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El reloj que se detuvo en la Puerta del Sol

El estruendo no fue normal. No fue el típico bullicio de la Puerta del Sol, ni el rugido del tráfico de la calle Mayor, ni siquiera el eco de una manifestación que subía por la Carrera de San Jerónimo. Fue un crujido metálico, profundo, gutural, como si las entrañas de la tierra bajo la Real Casa de Correos se estuvieran desgarrando. Eran las doce y catorce minutos del mediodía de un martes que, hasta ese instante, había sido brutalmente ordinario.

Y entonces, el infierno se desató.

Una bandada de palomas, cientos de ellas, se alzaron al unísono en un vuelo errático y desesperado, oscureciendo el cielo gris de Madrid. Los turistas que se apiñaban alrededor de la estatua del Oso y el Madroño gritaron cuando el suelo vibró con una violencia inusitada. Pero lo más aterrador no fue el temblor, sino lo que siguió: el silencio. Un corte de energía masivo, absoluto, barrió el centro de la ciudad en una fracción de segundo. Los semáforos se apagaron, las pantallas gigantes de Tío Pepe se fundieron a negro, y el zumbido constante de la civilización moderna fue decapitado de tajo.

En medio de ese caos paralizante, en el epicentro exacto de la plaza, estaba Valeria.

No debería haber estado allí. Debería haber estado en el AVE de regreso a Barcelona, huyendo de una ciudad que solo le traía recuerdos con sabor a ceniza y sangre. Tenía el billete en el bolsillo de su abrigo, arrugado por la ansiedad. Estaba a punto de cruzar hacia la estación de metro cuando el crujido detuvo el mundo. La gente a su alrededor corría, empujaba, presa de un pánico irracional. Un hombre tropezó violentamente contra ella, haciéndola caer de rodillas sobre los fríos adoquines. El dolor agudo le atravesó la pierna, pero no le importó. Su mirada, por instinto, se alzó hacia lo alto del edificio de correos.

El reloj. El legendario reloj de la Puerta del Sol.

Las agujas, que habían dictado el ritmo de la capital durante más de un siglo, estaban atascadas. La aguja de los minutos temblaba, convulsionaba en un espasmo mecánico agonizante, chocando contra el número tres, incapaz de avanzar al cuarto de hora. Un humo negro y denso comenzó a salir de las rejillas del campanario, acompañado de un chirrido que helaba la sangre. Era como si el tiempo mismo estuviera siendo estrangulado a la vista de todos.

Valeria intentó levantarse, con el corazón latiéndole en la garganta. La multitud era una marea de cuerpos aterrorizados. Y entonces, a través de la vorágine de abrigos y rostros desfigurados por el miedo, lo vio.

Apenas a diez metros de distancia, inmóvil como una gárgola en medio de una estampida.

El aire abandonó los pulmones de Valeria. El mundo exterior dejó de existir. El ruido de las sirenas que comenzaban a aullar a lo lejos, los gritos, el olor a cable quemado… todo se desvaneció. Solo quedó él.

Hugo.

El hombre que había enterrado hace ocho años. El hombre al que le lloró sobre un ataúd cerrado después de aquel maldito accidente en los Pirineos. El hombre que la había destruido, cuya ausencia la había convertido en una sombra, estaba allí, de pie, vestido con un abrigo de lana oscura, mirándola fijamente. No era un fantasma. Los fantasmas no tienen ojeras tan profundas, ni una cicatriz cruzando la ceja izquierda, ni respiran de esa manera tan pesada, condensando el aire frío de Madrid.

El impacto fue tan brutal que Valeria sintió náuseas. Sus piernas fallaron de nuevo. ¿Estoy muerta?, pensó, en un destello de terror absoluto. ¿Fue una bomba? ¿He muerto y esto es el purgatorio?

Hugo dio un paso hacia ella. La multitud los esquivaba como si fueran rocas en medio de un río embravecido. Él no apartaba la vista de sus ojos. Había pánico en su rostro, un terror primitivo y desnudo, pero también una desesperación insoportable.

—Valeria… —La voz de él no fue más que un susurro ahogado por el ruido, pero ella lo leyó en sus labios. Esa misma forma de pronunciar su nombre que la había perseguido en sus pesadillas durante casi tres mil noches.

El tiempo se había detenido. Literaria y figurativamente. El reloj de la Puerta del Sol marcaba las 12:14 con una terquedad lúgubre. Las autoridades confirmarían más tarde que una explosión electromagnética subterránea, causada por una falla catastrófica en una antigua subestación, había paralizado el centro de Madrid, fundiendo los mecanismos del histórico reloj y deteniendo los trenes, los metros y las comunicaciones. Pero para Valeria y Hugo, la parálisis era otra.

Tenían sesenta minutos antes de que el ejército y los servicios de emergencia lograran restaurar el orden y la plaza fuera evacuada. Sesenta minutos de un limbo irreal donde las leyes de la vida y la muerte parecían haber sido suspendidas.

—Estás muerto —logró articular Valeria, su voz temblando con una violencia que le sacudía los dientes. Retrocedió, arrastrándose hacia atrás por el suelo, manchando sus manos con la suciedad de la calle—. ¡Estás muerto, te vi, te enterré!

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