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¡La anciana solitaria quedó embarazada… tras beber agua que brotaba de la estatua de la Virgen

 

 Aquella noche que mientras cenaba sola un plato de frijoles refritos y queso fresco, recordó cada palabra de su vecina, miró hacia la pequeña imagen de la Virgen de Guadalupe, que colgaba en su pared un regalo heredado de su madre, y suspiró hondo. No pensaba pedir nada. Hacía tiempo que sus rezos habían dejado de implorar milagros.

 Solo deseaba que la paz no la abandonara, que su corazón no se volviera de piedra. Pero el rumor, como la brisa, que entra sin permiso por las rendijas, ya había abierto en ella una grieta de curiosidad. Al día siguiente, Aurelia despertó con el mismo cosquilleo en el pecho, como si las palabras de Matilde hubiesen quedado enredadas en sus sueños.

El sol aún no despuntaba y ya estaba de pie, removiendo las brasas del fogón, calentando un poco de café. Miró hacia la esquina de su casa, donde colgaba la imagen de la Virgen, la que había heredado de su madre, y por primera vez en mucho tiempo se preguntó en voz baja, “¿Y si fuera cierto?” No buscaba un milagro.

 Lo había repetido tantas veces, pero esa pregunta se quedó vibrando en el aire como un eco suave. Cuando salió al mercado a comprar maíz, escuchó a varias mujeres hablar del mismo asunto. Una decía que su sobrino con tos crónica había mejorado tras mojarse la frente con aquella agua. Otra aseguraba haber soñado con una voz femenina que le susurraba su nombre.

Aurelia no quiso opinar, solo caminó entre los puestos de frutas y especias, pero dentro de ella algo empezaba a removerse, un murmullo que llevaba años dormido. Esa misma tarde, al volver a casa, encontró en la mesa de madera un papel doblado. No era carta, solo un volante improvisado que alguien había dejado bajo la puerta.

Decía capilla de Santa Clara. El agua brota de los pies de la Virgen. Todos son bienvenidos. La letra era torpe casi infantil y Aurelia la recorrió con el dedo varias veces. Se quedó un rato largo, mirando el papel como si de pronto hubiera recibido una invitación secreta. El día transcurrió lento.

 El calor hacía brillar las piedras del patio y los perros buscaban sombra bajo los nopales. Aurelia intentó distraerse. Molió maíz, lavó ropa, pero el pensamiento volvía una y otra vez. Al caer la tarde, salió a sentarse en el corredor con su reboso sobre los hombros. miró hacia la sierra que se pintaba de naranja y murmuró, “Si Eusebio viviera, me diría que no fuera que esas cosas son cuentos de gente necesitada, pero estoy sola y quizá necesito también un cuento.

” La noche trajo consigo un sueño distinto. Aurelia se vio caminando por un sendero de piedra que conducía a una capilla pequeña. Del interior se escuchaba un canto sin palabras, un murmullo colectivo que parecía hecho de suspiros. En el centro fuente brotaba de la tierra y una niña de ojos negros le ofrecía un jarro de agua.

Aurelia lo bebía y en el acto sentía que su vientre, ese vientre silencioso durante toda su vida, latía con una fuerza desconocida. Se despertó agitada con la garganta seca. El amanecer siguiente llegó con un aire más fresco. Aurelia salió al patio, regó las macetas y trató de convencerse de que todo era solo producto de su soledad.

 Pero al pasar frente al espejo rajado de su cuarto, se sorprendió. Sus mejillas tenían un leve rubor, como si hubiese estado caminando bajo el sol. Vieja loca, se dijo entre dientes y sonrió apenas. Al caer la tarde, tocó la puerta Matilde de nuevo. Comadre Varias, vamos mañana a la capilla. ¿Quiere acompañarnos? Aurelia no respondió.

 Enseguida miró el fogón apagado, miró el reboso en la pared, luego los ojos de su vecina. sintió que dentro de ella algo seía como un nudo desatándose. Finalmente murmuró, “Sí, iré con ustedes.” Aquella noche, antes de dormir, encendió una veladora frente a la imagen de la virgen en sí su casa. La llama titilaba inquieta, proyectando sombras alargadas en las paredes.

Aurelia juntó las manos, cerró los ojos y dijo en voz baja, “No pido nada, madre, solo muéstrame si hay verdad en ese rumor.” Afuera los grillos cantaban como si anunciaran que un nuevo camino estaba a punto de abrirse. La mañana del viaje llegó Clara con un aire más fresco de lo habitual para ser marzo.

 Aurelia se levantó antes del canto del gallo, preparó unas tortillas envueltas en un trapo y se acomodó el reboso sobre los hombros. Matilde la esperaba en la esquina junto a otras tres mujeres, todas con rostros expectantes y pasos nerviosos. Tomaron el autobús que salía hacia Talacolula, el mismo que Aurelia solía ver pasar lleno de comerciantes y campesinos.

Esta vez, sin embargo, el trayecto tenía un peso distinto el murmullo de lo desconocido. El camino serpenteaba entre lomas pardas, huisaches secos y nopales que se alzaban como guardianes. Nadie hablaba demasiado como si el silencio fuera la única forma de sostener aquella mezcla de miedo y esperanza. Aurelia observaba el paisaje que se abría frente a la ventanilla y pensaba en los años que habían pasado, sin grandes cambios en las rutinas tan fijas que ya parecían esculpidas en piedra.

 Y sin embargo, ahí estaba ella camino a una capilla de la que hasta ayer apenas había oído hablar. Al llegar preguntaron a unos niños que jugaban en la plaza. “Sigan derecho hasta donde vean flores en la entrada”, dijo uno de ellos señalando con la mano sucia de tierra. Caminaron bajo un sol que parecía derretirlo todo.

 Finalmente, entre árboles polvorientos apareció una construcción humilde de adobe con techo de lámina y paredes cuarteadas. La entrada estaba adornada con flores marchitas y veladoras consumidas hasta la mitad. Afuera, varias personas se arrodillaban, algunas lloraban, otras murmuraban. oraciones. Aurelia sintió que el corazón le golpeaba el pecho con fuerza.

 Dio un paso adentro. La capilla era pequeña, apenas unas bancas de madera vieja y un altar improvisado de ladrillo sin repellar. Allí, en el centro se alzaba la figura de la Virgen, una escultura de barro desgastado con el rostro sereno y los ojos entrecerrados, como quien reza en silencio desde hace siglos. Del suelo justo bajo sus pies brotaba un hilo de agua transparente que caía lentamente en una tinaja de barro.

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