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Paulina Rubio: la TRÁGICA muerte de su MADRE la dejó ROTA… El SECRETO de su HUMILLANTE colapso

El trabajo como dignidad propia, no el trabajo como huida del dolor, sino el trabajo como afirmación de que ella existía por sus propios méritos. que no necesitaba el apellido de nadie para justificar su lugar en la pantalla.  Y en ese proceso encontró un segundo matrimonio en 1979 con el empresario y productor audiovisual español Carlos Basallo Tomé, con quien viviría hasta que ese matrimonio también terminaría en divorcio en 1988.

Otro ciclo, otra recuperación, otra demostración de que Susana Dos Amantes no se quedaba en el piso, que cuando la vida la tiraba encontraba la manera de volver a ponerse de pie y seguir siendo quien era. Pero Susana no se derrumbó, siguió trabajando. Siguió siendo Susana Dos Amantes,  primera actriz, referencia de elegancia en la pantalla mexicana.

Y en el proceso, sin que hubiera ninguna clase sobre esto, sin que hubiera manual de instrucciones, le enseñó a su hija algo que ningún libro puede transmitir con la misma fuerza,  que una mujer puede sostenerse a sí misma cuando el mundo la abandona, que la adversidad no tiene por qué ser el punto final, sino el punto de partida de algo diferente, que la fortaleza no es la ausencia de dolor, sino la decisión de seguir a pesar de él.

Esa lección transmitida sin palabras, solo con el ejemplo de verla cada día levantarse e ir a trabajar y ser susana amantes frente al mundo, fue quizá el regalo más importante que la actriz le dio a su hija. Más importante que las conexiones en la industria, más importante que los contactos y las puertas abiertas. más importante que cualquier consejo específico sobre cómo navegar el mundo del espectáculo, la enseñanza de que una mujer puede, que una mujer  hace, que una mujer sigue y que esa continuidad, esa insistencia en existir

plenamente, a pesar de todo, es la forma más genuina de fortaleza que existe. Paulina nació con el espectáculo en la sangre, pero también en el ambiente. Desde que tuvo uso de razón, la hija de Susana Dos Amantes acompañaba a su madre a los foros de Televisa, sentada en los pasillos, mientras el mundo del entretenimiento mexicano giraba a su alrededor.

Veía cómo se maquillaban las actrices, como los directores daban instrucciones a voces, cómo los técnicos movían cables gruesos por el suelo, cómo las cámaras enormes seguían a los actores con una lentitud mecánica y majestuosa, cómo todo  ese aparato industrial se ponía al servicio de la ficción y convertía a personas  comunes en algo que millones de familias querían ver en sus casas cada noche. Y quería todo eso.

quería con esa intensidad particular de los niños que crecen  viendo de cerca algo brillante y deciden qué es suyo. Ella misma lo diría años después con una honestidad  que pocas estrellas se permiten en las entrevistas. Desde que me di cuenta de que ella salía en la televisión, la admiraba muchísimo. La quería ver, quería ir con ella, quería vestirme como ella, quería estar a su lado a ver cómo se maquillaba.

Siempre fui fan de mi madre. Fan de su madre. No es una frase casual. No es el tipo de cliché que uno dice sobre los padres porque suena  bien en una entrevista. Es la declaración de una niña que modeló su ambición a la imagen de la mujer que tenía más cerca. La admiración de Paulina por Susana no era la admiración  genérica de una hija por su madre, era la admiración específica de alguien que ve en otra persona exactamente lo que quiere llegar a ser.

Y eso crea una dinámica particular, un tipo de vínculo que va más allá del amor familiar y se convierte en algo más complejo, más poderoso, más difícil de describir con las palabras convencionales del duelo. Y Susana, que entendía mejor que nadie el precio de ese mundo,  intentó protegerla mientras la dejaba soñar. Trató de que los horarios fueran razonables, que la escuela no se descuidara, que la pequeñez de la infancia no se evaporara demasiado pronto bajo los reflectores de Televisa.

En ese sentido, fue una madre que caminó por una cuerda floja que muy pocas personas logran equilibrar. La línea entre apoyar a un hijo con un talento evidente y protegerlo de un mundo que puede destruir talentos con la misma facilidad con que los celebra, que crea estrellas y las quema. Pero la historia tiene una ironía notable que dice mucho sobre cómo funciona el destino en  la industria del espectáculo.

Susana, precisamente por ser quien era, fue la puerta de entrada de Paulina al mundo que definiría toda su vida. En una ocasión, mientras Susana grababa la telenovela Aprendiendo a amar, un productor le sugirió que llevara a sus hijos a un cuartito para que jugaran mientras ella trabajaba. La solución práctica de alguien que necesitaba que su actriz estuviera concentrada y no tuviera a sus hijos en el set.

Ese cuartito resultó ser el centro de educación artística infantil  de Televisa, el SEA, donde coincidió con otros niños hijos de figuras del espectáculo. Niños que se aburrían en los pasillos  de Televisa mientras sus padres trabajaban. Niños que se convertirían en los fundadores de Timbiriche.

Así de circular es  todo esto. Susana trabajando, Susana siendo quien era, presente en los foros de Televisa, construyendo su propia carrera. Y en ese movimiento lateral, casi sin quererlo, abriendo sin saber la primera puerta de la carrera más grande que el pop latino mexicano vería en décadas. Si Susana Dos Amantes no hubiera estado grabando esa telenovela ese día.

Si el productor no hubiera sugerido ese cuartito. Si la cadena de coincidencia se hubiera roto en cualquier punto. Paulina Rubio, tal como el mundo la conoce, no existe.  La chica dorada no existe. Los más de 20 millones de discos vendidos no  existen. Todo empieza ahí en Susana, en la carrera de Susana, en las decisiones de Susana, en la presencia de Susana en ese lugar.

En ese momento, Paulina tenía 11 años cuando Timbiriche se presentó por primera vez en público  en 1982, 11 años, una niña y ya estaba parada frente a cámaras y micrófonos con la naturalidad de alguien que lleva toda la vida haciéndolo, porque en cierto sentido así era. Los pasillos de Televisa eran su patio de juegos desde antes de que supiera leer.

La diferencia entre Paulina y los otros niños de su generación que también soñaban con el espectáculo, era que para Paulina el espectáculo no era un sueño lejano, era la textura de su  cotidiano, era lo que sucedía al lado de donde ella comía el almuerzo. Timbiriche fue un fenómeno que hoy es difícil  de explicar completamente a quien no lo vivió.

Surgió como respuesta a grupos como Parchí de España y Menudo de Puerto Rico que dominaban el mercado de la música juvenil en América Latina a principios de los años 80. La idea inicial era clara. Un grupo de niños talentosos, hijos de figuras conocidas de la industria, que sirviera como respuesta mexicana a ese fenómeno. Pero lo que nadie anticipó fue que ese grupo iba a ser mucho más que un proyecto comercial temporal.

Fueron 10 años de discos de oro y platino,  de giras por todo el continente americano, de portadas de revistas, de canciones que generaciones enteras aprendieron de memoria. Timbiriche  Séptimo vendió millones de copias y es considerado uno de los álbumes en español más vendidos en toda la historia de la música latina.

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