Las hermosas e históricas imágenes de Pompeya, sus ruinas y paisajes acompañaron hoy la visita del Papa León XIV a esta parte de Italia, coincidiendo providencialmente con la fiesta de Nuestra Señora de Pompeya, la celebración de la Virgen de Luján en Argentina y el aniversario de la elección del Santo Padre.
Y en medio de un día tan solemne, hubo también un momento que arrancó una sonrisa santa, podríamos llamarlo así. Un gesto espontáneo y humano le robó una sonrisa sorpresiva al Papa y también a muchos de los que seguíamos la transmisión. Porque es humano sentir alegría, sorpresa y ternura. Y seguramente Jesucristo también compartió sonrisas y momentos sencillos junto a los apóstoles mientras se dirigían hacia el altar para celebrar la Santa Misa en Pompeya, la ciudad que hace casi 2000 años fue destruida por la erupción del monte
Besubio y al conmemorarse además el primer aniversario de su pontificado, ocurrió este instante tan espontáneo y simpático, justo cuando los obispos y el Papa avanzaban en procesión hacia hacia el altar para comenzar la celebración eucarística. Cuando la procesión avanzaba para celebrar la Santa Misa y todos se dirigían hacia el altar, uno de los obispos, que al parecer necesitaba ayuda por su avanzada edad o quizás por algún problema de salud, perdió uno de sus zapatos en pleno recorrido.

El inesperado momento detuvo por unos segundos la procesión y causó sensación entre quienes seguían atentos la ceremonia. La reacción del Papa León XIV no pasó desapercibida. Su rostro mostró una sorpresa espontánea y enseguida apareció una sonrisa sincera, una risa santa, como la llamarían muchos fieles. Una reacción profundamente humana, porque también la alegría y los momentos inesperados forman parte de nuestra vida.
Y precisamente eso nos hace pensar en Jesucristo junto a sus apóstoles. El Señor quiso hacerse semejante a nosotros en todo, menos en el pecado. Los evangelios nos muestran que también lloró, sintió compasión, cansancio y seguramente compartió momentos sencillos y humanos con aquellos que caminaban a su lado. La expresión de sorpresa del pontífice quedó marcada por unos instantes, pero rápidamente continuó la procesión con serenidad y alegría.
Qué hermoso es ver al Santo Padre con esta naturalidad y espontaneidad que transmite cercanía a todos los fieles. Esa alegría sencilla que refleja humanidad también toca muchos corazones cada vez que aparece en público. Y hoy en esta fiesta de la santísima Virgen, escuchemos esta hermosa consagración no solo de Italia sino de la humanidad.
Hermanos y hermanas, confiémonos a la intercesión maternal de la santísima Virgen María del Rosario. Quémosla por la vida y la misión de la Iglesia y por el anhelo de paz y justicia de todo el mundo. August, oh augusta, reina de las victorias, o virgen soberana del paraíso, cuyo nombre poderoso alegra los cielos y hace temblar de terror a los abismos.
Oh gloriosa reina del santísimo rosario, nosotros los venturosos hijos vuestros, postrados a vuestras plantas, reunidos en tu templo de Pompeya, en este día sumamente solemne de la fiesta de vuestros triunfos sobre la tierra de los ídolos y de los demonios, derramamos entre lágrimas los afectos de nuestro corazón y con la confianza de hijos manifestamos nuestras necesidades.
Desde este trono de clemencia, donde te sientas como reina. Vuelve, oh María, vuestros ojos misericordiosos a nosotros, a nuestras familias, a Italia, a Europa, al mundo todo. Y apiádate de las penas y amarguras que nos afligen. Mira, oh madre, cuántos peligros para el alma y cuerpo nos rodean, cuántas calamidades y aflicciones nos agobian.
Detén bra de la justicia de vuestro hijo ofendido y con vuestra bondad subyugue el corazón de los pecadores, pues ellos son nuestros hermanos e hijos vuestros, que al dulce Jesús costaron sangre divina y a vuestro sensibilísimo corazón indecible dolores. Muéstrate hoy para con todos reina verdadera de paz y de perdón.
Ave o María, il signore con te benedetta fra le donne e benedetto il frutto del tuo seno Gesù. Santa Maria madre di Dio, prega per noi peccatori adesso e nellora della nostra morte. Amén. En verdad, en verdad, Señor, a nosotros, aunque hijos vuestros, con las culpas cometidas hemos vuelto a crucificar en nuestro pecho a Jesús y traspasar vuestro tiernísimo corazón.
Sí, lo confesamos, somos merecedores de los más grandes castigos. Pero ten presente, oh madre, que en la cumbre del Calvario recibiste las últimas gotas de aquella sangre divina y el postrer testamento del redentor moribundo, y que aquel testamento de un Dios sellado con su propia sangre te constituye en madre nuestra, madre de los pecadores.
Tú pues como madre nuestra, eres nuestra abogada y nuestra esperanza. Y por eso nosotros, llenos de confianza, entre gemidos, levantamos hacia ti nuestras manos suplicantes y clamamos a grandes voces, misericordia, oh María, misericordia. Tened pues piedad, oh madre bondadosa, de nosotros, de nuestras familias, de nuestros parientes, de nuestros amigos, de nuestros difuntos y sobre todo de nuestros enemigos y de tantos que se llaman cristianos y sin embargo desgarran el amable corazón de vuestro hijo. Piedad también, señora. piedad
imploramos por las naciones extraviadas, por toda Europa y para el mundo entero, a fin de que se convierta y vuelva arrepentido a vuestro maternal regaz. Misericordia para todos. O madre de las misericordias de grazia con te fra diga per noi pecatori adesso nellora della nostra morte am te cuesta, oh María, escucharnos te cuesta salvarnos.
vuestro hijo divino, no puso en vuestras manos los tesoros todos de sus gracias y misericordias. Tú estás sentada a su lado con corona de reina, rodeada de gloria inmortal sobre todos los coros de los ángeles. Vuestro dominio es inmenso en los cielos y la tierra con todas las criaturas es está sometida. Vuestro poder, oh María, llega hasta los abismos, puestos que tú ciertamente puedes librarnos de las asechanzas del enemigo infernal.
Tú, pues, que eres todopoderosa, por gracia, puedes salvarnos. Y si tú no quieres socorrernos por ser hijos ingratos e indignos de vuestra protección, dinos a lo menos a quién debemos acudir para vernos libres de tantos males. Ah, no. Vuestro corazón de madre no permitirá que se pierdan vuestros hijos.
Ese divino divino niño que descansa sobre vuestras rodillas y el místico rosario que lleva en la mano nos infunden la confianza de ser escuchados. y con tal confianza nos postramos a vuestros pies, nos arrojamos como hijos débiles en los brazos de la más tierna de las madres. Y ahora mismo, sí, ahora mismo esperamos recibir las gracias que pedimos.
Gesù Santa María madre di prega per noi pecatori adesso nellora della nostra morte. Amén. Un última gracia. Otra gracia más te pedimos, oh poderosa reina, que no puedes negarnos en este día de tanta solemnidad. Concédenos a todos, además de un amor constante hacia ti, vuestra maternal bendición. No, no nos retiraremos de vuestras plantas hasta que nos hayas bendecido.
