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ALEJANDRO “COBRITA” GONZÁLEZ: EL ASQUEROSO SECRETO QUE LE COSTÓ 3 HIJOS

ALEJANDRO “COBRITA” GONZÁLEZ: EL ASQUEROSO SECRETO QUE LE COSTÓ 3 HIJOS

tumbó al peso pluma invicto del mundo, 41 peleas sin perder. Y ese mismo hombre, hoy con tres hijos asesinados en 7 años, una esposa muerta, y aún así decidió quedarse a vivir en la misma ciudad donde ejecutaron a su familia. Hoy vas a saber el secreto que guardó Alejandro Cobrita González por más de 30 años y sobre todo, ¿quién mató a sus hijos y por qué? Pero antes de llegar a ese secreto, hay algo que tienes que entender, porque lo que pasó con sus hijos no empezó cuando los mataron, empezó 30 años antes, en una colonia del

oriente de Guadalajara, donde un niño aprendía a pegar antes de aprender a leer. La pregunta no es quién mató a los hijos del cobrita. La pregunta es por qué el padre nunca quiso buscar al culpable. 11 de agosto de 1973, Guadalajara. Jalisco, una colonia obrera al oriente de la ciudad, cinco hermanos, un padre que trabajaba todo el día, una madre que cocinaba, lavaba, planchaba para mantener la casa de pie.

 Ahí nace Alejandro Martín González, el que iba a ser campeón del mundo, el que iba a perder tres hijos. La familia no era pobre de la pobreza extrema, era pobre de la otra, la que no se ve en las estadísticas, la que come tres veces al día, pero no le sobra para comprar un par de tenis nuevos. La que paga la renta puntual, pero no tiene para un médico cuando el niño se enferma.

 La que aguanta sin quejarse porque quejarse en ese tiempo era de flojos. Alejandro era el cuarto. Un niño moreno, delgado, con los ojos grandes y las cejas espesas. Le gustaba el fútbol. Era bueno. Lo bastante bueno como para que lo metieran de delantero en la cuadra. Lo bastante bueno como para que los más grandes lo dejaran jugar con ellos.

 Pero había un problema con el fútbol en esa colonia. Los partidos siempre terminaban igual. faltas, cabezazos, patadas por debajo y Alejandro, que tenía 7 años era el más necio. Nueve. El que no se aguantaba. Una tarde, después de que un muchacho de 12 años le diera una patada que le dejó la rodilla sangrando, Alejandro se levantó del piso, le metió un puñetazo en la nariz y le tumbó dos dientes.

 El muchacho se fue llorando a su casa. La madre del muchacho llegó a casa de los González gritando. La madre de Alejandro le pidió disculpas, le dio dinero para los dientes y cuando la señora se fue, le preguntó a su hijo qué había pasado. Alejandro le contestó algo que su madre no iba a olvidar nunca.

 “Mamá, ya no me gusta el fútbol. Prefiero pegarle a la gente. Esa frase de un niño de 7 años fue la que lo llevó al ring y la que años después, cuando ya tenía millones, lo iba a meter en problemas que ningún cinturón mundial podía resolver. A los 9 años entra al primer gimnasio, se llama Olímpico.

 Está en el barrio de San Andrés, a 15 cuadras de su casa. El entrenador es un señor flaco, callado, con las manos curtidas y los ojos siempre rojos. Le dicen don Vicente. Alejandro entrena dos años con don Vicente, sin sparring, sin guantes propios, con un costal lleno de arena que se descía cada dos meses. Pero pega, pega bien.

 Don Vicente lo ve un día tirar una combinación de tres golpes a la pera y le dice, “Tú vas a ser campeón.” Alejandro no le contesta. solo sigue pegando. A los 12 años cambia de gimnasio. Va al gimnasio de un señor que apenas estaba empezando a hacerse de nombre en Guadalajara. Un entrenador joven, ambicioso, que decía que el secreto del boxeador no estaba en los puños, sino en la cabeza.

 Se llamaba José Reinoso. Pero todo el mundo le decía Chepo. Chepo Reyoso vio entrenar a Alejandro tres días seguidos. Al cuarto día le dijo, “Muchacho, tú no eres como los demás. Tú tienes algo. Si me haces caso, en 10 años eres campeón del mundo.” Alejandro le creyó y empezó a entrenar como nunca había entrenado en su vida.

 4 horas en la mañana antes de la escuela, 2 horas en la tarde después de las tareas, tomando agua simple, sin tocar refrescos, sin salir con los muchachos del barrio y un detalle que su madre va a recordar hasta el día que muera. No. Alejandro empezó a los 12 años a hacerle una promesa cada noche antes de dormir. La misma promesa repetida durante 10 años, casi 36,000 veces, le decía, “Mamá, cuando yo sea campeón del mundo, lo primero que voy a hacer es comprarte una casa.

” Una casa de verdad, no esta. Una con jardín, una con tu cuarto, una donde no se te meta el agua cuando llueve. Su madre le contestaba lo mismo todas las noches. Tú duérmete, mi hijo. Mañana hay escuela. Esa promesa la cumplió. La cumplió noqueando a un peleador invicto de Brooklyn, al que la HBO había puesto en la portada.

 Pero la casa que le compró a su madre tiene una historia que nadie ha contado y esa historia es la primera pieza del rompecabezas. A los 15 años, Alejandro debuta como Amateur. 30 peleas en 4 años, 28 ganadas, dos perdidas. Lo nombran cobrita por la velocidad de los puños. Le decían que pegaba como una cobra.

 Tirabas y ya estaba el golpe sin que la vieras venir. Número. A los 19 años, en 1988, debuta como profesional en una arena de Tlaquepaque. Pelea contra un peleador de Sinaloa que ya tenía 10 peleas. Lo noquea en el cuarto round. Cobra 300 pesos. Esa misma noche, en lugar de ir a celebrar a la cantina como hacían los muchachos de su edad, Alejandro toma los 300 pesos, se los lleva a su madre y le dice, “Este es el primero. Faltan más.

” Su madre los guardó en una caja de zapatos debajo de la cama y empezó a juntar. Las primeras 15 peleas las gana todas. 11 por knockout, cuatro por decisión. La prensa local empieza a hablar del muchacho de Guadalajara que pega como martillo. Lo entrevistan en el periódico Mural. Le hacen una nota en Televisa local, pero a nivel nacional todavía no es nadie.

 En 1990 pierde por primera vez una pelea en Mexicali contra un peleador local. Decisión dividida, polémica. La prensa de Jalisco dice que le robaron. La de Baja California dice que perdió justamente, cobra pesos, llora en el vestidor y le dice a Chepo Reinoso lo siguiente. Frase textual que Chepo iba a contar en una entrevista años después.

 Chepo, no me importa perder esta. Lo que me importa es que ya casi tengo para la casa de mi mamá. Vamos a la siguiente. Chepo se quedó callado, lo abrazó y entendió esa noche que el muchacho que tenía enfrente no era un peleador normal, era un peleador con una sola obsesión. Esa obsesión por la casa de la madre fue lo que lo llevó a la cima y también fue lo que lo metió sin que él se diera cuenta en el círculo del que ya nunca pudo salir.

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