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El Comandante Abofeteó A El Chapo Sin Reconocerlo — Y Su Error Le Costó La Vida

Son las 11:47 de la noche del viernes 12 de octubre de 2001, cuando el comandante Miguel Hernández Torres llega al bar El Rincón Dorado en Culiacán, Sinaloa, lleva tres copas de más, la corbata floja y el orgullo herido después de una discusión con su esposa. Es un hombre corpulento de 43 años, bigote espeso y mirada dura que ha forjado durante 18 años.

en la policía federal. Esa noche no sabe que está a punto de cometer el error más grande de su vida. En una mesa del rincón, un hombre bajo y fornido de 44 años bebe whisky en silencio. Viste camisa blanca de algodón, pantalón de mezclilla y botas vaqueras desgastadas. Nada en su apariencia sugiere que es Joaquín Guzmán.

Lo era el Chapo, líder del cártel de Sinaloa y uno de los narcotraficantes más poderosos de México. Lo que sucederá en los próximos 10 minutos desencadenará una cacería que terminará con sangre derramada en las calles de Culiacán y un comandante de policía desaparecido para siempre. El comandante Hernández no llegó a esa cantina por casualidad.

Esa tarde había tenido la peor discusión de sus 15 años de matrimonio con Carmen, su esposa. Todo comenzó por dinero, como siempre. El sueldo de un comandante de la policía federal en 2001 apenas alcanzaba para cubrir los gastos básicos de una familia de cinco integrantes. Carmen trabajaba como maestra de primaria, pero sus ingresos combinados no eran suficientes para mantener a sus tres hijos en escuelas privadas y pagar la hipoteca de su casa en una colonia de clase media.

Durante meses, Carmen había notado que Miguel llegaba a casa con billetes extra en los bolsillos. Cuando finalmente le preguntó de dónde salía ese dinero, Miguel exploró. le gritó que no era asunto suyo, que él era quien arriesgaba la vida en las calles, que ella no entendía las presiones de su trabajo. Carmen le respondió que sabía perfectamente de dónde venía ese dinero y que no quería vivir con esa mancha en su conciencia.

La pelea escaló hasta que Miguel tomó sus llaves y salió dando un portazo. Miguel Hernández Torres había nacido en una familia humilde de Mazatlán. Su padre era pescador y su madre vendía tortillas para ayudar con los gastos. Desde pequeño soñó con ser policía inspirado por las películas de acción donde los buenos siempre ganaban.

A los 25 años ingresó a la Academia de Policía Federal con calificaciones sobresalientes. Era un idealista que creía firmemente en la justicia y en que México podía cambiar si hombres honestos ocupaban posiciones de autoridad. Durante sus primeros 10 años como agente, Miguel mantuvo esa integridad. Rechazó sobornos, arrestó criminales sin importar sus conexiones y se ganó el respeto de sus superiores.

Su expediente estaba limpio y su reputación era intachable. Pero México en los años 90 era un país donde la línea entre el bien y el mal se difuminaba cada día más. El narcotráfico había crecido hasta convertirse en una industria que movía miles de millones de dólares. Los carteles tenían más dinero que el gobierno federal y podían comprar lealtades con facilidad.

Miguel comenzó a ver como compañeros honestos eran transferidos a posiciones sin importancia, mientras que aquellos dispuestos a hacer la vista gorda recibían ascensos y bonos generosos. La presión aumentó cuando nació su tercer hijo y Carmen fue diagnosticada con diabetes. Los gastos médicos se acumularon y el sueldo de Miguel ya no alcanzaba.

Fue entonces cuando el comandante Raúl Mendoza, su superior directo, le hizo una propuesta que cambiaría su vida para siempre. Una tarde de abril de 2000, Mendoza citó a Miguel en su oficina. cerró la puerta con seguro y bajó las persianas antes de hablar. Le explicó que había una oportunidad para ganar dinero extra sin lastimar a nadie.

Solo tenían que proporcionar información sobre operativos planeados contra ciertos individuos. Nada más que eso, Miguel se negó rotundamente, pero Mendoza no se dio por vencido. Durante los siguientes meses, la presión financiera en casa de Miguel aumentó. Carmen tuvo que ser hospitalizada dos veces por complicaciones de su diabetes.

Los ahorros familiares se agotaron y Miguel tuvo que pedir préstamos que no podía pagar. Finalmente, en septiembre de 2000, Miguel cedió. Aceptó la primera información por 5000. Se dijo a sí mismo que sería solo una vez, que necesitaba el dinero para su familia y que no estaba lastimando directamente a nadie.

Pero como sucede siempre en estos casos, una vez que cruzó esa línea, no hubo regreso. Durante los siguientes meses, Miguel proporcionó información sobre cateos, operativos y movimientos de la Policía Federal a cambio de sobornos cada vez más grandes. Su estilo de vida mejoró gradualmente. pudo pagar las cuentas médicas de Carmen, inscribir a sus hijos en mejores escuelas e incluso comprar un auto nuevo.

Sin embargo, Miguel no sabía exactamente para quién trabajaba. Mendoza le aseguró que la información se vendía a varios grupos, pero nunca mencionó nombres específicos. Miguel prefería no saber los detalles. Era más fácil vivir con la culpa si mantenía cierta distancia emocional de las consecuencias. de sus actos, pero esa ignorancia deliberada estaba a punto de costarle la vida.

El Chapo había llegado al rincón dorado esa noche después de una reunión con sus lugarenientes, sobre una carga de cocaína que había sido interceptada por la policía dos días antes. Según su información, alguien dentro de las fuerzas federales había filtrado detalles del operativo, pero esta vez la información había llegado demasiado tarde.

Perdieron 3es toneladas de mercancía y dos de sus hombres fueron arrestados. El Chapo estaba furioso y había ordenado una investigación para identificar al traidor. Ironía del destino. El hombre responsable de esa filtración estaba a punto de entrar al mismo bar donde él bebía whisky. Miguel entró a el rincón dorado tambaleándose ligeramente.

El alcohol que había consumido en otros dos bares antes de llegar ahí había nublado su juicio. El lugar estaba medio vacío, con música norteña sonando a bajo volumen y el ambiente típico de cantina de barrio. Miguel se dirigió directamente a la barra y ordenó un tequila doble. El cantinero, un hombre de edad madura con delantal manchado, lo sirvió sin hacer preguntas.

Miguel se tomó el primer trago de un solo sorbo y pidió otro inmediatamente. Fue entonces cuando notó al hombre en la mesa del rincón, algo en su postura y en la forma como sus acompañantes lo trataban con deferencia. le llamó la atención. Miguel, a pesar de su estado de ebriedad, conservaba el instinto policial que había desarrollado durante casi dos décadas.

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