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El día que Silvia Pinal se burló de María Félix en una premiere – Su respuesta dejó a todos helados

 Y esa persona fumaba un cigarrillo francés en la limusina a tres cuadras del Palacio de Bellas Artes, sabiendo exactamente lo que se iba a encontrar al llegar. Por cierto, si esta historia te hace sentir algo desde el principio, no olvides suscribirte a este canal para seguir escuchando más historias como esta. Para entender lo que pasó esa noche, hay que entender primero quiénes eran estas dos mujeres.

No las versiones simplificadas, no las caricaturas que la revista del corazón construía semana a semana. Las mujeres reales con sus ambiciones, sus heridas, su historia. Porque lo que explotó en esa alfombra roja no fue un capricho de divas, no fue el drama superficial que los columnistas de espectáculos querían vender al día siguiente.

 Fue el resultado de una tensión que llevaba años acumulándose en silencio, como la presión de una falla geológica que todo el mundo sentía, pero que nadie quería nombrar. Silvia Pinal Hidalgo tenía 29 años en septiembre de 1960. 29 años y ya era sin discusión posible. La actriz más poderosa de la nueva generación del cine mexicano.

 Había debutado en 1949, había ganado el premio Ariel en 1954, había filmado con los mejores directores del país, pero lo que la había catapultado a una dimensión completamente diferente era su matrimonio. ese mismo año con Emilio Azcárraga Milmo, el heredero del Imperio televisivo más grande de México. No era solo una actriz talentosa, era la combinación perfecta de talento, belleza, ambición y poder matrimonial que en México del siglo XX valía más que cualquier premio nacional de artes.

Silvia Pinal caminaba diferente desde que se casó con Azcárraga. Lo notaban todos. Había algo en su postura, en la forma en que miraba a los periodistas, en la velocidad con que devolvía o no devolvía los saludos, que decía con una claridad brutal: “Yo soy el futuro. Yo soy lo que viene.

 La industria del cine mexicano me necesita a mí.” No, al revés. Y en cierto sentido, tenía razón. La época de oro del cine mexicano estaba llegando a su fin. Las grandes estrellas de los años 40 y 50 envejecían. El público joven quería caras nuevas, historias nuevas, mujeres que se parecieran más a lo que México estaba comenzando a hacer.

 El país cambiaba, industrializaba, urbanizaba, se modernizaba a velocidad de vértigo. Y Silvia Pinal era esa modernidad hecha mujer, joven, ambiciosa, conectada con el poder, sin el peso de las reglas viejas que ataban a otras. No le debía nada a nadie, o eso creía. María de los Ángeles, Félix Guereña, tenía 46 años esa noche de septiembre de 1960.

46 años que en cualquier otra mujer del mundo del espectáculo habrían significado el principio del declive suave, la transición hacia papeles secundarios, hacia apariciones especiales, hacia el reconocimiento nostálgico que se da a las que ya fueron. Pero María Félix no era cualquier mujer del mundo del espectáculo.

 María Félix era una categoría propia que no tenía equivalente en ningún diccionario de la industria cinematográfica. Había filmado más de 40 películas. Había actuado en España, en Francia, en Italia, en Argentina. Jan Renoir la había dirigido. Diego Rivera la había pintado. Agustín Lara le había compuesto María Bonita durante su luna de miel.

Jan Cocteau había dicho de ella, “María, esa mujer tan hermosa que hace daño. Octavio Pas había escrito que nació como un relámpago que rasga las sombras. Era vestida por Dior, por Jenchi, por Valenciaga. Era la cuarta actriz más fotografiada del mundo después de Marilyn Monro, Sofía Loren y Marl Dietrich.

 Pero más allá de los datos, más allá de los números y los nombres ilustres, María Félix era una presencia. Era una energía en el cuarto que cambiaba el aire cuando entraba. Todos los que estuvieron cerca de ella alguna vez lo describían de la misma manera. No sabías que había llegado por los aplausos. Lo sabías porque el cuarto cambiaba, como si la temperatura bajara un grado o el tiempo se dilatara un segundo.

 Eso era lo que Silvia Pinal, con toda su juventud y todo su poder, nunca había podido replicar, y eso, en el fondo, era lo que la roía. La relación entre las dos mujeres había comenzado de manera relativamente cordial, como casi todas las relaciones en la industria del cine que eventualmente se vuelven Guerra Fría.

 Se habían cruzado en premiaciones, en cócteles de productores, en los pasillos de los estudios Churubusco. Se saludaban con esa cortesía calculada que en el mundo del espectáculo mexicano equivale a una declaración de neutralidad armada. Te reconozco, te respeto como figura pública, pero no me confundas con una admiradora. El primer rose real, el primero que tuvo consecuencias, había ocurrido dos años antes, en 1958.

El productor Gregorio Bayerstein estaba armando una película de alto presupuesto, una historia de amor ambientada en el México colonial, con un papel protagónico que en el papel podría haber sido para cualquiera de las dos. Bayerstein las llamó a ambas, no porque dudara, porque era un hombre inteligente que sabía que en México del cine el rumor de una guerra entre estrellas vende más entradas que cualquier campaña de publicidad.

 A María le ofreció el papel de la madre, una mujer de 40 años con dignidad y peso narrativo. A Silvia le ofreció el papel de la hija, joven, apasionada, el motor sentimental de la historia. María escuchó la propuesta completa, encendió su cigarrillo, exhaló el humo con calma y le dijo a Bayerstein algo que el productor repitió en privado durante años.

 Gregorio, yo no hago madres todavía. Cuando tenga 80 años y ya no pueda hacer otra cosa, hablaremos. Mandó a su asistente a recoger el guion y salió del despacho. Bayerstein lo entendió. La película se hizo sin María. Silvia consiguió el papel protagónico y fue un éxito razonable. Pero en el momento en que María rechazó esa oferta con esa frase seca y precisa, algo se tensó entre las dos de manera diferente.

Silvia Pinal se enteró de la conversación, como se enteraba siempre de todo, a través de la red de asistentes, secretarias y camareras de hotel que en México del cine funcionaban como sistema de inteligencia más eficiente que cualquier agencia gubernamental. Y lo que entendió no fue que María la había insultado.

 Lo que entendió, lo que la irritó profundamente, fue que María Félix no la consideraba una amenaza suficiente como para necesitar rechazar el proyecto de otra manera. La había ignorado no como adversaria, sino como paisaje. Eso fue lo que empezó todo. No una guerra de declaraciones públicas, no una pelea de divas con insultos en columnas de periódico. Algo más sutil.

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