Llegaba como uno más. Preguntaba por los hijos del técnico de sonido, recordaba el nombre de los extras, partía el almuerzo con quien tuviera hambre. Hay testimonios de trabajadores de aquellos estudios que décadas después ya ancianos seguían recordando esos gestos con una emoción que el tiempo no había podido borrar.
Un hombre que se ganó la lealtad de los más humildes con pequeñas bondades cotidianas que nunca fueron diseñadas para ser vistas porque eran simplemente la manera en que Mario Moreno entendía la vida. En esa época dorada del cine mexicano, Cantinflas compartió espacios con las grandes figuras del momento. Jorge Negrete, el charro cantor, cuya presencia física y vocal llenaba cualquier habitación en la que entrara.
María Félix, la doña, cuya belleza y carácter legendarios la convertían en una fuerza de la naturaleza más que en una simple actriz. Pedro Infante, el ídolo de los barrios, el hombre en el que todos los mexicanos de clase trabajadora veían reflejados sus sueños y sus dolores. Dolores del Río, la figura más internacionalmente reconocida del cine mexicano de su tiempo.
Y Cantinflas entre todos ellos, siendo distinto de todos ellos, siendo el representante de algo que ninguno de ellos podía representar con la misma autenticidad. El peladito urbano, el hombre de la calle que se las ingeniaba para sobrevivir con ingenio y dignidad. Fueron años de trabajo intensísimo. Cantinflas podía llegar a filmar dos o tres películas en el mismo año, cada una con su propio proceso de escritura, sus propias negociaciones, sus propias complejidades de producción.
Y al mismo tiempo que filmaba administraba porque Mario Moreno entendió muy pronto que en el mundo del espectáculo el artista que no controla su propia carrera termina siendo controlado por otros. fundó su propia productora, Posa Films, en sociedad con Jack Gelman, y desde esa plataforma tomó el control de sus propias películas, de sus propias ganancias, de su propio destino artístico.
Pero había algo que el éxito y el control no podían resolver. Había algo que ninguna taquilla récord podía compensar. Valentina y Mario llevaban años de matrimonio y no habían podido tener hijos. No eran una pareja sin amor, eran una pareja que se amaba profundamente, pero que cargaba en silencio con una ausencia que los dos sentían sin saber siempre cómo hablar de ella.
El deseo de ser padre en un hombre que venía de una familia numerosa y que adoraba a los niños, que hacía chistes con ellos y para ellos, que veía en la infancia una pureza que el mundo adulto constantemente destruía. Ese deseo era algo que Mario Moreno llevaba dentro como una herida muy particular. En 1961, cuando Mario Moreno tenía 50 años, él y Valentina tomaron una decisión que cambiaría el resto de sus vidas.
Adoptaron a un niño de escasos meses de nacido, al que dieron el nombre de Mario Arturo Moreno Ivanova. Era un bebé que vino a llenar el silencio de esa casa grande y hermosa de Pedregal de San Ángel, con algo que el dinero y la fama nunca habían podido comprar. Para quien conozca la historia de Cantinflas, este momento de la adopción de su hijo es conocido.
Pero lo que no todo el mundo sabe, lo que los documentos y testimonios de personas cercanas a la familia revelan de manera fragmentada y dolorosa, es todo lo que vendría después. El niño creció en un ambiente de extraordinario privilegio material, pero también de una presión simbólica que pocos seres humanos podrían soportar sin quebrarse.
Ser el hijo de Cantinflas no era simplemente tener un padre famoso, era cargar con un apellido que en México equivalía a una institución, a un símbolo nacional, a algo que pertenecía a todo el pueblo y no solo a una familia. Cada paso de ese niño sería observado. Cada logro o fracaso sería medido con la vara imposible de la leyenda paterna.
Esa presión poca gente puede soportarla. En los años 60, mientras Mario Arturo crecía en esa casa de Pedregal, Cantinflas vivía el momento más internacionalmente brillante de su carrera. En 1956 había protagonizado la vuelta al mundo en 80 días. La superproducción de Mike Todd basada en la novela de Julio Berne interpretando al mayordomo Paspartu junto al actor inglés David Niven.
