Parte 1: La liturgia del cristal líquido y el solomillo al punto de desprecio
El restaurante se llamaba “La Musa del Aguacate”, un nombre que ya de por sí sugería que la cuenta iba a doler más que una mudanza sin ascensor. Estaba situado en una de esas calles de Malasaña donde el suelo está empedrado con buenas intenciones y el precio del alquiler de un zulo de veinte metros cuadrados equivale al PIB de un país pequeño. Dentro, la iluminación era tan tenue que uno no sabía si estaba en una cita romántica o a punto de revelar secretos de Estado en un búnker. Había plantas colgando del techo que parecían estar a punto de cobrar vida y atrapar a algún comensal despistado, y la música de fondo era una especie de jazz experimental que sonaba como si alguien estuviera afinando una flauta dentro de una lavadora en marcha.
Paula miraba a Mateo. O, mejor dicho, Paula miraba la coronilla de Mateo, que estaba permanentemente inclinada en un ángulo de cuarenta y cinco grados hacia su regazo. Allí, oculto entre la servilleta de lino y el borde de la mesa de madera recuperada, brillaba el verdadero protagonista de la noche: un smartphone de última generación con una pantalla tan grande que podría servir de helipuerto. El resplandor azulado del dispositivo iluminaba la cara de Mateo desde abajo, dándole un aire de villano de película de serie B que trama algo malvado mientras espera el primer plato.
— Entonces, como te decía —continuó Paula, haciendo un esfuerzo hercúleo por ignorar que su interlocutor tenía la capacidad de atención de un pez de colores en una discoteca—, mi abuela Conchi ha decidido que este año no se va a Benidorm con el IMSERSO. Dice que ya está harta de que le pongan “Paquito el Chocolatero” en el hotel cada vez que intenta comerse un trozo de sandía en paz. Dice que los jubilados de ahora están muy desatados y que ella prefiere algo con más “clase”.
Mateo asintió. No fue un asentimiento convencido, de esos que implican que has procesado la información y tienes una opinión formada al respecto. Fue un movimiento de cabeza mecánico, rítmico, como esos perritos de plástico que la gente ponía antes en la parte de atrás de los coches. Sus dedos, mientras tanto, volaban sobre el cristal líquido con la destreza de un pianista de concierto. “Tac, tac, tac”. El sonido sutil de las pulsaciones era lo único que competía con el jazz experimental.
— Ajá —murmuró Mateo, sin levantar la vista—. Sí, claro. Totalmente.
Paula suspiró, un suspiro largo y cargado de una frustración que llevaba cocinándose desde que se sentaron y él pidió la contraseña del Wi-Fi antes que la carta de vinos. Había pasado media tarde arreglándose, eligiendo un vestido que decía “soy sofisticada pero no me esfuerzo demasiado” y practicando mentalmente anécdotas divertidas para romper el hielo. Pero Mateo parecía haber traído a su propio acompañante a la cita: un grupo de WhatsApp llamado “Los Pibes del Fútbol” que, a juzgar por la velocidad de las notificaciones, estaba viviendo un momento de crisis existencial.
— El caso es que —prosiguió Paula, elevando un poco el tono y clavando la mirada en el camarero hípster que pasaba por allí con una bandeja de croquetas deconstruidas—, la abuela se ha apuntado a un curso de defensa personal para la tercera edad. Dice que nunca se sabe cuándo puede venir un carterista a intentar quitarle el monedero con la foto de sus nietos, y que ella quiere estar preparada para hacerle una llave de judo si hace falta. La imagen de la abuela Conchi, que mide un metro cincuenta y usa una faja que le llega hasta las axilas, intentando derribar a un tipo de veinte años, me tiene sin dormir tres noches, Mateo.
— Ya ves, es que la cosa está muy mal —respondió Mateo. Sus ojos hicieron un rápido movimiento de izquierda a derecha, siguiendo una ristra de mensajes. De repente, una sonrisa se dibujó en su rostro—. ¡No me jodas! —exclamó en un susurro, soltando una pequeña risita.
Paula se quedó petrificada, con el tenedor a medio camino de un trozo de pan que sabía a serrín integral.
— ¿Qué pasa? ¿Te hace gracia que mi abuela pueda romperse la cadera intentando ser Steven Seagal? —preguntó ella, con una calma que precedía a la tormenta perfecta sobre el Cantábrico.
Mateo levantó la vista por fin, pero sus pupilas tardaron unos segundos en reenfocarse para reconocer que frente a él no había una pantalla de seis pulgadas, sino una mujer de carne y hueso que empezaba a arrepentirse de no haber aceptado la cita con aquel dentista aburrido que al menos la miraba a los ojos.
— ¿Eh? No, no, perdona. Es que los del grupo están diciendo que el fichaje del delantero brasileño se ha ido al garete por un problema con el reconocimiento médico. Parece que tiene las rodillas como si fueran de cristal de Bohemia. Un drama, tía. Un drama nacional.
Paula dejó el tenedor sobre la mesa con un sonido metálico que hizo que la pareja de la mesa de al lado, que estaba compartiendo un tartar de atún en silencio absoluto, se sobresaltara.
— Mateo, ¿me estás escuchando? —preguntó ella, apoyando los codos en la mesa y lanzándole una mirada que podría haber fundido el acero de la Torre Eiffel.
— Sí, sí, claro que sí —respondió él, volviendo a guardar el móvil en el bolsillo con una rapidez sospechosa, como si estuviera ocultando un arma del crimen—. Te estoy escuchando perfectamente. Estás muy centrada en el tema del esfuerzo y de lo duro que es todo ahora.
