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Rubén Rocha Moya intenta callar a Harfuch en plena crisis de Sinaloa… ¡México queda en shock!

La sala olía a café frío y a luz de magnesio. Un reportero levantó la mano. La pregunta, seis palabras, iba a obligar al hombre del podio a soltar una verdad que el gobernador con licencia de Sinaloa llevaba tres días intentando enterrar. Faltaban 4 segundos para que el país entero lo escuchara y nadie. Ni los uniformados al fondo, ni la mujer embarazada que estaba sentada a su izquierda, ni los corresponsales que tecleaban con la cabeza baja, sabían todavía hasta dónde iba a llegar lo que estaba a punto de salir de su boca.

Antes de continuar, suscríbete al canal ahora, deja tu like y comenta desde dónde nos estás viendo. Tu apoyo es muy importante. Era lunes 4 de mayo. Eran las 10:40 de la mañana en Culiacán y el sol pegaba fuerte contra los muros encalados de la novena zona militar. El convoy de la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana acababa de cruzar la garita.

Cuatro camionetas blindadas, escolta cerrada, dos motos de la Guardia Nacional adelante abriendo paso. Omar García Harfuch viajaba en la tercera unidad, saco oscuro, camisa blanca, la corbata, gris perla ajustada hasta el último botón a pesar del calor del Pacífico mexicano. A los 44 años, el secretario federal era el rostro que el gobierno de Claudia Shainbaum había decidido mandar a Sinaloa después del fin de semana más violento del año en el estado.

Y todos en esa base militar sabían por qué. Tres días antes, el viernes primero de mayo por la noche, Rubén Rocha Moya había aparecido en un video grabado en una habitación que parecía cualquier cosa menos un palacio de gobierno. Sin escudo nacional al fondo, sin bandera, la luz fría, la voz cansada. El gobernador de Sinaloa había anunciado que iba a pedir licencia para separarse del cargo.

Lo dijo con tono firme, casi solemne, pero todos los que lo escucharon entendieron lo mismo. El hombre que había gobernado el estado durante 4 años acababa de levantarse de la mesa en mitad de la partida. Y en esta cancha levantarse de la mesa nunca es un gesto inocente. Antes de que avancemos con lo que ocurrió en esa sala de prensa de Culiacán, y créeme, lo que dijo Harfuch a los pocos minutos cambió la conversación nacional en cuestión de horas.

Regálame un like, suscríbete al canal y activa la campanita. Esta historia apenas está empezando y lo que viene es más fuerte. Para entender por qué Harfuch llegó al cuartel y no al palacio de gobierno, hay que devolverse 5 días. Miércoles 29 de abril, Tribunal de Distrito Sur de Nueva York. El fiscal J. Clayton firmó una acusación de 34 páginas que iba a sacudir en cuestión de minutos la política mexicana.

La lista no traía un nombre, traía 10. Y el primero, en mayúsculas era el del propio Rubén Rocha Moya. Después venían el senador morenista Enrique Inzunza Cázar, el alcalde de Culiacán con licencia Juan de Dios Gámez Mendíbil, el vicefiscal estatal Damaso Castro Zaavedra, Marco Antonio Almanza Avilés, comisario de la policía de investigación, Alberto Jorge Contreras Núñez, alias Cholo, Gerardo Mérida Sánchez, exsecretario de Seguridad Pública, José Antonio Dionisio Hipólito, alias Tornado, comandante de la Policía Estatal Preventiva.

y al final Juan Valenzuela Millán, alias Juanito de la policía municipal. 10 nombres, una sola acusación, una sola tesis, que el cártel de Sinaloa, la facción de los hijos de Joaquín, el Chapo Guzmán, Iván Archivaldo y Ovidio, había operado durante años con la cobertura de buena parte del aparato estatal sinalo acusación describía algo todavía más concreto.

Decía que en 2021, antes de las elecciones para la gubernatura, Rocha Moya se había reunido con los hermanos Guzmán Salazar en una cita custodiada por sicarios armados con ametralladoras. Decía que ahí, frente al humo de los Marboro y los AR15 que descansaban contra los muros, se había sellado un trato. Los chapitos pondrían los votos.