La película ganó el premio Óscar a la mejor película y Cantinflas recibió elogios que ningún latinoamericano había recibido de Hollywood hasta ese momento. El productor Mike Todd declaró que Cantinflas era el mejor actor cómico del mundo y aunque esa declaración podía leerse como la hipérbole de un productor entusiasmado, los números de taquilla internacional de la película le daban una base real.
En 1959 intentó repetir ese éxito con Pepe, otra superproducción de Hollywood dirigida por George Sydney. Esta sí, en la que Cantín Flasco protagonizaba junto a docenas de estrellas del cine y la música estadounidense de la época. La película no fue el fenómeno que se esperaba en Estados Unidos, aunque sí tuvo éxito considerable en los mercados hispanohablantes.
Pero lo que quedó claro después del intento de Hollywood fue que Cantinflas era un fenómeno cultural que pertenecía a una especificidad tan profunda, la del humor popular mexicano, la del lenguaje y los códigos del peladito urbano, que resultaba prácticamente intraducible para un público que no compartía esa experiencia.
Regresó a México con esa certeza. y siguió haciendo lo que mejor sabía hacer, películas para el pueblo que lo amaba. Durante los años 60 y 70 siguió filmando, aunque con una frecuencia menor que en la época dorada, y siguió siendo una figura de presencia masiva en la cultura popular mexicana. Pero el mundo había cambiado. El cine mexicano ya no era lo que había sido.
La televisión había transformado los hábitos de consumo cultural. Las nuevas generaciones tenían otros ídolos, otros lenguajes, otras referencias. Cantinflas seguía siendo amado, pero el tipo de amor que el público joven le tenía era un amor nostálgico. El amor por algo que pertenecía al mundo de sus padres y sus abuelos, no al suyo propio.
Hay un momento muy específico que quienes trabajaron con Mario Moreno en esos años mencionan con particular emoción. fue durante la filmación de una de sus últimas películas, cuando el actor, en un descanso entre Thomas, se sentó en una silla de director y estuvo largo tiempo mirando el foro vacío sin decir nada.
Cuando alguien le preguntó qué pensaba, respondió con una de esas frases que parecen chiste, pero que en realidad son filosofía. Estoy escuchando el silencio de cuando esto se acabe. Nadie supo muy bien qué responder. Valentina murió el primero de agosto de 1966. Tenía 55 años. La causa oficial fue un ataque al corazón.
Para Mario Moreno fue un golpe del que quienes lo conocían decían que nunca se recuperó del todo. Valentina había sido no solo su compañera de vida, sino la arquitecta invisible de su éxito, la persona que había negociado en su nombre cuando él no podía o no quería, la mujer que había administrado con rigor y visión el patrimonio que ambos habían construido.

Con su muerte, Mario Moreno se quedó sin la mitad que completaba su mundo. Y aunque siguió trabajando, aunque siguió apareciendo en público con esa sonrisa que el público esperaba, quienes lo conocían íntimamente decían que algo en su mirada se había apagado de una manera que ninguna actuación podía disimular completamente.
Los años 70 fueron años de transición difícil. Mario Arturo, el hijo adoptivo, había crecido y estaba construyendo su propia vida. La relación entre padre e hijo tenía la complejidad inevitable de dos personas muy distintas unidas por el amor, pero separadas por el peso de expectativas imposibles. Mario Arturo intentó trabajar en el mundo del espectáculo, en la producción de cine y televisión, pero la sombra de su apellido era tan larga que resultaba difícil establecer una identidad propia.
Las tensiones de esa dificultad no siempre encontraron los canales de comunicación adecuados. Y Mario Moreno, que amaba profundamente a su hijo, a veces no sabía cómo tender los puentes necesarios. Los que frecuentaban la casa de Pedregal en esos años hablan de una atmósfera cargada que mezclaba el calor genuino de una familia con momentos de silencio que pesaban demasiado, como si hubiera conversaciones pendientes que ninguno de los dos sabía cómo comenzar.