Paula arqueó una ceja.
— Ah, ¿sí? ¿Y qué he dicho exactamente hace un minuto?
Mateo se aclaró la garganta. Su cerebro, saturado de estadísticas de fútbol y memes de gatitos, empezó a trabajar a marchas forzadas para intentar reconstruir la conversación basándose en palabras clave que creía haber captado entre notificación y notificación.
— Pues… —empezó a decir, rascándose la nuca con ese gesto universal de “me han pillado con el carrito del helado”—. Pues eso, que la cosa está difícil. Algo del curro, ¿no? Que te mandan muchas tareas, que la gente no se implica, que el jefe es un poco intenso… Lo típico de estos tiempos, Paula. Si es que nos explotan y no nos damos cuenta.
Paula se echó hacia atrás en la silla, cruzándose de brazos. La tensión en la mesa se podía cortar con el mismo cuchillo con el que todavía no habían traído el solomillo.
— Mateo, llevo cinco minutos hablando de mi abuela —sentenció ella, con una voz gélida—. De mi abuela Conchi. De su curso de judo. De que no quiere ir a Benidorm. No he mencionado el curro ni una sola vez en toda la noche. De hecho, hoy he pedido el día libre precisamente para no pensar en el trabajo.
Mateo abrió los ojos de par en par. La ceguera digital le acababa de jugar una mala pasada de dimensiones épicas. Podía sentir el calor subiendo por sus mejillas. Intentó una maniobra de distracción, una de esas que los políticos ensayan frente al espejo.
— Bueno… —balbuceó, buscando una salida desesperada—. Bueno, es que tu abuela también trabaja mucho, ¿no? O sea, quiero decir… llevar una casa, organizar a la familia, esas cosas son un curro a tiempo completo. Mi abuela también decía que ser ama de casa era como ser CEO de una multinacional pero sin vacaciones pagadas. Es a lo que me refería, Paula. A que tu abuela es una currante de la vida. No me malinterpretes.
Paula se quedó mirándolo fijamente, procesando el nivel de desfachatez necesario para soltar semejante tontería sin que se le cayera la cara de vergüenza. La comicidad de la situación empezaba a superar la indignación. Era como ver un accidente de tráfico a cámara lenta: horrible, pero no podías apartar la vista.
— Mi abuela lleva jubilada quince años, Mateo —dijo ella, arrastrando las palabras—. Y su mayor preocupación laboral ahora mismo es decidir si le pone más o menos azafrán a la paella de los domingos. Así que no, no trabaja mucho. Lo que pasa es que estás más pendiente de si un millonario brasileño tiene los meniscos sanos que de lo que te estoy contando.
Mateo suspiró, sacó el móvil del bolsillo y, por un momento, Paula pensó que lo iba a apagar. Pero no. Simplemente miró la hora.
— Venga, Paula, no seas así. Solo ha sido un momento. Es que es una noticia importante. Sabes que soy muy futbolero. Además, te estaba escuchando, solo que me he liado un poco con los conceptos. Es que hablas muy rápido y yo estoy un poco espeso hoy.
— Si miras más el móvil que a tu cita, Mateo —remató ella, señalando el dispositivo con el dedo índice—, la próxima vez podrías salir directamente con el móvil. Le pones un plato de pasta al lado, le invitas a una copa y seguro que te contesta con los emojis adecuados. A mí me ahorras el trayecto en Metro y el tener que competir con un delantera brasileño por tu atención.
El camarero llegó en ese preciso instante con los platos. El solomillo de Mateo humeaba, desprendiendo un olor delicioso que, en cualquier otra circunstancia, habría sido el preludio de una cena estupenda. Pero ahora, el solomillo parecía un trozo de carne fría en medio de un campo de batalla emocional.
— Aquí tienen. Solomillo al punto para el caballero y ensalada de quinoa con brotes de soja para la señora —dijo el camarero con una sonrisa profesional que no llegaba a sus ojos—. ¿Desean algo más?
— Sí —dijo Paula, mirando a Mateo—. Una campana de cristal para ponerla sobre el móvil de mi cita, a ver si así deja de emitir señales de radio y podemos hablar como seres humanos del siglo veinte.
El camarero soltó una risita nerviosa y se alejó rápidamente, presintiendo que aquella mesa no iba a dejar una propina generosa. Mateo cortó un trozo de carne con una parsimonia exagerada, tratando de evitar el contacto visual. Sabía que estaba en terreno pantanoso, pero su dedo índice derecho seguía sintiendo un picor fantasmagórico, una necesidad imperiosa de desbloquear la pantalla y ver si había novedades en “Los Pibes del Fútbol”. Era una adicción silenciosa, una liturgia de cristal líquido que estaba convirtiendo su cita en un monólogo con interferencias.
Parte 2: La rebelión de la quinoa y el fantasma de los mensajes leídos
Mateo masticaba el solomillo con la misma alegría con la que un condenado a galeras mastica un trozo de cuero seco. El sabor era excelente, pero la atmósfera en la mesa era tan pesada que la carne se le hacía bola en la garganta. Paula, por su parte, atacaba su ensalada de quinoa con una precisión quirúrgica, moviendo los granos de un lado a otro del plato como si estuviera buscando pruebas forenses. El silencio no era cómodo; era un silencio de esos que en España llamamos “de funeral de tercera”, donde solo se oye el tintineo de los cubiertos contra la porcelana y el suspiro ocasional de alguien que desearía estar en cualquier otro sitio, incluso en una cola de Hacienda.
