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Parte 1: La liturgia del cristal líquido y el solomillo al punto de desprecio

Parte 1: La liturgia del cristal líquido y el solomillo al punto de desprecio

El restaurante se llamaba “La Musa del Aguacate”, un nombre que ya de por sí sugería que la cuenta iba a doler más que una mudanza sin ascensor. Estaba situado en una de esas calles de Malasaña donde el suelo está empedrado con buenas intenciones y el precio del alquiler de un zulo de veinte metros cuadrados equivale al PIB de un país pequeño. Dentro, la iluminación era tan tenue que uno no sabía si estaba en una cita romántica o a punto de revelar secretos de Estado en un búnker. Había plantas colgando del techo que parecían estar a punto de cobrar vida y atrapar a algún comensal despistado, y la música de fondo era una especie de jazz experimental que sonaba como si alguien estuviera afinando una flauta dentro de una lavadora en marcha.

Paula miraba a Mateo. O, mejor dicho, Paula miraba la coronilla de Mateo, que estaba permanentemente inclinada en un ángulo de cuarenta y cinco grados hacia su regazo. Allí, oculto entre la servilleta de lino y el borde de la mesa de madera recuperada, brillaba el verdadero protagonista de la noche: un smartphone de última generación con una pantalla tan grande que podría servir de helipuerto. El resplandor azulado del dispositivo iluminaba la cara de Mateo desde abajo, dándole un aire de villano de película de serie B que trama algo malvado mientras espera el primer plato.

— Entonces, como te decía —continuó Paula, haciendo un esfuerzo hercúleo por ignorar que su interlocutor tenía la capacidad de atención de un pez de colores en una discoteca—, mi abuela Conchi ha decidido que este año no se va a Benidorm con el IMSERSO. Dice que ya está harta de que le pongan “Paquito el Chocolatero” en el hotel cada vez que intenta comerse un trozo de sandía en paz. Dice que los jubilados de ahora están muy desatados y que ella prefiere algo con más “clase”.

Mateo asintió. No fue un asentimiento convencido, de esos que implican que has procesado la información y tienes una opinión formada al respecto. Fue un movimiento de cabeza mecánico, rítmico, como esos perritos de plástico que la gente ponía antes en la parte de atrás de los coches. Sus dedos, mientras tanto, volaban sobre el cristal líquido con la destreza de un pianista de concierto. “Tac, tac, tac”. El sonido sutil de las pulsaciones era lo único que competía con el jazz experimental.

— Ajá —murmuró Mateo, sin levantar la vista—. Sí, claro. Totalmente.

Paula suspiró, un suspiro largo y cargado de una frustración que llevaba cocinándose desde que se sentaron y él pidió la contraseña del Wi-Fi antes que la carta de vinos. Había pasado media tarde arreglándose, eligiendo un vestido que decía “soy sofisticada pero no me esfuerzo demasiado” y practicando mentalmente anécdotas divertidas para romper el hielo. Pero Mateo parecía haber traído a su propio acompañante a la cita: un grupo de WhatsApp llamado “Los Pibes del Fútbol” que, a juzgar por la velocidad de las notificaciones, estaba viviendo un momento de crisis existencial.

— El caso es que —prosiguió Paula, elevando un poco el tono y clavando la mirada en el camarero hípster que pasaba por allí con una bandeja de croquetas deconstruidas—, la abuela se ha apuntado a un curso de defensa personal para la tercera edad. Dice que nunca se sabe cuándo puede venir un carterista a intentar quitarle el monedero con la foto de sus nietos, y que ella quiere estar preparada para hacerle una llave de judo si hace falta. La imagen de la abuela Conchi, que mide un metro cincuenta y usa una faja que le llega hasta las axilas, intentando derribar a un tipo de veinte años, me tiene sin dormir tres noches, Mateo.

— Ya ves, es que la cosa está muy mal —respondió Mateo. Sus ojos hicieron un rápido movimiento de izquierda a derecha, siguiendo una ristra de mensajes. De repente, una sonrisa se dibujó en su rostro—. ¡No me jodas! —exclamó en un susurro, soltando una pequeña risita.

Paula se quedó petrificada, con el tenedor a medio camino de un trozo de pan que sabía a serrín integral.

— ¿Qué pasa? ¿Te hace gracia que mi abuela pueda romperse la cadera intentando ser Steven Seagal? —preguntó ella, con una calma que precedía a la tormenta perfecta sobre el Cantábrico.

Mateo levantó la vista por fin, pero sus pupilas tardaron unos segundos en reenfocarse para reconocer que frente a él no había una pantalla de seis pulgadas, sino una mujer de carne y hueso que empezaba a arrepentirse de no haber aceptado la cita con aquel dentista aburrido que al menos la miraba a los ojos.

— ¿Eh? No, no, perdona. Es que los del grupo están diciendo que el fichaje del delantero brasileño se ha ido al garete por un problema con el reconocimiento médico. Parece que tiene las rodillas como si fueran de cristal de Bohemia. Un drama, tía. Un drama nacional.

Paula dejó el tenedor sobre la mesa con un sonido metálico que hizo que la pareja de la mesa de al lado, que estaba compartiendo un tartar de atún en silencio absoluto, se sobresaltara.

— Mateo, ¿me estás escuchando? —preguntó ella, apoyando los codos en la mesa y lanzándole una mirada que podría haber fundido el acero de la Torre Eiffel.

— Sí, sí, claro que sí —respondió él, volviendo a guardar el móvil en el bolsillo con una rapidez sospechosa, como si estuviera ocultando un arma del crimen—. Te estoy escuchando perfectamente. Estás muy centrada en el tema del esfuerzo y de lo duro que es todo ahora.

Paula arqueó una ceja.

— Ah, ¿sí? ¿Y qué he dicho exactamente hace un minuto?

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