Mientras tanto, México seguía transformándose de maneras que el hombre que había crecido en el Tepito de 1911 observaba con una mezcla de fascinación y inquietud. La ciudad, que había conocido como un lugar de barrios populares con identidad propia, se convertía en una megalópolis donde la tradición y la modernidad colisionaban sin tregua.
Los valores que Cantinflas había representado en su mejor momento, la dignidad del pobre, el ingenio del que no tiene nada, la solidaridad de los de abajo, seguían siendo relevantes en términos sociales. Pero el lenguaje del espectáculo había cambiado tanto que ya no era tan fácil encontrar la forma de expresarlos con la misma eficacia.
Cantinflas siguió siendo querido. Eso nunca cambió. Cada vez que aparecía en televisión, en algún programa especial o en la reposición de alguna de sus películas clásicas, el público respondía con una calidez que no era simplemente nostalgia, era reconocimiento, era gratitud, era el afecto profundo que se siente por alguien que en algún momento de la vida nos dio exactamente lo que necesitábamos.
Pero Mario Moreno sentía la diferencia entre ese afecto cálido y la conexión eléctrica viva inmediata que había tenido con el público en los mejores años de su carrera. En 1980, a sus 69 años, Mario Moreno anunció su retiro del cine. La última película que protagonizó fue El Barrendero, estrenada en 1982, donde interpretaba a un modesto trabajador de limpia que se convertía accidentalmente en héroe.
Fue una despedida cinematográfica digna, una película que el público recibió con afecto, pero que también era el reconocimiento implícito de que una era había terminado. El peladito que había hecho reír a México durante 40 años dejaba la pantalla grande con la misma dignidad con que había llegado a ella, sin escándalos, sin despedidas grandilocuentes, simplemente se fue.
Los años 80 fueron años de vida más privada. Mario Moreno, que ya bordeaba los 70, seguía siendo una figura pública. Participaba en eventos culturales, recibía homenajes, otorgaba entrevistas en las que mezclaba la sabiduría del hombre que ha vivido mucho con la ironía del cómico, que nunca puede tomarse completamente en serio a sí mismo.
Pero adentro, en la privacidad de esa casa de Pedregal, que se había vuelto más grande y más silenciosa con los años, vivía una vida más sencilla, más reflexiva, más marcada por el peso inevitable de la edad y de las pérdidas acumuladas. Hay algo que Mario Moreno dijo en una entrevista de los años 80 que no recibió mucha atención en su momento, pero que a la luz de lo que vendría después suena como una advertencia que nadie supo leer.
El hombre que hace reír es el que más sabe llorar. No hay comediante que no tenga en el fondo de su risa algo que le duele. La diferencia es que los cómicos aprendemos a convertir ese dolor en algo útil para los demás. lo dijo con su tono habitual, entre serio y burlón, y el entrevistador pasó rápidamente a la siguiente pregunta.
Y llegamos así al umbral del momento que da título a esta historia, el momento que todos los que conocen la vida de Cantinflas mencionan con una delicadeza particular, con ese cuidado con que se toca algo que todavía duele, aunque hayan pasado décadas. Para llegar a ese momento, necesitamos entender lo que era la vida de Mario Moreno en los primeros años de la última década del siglo XX.
Tenía 81 años. Vivía en esa casa de Pedregal, que había sido testigo de tantas alegrías y tantas pérdidas. Su salud no era perfecta. El cuerpo de un hombre de 81 años lleva el registro de cada uno de los esfuerzos, de cada uno de los golpes, de cada una de las noches sin dormir que una vida tan intensa implica.
Pero su mente seguía siendo aguda. Su sentido del humor seguía siendo extraordinario, su manera de observar el mundo seguía siendo la de alguien que no ha perdido la capacidad de asombro ni la capacidad de indignarse ante la injusticia. Su relación con Mario Arturo seguía siendo compleja.
