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Por esto México ODIA a Las Vegas: Así le ROBARON a MÁRQUEZ para salvar al GRINGO

En 1999, un contador mexicano que viajaba en transporte público cruzó la frontera con una maleta barata y un sueño que nadie le creía. Viajó hasta Las Vegas para pelear contra un campeón invicto que llevaba 35 peleas sin conocer la derrota. Nadie apostaba por él, nadie lo conocía.

Y esa noche, dentro del ring del Mandalay Bay, ese contador hizo algo que nadie esperaba. le partió la cara al campeón, lo hizo sangrar, lo golpeó tan duro al cuerpo que el campeón del mundo terminó vomitando entre rounds, doblado sobre sí mismo mientras su esquina intentaba recomponerlo. Y cuando los 12 rounds terminaron, cuando todo el casino sabía quién había ganado, cuando las cámaras de HBE o habían grabado cada golpe, los jueces hicieron algo que todavía hoy hace hervir la sangre.

Le robaron la pelea, le arrancaron el título de las manos y con esa decisión retrasaron 4 años la carrera de un hombre que terminaría convirtiéndose en una de las más grandes leyendas del boxeo mexicano. Esta es la historia de cómo tres tarjetas y un refery incompetente intentaron destruir el sueño de Juan Manuel Márquez y de cómo fracasaron.

Para entender lo que pasó esa noche, hay que entender quién era Juan Manuel Márquez en 1999. No era una estrella, no era un nombre conocido. En México, los reflectores del boxeo estaban puestos en Eric Morales y Marco Antonio Barrera, los dos guerreros que acaparaban portadas y contratos millonarios. Márquez era el tercer hombre, el invisible, el que nadie mencionaba.

Tenía 29 victorias con una sola derrota. Una descalificación absurda en su debut, donde había tumbado a su rival dos veces antes de que lo descalificaran. 22 de esas victorias por knockout. Era campeón regional de la OMB con siete defensas, pero nada de eso importaba porque no tenía promotor grande, no tenía televisora, no tenía a nadie que le abriera las puertas.

La OMB lo había nombrado retador obligatorio de Nasem Hamed durante 22 meses consecutivos y Hamed lo esquivó una y otra vez mientras la organización miraba para otro lado. Frustrado, sin opciones, aceptó pelear contra Freddy Norwood por el título pluma de la AMB. Y mientras tanto, Márquez seguía trabajando como contador en la Secretaría de la Reforma Agraria del Gobierno Mexicano.

Cada mañana se sentaba detrás de un escritorio a manejar números. Cada tarde cruzaba la ciudad de México hasta el gimnasio de Nacho Berstein a convertirse en otra persona. El boxeo no era su profesión a tiempo completo, era un sueño que financiaba con un sueldo de burócrata. Freddy Norwood era todo lo opuesto.

35 victorias, cero derrotas, un empate. Lo llamaban Lil Hugler por su estilo de zurdo agresivo que evocaba a Marvin Hugler. Había ganado el título de la AMB al vencer a Antonio Cermeño. Lo perdió por no dar el peso y lo recuperó al ganarle de nuevo a Cermeño. Era un peleador talentoso, pero también uno de los más sucios de su generación.

Clinch constante, golpes detrás de la cabeza, agarres interminables. Su plan B cuando no podía ganar limpiamente era ensuciar la pelea hasta que los jueces le dieran el beneficio de la duda. Y en Las Vegas, siendo invicto y campeón, ese beneficio siempre caía de su lado. La pelea se programó para el 11 de septiembre de 1999 en el Mandalay Bay de Las Vegas, cartelera de HB o promovida por Bob Arum con Floyd Mayweather Junior contra Carlos Jena como evento principal.

Apenas 2072 personas en el casino, un refery llamado Joe Cortés, que se autoproclamaba el más justo del boxeo. Tres jueces Arthur Ellenson, Stanley Cristodul y Dwayne Ford. y un mexicano que no sabía que esa noche le cambiaría la vida, pero no de la manera que esperaba. Nacho Berstein le dio las últimas instrucciones en la esquina.

El plan era el de siempre: contragolpe, paciencia, castigo al cuerpo, tomar el control en la segunda mitad de la pelea. Márquez asintió, se ajustó los guantes, la campana sonó y empezó la guerra. Primer round. Norwood cruzó el ring antes de que el eco de la campana se apagara. Vino directo, sin tanteo, sin exploración, como un toro suelto en una plaza.

Su primera izquierda cortó el aire a centímetros de la mandíbula de Márquez. Era zurdo, lo que significaba que su mano de poder era la izquierda y la lanzaba con intención asesina desde el primer segundo. Márquez se deslizó hacia la derecha esquivando por centímetros y respondió con un jab doble que encontró la cara de Norwood limpiamente. Uno, dos. Secos, precisos.

Como piquetes de avispa, Norwood sacudió la cabeza como si espantara una mosca y volvió a la carga lanzando un gancho de izquierda al cuerpo que Márquez bloqueó con el codo derecho. El impacto resonó en el brazo del mexicano, pero no pasó la guardia. Márquez respondió con un recto de derecha que encontró hueco entre los guantes de Norwood y lo conectó en la nariz.

Norwood pestañeó, no esperaba esa velocidad. Los dos se midieron en el centro del ring durante los últimos 30 segundos del round. Lanzando golpes sueltos, tanteándose, buscando el timing del otro. Norbut era más grande, más ancho de hombros y usaba esa ventaja física para empujar a Márquez hacia las cuerdas con el pecho. Márquez pivoteaba, giraba, se salía de la esquina con movimientos laterales que parecían ensayados mil veces en el gimnasio de Beristin. Round parejo.

Los dos salieron ilesos. Pero Márquez ya había leído algo en Norwood, algo que un contador nota porque los contadores viven de detectar patrones. Norbut bajaba la mano derecha cada vez que lanzaba a la izquierda. Lo dejaba descubierto un instante. Un instante que Márquez archivó en su memoria como quien guarda un dato para usarlo después. Segundo round.

La campana sonó y Norwood volvió a cruzar el ring con la misma agresividad, pero esta vez había algo diferente. Se movía con más urgencia, como si quisiera imponer su voluntad antes de que Márquez encontrara su ritmo. Lanzó un jab que Márquez desvió con el guante y de inmediato soltó una izquierda que viajó en un arco amplio envolvente, naciendo desde atrás de su cuerpo como un latigazo.

Algunos lo llamarían después un cof, un golpe de guante semiabierto que parece más cachetada que puñetazo, pero lo cierto es que encontró la mandíbula de Márquez con fuerza suficiente para desconectarle las piernas. Los ojos del mexicano se nublaron por una fracción de segundo, sus rodillas se doblaron y cayó al suelo de costado.

La lona del Mandalay Bay recibió el cuerpo de Márquez y el casino entero contuvo la respiración. Joe Cortés abrió los brazos para mantener a Norbut alejado y comenzó el conteo. 1, dos, tres. Márquez ya estaba de rodillas. Cuatro, ya estaba parado. Se sacudió los guantes, movió la cabeza de lado a lado y miró a Cortés con ojos que decían con absoluta claridad: “Estoy bien, déjame pelear.

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