De repente, el pantalón de Mateo vibró. Fue una vibración corta, discreta, pero en medio de aquel mutismo sepulcral sonó como un terremoto de grado siete. Mateo hizo un esfuerzo sobrehumano por no echarse la mano al bolsillo. Podía sentir el calor del dispositivo contra su muslo, una llamada de sirena tecnológica que le decía: “Mírame, Mateo. Alguien ha puesto un sticker gracioso. Alguien ha enviado un audio de tres minutos criticando al árbitro. No puedes dejarles esperando”.
Paula levantó la mirada del plato. Sus ojos eran dos escáneres láser apuntando directamente a la zona del bolsillo derecho de Mateo.
— ¿Otra vez el delantera brasileño? —preguntó ella, con una voz que tenía el filo de una navaja albaceteña—. ¿O es que tu abuela también ha decidido apuntarse al grupo de WhatsApp para darte consejos sobre cómo ignorar a una mujer en una primera cita?
Mateo tragó el trozo de carne, haciendo un ruido glótico que le hizo parecer un pavo real asustado.
— No, no es nada. Solo una notificación del banco. Ya sabes, esos avisos de “usted ha gastado más de lo que debería en una cena en la que nadie le hace caso” —intentó bromear él, buscando una conexión cómplice que no llegaba.
— Mira, Mateo —dijo Paula, dejando los cubiertos cruzados en el plato, señal de que la ensalada de quinoa había cumplido su función decorativa y nada más—. El problema no es que mires el móvil. El problema es que estás aquí físicamente, pero tu mente está en una nube de datos. Estamos en una cita, o eso creía yo cuando acepté venir a este sitio donde cobran el agua a precio de champán francés. Y se supone que una cita sirve para conocerse, para hablar, para reírse de las abuelas que hacen judo… no para que tú seas el intermediario entre yo y un delantero de fútbol que ni siquiera sabe que existes.
— Tienes razón —admitió Mateo, poniendo las manos sobre la mesa en un gesto de rendición absoluta—. Tienes toda la razón del mundo. Me he pasado de rosca. Es que hoy he tenido un día de locos en el curro y supongo que el móvil es mi vía de escape. Pero prometido, Paula: no lo vuelvo a sacar. Lo pongo en silencio, boca abajo, y si quieres, lo tiro dentro de la maceta esa de plástico que hay detrás de ti.
Mateo sacó el móvil, lo puso en modo “No molestar” con un gesto solemne y lo dejó sobre la mesa, boca abajo, como si estuviera enterrando a un ser querido. Paula le miró con escepticismo, pero asintió.
— Vale. Aceptamos barco como animal de compañía. Reiniciemos la cita. Borrón y cuenta nueva. Pero como oiga una vibración más, te juro que pido la cuenta, me voy a un karaoke y me pongo a cantar canciones de Pantoja hasta que me echen por escándalo público.
Mateo sonrió. Por fin un destello de la Paula divertida que tanto le gustaba.
— Trato hecho. Nada de Pantoja por hoy, por favor. No estoy preparado psicológicamente para escuchar “Marinero de Luces” en directo. Cuéntame más de tu abuela Conchi. ¿Qué es lo primero que le va a enseñar a los carteristas de Benidorm?
Paula se relajó un poco. Empezó a relatar las peripecias de su abuela con una gracia natural, gesticulando con las manos y usando diferentes voces para los personajes. Habló de cómo Conchi intentaba practicar las llaves de judo con el gato de la vecina, un siamés con muy mala leche que terminaba siempre encima de la lámpara del salón, y de cómo el abuelo observaba todo desde el sillón, convencido de que su mujer se había vuelto loca por culpa de ver demasiadas películas de acción los sábados por la tarde.
Mateo reía. Reía de verdad. Estaba descubriendo que Paula era una narradora excepcional, capaz de convertir una anécdota familiar en una comedia costumbrista que ríete tú de las series de televisión. Por un momento, el móvil fue olvidado. El mundo digital desapareció. Solo existían ellos dos, el olor a vino tinto y la historia de una anciana guerrera en Chamberí.
Sin embargo, el destino, que es un guionista con un sentido del humor muy retorcido, decidió intervenir.
En la mesa de atrás, un grupo de cuatro amigos celebraba un cumpleaños. Eran jóvenes, ruidosos y, por supuesto, estaban todos con el móvil en la mano mientras brindaban con copas de gin-tonic. De repente, uno de ellos soltó un grito que se oyó en todo el restaurante.
— ¡GOL! ¡GOL DEL DELANTERO BRASILEÑO EN EL ÚLTIMO MINUTO DEL PARTIDO DE EXHIBICIÓN! —gritó el tipo, levantando el móvil como si fuera el Santo Grial.
Mateo se tensó. Fue un acto reflejo, algo que no pudo controlar. Su mirada se desvió instintivamente hacia el móvil que descansaba boca abajo sobre la mesa. Su mano derecha hizo un amago de moverse, un pequeño tic nervioso en el dedo índice. Podía sentir la curiosidad quemándole por dentro. ¿Cómo que gol? ¿Pero no estaba lesionado? ¿No decían que tenía las rodillas de cristal? Si había marcado un gol, eso cambiaba todo. El grupo de WhatsApp debía de estar ardiendo en llamas. La épica del fútbol le reclamaba.