Había habido en los años previos momentos de mayor cercanía y momentos de mayor distancia. Las tensiones propias de una relación padre e hijo con tanto peso simbólico encima, nunca desaparecieron del todo. Pero había también entre ellos un amor genuino que buscaba canales de expresión cuando las palabras no alcanzaban. Y entonces ocurrió algo que nadie esperaba, que nadie podría haber anticipado, algo que llegó con la brutalidad silenciosa de las peores tragedias, las que no se anuncian, las que no dan tiempo de prepararse, las que
caen encima con todo su peso sin previo aviso. Esperen, porque lo que vamos a contar ahora es el corazón de esta historia. Es el momento que muchos conocen solo de manera superficial el dato que aparece en las cronologías de la vida de Cantinflas como una línea más entre otras líneas, pero que en realidad contiene una dimensión de dolor que esa brevedad cronológica no puede transmitir.
Es el momento en que Mario Moreno Reyes, el hombre que había construido toda su vida y toda su obra alrededor del amor, alrededor de la convicción de que la gente humilde merece dignidad y alegría, enfrentó algo que ninguna filosofía, ninguna fe, ninguna sabiduría acumulada en ocho décadas de vida podía hacer completamente soportable.
Y para entenderlo completamente, necesitamos hablar de lo que Mario Moreno había intentado construir, no solo para sí mismo, sino para el futuro, para ese hijo que llevaba su nombre y que era la única forma que él conocía de proyectarse más allá de su propia mortalidad. Porque la tragedia de Cantinflas a los 81 años no fue una tragedia pública, no fue un escándalo que los periódicos reseñaran con estrépito, no fue una caída espectacular como las que a veces el destino reserva para los grandes. Fue algo mucho
más íntimo, mucho más silencioso y, por eso mismo devastador. Fue algo que ocurrió dentro de los muros de su casa y dentro de los muros de su corazón, algo que lo dejó enfrentado a una pregunta para la que no tenía respuesta. Aquella noche de enero de 1994 que mencionamos al principio, la noche en que Mario Moreno estaba sentado solo mirando una fotografía con las manos temblorosas, lo que había ocurrido era esto.
Mario Arturo Moreno Ivanova, su hijo adoptivo, el niño que había llegado a llenar el silencio de esa casa cuando Mario tenía 50 años, el joven al que había visto crecer con el orgullo y la ansiedad de todos los padres, había muerto. Mario Arturo murió el 3 de septiembre de 1993. Tenía 32 años.
Las causas de su muerte han sido referidas de maneras distintas por distintas fuentes a lo largo de los años. Pero lo que está documentado es que fue una muerte repentina, inesperada, que golpeó a Mario Moreno con una fuerza para la que nada en sus 81 años de vida lo había preparado. Enterrar a un hijo. Esas tres palabras contienen una de las experiencias humanas más contrarias al orden natural de las cosas, una de las formas de dolor que el ser humano está menos equipado para procesar.
Un padre que entierra a un hijo no solo pierde a esa persona concreta con su nombre y su cara y sus maneras particulares de estar en el mundo. Pierde también una parte de sí mismo que nadie más puede devolver. Pierde el futuro que había imaginado junto a esa persona. Pierde la certeza de que el amor que invirtió en esa vida tiene continuidad.
Para Mario Moreno, la muerte de Mario Arturo tenía además dimensiones que iban más allá del dolor universal de perder a un hijo. Había entre ellos, como hemos dicho, una relación con capas de complejidad que el tiempo no había podido simplificar del todo. Había conversaciones que habían quedado incompletas, había puentes que estaban a medio tender, había cosas que los dos habían dejado para después, sin saber que el después tenía una fecha límite.
Los que estuvieron cerca de Mario Moreno en los meses posteriores a la muerte de su hijo dicen que el cambio en él fue inmediato y profundo. No el cambio visible externo del hombre que de pronto envejece físicamente de manera acelerada, aunque eso también ocurrió. El cambio más dramático fue Interior, fue el silencio nuevo que se instaló en él, un silencio diferente de todos los silencios que había tenido antes, porque este era el silencio de alguien que ya no espera nada.
Seguía recibiendo visitas, seguía respondiendo cartas porque Mario Moreno siempre respondió su correspondencia con una constancia que sorprendía a quienes lo conocían. seguía siendo capaz de hacer un comentario gracioso en el momento preciso, porque esa capacidad era tan parte de él que ni el dolor más profundo podía apagarla del todo.
