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La noche que despreciaron a María Félix frente a Marilyn Monroe — el mayor error de Hollywood

Marilyn Monroe, Grace Kelly, Elizabeth Taylor. María lo sabía, lo había sabido desde que llegó, pero no le importaba, o al menos eso se decía a sí misma. Pidió un martín y seco sin aceitunas. Observaba la sala con esa mirada suya, mitad curiosidad, mitad desdén. Y entonces lo vio entrar. Harold Winstock, productor poderoso, dueño de tres estudios, el tipo de hombre que decidía carreras con un apretón de manos o las destruía con un comentario casual.

Winstock caminó directo hacia la mesa principal, se detuvo, saludó a Marilyn con dos besos. Ella rió, ese sonido de niña que enloquecía a los hombres. María observaba desde su mesa, no con envidia, con algo más complejo, reconocimiento, quizás. Marilyn era hermosa, sí, vulnerable, explotada, usada. María había visto esa historia antes, demasiadas veces. La cena comenzó.

Platos de langosta, vino francés, conversaciones sobre proyectos, contratos, quién filmaba con quién. María comía en silencio. A su lado, un guionista intentó conversar. Señorita Félix, ¿ha considerado trabajar en Hollywood? Ella lo miró como si hubiera sugerido que se arrojara de un puente. No, respondió simplemente.

¿Por qué no? Aquí está el verdadero cine. María sonrió una sonrisa fría. El verdadero cine. Qué interesante. No dijo más. El guionista se sintió incómodo y dejó de hablar. Entonces, a mitad de la cena, Winstock se puso de pie, copa en mano. Señoras y señores, su voz llenó el salón. Todos callaron.

 Esta noche festejamos el cine, el verdadero cine, el cine que se produce aquí en Hollywood, el centro del mundo. Aplausos educados. María no aplaudió. Y celebramos a las estrellas que iluminan nuestras pantallas. Winstock miró a Marilyn como nuestra querida Marilyn, la mujer más deseada de América. Más aplausos. Marilyn se ruborizó. Sonrió con timidez.

Y entonces Winstock hizo algo que cambiaría todo. Miró hacia la mesa de María, sus ojos se encontraron. Y también tenemos visitas internacionales esta noche, dijo con una sonrisa que no llegó a sus ojos. Actores de otros países que vienen a observar cómo se hace el verdadero trabajo. Pausa. Como la señorita Félix de México, María no se movió, pero algo en su postura cambió.

Weinstock continuó. “Debe ser complicado,” dijo con falsa compasión, “ver lo que se puede lograr con los recursos adecuados, los estudios adecuados, el talento adecuado, risas incómodas en algunas mesas. Estoy convencido de que la señorita Félix daría cualquier cosa por tener una oportunidad aquí, por trabajar con nosotros, por ser parte de esto.

 El silencio ahora era denso. María seguía inmóvil. Winstock alzó su copa. Quizás algún día, si aprende inglés lo suficientemente bien, si elimina ese acento, si comprende cómo funcionan las cosas aquí, sonrió. Después de todo, no todas pueden ser Marilyn Monroe. Y ahí fue cuando María se puso de pie lentamente.

El sonido de su silla arrastrándose fue como un trueno en el silencio. María tomó su copa de champán, la sostuvo un instante observando como las burbujas ascendían y entonces, con un movimiento casual casi aburrido, la dejó caer. El cristal explotó contra el mármol. Fragmentos brillantes volaron por el aire. El silencio se volvió absoluto.

Winstock la miraba sorprendido. Nadie se atrevía a respirar. María caminó. Sus tacones resonaban en el salón. Paso tras paso se acercó a la mesa principal, a Winstock. Se detuvo frente a él, lo miró directo a los ojos. Señor Winstock, su voz era tranquila, controlada. Creo que existe un malentendido. Hizo una pausa.

 Usted supone que yo deseo algo de usted, de Hollywood. De este lugar, sonrió. No fue una sonrisa agradable. Permítame corregirlo. El productor intentó responder. María levantó una mano. Los adultos están hablando. Jadeos ahogados en varias mesas. Nadie, absolutamente nadie, le hablaba así a Harold Winstock. Hace 10 años, continuó María, Hollywood me llamó, no una vez, cinco veces.

 MGM, Paramount, Warner Brothers, todos querían a la mexicana exótica para sus películas. Pausa. ¿Sabe qué les respondí? Winstock no contestó. Les dije que no a todos. ¿Por qué? Preguntó alguien desde otra mesa. María se volvió hacia la voz. Era un director joven genuinamente curioso. ¿Por qué? Dijo María.

 Comprendí algo que ustedes jamás entenderán. El poder no está en ser deseado. El poder está en ser quien decide. Caminó alrededor de la mesa principal. Todos la seguían con la mirada. ¿Ustedes creen que este es el centro del mundo? Hollywood, las luces, los estudios, los contratos. Se detuvo detrás de Marilyn. Puso una mano suavemente en su hombro.

 Marilyn la miró hacia arriba confundida y explotan esa creencia. Hacen que las personas vengan arrastrándose, les entregan migajas y las llaman oportunidades. Su voz se endureció. Les arrebatan su dignidad y lo denominan éxito. Marilyn bajó la mirada. Algo en sus ojos sugería que comprendía cada palabra. María continuó caminando.

 He filmado 47 películas en México, en España, en Francia, en Argentina. Trabajé con Buñuel, con Renoar, con Fernández. artistas genuinos, no fabricantes de sueños de plástico. Miró directamente a Winstock y gané más dinero que la mayoría de sus estrellas sin firmar un solo contrato aquí. Eso es imposible, murmuró alguien. Imposible.

María se volvió hacia la voz. En Europa me pagan $200,000 por película, más que a cualquier actriz en este salón. Silencio. ¿Saben por qué? Porque no necesito a Hollywood. Hollywood me necesita a mí. O más bien necesita la idea de mí. La mujer inalcanzable. La estrella que dijo que no. Winstock finalmente habló. Está loca.

 Su voz temblaba de furia. Loca. María rió un sonido frío. No, señr Winstock, estoy cuerda. Ustedes están locos si creen que su circo de tres pistas es el único escenario del mundo. Dio un paso hacia él. Ustedes pretenden que yo le suplique, que acepte sus migajas, que sonría y agradezca la oportunidad. Se inclinó hacia adelante.

 Sus ojos brillaban. Pero yo no suplico, no agradezco lo que no necesito y definitivamente no tolero insultos de un hombre cuyo mayor logro es determinar quién se arrodilla más rápido. El rostro de Winstock se puso rojo, se levantó bruscamente. Fuera. Salga de aquí. María no se movió. Con mucho gusto.

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