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A los 81 años, la TRAGEDIA de Cantinflas, el momento más triste de su vida…

 No había dinero para lujos, no había dinero para estudios prolongados, pero había algo que nadie le podía quitar y era esa capacidad extraordinaria de observar a la gente que lo rodeaba y reproducir sus gestos, sus palabras, su manera de caminar por la vida con dignidad, a pesar de tener nada. Desde niño frecuentó los mercados y las calles del centro de la ciudad, donde aprendió a imitar  a los vendedores ambulantes, a los borrachos que filosofaban en las esquinas, a los señores de corbata, que hablaban mucho y

decían poco. Esa observación minuciosa de la humanidad, en sus versiones más crudas y más auténticas, sería el material del que estaba hecho el personaje, que lo haría inmortal. Pero eso vendría después. Primero vendría la pobreza, el hambre, los oficios humildes, los fracasos que nadie recuerda cuando un hombre llega a ser grande.

 Hay una  historia que muy pocos conocen sobre los primeros años de Mario Moreno. Antes de convertirse en el peladito más famoso de México, trabajó como torero, como boxeador, como billarista, como cargador de mercados. Probó todo lo que un hombre sin educación formal podía probar para ganarse la vida con dignidad. Y en cada fracaso, en lugar de amargarse,  encontraba material nuevo para hacer reír.

 Fue en las carpas populares  de la Ciudad de México, donde Mario Moreno encontró su camino. Las carpas eran esos recintos informales, esas carretillas del espectáculo que recorrían los barrios populares ofreciendo varietés de circo pobre,  números de comedia, canciones y acrobacias a un público que pagaba lo mínimo posible y esperaba lo máximo.

 Era un mundo áspero, sin glamour, sin contratos formales, sin seguridad de ningún tipo. Los artistas vivían de función en función, compartían camerinos que eran apenas unas lonas mal colgadas, comían cuando podían y dormían donde caía la noche. En ese ambiente cruel y generoso a la vez, nació Cantinflas. La historia más difundida y que el propio Mario Moreno confirmó en múltiples ocasiones es que el personaje surgió de un accidente.

 En una de sus primeras apariciones en la carpa Ofelia, propiedad de Valentín Fuentes, el joven Mario subió al escenario con tanta tensión encima que en lugar de decir el texto que tenía preparado, comenzó a hablar sin control, a mezclar palabras, a construir frases que sonaban perfectamente sensatas, pero que en  realidad no decían absolutamente nada.

 El público, en lugar de abuchearlo, comenzó a reírse y Mario Moreno, con esa inteligencia instintiva que lo caracterizaba, entendió inmediatamente lo que había encontrado. Había descubierto una forma de hablar que era el espejo exacto de cómo el pueblo mexicano experimentaba el poder, la burocracia, la injusticia. Esa forma de decir mucho para no decir nada, de enredar el lenguaje hasta hacer que perdiera toda autoridad, era exactamente lo que los pobres de México hacían con los ricos, los débiles con los poderosos, los ignorantes con los

letrados. El nombre del personaje, según varias versiones, surgió de las burlas de ese mismo público. Cuando terminó esa actuación caótica y memorable, alguien desde las gradas gritó, “¡Cantinflas!” que en el argot de las carpas significaba algo así como el que habla mucho y no dice nada, el cantinflero. Mario Moreno abrazó ese nombre como si siempre hubiera sido suyo, porque en cierta forma lo era.

 Durante los años 30, Cantinflas se fue convirtiendo en una figura conocida en los circuitos de las carpas populares de la capital. La gente del barrio lo adoraba. Sus chistes no eran los chistes elegantes de los teatros del centro. Sus comentarios no pasaban por ningún filtro de buenas costumbres.

 Cantinflas hablaba de lo que el pueblo vivía, de la corrupción de la gente de policía, de la prepotencia del licenciado, de la hipocresía del rico que presumía de generoso mientras pagaba sueldos de miseria. y lo hacía con un lenguaje que era simultáneamente la parodia y la reivindicación del lenguaje popular mexicano.

 Fue en esos años en Las Carpas donde Mario Moreno conoció a la mujer que cambiaría su vida de maneras que entonces no podía imaginar. Su nombre era Valentina Ivanova Subarev, conocida artísticamente como Valentina Ivanova o simplemente como la rusa, una bailarina de origen ruso que había llegado a México huyendo de los convulsos tiempos europeos de Entreguerras.

 Era una mujer de belleza extraordinaria,  de carácter fuerte, de inteligencia poco común. Se convirtieron en pareja en 1934 y se casaron ese mismo año. Valentina se convertiría no solo en la esposa de Mario Moreno, sino en la administradora de su carrera, en la persona que negoció sus contratos más importantes, en la mujer que construyó con sus propias manos el imperio económico detrás del icono.

 Pero Valentina guardaba también en el fondo de su mirada algo que Mario Moreno tardaría años en comprender del todo. Una soledad profunda, la soledad de quien lo da todo por la gloria de otro y siente que en ese sacrificio va desapareciendo algo de sí misma. La transición de las carpas al cine no fue inmediata ni fácil. Los primeros cortometrajes en los que participó Cantinflas en los años 30 son documentos interesantes, pero no excepcionales.

 El personaje todavía estaba encontrando su lenguaje cinematográfico. Todavía estaba aprendiendo que la cámara de cine era una manera distinta de conectar con el público, que los tiempos cómicos del teatro no siempre funcionaban igual en la pantalla. Pero el encuentro que cambió todo fue el encuentro con el director Miguel M.

Delgado, que se convirtió en el director de prácticamente toda la filmografía de Cantinflas durante décadas y que supo traducir la energía desbordante y caótica del personaje en un lenguaje cinematográfico coherente y poderoso. En 1940, Cantinflas protagonizó, ahí está El detalle, dirigida por Juan Bustillo Oro.

 Y con esa película, el fenómeno se volvió imparable. La historia es conocida, pero merece ser contada otra vez, porque cada vez que se cuenta revela algo nuevo. Cantinflas interpretaba a un peladito que por una serie de confusiones terminaba enredado en un juicio. Y la secuencia del juicio, donde el personaje desmontaba con su lógica absurda toda la solemnidad del sistema legal, se convirtió en una de las escenas más memorables de la historia del cine mexicano.

 Las salas de cine en todo el país estaban llenas de gente que reía hasta las  lágrimas, pero era una risa que llevaba adentro algo más que simple diversión. Era la risa de quien finalmente ve a alguien de su clase enfrentarse al poder y salir victorioso, aunque fuera mediante la confusión y el absurdo. Lo que vino después fue una década prodigiosa.

 Los años 40 fueron los años dorados de Cantinflas y del cine mexicano en general. El periodo conocido como la época de oro del cine nacional producía películas a un ritmo extraordinario y los actores, directores y productores de esa época trabajaban con una intensidad y una creatividad que todavía hoy resulta asombrosa. En los estudios Churubusco y en los estudios Clauc, Mario Moreno era una presencia constante, una figura que todos trataban con respeto y afecto, porque Cantinflas no era como otras estrellas, no llegaba a los foros con la arrogancia del divo.

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