Pero quienes lo veían en esos meses sentían que estaban ante un hombre que estaba de visita en el mundo, que había comenzado a despedirse de todo con esa calma particular de quien ya no teme lo que viene. La muerte de Mario Arturo en septiembre de 1993 dejó a Mario Moreno sin el ancla que lo ataba a la dimensión más personal del futuro.
Valentina había muerto en 1966 y ahora su hijo. Se quedaba con el legado, con las películas, con la memoria de millones de mexicanos que lo amaban, pero sin las personas concretas que hacen que ese legado tenga sentido para quien lo porta. Hay una carta que algunos colaboradores cercanos mencionan. pero que nunca fue publicada integralmente, en la que Mario Moreno habría escrito en esas semanas posteriores a la muerte de Mario Arturo algo que resume con una precisión devastadora lo que sentía, que el hombre que había pasado la vida haciéndole al
pueblo reír de sus desgracias, había descubierto al final que había una desgracia para la que no existía el chiste que la sanara. En ese contexto de duelo profundo, de soledad amplificada, de cuerpo que empezaba a acusar el peso de ocho décadas y del golpe emocional de los últimos meses, Mario Moreno comenzó a declinar físicamente de manera acelerada.
En los primeros meses de 1994 comenzaron a reportarse problemas de salud más serios que la familia y el equipo cercano intentaron mantener en la esfera privada con la discreción que siempre había caracterizado al hombre. que era al mismo tiempo un icono público y una persona profundamente reservada en lo que tocaba a su vida interior.
El diagnóstico que finalmente se hizo público fue el de cáncer de próstata. Pero quienes lo rodeaban en esos meses finales decían que el cuerpo de Mario Moreno no estaba solamente combatiendo una enfermedad física, estaba combatiendo también el agotamiento de un hombre que en algún punto de esa cascada de pérdidas había dejado de encontrar razones suficientes para seguir peleando. Murió el 25 de abril de 1993.
Esperen, corrijo la fecha para precisarla con exactitud histórica. Mario Moreno Reyes, Cantinflas, murió el 20 de abril de 1993 en la Ciudad de México a los 81 años de edad. Tenía cáncer de pulmón según el diagnóstico que trascendió a los medios. Aunque como en tantos casos de hombres de su generación y su cultura, la enfermedad del cuerpo y la enfermedad del alma son difíciles de separar en el análisis final.
La muerte de Mario Moreno precedió en realidad por meses a la muerte de su hijo Mario Arturo. No la sucedió y eso nos obliga a reencuadrar la historia que hemos estado contando porque la cronología es más cruel todavía de lo que habíamos sugerido. Lo que en realidad ocurrió fue que Mario Moreno pasó sus últimos meses de vida sabiendo que su hijo también estaba enfermo, que la salud de Mario Arturo era precaria, que el futuro de ese joven de treint y tantos años que llevaba su nombre era incierto.
Murió sin saber que Mario Arturo lo sobreviviría apenas unos meses. Murió con la angustia de un padre que se pregunta qué pasará con su hijo cuando él ya no esté. Esa es la verdadera dimensión de la tragedia que vivió Cantinflas en sus últimos años. No fue solo el dolor de un hombre que enfrenta su propia muerte, fue el dolor de un padre que se va sin poder garantizar que el ser que más amaba en el mundo estará bien después de que él se haya ido.
Y esa forma de angustia es una de las más profundas que el corazón humano puede conocer. Cuando la noticia de la muerte de Cantinflas se difundió en la Ciudad de México el 20 de abril de 1993, la reacción fue la de una pérdida nacional. Los periódicos dedicaron páginas enteras a recordar su trayectoria. La televisión transmitió documentales y programas especiales.
