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Anabel Hernández acusa a Harfuch de pacto con el narco… ¡y él responde con pruebas demoledoras!

Un teléfono vibra sobre una mesa de caoba a las 3 de la madrugada. La pantalla ilumina una habitación donde nadie duerme. Omar García Harfuch mira el mensaje y lo que lee cambia la dirección de las próximas 72 horas de su vida. En algún lugar de esa misma ciudad alguien ya tiene la grabadora encendida. La semana que estaba por terminar había sido, para cualquier estándar, la más despiadada en la carrera de Omar García Harfuch como secretario de Seguridad y Protección Ciudadana de México.

No una semana difícil, no una semana de ajustes, una semana diseñada para quebrar a cualquier funcionario que no estuviera hecho de algo distinto al resto. Y Harfuch lo supo desde el lunes a las 11:23 de la mañana, cuando el primer reporte cayó sobre su escritorio con la fuerza de un mazo. Un hombre armado había subido a la pirámide de la Luna en Teotihuacán.

Desde la cima abrió fuego contra turistas extranjeros que contemplaban la zona arqueológica más visitada de México. El tirador tenía 27 años. Se llamaba Julio César Jaso Ramírez. Llevaba más de 50 cartuchos en una mochila táctica y cargaba consigo manuscritos vinculados a la masacre de Columbine. El ataque ocurrió exactamente en el VI7o aniversario de aquel tiroteo en Colorado. Una canadiense murió.

13 personas resultaron heridas. El tirador se suicidó al verse acorralado por elementos de la Guardia Nacional después de recibir un disparo en la pierna. Las imágenes recorrieron el planeta en cuestión de minutos. La BBC, CNN, The Washington Post, The New York Times. Todos con la misma pregunta, la pregunta que Harfuch sabía que iba a perseguirlo durante semanas.

¿Puede México garantizar la seguridad de millones de visitantes a menos de dos meses del inicio del Mundial 2026? Harfuch recibió la noticia en la sede de la SSPC en avenida Constituyentes. Alcaldía Álvaro Obregón. estaba revisando los avances del plan Cuculcá, la estrategia de seguridad que él mismo había diseñado para blindar al país durante la Copa del Mundo.

despliegue terrestre, naval y aéreo, monitoreo de la dark web, vigilancia de puertos y aeropuertos, coordinación con la Guardia Nacional, la Sedena, la Marina, todo calculado al detalle durante meses de trabajo que ahora, con un solo episodio de violencia irracional, parecía insuficiente ante los ojos del mundo. Esa noche del lunes, Harfuch no durmió.

Se quedó en su oficina del tercer piso, el mismo espacio donde 18 meses antes había jurado el cargo ante la presidenta Claudia Shinbaum. La oficina olía a café negro y a tinta de impresora. Sobre el escritorio se acumulaban informes de la Fiscalía del Estado de México, reportes de inteligencia y transcripciones de las primeras declaraciones de testigos.

En una pantalla lateral, las cadenas de noticias internacionales repetían en bucle el mismo video. Turistas corriendo por la calzada de los muertos, tropezando con piedras milenarias mientras los disparos resonaban desde lo alto de la pirámide. Harfuch se aflojó la corbata, se sirvió el quinto café de la jornada, abrió un documento en blanco en su computadora y empezó a redactar los puntos que tendría que cubrir en la conferencia de prensa del martes.

Pero antes de escribir la primera línea, hizo algo que hacía cada vez que la presión subía a niveles que otros considerarían intolerables. Se tocó el costado izquierdo del torso, ahí bajo la tela de la camisa, donde las balas entraron el 26 de junio de 2020. Paseo de la reforma a las 6:30 de la mañana.

Los disparos desde una camioneta blindada, el peso del cuerpo de una escolta cayendo sobre él, la sangre que no era suya mezclada con la que sí lo era. Dos miembros de su equipo de seguridad murieron ese día, una transeunte también. Él quedó con más de 20 impactos en el cuerpo y la convicción de que si el cártel no pudo matarlo, nada ni nadie iba a sacarlo del camino.

Si sobrevivió a eso, podía con esto. El martes por la mañana se paró frente a las cámaras en la conferencia matutina. Traje oscuro, corbata recta, la cicatriz del atentado apenas visible bajo el cuello de la camisa. El hombre de 44 años nacido en Cuernavaca, hijo de María Sorté y Javier García Paniagua, nieto del general Marcelino García Barragán, que cargaba sobre sus hombros la sombra de la noche de Tlatelolco, habló con la cadencia precisa de quien mide cada sílaba, porque sabe que el mundo entero lo escucha.

La seguridad del mundial está garantizada. Se reforzarán zonas turísticas y arqueológicas. Se instalarán arcos de seguridad y rayos X en los accesos. Se ampliará el patrullaje físico y cibernético de la Guardia Nacional y el Centro Nacional de Inteligencia. Se coordinará con la Secretaría de Cultura para actualizar protocolos.

Las palabras salieron limpias, ordenadas, sin fisura aparente. Pero Harfuch sabía lo que los periodistas sentados frente a él no podían saber. Las palabras solas no blindan nada. Lo que blinda es la acción que viene después. Cuando las cámaras se apagan y las salas se vacían y solo quedan los mapas, los teléfonos seguros y las decisiones que nadie ve.

Antes de continuar con lo que viene, dale like al video, suscríbete y activa la campana. Lo que Harfuch está a punto de enfrentar cambia las reglas del juego por completo, pero el martes no terminó con Teotihuacán. Ese mismo día, desde la sierra de Chihuahua, se desmoronó otro frente.

La Fiscalía Estatal informó que cuatro agentes habían muerto en un accidente automovilístico cuando regresaban de un operativo donde se desmantelaron dos laboratorios clandestinos de droga. Dos de los muertos eran mexicanos, Pedro Oseguera, director de la Agencia Estatal de Investigación, y su escolta Manuel Méndez. Los otros dos eran estadounidenses, Richard Later Johnston Io y John Dudley Black, The Washington Post y de New York Times los identificaron como agentes de la CIA.

La noticia detonó como una granada dentro del aparato de seguridad federal. La Constitución mexicana es clara. Cualquier operación de agentes extranjeros en territorio nacional requiere autorización del gobierno federal y de la Secretaría de Relaciones Exteriores. Nadie había avisado, nadie había pedido permiso.

La gobernadora Maru Campos había coordinado el operativo directamente con una agencia de inteligencia extranjera sin notificar a los canales correspondientes. El miércoles 22 de abril, Harfuch enfrentó la prensa por tercera vez en la semana. Esta vez el tono fue diferente, más seco, más cortante, cada palabra calibrada no solo para los reporteros, sino para Washington y para Palacio Nacional simultáneamente.

Yo le aseguro que ninguna de las operaciones que ha desarrollado el gabinete de seguridad federal ha tenido participación física de un elemento extranjero. La frase fue precisa, dijo del gabinete de seguridad federal, no dijo en México, porque lo ocurrido en Chihuahua no fue una operación federal, fue una operación estatal que se saltó la cadena de mando completa.

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