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La noche que María Félix humilló a Elizabeth Taylor frente a Richard Burton

 Para entender lo que pasó esa noche de agosto en Acapulco, hay que entender primero quién era Elizabeth Taylor en 1969 y porque necesitaba desesperadamente brillar más que cualquier otra mujer en cualquier habitación donde entrara. Elizabeth Rosemont Tylor tenía 37 años. Había ganado dos premios Óscar, uno por Butterfield 8 de enero de 1961 y otro por quien le teme a Virginia Wolf en 1966.

Había sobrevivido a cuatro matrimonios anteriores, una traqueotomía que casi la mató y un escándalo con el Vaticano que la había convertido en la mujer más odiada y más deseada del mundo simultáneamente. Su quinto matrimonio era con Richard Burton, el actor galés de voz de trueno que bebía whisky como si fuera agua y recitaba a Shakespeare borracho mejor que la mayoría de actores sobrios.

Juntos eran la pareja más fotografiada, más escandalosa y más magnética del planeta. más que Kennedy y Jaque, más que cualquier rey y reina de Europa. Su romance había comenzado en el set de Cleopatra en Roma, 1963, ambos casados con otras personas. El escándalo fue tan monumental que el Vaticano emitió un comunicado público condenándolos.

 Los periódicos italianos los llamaron la pareja más inmoral del mundo, pero a Elizabeth no le importó. Nunca le había importado lo que otros pensaran de ella. Dejó a su esposo. Richard dejó a su esposa. Se casaron en Montreal en 1964 con solo una docena de testigos. Se divorciaron en 1974, se volvieron a casar en 1975, se volvieron a divorciar en 1976.

Eran tóxicos, apasionados, destructivos y absolutamente irresistibles para el público mundial. Y Richard le compraba joyas constantemente como disculpas después de borracheras violentas, como celebraciones de reconciliaciones, como declaraciones públicas de un amor que no sabía expresarse de otra forma. Elizabeth lo alentaba, no porque fuera materialista, aunque la prensa la llamaba exactamente eso, sino porque entendía algo fundamental sobre el poder.

 Las joyas eran armadura, eran declaración de guerra, eran la forma más visible de decirle al mundo, “Yo estoy aquí, yo soy importante, yo no puedo ser ignorada.” Para 1969, la colección de joyas de Elizabeth Taylor era la más famosa del mundo, valuada en más de 10 millones de dólares de la época, una cifra obsena que equivaldría a más de 80 millones hoy.

Bulgari, Cartier, Bancleev y Arpels, todos los grandes nombres de la joyería habían creado piezas para ella o habían vendido sus mejores creaciones a Richard Burton para regalárselas. Revistas como Bogue, Harpers, Besar y Life dedicaban páginas enteras solo a catalogar sus adquisiciones.

 Joyeros de todo el mundo le enviaban piezas esperando que las usara en público, porque una fotografía de Elizabeth Taylor usando una joya multiplicaba su valor instantáneamente. Pero había un problema, un problema que Elizabeth nunca admitió públicamente, pero que la atormentaba en privado, sobre todo en las noches de insomnio cuando Richard dormía borracho a su lado y ella se quedaba mirando las cajas de terciopelo alineadas en su vestidor.

 Su colección, aunque basta, aunque cara, aunque mundialmente famosa, no era única. Cada pieza que poseía, por hermosa que fuera, existía en el contexto de otras piezas similares. Otro collar de esmeraldas en otra colección, otro anillo de diamantes en otra bóveda, otro juego de rubíes en otra subasta. Piezas extraordinarias, sin duda, piezas que cualquier mujer del mundo habría envidiado, pero no singulares, no irrepetibles, no absolutamente únicas.

 Y Elizabeth compensaba esa carencia con volumen. Si una joya impresionaba, cinco joyas deslumbrarían. Si un collar era hermoso, tres collares serían inolvidables. Cantidad como estrategia, acumulación como filosofía. Y funcionaba. La mayoría del tiempo funcionaba. Hasta aquella noche en Acapulco, agosto de 1969, Richard Burton estaba filmando una película en México.

 Elizabeth lo acompañaba como siempre, porque separarse significaba que Richard bebería más y cuando Richard bebía más, las peleas se volvían más violentas y las reconciliaciones más caras. Rentaron Villa Arabesque, una mansión espectacular en las colinas de Acapulco con vista panorámica al Pacífico. Paredes blancas, pisos de mármol, jardines que caían en cascada hacia la bahía como una postal imposible.

 La villa tenía 12 habitaciones, tres piscinas, un muelle privado y un sistema de iluminación que hacía que todo brillara como escenario de película. Elizabeth decidió dar una fiesta. Oficialmente era por el cumpleaños de un productor amigo, cuyo nombre la historia ya olvidó. Extraoficialmente era porque Elizabeth necesitaba las fiestas como otros necesitan el oxígeno.

Necesitaba ser el centro de atención. Necesitaba que la gente la mirara, la admirara, la envidiara. Necesitaba a Briller era su combustible. Sin esa atención, Elizabeth se marchitaba, se volvía insegura, nerviosa, frágil. Con esa atención era la mujer más poderosa del mundo. La lista de invitados era aú quien es quien del poder mundial del entretenimiento.

 Frank Sinatra confirmó desde Las Vegas. Débora Ker vendría desde su retiro en Suiza. Gregory Pec llegaría de Los Ángeles. Productores de los grandes estudios, directores ganadores de premios, estrellas emergentes que buscaban ser vistas, millonarios mexicanos que querían codearse con Hollywood, 150 personas en total.

 Y por cortesía, porque Acapulco era territorio mexicano y la élite local esperaba ser incluida, el coordinador de eventos sugirió invitar a algunas figuras mexicanas prominentes, entre ellas María Félix. La invitación a María fue idea del coordinador, un hombre llamado Sergio, que conocía el protocolo social de Acapulco mejor que nadie.

 Si damos una fiesta de este nivel en Acapulco y no invitamos a María Félix, le dijo a Elizabeth, habrá problemas. Es la mujer más importante de México. Ignorarla sería una ofensa. Elizabeth Escucho Destra estaba revisando arreglos florales. María Félix, la actriz mexicana. Sí, la conozco de nombre. Es famosa aquí en Vala.

 No es una amenaza para la lista. Escotisia. Sergio preparó la invitación, la envió a la residencia de María en Acapulco. Elizabeth no le dio más pensamiento al asunto. Para ella, María Félix era una celebridad local, una actriz de cine mexicano que probablemente estaría emocionada de asistir a una fiesta con estrellas de verdad. No sabía, no tenía idea.

 Nadie en su círculo de Hollywood le había advertido quién era realmente María Félix. Nadie le había contado que María había rechazado contratos de Hollywood, no una, sino tres veces, no porque no la quisieran, sino porque ella no los quería a ellos. Nadie le había dicho que María había cenado con De Gol, que había sido amante de un torero legendario, que había rechazado a millonarios europeos, que Dior le había diseñado vestidos exclusivos, que Jan Cock Teau la había llamado la mujer más hermosa del mundo.

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