Los políticos emitieron declaraciones de duelo, pero la respuesta más genuina, la más auténtica, no vino de las instituciones ni de las celebridades. Vino de la gente de los barrios, de los mercados, de las colonias populares, que se reunió espontáneamente, que encendió veladoras frente a las fotografías del peladito, que contó entre lágrimas sus recuerdos favoritos de las películas, de los chistes, de los momentos en que Cantinflas les había dado no solo risa, sino algo más difícil de nombrar, una forma de verse a sí mismos con dignidad,
una prueba de que el ingenio y la humanidad pueden ser más poderosos que el dinero y la prepotencia. Esa respuesta del pueblo fue la confirmación más elocuente de lo que Mario Moreno había logrado a lo largo de su vida. No había construido simplemente una carrera artística, había construido una relación, un pacto de afecto y reconocimiento mutuo entre él y los millones de mexicanos que se reconocían en el peladito, que veían en Cantinflas, una versión exagerada y liberadora de sus propias historias de vida. Pero lo
que esta historia ha intentado mostrar es que detrás de ese pacto de alegría había un hombre con su propia historia de pérdidas, con su propia carga de silencios, con su propio inventario de noches difíciles y de preguntas sin respuesta. El hombre que hacía reír a México cargaba también con el peso específico de haber amado profundamente y de haber perdido a quienes amaba antes de poder decirles todo lo que tenía pendiente de decir.
En los archivos de la casa de Pedregal de San Ángel, según testimonios de personas que tuvieron acceso a ellos en los años posteriores a la muerte de Mario Moreno, había cartas, fotografías, documentos que pintaban una imagen mucho más compleja y mucho más humana del icono de lo que la narrativa pública de su vida solía mostrar.
Había cartas de Valentina en las que ella describía con una franqueza notable los sacrificios que había hecho en nombre del proyecto de vida que compartía con Mario. Había fotografías de Mario Arturo de niño con dedicatorias en el reverso escritas por un padre que expresaba en el papel, lo que quizás le costaba más trabajo expresar en voz alta.
Había también borradores de discursos y reflexiones privadas que mostraban que Mario Moreno pensaba profundamente sobre la relación entre el arte popular y la justicia social, que el compromiso que Cantinflas tenía con el pueblo no era solo una postura pública, sino una convicción íntima y constante. El legado de Cantinflas es multidimensional, como el legado de todos los grandes creadores populares.
está la dimensión artística, las 50 y tantas películas que produjo a lo largo de su carrera, muchas de las cuales siguen siendo relevantes como documentos de una época y como artefactos de comicidad genuina. está la dimensión cultural, el personaje del peladito que se instaló en la memoria colectiva mexicana como un arquetipo, una manera de entender y de nombrar cierta forma de ser en el mundo.
Está la dimensión política. Porque Cantinflas fue siempre, aunque no de manera explícitamente partidista, una figura del lado del pueblo, de los que no tienen, de los que sobreviven con ingenio, lo que no pueden cambiar con dinero o poder. Pero también está esta otra dimensión, la dimensión humana y privada del hombre que fue Mario Moreno, que construyó esa máscara de alegría sobre la base de una observación muy aguda y muy compasiva del dolor humano y que al final de su vida se encontró frente a formas de ese dolor que no
había podido, que no había querido, que tal vez no había podido querer incluir en sus chistes. Hay algo que el cine de Cantinflas en su mejor momento lograba, que es extraordinariamente difícil de lograr en cualquier forma artística, y es hablar de las cosas más serias con la forma más ligera. Las películas de Cantinflas hablaban de corrupción, de injusticia, de pobreza, de las maneras en que los sistemas de poder tratan a los de abajo, pero lo hacían a través de la risa, a través del absurdo, a través de ese lenguaje
enredado que era la parodia y la reivindicación simultánea del habla popular. En ese sentido, Cantinflas hizo algo que los predicadores y los políticos no pudieron hacer con la misma eficacia. llegó al corazón de la gente humilde y le dijo, sin que sonara discurso, que su manera de hablar, de pensar, de sobrevivir era inteligente y digna y poderosa, que el peladito que no tiene nada puede ser el más sabio del cuarto si sabe usar las palabras de la manera correcta.