Paula se detuvo a mitad de una frase sobre el gato siamés. Sus ojos se entrecerraron. Vio el tic en el dedo de Mateo. Vio cómo su mirada se clavaba en la carcasa trasera del smartphone con la intensidad de un náufrago que divisa tierra firme.
— No —dijo ella, con una voz baja y peligrosa—. Ni se te ocurra, Mateo. Ni se te pase por la imaginación.
— ¡Pero Paula! —exclamó él, con voz de niño pequeño al que le prohíben comer chuches—. ¿Has oído eso? ¡Ha marcado un gol! El brasileño está vivo. ¡Es un milagro deportivo! Solo quiero ver cómo ha sido. Treinta segundos. Te lo juro por mi suscripción a la plataforma de streaming. Solo un vistazo rápido al resumen.
Paula suspiró, pero esta vez no fue un suspiro de frustración, sino de cansancio infinito. Se dio cuenta de que la batalla contra el algoritmo era una batalla perdida. Mateo no estaba en la cita con ella; estaba en una relación poliamorosa con diez millones de píxeles y una conexión 5G.
— ¿Sabes qué es lo más triste, Mateo? —preguntó ella, apoyando la barbilla en la mano—. Que la historia de mi abuela es mucho más interesante que cualquier gol de un tipo que gana en un día lo que nosotros en tres años. Mi abuela es real. El gato es real. La paella con mucho azafrán es real. Pero tú prefieres lo que brilla en una pantalla. Prefieres el “like”, el comentario de un desconocido en Twitter y el video en bucle de un gol que vas a olvidar mañana por la mañana.
Mateo se quedó callado. Por primera vez en la noche, sintió una punzada de vergüenza auténtica. Miró a Paula y vio que no estaba enfadada, sino decepcionada. Y la decepción, como todo el mundo sabe en España, duele mucho más que una bronca a gritos en mitad de la Gran Vía.
— Paula, yo… —intentó decir él, pero las palabras se le quedaron atascadas en la garganta.
— No digas nada, Mateo. Cómete el solomillo antes de que se convierta en una pieza de museo. Y si quieres mirar el gol, míralo. Yo voy a ir un momento al servicio. Cuando vuelva, espero que el delantera brasileño ya haya celebrado su tanto y tú hayas vuelto de tu viaje espacial por la red.
Paula se levantó con elegancia y caminó hacia el fondo del restaurante. Mateo se quedó solo, frente a su móvil boca abajo y su solomillo a medio terminar. El silencio de la mesa le pesaba ahora como una montaña. Miró el dispositivo. Estaba allí, tan cerca. Solo tenía que darle la vuelta. Un segundo. Un clic. El gol. La gloria del grupo de WhatsApp.
Pero de repente, se dio cuenta de algo. En el reflejo del espejo que tenía enfrente, se vio a sí mismo: un tipo de treinta años, sentado en un restaurante caro, mirando un trozo de plástico y metal mientras la mujer más increíble que había conocido en meses se alejaba por el pasillo. Se sintió ridículo. Se sintió como un figurante en su propia vida.
Lentamente, Mateo cogió el móvil. Paula, que le observaba desde el espejo del fondo mientras fingía caminar hacia el baño, suspiró para sus adentros: “Lo va a mirar. Sabía que lo miraría”.
Pero Mateo no desbloqueó la pantalla. Con un movimiento decidido, guardó el móvil en el bolsillo de su chaqueta, se levantó, buscó al camarero hípster y le pidió algo que no estaba en la carta.
— Perdone —dijo Mateo, con una voz firme—. ¿Tienen papel y bolígrafo?
El camarero le miró como si le hubiera pedido que le trajera la cabeza del cocinero en una bandeja de plata.
— ¿Papel y bolígrafo? Esto es un restaurante moderno, caballero. Aquí todo es digital. Usamos tablets para las comandas y…
— Por favor —insistió Mateo—. Seguro que tienen una libreta de notas o algo en la barra. Es urgente.
El camarero suspiró, fue hacia la barra y regresó con un pequeño bloc de notas donde apuntaban las reservas de última hora y un bolígrafo que apenas tenía tinta. Mateo empezó a escribir frenéticamente mientras Paula regresaba del baño, con la intención de pedir la cuenta y terminar con aquel suplicio tecnológico.
Cuando Paula llegó a la mesa, se encontró a Mateo sentado, muy erguido, con una pequeña hoja de papel doblada frente a su plato. Él no tenía el móvil en la mano. De hecho, sus manos estaban entrelazadas, esperándola con una sonrisa que no era de villano de serie B, sino de alguien que acababa de descubrir el fuego por primera vez.
— ¿Qué es esto? —preguntó Paula, sentándose y mirando el papel con recelo—. ¿Una multa por exceso de desatención?
— Ábrelo —dijo Mateo—. Es mi modo “Offline” personal.
Paula abrió el papel. En él, con una letra que parecía de médico con mucha prisa, Mateo había escrito:
“CONTRATO DE DESCONEXIÓN ABSOLUTA. Yo, Mateo, me comprometo a ignorar cualquier gol, lesión o fichaje de cualquier brasileño (o nacionalidad similar) durante el resto de la eternidad (o al menos hasta que terminemos el postre). A cambio, solicito formalmente que me sigas contando qué pasó con el gato siamés y la lámpara del salón. PD: Estás mucho más guapa cuando no me miras con cara de quererme asesinar”.
