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Cuando Jacobo Zabludovsky confrontó a María Félix en televisión – Su respuesta fue demoledora

 María Félix no era una presidenta, no era un ministro, no era un general, era algo completamente distinto. Era una fuerza de la naturaleza que llevaba 40 años destruyendo a hombres exactamente como él. Hombres que creían que el poder era algo que se tenía cuando en realidad era algo que se era. Por cierto, si las historias de Nuestra Señora te llegan al corazón como a nosotros, suscríbete a este canal.

 La época de oro no se acaba mientras sigamos contándola juntos. Ciudad de México. Octubre de 1979. El edificio de Televicentro en la avenida Chapultepec era el corazón palpitante del país. Desde ahí salía la voz que le daba forma a la realidad de 40 millones de mexicanos cada noche. Y esa voz tenía nombre, Jacobo Sabludowski. Llevaba más de 20 años al frente de 24 horas.

 El noticiero más visto de México, el programa que no era solo un noticiero, sino una institución, una columna vertebral de la identidad nacional. Sabludowski tenía 50 años, cabello impecablemente peinado, traje oscuro de corte europeo, la mirada de alguien que ha visto demasiado para sorprenderse con algo. Su voz era un instrumento afinado con décadas de práctica profunda, autoritaria, capaz de convertir cualquier declaración en sentencia definitiva.

 Los políticos lo temían, los artistas lo necesitaban, los empresarios lo cortejaban. Sabludowski sabía exactamente cuánto poder tenía y sabía cómo usarlo, como un cirujano que conoce cada uno de sus instrumentos y sabe exactamente dónde cortar para que duela más. Pero esa noche no iba a entrevistar a un político.

 Esa noche iba a sentarse frente a María Félix. Y ahí estaba el problema. El problema que Sabludowski no quería ver, que sus colaboradores intentaron señalarle durante semanas y que él descartó con la misma arrogancia tranquila con la que descartaba todo lo que contradecía sus planes. El problema era simple y devastador a la vez.

 Las reglas que funcionaban con todos los demás no funcionaban con María Félix, porque María Félix no jugaba con las reglas de los demás. Nunca lo había hecho. Desde que tenía 17 años y decidió que su vida sería suya y de nadie más, María Félix había vivido exactamente como quería, amado a quien quería, dicho lo que quería, destruido lo que se interponía en su camino.

 Y al final de cada batalla había salido más grande, más luminosa, más leyenda que antes. María de los Ángeles, Félix Guereña, tenía 65 años en octubre de 1979. Llevaba una década sin hacer películas, retirada del cine desde 1970, viviendo entre su departamento en la colonia Polanco y su residencia en París, donde el pintor ruso francés Antuan Zapov la esperaba con la paciencia de los hombres que saben que esperar a María Félix es el privilegio más grande que el mundo puede ofrecer. 65 años.

En cualquier otra mujer, en cualquier otra figura pública, esa edad habría significado el comienzo del silencio, el retiro amable hacia los márgenes de la vida cultural, la transición de protagonista a leyenda respetada pero ya distante. En María Félix significaba exactamente lo contrario. 65 años de María Félix eran más intimidantes que 20 años de cualquier otra, porque los años no la habían gastado, la habían pulido, la habían convertido en algo que ya no era solo una actriz, ya no era solo una belleza, ya no era solo una

personalidad, era un fenómeno, era una idea, era la demostración viviente de que una mujer podía existir en sus propios términos sin disculparse, sin agacharse, sin pedir permiso a nadie. Diego Rivera la había llamado un ser monstruosamente perfecto. Jan Cocteau había dicho que era tan hermosa que hacía daño.

 Octavio Pas había escrito que nació dos veces. La primera cuando sus padres la trajeron al mundo y la segunda cuando ella misma se inventó. Y esa noche, en el estudio de Televisa, María Félix llegó al set exactamente como siempre llegaba a todos los lugares, como si el mundo hubiera sido construido específicamente para recibirla.

 La vieron llegar desde el pasillo. El director de cámaras fue el primero. Se quedó paralizado con el auricular a medio poner, mirando hacia la puerta del fondo del estudio. Luego la vio el productor ejecutivo y luego los técnicos de iluminación y luego el maquillista que estaba retocando el polvo en la frente de Sabludowski. Y por último el propio Sabludowski, que tuvo que girar en su silla porque algo en el ambiente cambió de una manera que no pudo ignorar.

 María entró al set con un vestido negro de Jibenchi, corte recto, sin adornos, la sencillez absoluta que solo puede permitirse quien sabe que no necesita nada más para llenar cualquier espacio. al cuello, un collar de esmeraldas que había pertenecido a una archiduquesa austríaca, los guantes negros hasta el codo, el cabello recogido en un chignom perfecto y los ojos, esos ojos que los directores de cine describían como infilmables, porque ninguna cámara conseguía capturar todo lo que contenían.

 Caminó hacia su silla con la cadencia de alguien que no tiene prisa porque el tiempo trabaja para ella. Se sentó, cruzó las piernas. Motudowski y sonró. Una sonrisa que el productor, el que llevaba 12 años en Televisa, describiría después como la sonrisa de alguien que ya sabe cómo termina la historia. Sabludowski no sonrió de vuelta, asintió con la cabeza.

profesional stunt calculator. Y en ese momento, aunque nadie en el estudio lo sabía todavía, la pelea ya había comenzado y ya había un ganador. Para entender por Jacobo Sabludowski quería enfrentarse a María Félix esa noche, hay que entender quién era Sabludowski realmente, más allá de los trajes impecables y la voz de Barítono y los años de noticiero estelar.

 Jacobo Sabludowski Kraveski había nacido en la ciudad de México en 1928, hijo de inmigrantes judíos que llegaron a México huyendo del antisemitismo europeo. Creció en la colonia Guerrero. Estudió periodismo con la obsesión de alguien que sabe que las palabras son la única forma de poder que está disponible para quien no nace con dinero ni apellido.

 entró a la radio a los 16 años, a los 20 ya tenía su propio programa, a los 30 era reconocible, a los 40 era indispensable, pero fue con 24 horas el noticiero que lanzó en 1970 en el canal 2 de Televisa, cuando Sabludowski se convirtió en algo más que un periodista. Se convirtió en el árbitro de la realidad mexicana.

 Lo que Sabludowski decía existía. Lo que Sabludowski ignoraba dejaba de existir. Gobernadores le llamaban para pedirle cobertura. Ministros le mandaban regalos antes de que les hiciera preguntas difíciles. El presidente mismo, dicen quienes trabajaron cerca de esos círculos, revisaba si Sabludowski lo había tratado bien en el noticiero de las 10 antes de dormirse.

 Ese era el poder de Jacobo Sabludowski en 1979, un poder construido durante décadas. consolidado con la disciplina de un monje y la frialdad de un estratega, un poder que nunca en 20 años de carrera estelar había sido verdaderamente cuestionado por nadie hasta esa noche, la idea de entrevistar a María Félix había surgido 3 meses antes, en julio de 1979, durante una reunión de planeación editorial en la que Sabludowski estaba buscando contenido para el segmento especial que solía transmitir en otoño.

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