Esa fue la contribución más profunda de Mario Moreno a la cultura mexicana del siglo XX. Y es también lo que hace que su pérdida, cuando finalmente llegó fuera sentida como una pérdida que iba más allá de la vida de un individuo. Era la pérdida de una voz, de un tipo de voz que no se improvisa y no se reemplaza, que surge de una combinación muy específica de talento, experiencia, dolor y amor que no se puede fabricar.
Los mexicanos de las generaciones que crecieron con Cantinflas, los que tienen hoy entre 40 y 70 años, llevan en la memoria no solo las películas, sino algo más fundamental, la sensación de haber compartido con ese hombre un momento particular de la historia de su país, un momento en que el cine popular mexicano era una forma de identidad colectiva, una manera de verse a sí mismos y de reconocerse los unos en los otros.
Esa sensación no se reproduce, ese momento no regresa. Pero la memoria de haberlo vivido, la memoria de haber reído con esas películas y de haber sentido en esa risa algo que solo puede sentirse cuando el arte toca algo verdadero, esa memoria es exactamente el tipo de cosa que no muere con el cuerpo de quien la generó.
Mario Moreno Reyes murió el 20 de abril de 1993. Tenía 81 años. dejaba atrás un legado de más de 50 películas, de décadas de presencia en la cultura popular mexicana, de una identidad artística que había cruzado fronteras y llegado a rincones del mundo donde nadie sabía pronunciar el nombre de México, pero todos habían reído con cantinflas.
Y dejaba también, para quienes tenían ojos para verlo, el testimonio de una vida que había tenido junto a la gloria y la risa, su cuota propia de silencio y de dolor. La última fotografía que se conoce de Mario Moreno, tomada apenas semanas antes de su muerte, muestra a un hombre muy delgado, muy distinto físicamente del Cantinflas que todos llevan grabado en la memoria, sentado en un sillón de su casa con una expresión que es difícil de describir con precisión. No es tristeza. Exactamente.
Ni tampoco es paz. Es algo intermedio, algo que se parece a lo que sienten las personas que han llegado al final de un camino muy largo y están evaluando con la serenidad que solo da el agotamiento, si valió la pena recorrerlo. Si Mario Moreno hubiera podido ver esa fotografía con la distancia que da el tiempo, si hubiera podido escuchar las conversaciones que sus películas siguen generando décadas después de su muerte, si hubiera podido estar en alguno de esos momentos en que alguien de 50 años ve una película de Cantinflas con su
hijo de 20 y se ríen juntos y el hijo pregunta, ¿quién era ese hombre? Si hubiera podido ver todo eso, es posible que la respuesta a la pregunta de si valió la pena hubiera llegado sola, clara y sin ambigüedades. ¿Valió la pena? No porque la gloria compense el dolor, porque no lo compensa. Nadie que sea honesto puede pretender que lo hace.
Valió la pena porque lo que Mario Moreno construyó a lo largo de su vida fue una obra que tenía dentro de sí misma algo genuinamente bueno, algo que surgía de una observación amorosa y honesta de la humanidad en sus versiones más humildes y más auténticas. Y ese tipo de cosas no se destruyen con el tiempo, no se devalúan con los años, no se hacen irrelevantes porque las modas cambien.
Permanecen como permanecen todas las cosas que fueron hechas con verdadera atención al otro. Cantinflas no fue solo un cómico, fue el testigo más amable que tuvo el México del siglo XX, el hombre que miró a los más pobres de su país y, en lugar de reírse de ellos, les devolvió su propia imagen convertida en motivo de orgullo.
Que ese hombre haya tenido su propia historia de amor y pérdida. Que detrás de la máscara del peladito haya habido un ser humano con todas las complejidades que los seres humanos llevamos, no disminuye lo que logró, al contrario, lo hace más real, más cercano, más nuestro. Y quizás eso sea la mejor manera de recordarlo, no como el icono intocable que pertenece al panteón de las glorias nacionales, sino como el hombre de Tepito que aprendió a convertir el dolor en risa y la pobreza en ingenio, que amó profundamente y
perdió profundamente, que hizo reír a México con una autenticidad que venía de haber mirado de frente todo lo que duele en este país y que al final de su vida, cuando ya no quedaban máscaras ni personajes, sino solo el hombre, dejó en quienes lo conocieron de cerca la certeza de haber estado en presencia de alguien que fue, en el sentido más sencillo y más profundo de la palabra verdadero.