Paula leyó el mensaje y, a pesar de sus intentos por mantener la fachada de frialdad escandinava, soltó una carcajada que hizo que el camarero hípster sonriera de verdad por primera vez en toda la noche.
— Eres un idiota, Mateo —dijo ella, guardando el papel en su bolso—. Un idiota con muy poca batería.
— Lo sé. Pero prometo que mi cargador ahora mismo eres tú. Venga, ¿qué pasó con el gato? Me habías dejado en lo más interesante.
La cita, contra todo pronóstico y a pesar de las interferencias del 5G, parecía haber encontrado su sintonía. Pero en un restaurante de Malasaña, los finales felices siempre tienen que competir con el siguiente plato y con el inevitable momento de pedir la cuenta.
Parte 3: La paradoja del postre y el camarero con complejo de DJ
El ambiente en la mesa había cambiado de una forma tan drástica que incluso el jazz experimental parecía sonar un poco más armónico, o quizá es que los oídos de Mateo y Paula se habían acostumbrado al ruido de fondo. Estaban en ese punto dulce de la velada donde el vino tinto empieza a hacer efecto, las defensas bajan y las risas salen con esa facilidad que solo se da cuando dos personas deciden, por fin, estar presentes en el mismo espacio y tiempo.
— El gato, Paula. El gato siamés. No me dejes así —insistió Mateo, inclinándose hacia adelante, esta vez sin que su móvil fuera un obstáculo entre sus miradas.
— Bueno, el caso es que el gato, que se llama ‘Mochi’, no se tomó nada bien que mi abuela intentara practicar una llave de inmovilización con él. El bicho saltó, se agarró a las cortinas de ganchillo que la abuela tardó tres veranos en tejer y, en un efecto dominó digno de una película de catástrofes, arrastró la barra de la cortina, una maceta con un poto de dos metros y, finalmente, aterrizó sobre la tarta de manzana que la tía Paquita había traído para merendar.
Mateo soltó una carcajada sonora, de esas que hacen que la gente de las mesas vecinas se gire a mirar.
— ¡No me jodas! ¿Y qué hizo tu abuela? ¿Le aplicó la técnica de defensa personal al gato?
— Mi abuela se quedó mirando el desastre, se ajustó las gafas y dijo: “Ves, Paquita, te dije que a la tarta le faltaba consistencia. Si hubiera sido un buen bizcocho de los míos, el gato habría rebotado”. La tía Paquita estuvo sin hablarle un mes, y el gato ahora vive permanentemente debajo de la cama cada vez que ve a mi abuela ponerse el chándal.
Estaban riendo, disfrutando de esa complicidad analógica que es tan escasa en estos tiempos, cuando el camarero hípster volvió a aparecer. Esta vez traía una tablet en la mano y una expresión de suma importancia, como si estuviera a punto de anunciar el ganador del Nobel de Literatura.
— ¿Desean los señores ver la carta de postres? —preguntó, activando la pantalla de la tablet y poniéndola frente a sus narices—. Tenemos un ‘Coulant de chocolate de Madagascar con aire de violetas’ y una ‘Deconstrucción de tarta de queso al estilo de la sierra de Madrid con tierra de galleta artesanal’. Pueden ver las fotos en alta resolución deslizando el dedo aquí.
Mateo y Paula se miraron. La tablet brillaba con una luz blanca y aséptica, recordándoles de nuevo la omnipresencia de las pantallas. Mateo sintió una punzada de ironía: justo cuando había conseguido desterrar su móvil al exilio del bolsillo, el propio restaurante le obligaba a interactuar con otra pantalla para poder comer un poco de azúcar.
— ¿No nos lo puede contar usted de viva voz? —preguntó Mateo, con una media sonrisa—. Es que hoy hemos hecho un pacto de no agresión con los píxeles. Preferimos la descripción tradicional, con adjetivos y entusiasmo humano.
El camarero parpadeó, desconcertado. Miró la tablet como si fuera una extensión de su propio brazo y luego a los comensales.
— Pues… —balbuceó—, es chocolate fundido por dentro y frío por fuera. Y lo otro… pues sabe a queso, pero en trocitos.
— Nos quedamos con el chocolate fundido —decidió Paula, cerrando la tablet con un gesto decidido—. Y dos cafés, por favor. De los de toda la vida, si es posible.
El camarero se marchó, murmurando algo sobre la “resistencia analógica” y lo difícil que era trabajar con gente que no apreciaba la tecnología táctica.
— ¿Sabes qué es lo más gracioso? —dijo Mateo, mientras esperaba el postre—. Que pasamos el día huyendo de las pantallas y luego las buscamos para todo. Para pedir comida, para ligar, para saber si el delantera brasileño tiene las rodillas sanas… Es como una droga silenciosa. Yo, antes de entrar aquí, estaba convencido de que si no miraba el grupo de WhatsApp, me iba a perder el acontecimiento del siglo. Y ahora, aquí sentado contigo, me doy cuenta de que el acontecimiento del siglo es saber que tu abuela Conchi usa a un gato siamés de sparring.
Paula sonrió, una sonrisa cálida que hizo que Mateo se sintiera el tío más afortunado de Malasaña.
— El problema no es la tecnología, Mateo. El problema es el uso que le damos. El móvil es una herramienta fantástica para saber dónde está el restaurante o para mandarme un mensaje diciendo que llegas cinco minutos tarde porque no encontrabas sitio para aparcar el patinete eléctrico. Pero cuando la herramienta se convierte en el fin, cuando prefieres la foto del plato a comerlo con la persona que tienes enfrente… ahí es cuando la hemos liado.
