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“Pedro Infante interrumpió su concierto ante miles de personas al ver a un anciano en primera fila”

Esa noche lucía un traje blanco inmaculado con detalles bordados en hilo de plata que relucían bajo las luces del escenario. Su cabello estaba perfectamente peinado hacia atrás con brillantina y su sonrisa característica había hecho suspirar a cientos de mujeres en la audiencia durante la primera hora del espectáculo.

La orquesta de 25 músicos dirigida por el maestro Jiménez lo acompañaba de manera impecable. Habían ensayado durante dos semanas para este concierto que marcaba el inicio de una gira nacional que recorrería 15 ciudades en tres meses. Todo marchaba a la perfección hasta ese momento. Pedro hizo una señal a la orquesta para que aguardara antes de iniciar la siguiente canción.

se aproximó al borde del escenario, inclinándose levemente para ver mejor al anciano que seguía con la cabeza agachada en la primera fila. “Señor”, dijo por el micrófono, su voz llenando cada rincón del teatro con esa calidez que lo había hecho célebre. “¿Se encuentra bien? ¿Necesita algo?” El teatro completo giró para observar al anciano.

 Las 18 personas dejaron de murmurar y un silencio expectante se posó sobre el lugar. Algunos creyeron que se trataba de un fanático demasiado emocionado. Otros pensaron que quizás estaba enfermo y requería atención médica. Las luces del teatro se ajustaron levemente para iluminar la zona donde estaba el anciano. Pero el anciano elevó la cabeza lentamente, muy lentamente, como si le demandara un esfuerzo enorme.

 Y aunque sus ojos estaban ocultos detrás de esos lentes oscuros que parecían demasiado grandes para su rostro delgado, su voz emergió clara y quebrada, cargada de una emoción que cortaba el aire como un cuchillo. Pedro, dijo con voz temblorosa, Pedro, soy Jacinto, don Jacinto Medina, ya no te acuerdas de mí, muchacho.

 El efecto de esas palabras fue inmediato y devastador. Pedro Infante quedó completamente paralizado al borde del escenario con el micrófono todavía en la mano derecha y su brazo izquierdo extendido, como si estuviera a punto de realizar un gesto que nunca completó. Su expresión transitó de confusión a shock en cuestión de 3 segundos que parecieron eternos.

 Don Jacinto repitió con voz incrédula casi un murmullo que el micrófono apenas captó. Su rostro había palidecido notablemente, incluso bajo el maquillaje del escenario, y entonces el reconocimiento lo golpeó como un tren a toda velocidad. Don Jacinto Medina, su primer maestro de música en Guamuchil, Sinaloa. El hombre que le había enseñado las primeras notas en un violín viejo cuando Pedro tenía apenas 11 años y laboraba 12 horas diarias en la carpintería de su padre, fabricando sillas y mesas para sobrevivir.

el hombre que le había asegurado con absoluta convicción que poseía talento verdadero, que su voz podía llegar lejos si no la desperdiciaba trabajando en un taller oscuro toda su vida. El hombre que le había prestado un violín de madera de cedro, que probablemente valía más que todo lo que la familia infante poseía en su casa de dos cuartos.

El hombre que había llegado cada sábado durante dos años completos a impartir clases de música sin cobrarle jamás un solo centavo, porque sabía que Pedro carecía de dinero. el hombre al que Pedro había prometido visitar, al que había prometido agradecer cuando triunfara, al que nunca había vuelto a ver tras marcharse a la Ciudad de México a los 17 años, con 30 pesos en el bolsillo y un sueño imposible de convertirse en actor.

 Habían transcurrido 22 años desde entonces, 22 años de completo silencio. Pedro Infante descendió del escenario sin pensarlo dos veces. No utilizó las escaleras laterales que normalmente usaban los artistas. Simplemente saltó desde el borde del escenario directamente al pasillo central con una agilidad que sorprendió a todos.

 Su traje blanco relumbró bajo las luces mientras avanzaba velozmente, casi corriendo hacia la primera fila. La orquesta no sabía qué hacer. El maestro Jiménez miraba a los músicos con semblante confundido y luego miraba a Pedro caminando por el pasillo. Los técnicos de luces no sabían si mantener el foco sobre el escenario vacío o seguir a Pedro con los reflectores móviles.

 El público murmuraba cada vez con mayor intensidad, preguntándose qué ocurría. si esto formaba parte del programa o si algo había salido terriblemente mal. Algunos aficionados ya sacaban sus cámaras Kodak, presintiendo que presenciaban algo histórico. Cuando Pedro llegó frente a don Jacinto, se detuvo en seco. Pudo apreciar de cerca lo que los años y la vida habían hecho con su antiguo maestro, y el impacto fue como recibir un golpe en el estómago.

Don Jacinto había envejecido décadas en esos 22 años. Su rostro estaba demacrado con pómulos pronunciados que sobresalían bajo piel arrugada y manchada. Su cabello era completamente blanco, escaso, peinado hacia atrás con gomina barata. Su saco color café tenía remiendos mal cocidos en los codos.

 El cuello de su camisa blanca estaba desilachado y amarillento por el uso y los lavados. Sus pantalones grises lucían lustrosos de tanto desgaste en las rodillas y el trasero. Pero lo que más impactó a Pedro fueron los zapatos. Zapatos negros gastados cuyo cuero se había resquebrajado en múltiples lugares. Consuelas tan delgadas que Pedro podía ver un trozo de cartón doblado asomándose por el zapato derecho, colocado ahí para tapar un agujero en la suela.

 Y esos lentes oscuros, gruesos, del tipo que usan las personas con problemas severos de visión. Don Jacinto mantenía la cabeza ligeramente inclinada hacia arriba, como si estuviera escuchando el mundo en lugar de verlo, como si sus oídos hubieran tenido que compensar lo que sus ojos ya no podían hacer. Pedro se arrodilló frente a él en el piso del teatro, sin importarle que su traje blanco de 800 pesos rozara el piso polvoriento que no había sido barrido adecuadamente antes del show.

Sus rodillas tocaron el suelo con un sonido sordo que el micrófono inalámbrico prendido en su solapa captó y amplificó. Don Jacinto”, dijo Pedro con voz entrecortada, que emergía más como un gemido que como palabras. “Don Jacinto, ¿qué le sucedió? ¿Por qué porta esos lentes? ¿Por qué está así?” Su voz salía quebrada, cargada de una emoción que no intentaba disimular, y el micrófono inalámbrico recogía cada palabra, cada respiración entrecortada, transmitiéndola a todo el teatro a través de los altavoces. Don Jacinto

extendió una mano temblorosa, con dedos nudosos y manchados, buscando el rostro de Pedro en el aire frente a él. Sus dedos se desplazaban con incertidumbre. palpando el espacio vacío hasta que finalmente hallaron la mejilla de Pedro. Cuando lo tocó, sus dedos se detuvieron ahí temblando, reconociendo los contornos de ese rostro con la ternura de alguien que reencuentra algo que creía perdido para siempre.

 “Me quedé ciego hace 8 años, muchacho.” dijo don Jacinto con voz ronca por la edad y la emoción. Diabetes. Primero fue el ojo izquierdo. Se nubló paulatinamente durante 6 meses hasta que solo distinguía sombras. Luego el derecho. Ese se fue más rápido. En tres meses. Los médicos dijeron que no había nada que hacer.

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