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Un Campesino Estaba Solo con su Bebé Hambriento… Hasta que un Golpe en la Puerta lo Cambió Todo

Un Campesino Estaba Solo con su Bebé Hambriento… Hasta que un Golpe en la Puerta lo Cambió Todo

La lluvia caía suavemente sobre el techo de ojalata [música] con esa persistencia que parecía no querer irse jamás. Era de esas lluvias que no te empapan de golpe, sino que te calan poco a poco, como ciertos dolores que ni siquiera te das cuenta de que llevas hasta que su [música] peso se convierte en costumbre.

Dentro de la casa de barro y ramas, escondida al final de un camino de tierra que nadie había transitado [música] desde la muerte del viejo Sebastián, Joaquim sostenía al bebé en su regazo y miraba la olla vacía sobre [música] la estufa. No había nada, ni un grano de arroz, ni una hoja de col, ni un pedacito de harina que pudiera mezclar con agua caliente para engañar al estómago de la niña.

 Solo la olla sucia del día anterior con las manchas oscuras de los frijoles que había dividido en tres porciones para que le duraran. [música] Joaquim tenía 28 años, pero sus manos parecían las de alguien que hubiera vivido el doble. [música] Los callos eran el testimonio de toda una vida de arar, de trabajar en granjas ajenas, de cargar peso que no le pertenecía, pero que aceptaba llevar porque era su forma de vivir.

 Su barba, sin afeitar, ocultaba un rostro apuesto, aunque nadie se detenía a observarlo. En esa región, hombres como él formaban parte del paisaje. [música] Formaban parte del escenario del mismo modo que las plantas de risino al borde del camino [música] o los perros flacos que dormían en las aceras de las tiendas formaban parte de él. Existían, pero nadie los veía.

 La niña que tenía en su regazo tenía 7 meses y se llamaba Aurora. Fue su madre quien eligió el nombre tr días antes de la bolsa, [música] ponerse las sandalias de plástico y caminar hasta la parada del autobús sin mirar atrás. [música] Dijo que iba a comprar pañales. Eso fue hace 4 meses. Joaquim aún conservaba la manta que ella usaba doblada en un rincón de la cama, porque a veces, cuando la añoranza se hacía insoportable, olía la tela buscando algo que aún le recordara su aroma.

 [música] Pero el aroma también se había ido junto con todo lo demás. Aurora lloraba suavemente con ese llanto débil que emite un bebé cuando ha llorado demasiado y su cuerpo ya no tiene fuerzas para emitir [música] sonido alguno. Joaquim mecía a la pequeña con cuidado, intentando convencerla de que todo estaría bien, aún sabiendo que tal vez no sería así.

[música] Esa mañana había diluido media taza de leche en polvo con abundante agua y luego, al final de la tarde, raspó el fondo del bote y le ofreció el último poquito en una tetina de biberón aplastada. Ahora no quedaba nada. El bote estaba en el suelo de la cocina, [música] boca abajo, como si el hecho de estar boca abajo pudiera, por algún milagro hacer aparecer algo dentro.

 La semana anterior había caminado 3 horas hasta la granja de Seutono para pedirle un adelanto de su salario diario. El hombre lo miró de arriba a abajo, esbozó una breve sonrisa de esas que no llegan a los ojos y le dijo que un adelanto no formaba parte del trato. También le dijo, [música] sin mirar a la niña que Joaquim llevaba atada con una tela sobre el pecho, que un hombre respetable no andaba pidiendo limosna y que si Joaquim quería consejos gratis, mejor que buscar a una mujer decente que cuidara de la niña, porque el trabajo en el campo no

era lugar para un bebé. [música] Joaquim le agradeció el consejo, aunque no se lo había pedido, y caminó de regreso durante 3 horas por el mismo camino, [música] con el sol dándole en la nuca y Aurora durmiendo junto a su pecho, sin sospechar nada. Esa noche, acostado en elgado colchón que compartía con su hija, Joaquim miró al techo y susurró una oración a Dios para que arreglara las cosas.

 No oró por sí mismo, [música] oró por ella. Oró para que si ella tenía que sufrir fuera él quien sufriera, pues ya estaba acostumbrado. Pero que Aurora tuviera una oportunidad, que tuviera leche, que algún día sintiera el abrazo de una madre, que tuviera una vida diferente a la suya. Luego se giró de lado e intentó no llorar porque temía mojarle la cara a la niña y despertarla.

La vecina más cercana vivía a casi 2 km al otro lado del arroyo. [música] Era una señora llamada doña Sida, que a veces aparecía con un poco de polenta o un huevo, [música] siempre con ese aire algo descortés de quien no quiere parecer caritativa. Joaquim sabía que ella tampoco tenía mucho y por eso evitaba llamar a su puerta.

 Había aprendido desde muy joven que la dignidad para los pobres [música] es una de las pocas cosas que aún se pueden conservar y que perderla era peor que pasar hambre. Pero aquella tarde con la lluvia arreciando y Aurora llorando suavemente de hambre, Joaquim empezó a preguntarse si no sería hora de tragarse el orgullo y cruzar el arroyo.

 Ya estaba envolviendo a la niña en la tela cuando oyó un golpe en la puerta. Era un golpe extraño y vacilante, como si quien estaba al otro lado tampoco estuviera seguro de si debía estar [música] allí. Joaquim se quedó de pie en medio de la habitación con aurora en brazos sin saber si abrir. En aquella región nadie llamaba a la puerta de nadie después del anochecer.

 [música] De hecho, nadie llamaba a ninguna puerta porque nadie visitaba a nadie. Las distancias eran enormes y la vida demasiado corta como para dedicar tiempo a las visitas. Llamaron de nuevo. Más firme esta vez, pero aún [música] suave. Joaquim respiró hondo, abrazó a la niña con fuerza contra su pecho y fue [música] a la puerta.

 Al abrirla se encontró con una mujer que no conocía. Era joven, tal vez de su edad o quizás un poco más joven. Estaba empapada de pies a cabeza con el pelo oscuro pegado a la cara y una mochila marrón colgada al hombro. [música] Tenía los ojos grandes de esos que parecen contener más de lo que revelan. Lo miró luego a la niña y por un instante pareció a punto de disculparse e irse. Pero no lo hizo.

Dijo que se llamaba Elena. [música] dijo que estaba perdida, que su coche se había averiado en el camino de tierra unos 3 kilómetros antes y que llevaba casi una hora caminando buscando a alguien que pudiera ayudarla. Lo dijo todo deprisa, como si temiera que la echaran antes de terminar de hablar. [música] Joaquim miró la lluvia, miró su ropa mojada, miró a Aurora, que había dejado de llorar, y observaba a la desconocida con silenciosa [música] curiosidad, y abrió más la puerta.

 No dijo nada, simplemente la abrió más. Elena entró [música] lentamente como si entrara en una iglesia. Miró a su alrededor sin juzgar, lo cual para Joaquim fue lo primero [música] extraño. Las pocas personas que aparecían allí siempre miraban su casa de una manera particular, una mirada que mezclaba lástima y repugnancia [música] y que lo hacía sentir mal durante días.

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