— Touché —admitió él—. Tienes toda la razón. Me he sentido como un idiota antes, intentando ocultar el móvil como si fuera un adolescente con un paquete de tabaco. Es ridículo. Somos una generación de yonkis del ‘scroll’ infinito.
El postre llegó y, a pesar de los nombres rimbombantes, el coulant de chocolate estaba espectacular. Compartieron el plato, mezclando el chocolate caliente con el helado y disfrutando de cada bocado. Por un momento, parecía que la cita iba sobre ruedas, enfilando la recta final hacia un final feliz digno de una comedia romántica de las de antes.
Pero entonces, el hilo musical del restaurante decidió hacer una de las suyas. El jazz experimental cesó de golpe y empezó a sonar una canción de reguetón a un volumen que hacía vibrar las copas de vino. El camarero hípster, que ahora parecía haber asumido el rol de DJ amateur, empezó a mover la cabeza rítmicamente detrás de la barra.
— ¡Venga ya! —exclamó Paula, tapándose un poco los oídos—. ¿A qué viene esto ahora? ¿Es que quieren que nos vayamos ya para doblar la mesa o es que el algoritmo del hilo musical ha decidido que necesitamos perreo para digerir el chocolate?
Mateo miró a su alrededor. El resto de las mesas también parecían un poco descolocadas por el cambio brusco de ambiente. La pareja del tartar de atún ahora se miraba con una expresión de pánico absoluto.
— Es la paradoja de la modernidad, Paula —dijo Mateo, elevando la voz para ser escuchado—. Quieren ser sofisticados con la quinoa y el jazz, pero en el fondo saben que lo que mueve el mundo es un buen ritmo de dembow. Es como tu abuela: mucha defensa personal y mucha clase, pero seguro que si le pones una de King África en la boda de tu prima, es la primera en subirse a la silla.
Paula soltó una carcajada.
— ¡No te quepa duda! Mi abuela es una fuerza de la naturaleza. Pero aquí… aquí me sobra el ruido. Me sobra la tecnología, me sobra la música alta y me sobran las deconstrucciones. Solo quiero un café tranquilo y seguir hablando contigo de cosas que no tengan un hashtag asociado.
Mateo asintió, pero de repente sintió que algo no iba bien. Su bolsillo volvió a vibrar. Pero esta vez no fue una vibración corta. Fue una vibración larga, continua. Una llamada.
Miró a Paula. Ella también lo había notado. La vibración era tan potente que se oía por encima del reguetón. Era una llamada de esas que no puedes ignorar, de las que huelen a emergencia familiar o a que alguien se ha dejado las llaves puestas por fuera.
— Es una llamada, Paula —dijo Mateo, con tono de disculpa—. No es un mensaje. Es una llamada de verdad.
— ¿Y quién te llama un viernes por la noche a esta hora? —preguntó ella, con una mezcla de curiosidad y la sospecha de que el delantera brasileño había vuelto a las andadas.
Mateo sacó el móvil con cautela. Miró la pantalla. Su cara cambió por completo. Se quedó pálido, como si hubiera visto a un fantasma en el reflejo del coulant de chocolate.
— ¿Qué pasa? ¿Es el banco otra vez? ¿O es que el delantera brasileño te está llamando para pedirte consejo médico sobre sus rodillas? —intentó bromear Paula, pero al ver la cara de Mateo, se detuvo.
— No —dijo Mateo, tragando saliva—. Es mi madre. Y mi madre nunca llama a estas horas a menos que haya pasado algo gordo. O eso, o que ha descubierto cómo usar el FaceTime y quiere enseñarme el color de sus nuevas cortinas.
Paula se inclinó hacia adelante, preocupada de verdad.
— Cógelo, Mateo. No seas tonto. El pacto de no agresión digital no incluye emergencias maternas. Las madres en España tienen inmunidad diplomática ante cualquier norma social.
Mateo aceptó la llamada. Puso el móvil en la oreja, alejándose un poco de la música alta. Paula le observaba, tratando de descifrar la conversación por los gestos de su cara. Vio cómo Mateo fruncía el ceño, cómo sus ojos se abrían de par en par y cómo, de repente, lanzaba una mirada de absoluto desconcierto hacia ella.
— ¿Qué? —dijo Mateo por el teléfono—. ¿Pero cómo que está allí? ¿En serio? ¿Y quién la ha llevado? ¡Pero si no tiene ni carné de conducir! Vale, vale. Mantén la calma, mamá. Voy para allá ahora mismo. Sí, sí. Un beso.
Mateo colgó el teléfono y miró a Paula. Parecía que acababa de recibir una noticia de otro planeta.
— Paula… no te lo vas a creer —dijo él, con una voz que temblaba un poco—. Tenemos que pedir la cuenta ya. Pero no por el delantera brasileño. Ni por el curro.
— ¿Qué ha pasado? ¿Está bien tu madre? —preguntó ella, agarrando ya su bolso.
— Mi madre está perfectamente. La que no está tan bien es tu abuela Conchi —respondió Mateo.
— ¿Mi abuela? ¿Pero qué tiene que ver tu madre con mi abuela? Ni siquiera se conocen.
