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JORGE “EL TRAVIESO” ARCE : CONFESÓ POR QUE DEJÓ EN COMA A JOSÉ CARMONA

No solo victorias, un espectáculo. Cada pelea era diferente. Sus entradas al ring eran producción aparte. Un día llegaba con mariachi completo, otro día corriendo entre el público estrechando manos, otro día con traje de luces que hubiera avergonzado a un torero. Sus palabras antes de cada pelea eran puro show.

Provocaba al rival con sonrisa en la cara. Hacía reír a los periodistas en la conferencia de prensa. Llegaba al paesaje con broma en la boca, pero dentro del ring broma. El travieso peleaba como si cada asalto fuera el último, no porque fuera imprudente, porque era valiente de una manera que pocos boxeadores lo son.

No le importaba recibir golpes, le importaba ganar. Y entre esas dos cosas ponía su cuerpo como puente. Era la filosofía del travieso. Dos palabras, siempre así. Si tienes que aguantar para ganar, aguantas. Si tienes que sangrar para ganar, sangras. Si tienes que caerte para ganar, te caes. Pero ganas.

Un periodista le preguntó una vez en una conferencia de prensa qué era lo que más le gustaba del boxeo. El travieso pensó 2 segundos. Lo que más me gusta, sí que cuando entro al ring soy el único que sabe exactamente lo que voy a hacer. Y el rival no sabe nada, por eso gano. El periodista se rió. Y si el rival también sabe lo que va a hacer, entonces gana el que lo haga primero. Pausa.

Ese siempre soy yo. Esa no era arrogancia. Era la verdad que él había construido peleas durante peleas. El travieso estudiaba a sus rivales con una obsesión que nadie veía porque el show lo ocultaba todo. Mientras el mundo lo veía en televisión bailando, él estaba en el gimnasio a las 6 de la mañana. Mientras el mundo lo veía en reality shows, él estaba viendo grabaciones de las peleas del rival.

El show era la máscara. Debajo de la máscara había trabajo, mucho trabajo. 2002, Corea del Sur. El rival era Josam Choy, campeón mundial supermosca del CMB. En su casa, con su público, 50,000 coreanos gritando contra el mexicano. La arena entera era territorio enemigo. Cada señal, cada gesto del público era contra él.

Arce entró al ring, miró las tribunas. sonríó. Su equipo lo veía nervioso. Beltrán desde la esquina murmuraba en silencio y entonces Arce empezó a saludar al público con la mano en alto, como si fueran sus fans. El público coreano no supo cómo reaccionar. Algunos se rieron, otros abuchearon más fuerte. Arce siguió saludando.

12 asaltos después salió campeón. El estadio coreano que lo había abucheado se puso de pie, no por protocolo, por respeto genuino. Ese es el travieso, el que convierte enemigos en testigos. Pero esa no fue la pelea que lo hizo leyenda. Esa llegó en 2005. Hussein Hussein, australiano. Una pelea que nadie esperaba que fuera épica.

Primer asalto. Un cabezazo involuntario. La nariz de Arce explotó. sangre, hueso, dolor brutal. El médico entró al ring al final del asalto. Lo revisó. Voy a detener la pelea. No tienes la nariz rota. El hueso está desplazado. Si recibes otro golpe ahí, no la vas a detener. Jorge, no la vas a detener. El médico lo miró fijo.

Buscó desorientación. buscó señales de que no estaba bien. El travieso le sostuvo la mirada sin parpadear. El médico firmó la continuación. 11 asaltos más con la nariz destrozada, con la cara cubierta de sangre sin retroceder un centímetro. Jusin veía la sangre y atacaba el mismo punto. Era la estrategia correcta.

El travieso aguantaba y respondía. Ganó. Cuando levantaron su mano con la cara hecha a pedazos y la sonrisa intacta, México entero entendió algo. Este hombre no pelea por cinturones. Este hombre pelea por algo que los cinturones no pueden medir. Esa imagen recorrió los medios. Un hombre con la cara ensangrentada levantando el puño sonriendo.

No se puede fabricar eso. No se puede entrenar eso. Eso se tiene o no se tiene. El travieso lo tenía y México lo entendió esa noche. En los meses que siguieron su popularidad se disparó. Las televisoras lo buscaban. Las marcas querían su cara. Las arenas se llenaban solo con su nombre en el cartel. No porque fuera el mejor técnico del boxeo mexicano.

Barrera era más técnico, Morales era más disciplinado. Márquez era más inteligente tácticamente, el travieso era el más humano. Y en el boxeo, como en la vida, la gente no sigue a los perfectos, sigue a los que se parecen a ellos. Esta es la segunda revelación que te prometí. 2003. Big Brother, el reality show más popular de México.

Millones de espectadores en señal abierta. Beltrán lo llamó a su oficina una tarde. Siéntate. Jorge se sentó. Te tengo una propuesta. Dígame. El Big Brother quiere que entres a la casa. Silencio. El reality show. Ese Beltrán. Yo soy boxeador, ¿no? Escúchame. El boxeo solo llega a los que pagan la televisión de paga.

Son un millón de personas. El Big Brother llega a 30 millones. Sal de ahí y vas a ser famoso de verdad. Jorge lo pensó. Y si hago el ridículo ya haces el ridículo en el ring y te aplaudimos igual. Jorge se rió. Tiene razón. Entonces, está bien. Entro. Beltrán tenía razón. Lo que era figura del boxeo se convirtió en celebridad nacional.

Su cara en todos lados, publicidad, revistas, programas de televisión. Parecía Luis Miguel, diría años después. Donde llegaba la gente se amontonaba. Y fue en esa época que pasó algo que el travieso tardó años en contar. Una noche policías lo detuvieron en la calle. No eran policías, le vendaron los ojos, lo subieron a un vehículo.

Arce no sabía si iba a salir vivo. El vehículo manejó durante no supo cuánto tiempo. Nadie habló, solo música norteña de fondo y el travieso calculando en silencio. Si me iban a matar, ya lo habrían hecho. Si quieren dinero, tendrán que llamar a alguien. No terminó el pensamiento. El vehículo se detuvo.

Le quitaron la venda. Una fiesta enorme, música en vivo, comida para 100 personas, antorchas, mesas largas, gente por todos lados. Y en el centro dos hombres que México conocía solo de fotografías. Joaquín el Chapo Guzmán, Ismael el mayo Zambada, los dos capos más poderosos del cartel de Sinaloa, los hombres más buscados de México.

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