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El Anillo de Bodas No Entregado en Sitges

El oro líquido a mil sesenta y cuatro grados centígrados no quema tanto como la mirada de un fantasma.

Mateo sostenía el soplete con la precisión de un cirujano, la llama azul silbando contra el crisol de cerámica, fundiendo las pequeñas pepitas de oro de veinticuatro quilates hasta convertirlas en un charco resplandeciente, palpitante, como un corazón en miniatura. Su taller, incrustado en una de las estrechas y serpenteantes calles empedradas de Sitges, olía a salitre del Mediterráneo, a metal caliente y a polvo antiguo. Afuera, el sol implacable de julio rebotaba contra las paredes encaladas, y el murmullo de los turistas en el Passeig Marítim era un zumbido distante y sin importancia.

Entonces, la campanilla de latón sobre la puerta de cristal tintineó. Un sonido agudo. Cortante.

Mateo no levantó la vista de inmediato. La concentración era su religión; un milímetro de error, una fracción de segundo de distracción, y el metal se arruinaría.

—En un momento estoy con usted —murmuró, su voz ronca por el humo y el silencio, manteniendo los ojos fijos en la incandescencia.

No hubo respuesta. Solo el sonido de unos tacones resonando contra el suelo de baldosas hidráulicas, deteniéndose justo frente al mostrador de caoba. Y luego, un perfume. No era un perfume cualquiera. Era una mezcla de azahar, jazmín y una nota baja, casi imperceptible, de vainilla seca.

El soplete tembló en la mano de Mateo. El corazón le dio un vuelco violento, golpeando contra sus costillas con la fuerza de un martillo sobre el yunque. Ese aroma no había cruzado el umbral de su vida en siete años, tres meses y catorce días.

Apagó el soplete. El silencio que siguió fue ensordecedor. Lentamente, como si sus músculos estuvieran hechos de plomo, levantó la cabeza.

Allí estaba ella.

Elena.

El impacto visual fue tan físico, tan brutal, que Mateo tuvo que agarrarse al borde de su mesa de trabajo, sus dedos manchados de hollín clavándose en la madera. Sintió que el aire abandonaba sus pulmones, succionado por un vacío repentino en la habitación.

Siete años no habían hecho más que afilar su belleza. Su cabello oscuro, que antes caía en ondas salvajes y rebeldes besadas por la sal, ahora estaba recogido en un moño elegante y pulcro. Sus ojos, de ese verde tormentoso que le recordaba al mar de Sitges en los días de invierno, lo miraban con una mezcla indescifrable de aprensión y una frialdad ensayada. Vestía un vestido de lino blanco, inmaculado, costoso. Ya no era la chica descalza que reía en la playa de San Sebastián a medianoche; era una mujer esculpida en mármol, inalcanzable.

—Hola, Mateo —dijo ella. Su voz, un susurro ronco, fue el gatillo que detonó mil recuerdos enterrados vivos.

Mateo abrió la boca, pero sus cuerdas vocales se negaron a funcionar. La garganta le ardía. Quería gritar. Quería exigir respuestas. ¿Por qué desapareciste? ¿Por qué me dejaste esperando bajo la sombra de la Iglesia de San Bartolomé con un anillo en el bolsillo y el alma destrozada? En lugar de eso, en un intento desesperado por mantener la cordura, apartó la mirada hacia sus herramientas. Su mano, temblorosa, rozó accidentalmente el borde del crisol aún abrasador.

Un siseo de carne quemada. Un dolor agudo y punzante le atravesó el pulgar. Mateo soltó un gruñido ahogado, pero no apartó la mano de inmediato. El dolor físico era un ancla, un recordatorio de que no estaba en medio de una pesadilla o una alucinación macabra. Una gota de sangre, oscura y espesa, brotó de una ampolla reventada y cayó, lenta, inexorablemente, siseando al tocar el banco de trabajo, a milímetros del oro que se estaba enfriando.

Elena dio un paso al frente, su máscara de frialdad resquebrajándose por un milisegundo. —¡Estás sangrando! —exclamó, alzando una mano, pero deteniéndose en seco en el aire, como si una pared de cristal invisible la separara de él.

—No es nada —respondió Mateo, su voz sonando hueca, extranjera, como si viniera del fondo de un pozo. Agarró un trapo sucio de pulir y se envolvió el dedo, apretando con fuerza para silenciar el latido del dolor. Levantó la barbilla y la miró directamente a los ojos. El verde contra el castaño. Una guerra fría que llevaba siete años gestándose en las sombras de su mente. —¿Qué haces aquí, Elena? ¿Has vuelto para ver si sigo vivo?

Ella tragó saliva, su esbelta garganta moviéndose visiblemente. Bajó la mirada hacia su bolso de cuero de diseño, buscando algo. El aire en la habitación era tan denso que podía cortarse con una cizalla de joyero.

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