— Pues parece ser que sí se conocen. O al menos, han decidido conocerse esta noche —explicó Mateo, levantándose y buscando desesperadamente al camarero hípster para pagar—. Mi madre me acaba de llamar desde el hospital de La Paz. Dice que ha traído a una señora que se ha caído en el parking del centro comercial intentando hacerle una llave de judo a un carrito de la compra que se le iba cuesta abajo. La señora le ha dado el teléfono de su nieta, pero como el móvil de la señora no tenía batería, mi madre ha buscado en los contactos recientes y ha visto un número que le sonaba: el mío. Porque resulta, Paula, que mi madre y tu abuela van al mismo curso de manualidades en el centro cultural de Chamberí.
Paula se quedó con la boca abierta. El destino no solo era un guionista retorcido; era un maestro del enredo costumbrista madrileño.
— ¡No me jodas! —exclamó Paula—. ¿Mi abuela y tu madre en el hospital de La Paz? ¿Y el carrito de la compra? ¡Te dije que el curso de defensa personal iba a ser un peligro nacional!
— Venga, vámonos —dijo Mateo, tirando un billete de cincuenta euros sobre la mesa sin esperar al cambio—. El delantera brasileño puede esperar, pero nuestras abuelas judokas no.
Salieron del restaurante a toda prisa, dejando atrás el reguetón, la quinoa y el chocolate de Madagascar. Malasaña brillaba bajo la noche de Madrid, y mientras corrían hacia el coche de Mateo, Paula se dio cuenta de algo: aquella cita, que había empezado con un móvil de por medio y una abuela que no quería ir a Benidorm, estaba terminando de la forma más real, caótica y analógica posible. El Wi-Fi no servía de nada ahora. Lo que importaba era llegar al hospital, comprobar que la abuela Conchi no había derribado a ningún enfermero y ver cómo dos familias madrileñas se unían por culpa de un carrito de la compra rebelde.
Parte 4: El hospital de La Paz y el veredicto de la abuela Conchi
El hospital de La Paz a las once y media de la noche de un viernes tiene un ecosistema propio que ríete tú de la selva del Amazonas. Es una mezcla de luces fluorescentes que te hacen parecer un extra de “The Walking Dead”, olor a desinfectante industrial que te limpia hasta los pecados de la infancia y una fauna humana compuesta por médicos que caminan como si tuvieran tres cafés de más en el cuerpo y familiares que aguardan en sillas de plástico con la paciencia de un santo Job.
Mateo y Paula entraron en urgencias como si estuvieran participando en una prueba de obstáculos de los Juegos Olímpicos. Mateo iba delante, esquivando una camilla que pasaba a toda velocidad, mientras Paula intentaba no perder un zapato en las baldosas pulidas del pasillo.
— ¡Allí! —gritó Mateo, señalando una zona de bancos de madera al fondo—. ¡Esa es mi madre! La del abrigo de peluche que parece un oso polar perdido en el desierto.
Efectivamente, Doña Mercedes, la madre de Mateo, estaba sentada con una expresión que era una mezcla de preocupación materna y la satisfacción de quien acaba de protagonizar un capítulo de “Hospital Central”. A su lado, envuelta en una manta del servicio de urgencias y con una venda en la muñeca derecha que parecía un trofeo de guerra, estaba la abuela Conchi.
— ¡Abuela! —gritó Paula, lanzándose sobre ella—. ¡Pero qué has hecho! ¿Estás loca? ¡Te dije que lo del judo era una idea malísima!
La abuela Conchi levantó la vista. A pesar de la venda y de que tenía un ojo un poco hinchado, su mirada conservaba esa chispa de rebeldía que la hacía única en todo Chamberí.
— ¡Pero qué judo ni qué niño muerto, Paula! —respondió la abuela con una voz que resonó en toda la sala de espera—. El carrito ese estaba poseído por el demonio. Se tiró contra una señora que llevaba un cochecito de bebé y yo solo intenté aplicar la “técnica del bloqueo lateral” que nos enseñó el profesor. Lo que pasa es que el suelo del parking resbalaba más que una pista de patinaje y acabé haciendo un doble tirabuzón antes de aterrizar sobre una caja de tomates.
Doña Mercedes asintió con vehemencia, interviniendo en la conversación.
— ¡Doy fe, Paula! —dijo la madre de Mateo—. Fue una heroicidad en toda regla. Si no llega a ser por Conchi, el carrito termina en la Castellana causando un accidente múltiple. Yo estaba allí cargando las bolsas y cuando vi a esta mujer volar por los aires, pensé que estábamos en una película de acción de esas que ve mi hijo. ¡Qué valor tiene tu abuela, hija!
Mateo miró a su madre y luego a la abuela de Paula. Se dio cuenta de que, en menos de una hora, aquellas dos mujeres habían establecido una conexión que a él y a Paula les había costado meses de citas y desencuentros digitales. Estaban allí, charlando como si se conocieran de toda la vida, compartiendo anécdotas de sus hijos y nietos mientras esperaban el informe del traumatólogo.
— Madre mía —murmuró Mateo, acercándose a Paula y pasándole el brazo por los hombros—. Al final, el delantera brasileño no es nada comparado con estas dos. Esto sí que es un fichaje estrella.
Paula rió, apoyando la cabeza en el hombro de Mateo. El cansancio de la noche, la tensión del restaurante y el susto del hospital se desvanecieron en ese instante. Estaban allí, presentes, viviendo algo real, tangible y absurdamente divertido.
— ¿Sabes qué es lo mejor? —susurró Paula—. Que mi abuela dice que el carrito “estaba poseído”. Mañana en el barrio la historia habrá evolucionado tanto que el carrito será un Transformer y ella la capitana Marvel.
