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Volvió para vender el rancho… y encontró a una mujer sola que lo había convertido en su hogar

El polvo del camino se levantaba cuando Ignacia cruzó por primera vez el portón de madera torcida con una bolsa de tela colgada al hombro y los pies envueltos en suelas desgastadas que habían conocido demasiados caminos. Era la hora en que el sol pega de costado y tiñe de naranja todo lo que toca y el rancho, si es que podía llamarse así, estaba abandonado desde hacía, tanto que los pájaros habían construido su propio hogar entre las vigas.

Ella lo vio y no sintió lástima ni miedo. Sintió algo más parecido al reconocimiento, como si ese lugar roto y silencioso le estuviera diciendo en voz baja que también él había sobrevivido cosas que nadie más podía entender. Empujó la puerta que crujió desde las bisagras hasta el marco. Entró. Dejó caer la bolsa sobre el piso de tierra pisonada.

Nadie sabía que ella estaba ahí. Nadie en ese momento la estaba buscando. Lo que ella no podía imaginar era que ese rancho tenía dueño y que iba a volver. Si tú crees que una mujer con voluntad firme puede convertir cuatro paredes caídas en un hogar hermoso, regálame tu like, suscríbete al canal, activa la campanita para escuchar cada historia nueva y escríbeme en los comentarios desde qué lugar del mundo nos estás viendo.

Vamos a empezar. El rancho estaba en un paraje que los mapas no registraban con nombre propio. A dos horas a pie del pueblo de Sausalito, siguiendo una vereda de tierra colorada que en temporada de lluvia se volvía un río de lodo y en temporada seca se cuarteaba como piel vieja. Los lugareños lo llamaban el rancho del muerto, no porque hubiera habido ninguna muerte allí, sino porque el hombre que lo había construido, don Aurelio Cervantes Puga, había partido hacia la ciudad cuando su hijo era todavía un muchacho delgado que apenas

llegaba a las riendas del caballo y desde entonces el lugar había ido muriendo solo a su ritmo, sin que nadie viniera a evitarlo. Ignacia Alcántara tenía 23 años cuando llegó a ese paraje por primera vez. Era hija de Ceferino Alcántara, herrero de oficio y hombre de pocas palabras, y de Consuelo Vargas, que había muerto de fiebre cuando Ignacia tenía 12 años y a quien ella recordaba siempre de espaldas, inclinada sobre una olla grande, revolviendo algo que olía a hierba y a canela.

Tenía dos hermanas mayores que ya estaban casadas y un hermano menor que todavía aprendía el oficio del padre. Había vivido sus 23 años en el pueblo de Santa Lucía del Monte, que era un pueblo tranquilo y polvoriento, donde todos se conocía ni dónde. Por esa misma razón nadie podía guardar un secreto por mucho tiempo.

El problema con Ignacia no era que tuviera secretos. El problema era que su padre había tomado una decisión por ella sin consultarle y esa decisión llevaba el nombre de Benigno Solís, un hombre de 41 años que tenía tierras al norte del río y una viuda como antecedente y un modo de mirar a las mujeres que a Ignacia le ponía el estómago tenso cada vez que lo cruzaba en el mercado.

El trato estaba hecho desde hacía meses. Su padre lo había arreglado como se arreglan las deudas entre hombres, con apretón de manos y palabras que valen más que los papeles. Ignacia lo había sabido desde antes de que se lo dijeran, porque en un pueblo como Santa Lucía del Monte, las paredes tenían oídos y los silencios tenían formas reconocibles.

La mañana en que su padre le anunció la fecha de la boda, Ignacia estaba pelando papas en el patio trasero. Lo escuchó, siguió pelando, asintió con la cabeza y esperó a que él volviera adentro para dejar el cuchillo sobre la piedra, limpiarse las manos en el delantal y quedarse mirando el cielo un buen rato. No lloró.

Ignacia no era mujer de lágrimas fáciles. Eso lo había heredado de su madre, que había parido cuatro hijos y enterrado a uno sin que nadie le viera derramar una sola gota delante de los demás. Pero por dentro algo se le fue apretando durante los días siguientes, algo que no tenía nombre exacto, pero que funcionaba como una decisión que todavía no había tomado forma de palabras.

La tomó tres semanas antes de la boda. Fue un martes de madrugada cuando la casa dormía y los perros del vecino estaban callados. metió en una bolsa de manta lo que consideró esencial: ropa, una cobija delgada, el cuchillo de pelar que le había dado su madre, un puñado de monedas que había ido guardando de los encargos del mercado y un frasco pequeño con semillas de jitomate que había estado guardando desde la última cosecha, sin saber muy bien por qué.

Salió sin hacer ruido, cerró el portón con cuidado y tomó el camino hacia el norte, que era la única dirección en que no había nadie conocido esperándola. Caminó tres días. El primero lo hizo con el corazón golpeándole tan fuerte en el pecho que a cada vuelta del camino esperaba escuchar voces llamándola.

El segundo lo hizo con los pies ampollados y el estómago vacío, aceptando un pedazo de pan y un vaso de agua que le ofreció una mujer anciana desde la puerta de su casa sin hacerle ninguna pregunta, como si supiera que las preguntas no eran bienvenidas. El tercero lo hizo con una calma extraña, casi solemne, mirando los erros que se iban volviendo más altos y más verdes a medida que avanzaba y pensando que el mundo era mucho más grande de lo que había imaginado desde el patio de su casa en Santa Lucía del Monte. Fue una mujer que lavaba ropa en

el arroyo quien le habló del rancho abandonado. Le dijo que había uno camino arriba que llevaba años sin dueño visible, que nadie se había animado a ocuparlo porque tenía fama de traer mala suerte, pero que ella, y aquí la mujer la miró con una especie de evaluación silenciosa, no parecía ser de las que se asustan con famas.

Ignacia le preguntó cómo llegar. La mujer le indicó con el brazo estirado y siguió refregando su ropa como si la conversación hubiera terminado antes de empezar. Ignacia miró extrañada a la anciana. No entendía su tan extraña actitud, pero algo le decía que debía ir donde le indicó la vieja. Ignacia emprendió el camino hacia la dirección indicada, pensando en que le esperaba, que sería de ella y la decisión de dejar a todos atrás que había tomado.

Muchas cosas le rondaban a la vez por la cabeza, pero si de algo estaba segura era que no iba a volver a ese pueblo. No quería ser obligada a estar con alguien que apenas conocía. Eso último le dio fuerzas para seguir caminando con decisión e ímpetu, segura del camino que estaba tomando. Así llegó Ignacia al Rancho del Muerto en aquel atardecer de tierra y viento caliente, con los pies cansados y la determinación intacta.

Los primeros días fueron de trabajo puro y sin descanso. El rancho tenía una sola habitación grande con una cocina al fondo separada por una pared que se había derrumbado a medias, un cuarto más pequeño que había servido probablemente de bodega y un corredor techado que daba a un patio donde crecía la maleza hasta la altura de la rodilla.

Había ratones, había telarañas que parecían llevar años construyendo sus ciudades entre las vigas, había una pila de herramientas viejas en un rincón oxidadas pero reconocibles, un asadón, un machete sin filo, tres ollas de barro de las que una estaba rota y dos estaban enteras, y una reja de hierro que no parecía pertenecer a nada.

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