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OCTAVIO MUCIÑO : LA VERDAD QUE OCULTARON 50 AÑOS – TODO SALIO A LA LUZ

tres títulos de liga, dos conca Champions y un apodo que ya no era de un niño delgado de Yaso. Era el apodo del delantero más respetado del fútbol mexicano, el cabeceador más certero del país, el hombre que metía goles en finales. Pero hay algo más, querido espectador, algo que casi nadie cuenta cuando se habla del centavo musiño.

Y es que en 1973, cuando ya tenía 23 años y estaba en la cima de su carrera, Octavio Musiño recibió una llamada que iba a cambiar su vida. Una llamada que vista 51 años después también iba a marcarlo para morir. La llamada llegó al departamento que Octavio rentaba en la colonia Roma de la Ciudad de México una tarde de marzo de 1973.

Era un compañero del Cruz Azul, un mediocampista paraguayo llamado Juan Ramón Ocampos. Ocampos había jugado en el Valencia de España dos años antes hasta que una lesión de rodilla lo obligó a regresar al fútbol mexicano y mantenía contacto, según declararía décadas después en una entrevista al diario Mediotiempo con el director deportivo del Valencia.

Ocampos le dijo al centavo esa tarde por teléfono que el Valencia estaba interesado en ficharlo, que querían un delantero joven mexicano, capaz de jugar en la liga española y que estaban dispuestos a pagar lo que hiciera falta para sacarlo del Cruz Azul. El centavo, que nunca había salido de México, escuchó sin contestar durante varios segundos.

Después le dijo a Ocampos una frase que su esposa Margarita Valdés recordaría muchos años después. Le dijo, “Paraguayo, dile que sí. Yo me voy a España.” Y empezaron las negociaciones, querido espectador. Negociaciones que iban a durar más de un año. Negociaciones que iban a involucrar a tres equipos: Cruz Azul, Chivas y Valencia.

y negociación que sin que el centavo lo supiera, iban a colocar en su camino a un hombre llamado Jaime Antonio Muldum Barreto, un arquitecto tapatío, hijo de una de las familias más adineradas de Jalisco, un hombre que jamás había trabajado en su vida y que se ganaba el dinero como intermediario en operaciones que se firmaban en restaurantes de lujo, operaciones que casi nunca aparecían en los registros oficiales de los clubes.

El nombre de Muldum Barreto. Querido espectador, todavía no aparece en esta historia, pero quédate porque va a aparecer pronto y cuando aparezca va a ser para hacer algo que 51 años después sigue sin tener nombre en los expedientes de la justicia mexicana. En el verano de 1973 las negociaciones del Valencia se complicaron.

El Cruz Azul, según supo después la familia Muso, había exigido un precio de transferencia que el club español consideró demasiado alto. Y el Valencia, en lugar de cerrar la operación directa con la cooperativa, decidió esperar. decidió que el centavo cambiara primero de equipo dentro de México, que jugara una temporada con un club tapatío y que desde Guadalajara con la prensa local presionando fuera más fácil cerrar la salida de Europa.

El club Tapatío se llamaba Chivas, el Guadalajara, querido espectador, el equipo más popular de México, el rebaño sagrado. Y aquí en este punto exacto de la historia es donde apareció por primera vez Jaime Antonio Muldun Barreto. Apareció como un intermediario contratado por la directiva de Chivas para ayudar a cerrar el fichaje.

Apareció como un hombre con conexiones, según dijeron entonces, con empresarios europeos. apareció vestido de saco y corbata en la oficina del presidente de Chivas, un empresario llamado José Antonio Rosada, y apareció con una propuesta que iba a sellar el destino del centavo. me dijo a Rosada que él podía cerrar la operación, que tenía contactos en el Valencia, que conocía al director deportivo y que con las comisiones adecuadas distribuidas entre los lugares correctos, el Cruz Azul iba a aceptar el precio que Chivas estaba

dispuesto a pagar, que el Valencia iba a aceptar el precio de salida después de una temporada en Guadalajara y que todos los que tenían que cobrar iban a cobrar. Todos menos el centavo. Octavio Musiño firmó con Chivas en julio de 1973. La operación se cerró por el equivalente, en pesos de aquella época a aproximadamente 2 millones de pesos.

Cifra alta para el fútbol mexicano. Cifra que la prensa celebró como el fichaje más caro del año. Y la temporada del centavo en Chivas fue brutal, querido espectador. Brutal en el buen sentido. En 7 meses de competencia, Octavio Musiño anotó 15 goles y de esos 15, siete los anotó en partidos consecutivos. Una racha que ningún delantero mexicano había logrado antes.

Siete dobletes seguidos. Siete jornadas en las que el centavo entró a la cancha y marcó dos goles, sin excepción. La afición de Chivas, que es la afición más exigente del fútbol mexicano. Lo adoptó como ídolo en menos de dos meses. Le besaban la mano cuando lo veían en la calle. Le firmaban autógrafos a los niños del rebaño.

Le decían el centavo tapatío, aunque su corazón, todos lo sabían, seguía siendo de Cruz Azul. Pero en la cooperativa de Jaso, donde había nacido, los aficionados lo siguieron llamando suyo. Y cuando Cruz Azul jugaba contra Chivas, el centavo, según contó después su sobrino Roberto Musiño Valdés al diario Vamos Azul, le pedía permiso a su entrenador, el español Javier Aguirreona India, para no marcar gol contra el equipo donde se había hecho hombre.

Era un caballero, querido espectador. Era un hombre del campo criado en una cooperativa obrera donde se valoraba la palabra y se respetaba al adversario. Era un hombre que a los 23 años ya tenía esposa. Margarita Valdés, hijo. Octavio Mauricio Musiño Valdés de un año. Departamento propio en Guadalajara, futuro asegurado y un sueño grande, el sueño de jugar en Europa.

Pero ese sueño, querido espectador, iba a costarle la vida porque a finales de abril de 1974, el centavo musiño hizo algo que no debió haber hecho, algo que nadie se imaginaba que pudiera hacer, algo que en 51 años los archivos oficiales del fútbol mexicano, los archivos de la Procuraduría de Jalisco y los archivos de la familia Musiño han mantenido en silencio a finales de abril de 1974, el centavo musiño descubrió la verdad sobre su propio fichaje y descubrió sin querer el nombre de Jaime Antonio Muldun Barreto. Lo descubrió por una mujer, una

mujer que conoció en Guadalajara en una fiesta de la directiva de Chivas a la que él fue solo sin Margarita porque Margarita se había quedado en el departamento cuidando al niño. una mujer joven, alta, de ojos claros, que se le acercó esa noche y le habló durante una hora sin parar. Una mujer que le contó cosas, cosas que sabía porque pertenecía al círculo cercano de Muldum Barreto, cosas que iban a costarle al centavo la vida cinco semanas después.

Pero antes de llegar a esa noche, querido espectador, antes de llegar a esa fiesta, antes de llegar al restaurante Carlos o Wilis del 31 de mayo, hay otro hombre del que tenemos que hablar primero. Hay otro nombre que la familia Musiño nunca pronunció en voz alta durante medio siglo. Hay otro nombre que durante años fue protegido por las paredes de las casas más caras de Guadalajara.

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