Pasaron un par de horas más en el hospital. Resultó que la abuela Conchi solo tenía un esguince leve en la muñeca y un golpe en el orgullo por no haber logrado inmovilizar al carrito de la compra con éxito. El traumatólogo, un tipo joven que parecía estar deseando irse a dormir, les dio el alta con la recomendación de que la abuela se tomara las cosas con más calma y dejara el judo para los profesionales.
— ¡Calma dice el niñato este! —protestó Conchi mientras salían del hospital apoyada en el brazo de Mateo—. ¡Lo que necesito es calzado con más agarre! Con unas buenas zapatillas de deporte, ese carrito no se me escapa ni de coña.
Salieron a la noche de Madrid. El aire fresco de la madrugada les recibió con una bofetada de realidad reconfortante. Mateo llevó a todos en el coche. Primero dejaron a la abuela Conchi en su piso de Chamberí, donde Paula insistió en subir para comprobar que todo estaba en orden.
— Vete con el chico, Paula —le dijo la abuela mientras entraba en su portal con paso firme a pesar del esguince—. Me ha caído bien. Es un poco callado y parece que tiene un tic en el bolsillo, pero tiene buen fondo. Y su madre es una santa por haberme traído hasta aquí. Dale las gracias de mi parte.
Paula bajó de nuevo al coche, donde Mateo la esperaba con el motor en marcha. Dejaron a Doña Mercedes en su casa y, finalmente, se quedaron solos en el vehículo, aparcados frente al portal de Paula.
El silencio de la calle era absoluto, solo roto por el zumbido lejano de un camión de la limpieza. Mateo apagó el motor y miró a Paula. Sus ojos brillaban bajo la luz de las farolas.
— Bueno —dijo Mateo, con una voz suave—. Vaya cita, ¿no? Quinoa, jazz experimental, reguetón, un delantera brasileño lesionado, una abuela judoka y un servicio de urgencias. Si esto fuera una película, nadie se creería el guion.
Paula sonrió y le cogió la mano.
— Ha sido la mejor cita de mi vida, Mateo. Y no lo digo por la comida, que por cierto, me he quedado con hambre. Lo digo porque por fin te he visto de verdad. Sin pantallas, sin notificaciones, sin interferencias. Te he visto cuidando de mi abuela, riendo con tu madre y estando aquí, conmigo.
Mateo sintió un calor en el pecho que no tenía nada que ver con el solomillo del restaurante. Metió la mano en el bolsillo de su chaqueta, sacó su móvil y se lo entregó a Paula.
— Toma —dijo él—. Guárdatelo tú hasta mañana. No quiero que nada me distraiga ahora de lo que estoy sintiendo. El delantera brasileño puede marcar cinco goles más, que a mí me da igual. Mi mayor victoria de hoy ha sido este momento.
Paula cogió el móvil, pero no lo guardó en su bolso. Simplemente lo dejó en la consola central del coche, boca abajo.
— No hace falta que me lo des, Mateo. Confío en que ya sabes dónde está la realidad. Y la realidad ahora mismo es que nos merecemos un final de fiesta en condiciones. ¿Sabes qué hay abierto a estas horas cerca de aquí?
— ¿Qué? —preguntó él, intrigado.
— Una churrería de las de toda la vida —dijo ella, con un brillo pícaro en los ojos—. De esas donde el chocolate es espeso, las porras están crujientes y no hay ni una sola tablet para pedir la cuenta. ¿Te hace un chocolate con porras analógico para celebrar que mi abuela es una heroína nacional?
— ¡De cabeza! —exclamó Mateo, arrancando el coche con un entusiasmo renovado—. Eso sí que es un plan con clase.
Mientras se alejaban por las calles vacías de Madrid, Mateo se dio cuenta de algo fundamental. La tecnología es maravillosa para conectar con el mundo, pero para conectar con las personas, nada supera a una mirada, una risa compartida y, por supuesto, un buen plato de porras calientes. El móvil seguía ahí, en la consola del coche, silencioso, oscuro, convertido en un simple trozo de plástico y metal ante la fuerza de la vida real.
Llegaron a la churrería, donde el vapor del chocolate caliente empañaba los cristales y el olor a masa frita era el mejor perfume del mundo. Se sentaron en una mesa de mármol frío, se miraron a los ojos y, sin decir una palabra, supieron que aquella noche era el principio de algo mucho más grande que cualquier hilo de Twitter o grupo de WhatsApp.
— Oye, Paula —dijo Mateo, mientras mojaba la primera porra en el chocolate—. ¿Crees que es aceptable mirar el móvil en una cita?
Paula le miró, sonrió y le dio un mordisco a su porra.
— Solo si es para llamar a una ambulancia porque tu abuela ha decidido pelearse con un carrito de la compra. Para todo lo demás, Mateo… para todo lo demás, mejor quédate en modo “avión”. El mundo real mola mucho más cuando le prestas atención.
Y así, entre risas y manchas de chocolate, terminó la cita de Paula y Mateo. Una cita que empezó en la nube y terminó en el asfalto de Madrid, demostrando que, a veces, la mejor forma de conectarse es, simplemente, apagando la pantalla.
¿Es aceptable mirar el móvil en una cita? La respuesta, como todo en esta vida, depende de si tienes delante a una persona o a un holograma. Pero si tienes a alguien como Paula (o como la abuela Conchi), mejor deja el móvil en el bolsillo. No querrás perderte el espectáculo de la vida real por culpa de un delantera brasileño con las rodillas de cristal