Rocha Moya, una vez gobernador, pondría a la policía estatal en manos amigas, la policía de investigación, la fiscalía. Decía que el vicefiscal Castro Zavedra cobraba 000 mensuales en efectivo a cambio de avisar de operativos. Rocha rechazó todo. Las acusaciones, dijo en un comunicado, carecen de veracidad y fundamento alguno.

Pero al día siguiente, la embajada de Estados Unidos, por boca del embajador Ronald Johnson, respaldó cada línea. La cancillería mexicana confirmó que había recibido las solicitudes de detención provisional con fines de extradición y el viernes por la noche, sin que nadie lo viera venir tan rápido, el gobernador estaba pidiendo licencia.

El sábado 2 de mayo, el Congreso del Estado se reunió en sesión extraordinaria. 33 votos a favor, tres en contra, dos abstenciones. La licencia se aprobó y por unanimidad la comisión propuso a una mujer que hasta entonces era casi desconocida fuera de Sinaloa. Geraldine Bonilla Valverde, secretaria general de gobierno, licenciada en trabajo social por la Universidad Autónoma de Sinaloa, exdiputada local primero por Morena y después por el Partido Verde, originaria del distrito que comprende Culiacán, San Ignacio,

Elota y Cosalá, madre de una niña de 11 años llamada Melani, embarazada de su segundo hijo, primera mujer en la historia de Sinaloa en asumir, así fuera de manera interina, el poder ejecutivo del Estado. Para los reporteros que llevaban tiempo cubriendo la fuente, la elección de Bonilla traía una capa más. Un año antes, en abril de 2025, en un acto público, el propio Rocha Moya se había referido a ella diciendo que era una meserita de una lonchería de Dimas, el pueblo del municipio de San Ignacio, del que es originaria. tuvo que

disculparse en redes pocas horas después, lo que entonces se leyó como un desliz machista del gobernador. Ahora, 12 meses más tarde, había adquirido otro filo. La meserita era la nueva titular del ejecutivo y nadie en el equipo de Rocha podía permitirse hacer una broma sobre eso.

El propio Harfuch esa mañana del lunes la trataba con una formalidad estricta. Gobernadora aquí, gobernadora allá, ningún diminutivo, ningún titubeo. Era el primer mensaje político del día y aún no había hablado. La protesta se la tomó el diputado Rodolfo Valenzuela Sánchez. La nueva gobernadora habló desde el podio del Congreso con voz baja, sin levantar el tono ni una sola vez.

dijo que asumía con humildad, que iba a trabajar por la estabilidad, que iba a ser leal al pueblo de Sinaloa. La sala aplaudió, pero afuera del Congreso, mientras los flashes seguían crepitando, ya estaban contando los muertos. 15 asesinatos en 48 horas. El domingo 3 de mayo se llevó la peor parte. Levantamientos en el sur de la ciudad, cuerpos en la sindicatura de Quilá, sicarios en motonetas en la salida a Mazatlán, una camioneta calcinada en la colonia Bachihualato y los noticieros nacionales que durante meses habían reportado una cierta calma estadística

en el estado, repitieron la misma frase desde siete cabinas distintas al mismo tiempo. El primer fin de semana sin Rocha Moya en palacio había sido el más violento del año. Lo que en CDMX leyeron como una señal, los sinaloenses lo leyeron como un anuncio. Lo que sucedía abajo en la calle tenía un telón de fondo más viejo que la propia conferencia.

Desde septiembre de 2024, cuando Iván Archivaldo Guzmán traicionó a Ismael el mayo, Zambada y lo entregó a las autoridades estadounidenses en una maniobra que sacudió al cartel desde su núcleo más antiguo. Sinaloa vivía una guerra interna. Los chapitos contra los mayos, hijos contra herederos, plazas que cambiaban de mano cada 15 días, levantones, descabezados, comandos que se metían a hospitales a rematar heridos.

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