeza cuando la ve. María estudió los vocetos uno por uno. Lentamente, como quien evalúa armas antes de una batalla, se detuvo en el tercero. Verde esmeralda.

Palabra de honor. Corte sirena con una cola de 3 m. María lo miró durante un largo momento. Luego levantó la vista hacia Lupita con una expresión que su asistente conocía demasiado bien. Esa expresión que significaba que María había visto algo, que su mente estaba calculando, que un plan estaba formándose detrás de esos ojos oscuros.

Este, dijo María señalando el boceto, pero quiero cambios. Llamó directamente a la casa de en París. Habló con el director de diseño. Su voz era tranquila. Precisa la voz de una mujer que sabe exactamente lo que quiere y no acepta menos. El verde necesita ser más profundo, casi negro, bajo ciertas luces.

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