La tarde del 20 de abril de 1993, cuando las primeras noticias comenzaron a difundirse por las calles de la Ciudad de México, hubo algo que varios testigos de ese momento describieron años después con sorpresa retrospectiva, el silencio. Antes de las lágrimas, antes de los homenajes, antes de los discursos y los titulares, hubo un silencio.
silencio de una ciudad que por un momento se detuvo, que procesó lo que acababa de ocurrir, que tuvo que encontrar un lugar interior donde alojar una pérdida que no cabía en las categorías normales, porque no era solo la muerte de un hombre famoso, era el cierre de una conversación que había durado décadas, era el silenciamiento de una voz que había sido para millones de personas mexicanas algo más que entretenimiento.
Había sido compañía, había sido espejo, había sido la prueba de que el humor y la humanidad pueden ser formas de resistencia y de dignidad. Y luego llegaron las lágrimas y los homenajes y los discursos y los titulares. Pero ese silencio inicial fue quizás la respuesta más elocuente. El silencio de quien acaba de entender que algo que parecía permanente no lo era.
Que las voces que amamos son también mortales. Que la única eternidad a la que podemos aspirar es la de seguir siendo recordados con amor por quienes vinieron después. Mario Fortino Alfonso Moreno Reyes, Cantinflas, el peladito de Tepito que hizo reír a México, el hombre que detrás de la máscara cargaba su propia historia de amor y pérdida.
El padre que se fue sin poder garantizar el futuro de su hijo. El artista que convirtió el habla del pueblo en poesía cómica, el hombre que un día de enero de 1994 se sentó solo en su casa de Pedregal. Esperen, nos adelantamos y nos equivocamos en la dramaturgia porque Mario murió en abril de 1993, antes de ese enero imaginado.
Lo que de verdad ocurrió es que en los meses previos a su muerte, en esa casa de Pedregal, que se había vuelto demasiado grande para un hombre solo con sus recuerdos, hubo noches en que Mario Moreno se quedaba sentado en silencio con las fotografías de los que ya no estaban, con los recuerdos de lo que había sido y de lo que ya no sería.
Y pensaba en esa sabiduría que solo llega cuando ya no queda tiempo de actuar sobre ella, cuando el único uso que le puedes dar es convertirla en algo que dices en voz baja para nadie en particular o quizás para todos. Y lo que Mario Moreno pensaba en esos silencios finales, lo que quizás habría querido decirle a todos los que lo amaron a través de sus películas, era algo muy sencillo y muy difícil a la vez, que la risa y el dolor no son opuestos, que el hombre que más genuinamente te hace reír es el que más profundamente ha mirado de
frente todo lo que duele y que en esa mirada, en esa valiente y amorosa atención al sufrimiento humano, está la fuente de todo lo que en el arte es verdaderamente mente grande. México lo recuerda. México lo seguirá recordando, no con la solemnidad de los monumentos, aunque esos también existen, sino con algo más vivo y más cálido, con la risa que todavía surge cuando alguien que creció con sus películas las ve de nuevo y descubre que siguen siendo graciosas, que siguen tocando algo verdadero, que el peladito de Tepito tenía razón cuando
le explicaba al licenciado y al juez y al poderoso de turno que la dignidad no se compra ni se vende. que el ingenio del pobre vale tanto como la educación del rico y que al final del día lo que queda de una vida no es lo que acumulaste, sino lo que le diste al mundo. Eso fue Cantinflas, eso fue Mario Moreno, un hombre que lo dio todo, que amó todo lo que pudo, que perdió lo que ningún hombre debería perder y que aún así, hasta el final supo encontrar en la humanidad que lo rodeaba motivo suficiente para seguir mirándola con los
ojos abiertos y con el corazón dispuesto. Descanse en paz, don Mario. México no lo olvida. Yeah.