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Cuando Jorge Negrete retó a María Félix en un set de filmación – Su respuesta fue impresionante

 México vivía su época dorada del cine, la más prolífica, la más brillante, la más irrepetible de toda Latinoamérica. Las películas mexicanas se exportaban a 23 países. Las estrellas mexicanas eran más famosas que las de Hollywood en todo el continente. Y en la cima de ese universo, dos nombres brillaban con luz propia, con luz que quemaba, con luz que segaba a quien se acercara demasiado.

 Jorge Negrete y María Félix. Jorge Negrete era el charro de México, la voz más poderosa que había salido de una garganta mexicana en un siglo. 41 años, más de 40 películas, millones de discos vendidos, una voz que hacía llorar a las mujeres y que hacía que los hombres quisieran ser él. Pero Jorge no era solo una voz, era un hombre de carácter volcánico, orgulloso hasta el hueso, con un ego que llenaba cualquier habitación antes de que él entrara.

Había sido presidente del sindicato de actores, había enfrentado a productores, a directores, a empresarios. Nadie le decía que no a Jorge Negrete, nadie le levantaba la voz, nadie lo contradecía en un set de filmación, porque hacerlo era buscarse un enemigo para toda la vida.

 Y Jorge Negrete como enemigo era lo último que cualquiera quería en esa industria. María Félix tenía 38 años. Llevaba una década siendo la estrella más luminosa, más temida, más deseada del cine mexicano. Había filmado en España, en Francia, en Italia. Jan Cteau había dicho de ella que era una mujer tan hermosa que hacía daño.

 Diego Rivera la había pintado desnuda y la había llamado un ser monstruosamente perfecto. Octavio Paz había escrito que María Félix nació dos veces, que sus padres la engendraron y luego ella se inventó a sí misma. Pero María no era solo belleza, era fuego, era voluntad. Era una mujer que había sobrevivido un matrimonio abusivo a los 17 años, que le habían arrebatado a su hijo, que había construido su carrera ladrillo a ladrillo en una industria diseñada por hombres para hombres.

Vestie Dior, Kevinchi Balenciaga, Mandaba Fabricar Joyas Acardier. Y cuando un hombre intentaba intimidarla, lo miraba con esos ojos que eran dos abismos negros y lo reducía a ceniza con una sola frase. En esa México de los años 50, el cine no era solo entretenimiento, era religillon, era identidad nacional, era la forma en que un país que todavía se estaba construyendo se miraba al espejo y decidía quién quería ser.

 Las salas de cine se llenaban cada fin de semana con familias enteras que compraban palomitas. Se sentaban en butacas de terciopelo rojo gastado y durante dos horas vivían otras vidas, mejores vidas, vidas llenas de pasión y drama y justicia poética. Y en esas pantallas, más grandes que la realidad misma, dos rostros dominaban.

Jorge Negrete con su voz de trueno y sus ojos que prometían aventura. María Félix con su belleza letal y su mirada que prometía peligro. Nadie podía competir con ellos. Nadie se atrevía a intentarlo. Eran la realeza del celuloide mexicano. Y como toda realeza, su relación estaba marcada por el protocolo, la rivalidad y una tensión que todos sentían, pero que nadie se atrevía a nombrar.

Se decía en los pasillos de los estudios, en las cantinas donde los técnicos se juntaban después de largas jornadas de filmación, en las fiestas de la alta sociedad donde circulaba el champán y los chismes con igual velocidad, que el día en que esos dos compartieran un set otra vez, el resultado sería una de dos cosas.

 O la mejor película de la historia del cine mexicano o la destrucción total de ambos. No había término medio. Con esas dos personalidades, con esos dos egos, con esas dos voluntades de acero chocando como trenes, el resultado iba a ser catastrófico o sublime. No existía otra posibilidad. Y ese día llegó. Esos dos titanes, esas dos fuerzas de la naturaleza, habían sido contratados para protagonizar juntos la película más ambiciosa del año, una producción que prometía ser el evento cinematográfico de la década. El director era Emilio

Elindio Fernández, ganador de la palma de oro en Canes, el hombre más respetado y más temido detrás de una cámara en todo México. El camarógrafo era Gabriel Figueroa, genio visual que había trabajado con los más grandes del mundo. El presupuesto era el más alto que se había invertido en una película mexicana hasta ese momento.

 Todo estaba alineado para crear una obra maestra. Pero había un problema, un problema que todos conocían, pero que nadie se atrevía a mencionar en voz alta. Jorge Negrete y María Félix se odiaban. No era un odio nuevo. Venía de años atrás, de 1943, cuando habían filmado juntos El Peñón de las Ánimas, la primera película de María.

 En aquel set, Jorge la había tratado con desprecio, como a una principiante que no merecía estar frente a una cámara. la había ignorado entre Thomas. Había hecho comentarios sobre su inexperiencia frente al equipo. Había pedido que le cambiaran la compañera de reparto porque, según él, trabajar con una novata lo hacía ver mal.

 María nunca olvidó esa humillación, nunca la perdonó. Y durante 9 años, cada vez que se cruzaban en un evento, en una premiación, en una fiesta de la industria, el aire se volvía hielo entre ellos. Miradas que cortaban. Silencios que gritaban. Todos en el medio lo sabían. María Félix y Jorge Negrete juntos era dinamita esperando una chispa.

 Y ahora, por capricho del destino y ambición de los productores, estaban en el mismo set. Otra vez. Gregorio Bayerstein, el productor sabía que estaba jugando con fuego, pero también sabía que esos dos nombres juntos en un cartel significaban millones de pesos en taquilla. Así que los contrató, rezó y se preparó para lo peor.

 La primera semana de filmación fue tensa, pero manejable. Jorge llegaba puntual, se metía en su personaje, actuaba con una intensidad que hacía temblar a los extras. María llegaba media hora tarde, impecable, fumando un cigarrillo francés, como si el mundo entero pudiera esperar por ella porque podía. Se miraban con cortesía helada. Buenos días, señor Negrete.

Buenos días, señorita Félix. Sin más palabras que las del guion, el indio Fernández dirigía con mano de hierro, intentando mantener la paz, pero sabía que era cuestión de tiempo. Lo sentía en el ambiente, en la forma en que Jorge apretaba la mandíbula cuando María improvisaba un gesto, en la forma en que María arqueaba una ceja cuando Jorge se tomaba libertades con los diálogos.

 La bomba estaba armada, solo faltaba que alguien encendiera la mecha. Fue el 14 de octubre de 1952, martes. Eran las 3 de la tarde y el set era un infierno de calor y tensión. Llevaban filmando desde las 7 de la mañana. Los reflectores multiplicaban la temperatura. El maquillaje se derretía en los rostros de los actores.

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