Mañana hablaremos con el testigo, con el jefe del taller, y buscaremos a quien realmente mató a Julio y Barra. Se hospedaron en un hotel modesto. Pedro apenas durmió. A las 6 de la mañana tocaron su puerta. Abrió. Era un niño de unos 10 años. Señor infante. Sí. Mi mamá me encargó entregar esto. Le entregó un sobre. El niño salió corriendo.
Pedro abrió el sobre. Había una nota escrita a mano. Si continúa investigando, morirá. Matamoros es territorio del comandante Durán. Nadie desafía al comandante. Márchese ahora mientras pueda. Pedro arrugó la nota. Don Chuy la leyó. Jefe, tal vez deberíamos No, no nos vamos. Quedan 32 horas y vamos a aprovechar cada minuto.
Pedro Infante y don Chuy abandonaron el hotel a las 7 de la mañana. Primera parada. El taller mecánico donde Roberto laboraba. Era un lugar humilde en las afueras de Matamoros. Láminas oxidadas, herramientas viejas, olor a aceite quemado. Un hombre de unos 50 años estaba debajo de un coche. Pedro se acercó. Señor Campos.
El hombre salió rodando en una tabla con ruedas. Miró a Pedro con asombro. Usted es Pedro Infante. Lo soy. Vengo a hablar sobre Roberto Vega. El señor Campos se incorporó limpiándose las manos grasosas. Ese muchacho es inocente. Lo sé, por eso estoy aquí. Usted declaró que estaba con él la noche del asesinato. Así es.
Roberto estuvo aquí hasta las 11. Terminamos juntos una reparación, un chevrolet del 48, motor fundido, y el juez no le creyó. dijo que usted mentiría por proteger a su empleado. Pero, señor infante, yo soy hombre de palabra. Roberto estaba aquí. Es imposible que matara a Julio Ibarra. ¿Conoce a Armando Leal, el cliente que recogió su coche esa noche? Claro.
Buen hombre. Vive cerca de la iglesia. ¿Él puede confirmar la hora? Seguro. Llegó como a las 10:15, conversó con Roberto unos minutos, se retiró como a las 10:30. Pedro anotó todo. Una cosa más. ¿Por qué cree que acusaron a Roberto? El señor Campos miró alrededor nerviosamente y bajó la voz, porque necesitaban un culpable rápido.
El hijo del alcalde fue asesinado. Había presión y Roberto era fácil, pobre, sin conexiones, con antecedentes de conflicto con la víctima. ¿Usted cree que el comandante Durán plantó la evidencia? No lo creo. Lo sé. Esa navaja que dijeron a encontrar. Roberto me contó que se la robaron días antes. Alguien la utilizó para incriminarlo.
¿Y quién eliminó realmente a Julio y Barra? El señor Campos palideció. No puedo mencionar nombres. Tengo familia. Pedro colocó una mano en su hombro. Entiendo su temor, pero un hombre inocente morirá mañana si no hablamos. El señor Campos cerró los ojos. Julio Ibarra laboraba en la aduana. gestionaba documentos de importación.
Hace dos meses comenzó a sospechar irregularidades, mercancía que cruzaba sin registro, camiones que pasaban de noche sin revisión. Contrabando. Sí. Y quien controla ese contrabando es el comandante Durán. Julio amenazó con denunciarlo. Una semana después, Julio estaba muerto. Pedro sintió que las piezas se encajaban.
Durán eliminó a Julio para silenciarlo y culpó a Roberto para cerrar el caso rápidamente. Exacto. Pedro y Don Chuy fueron a buscar a Armando Leal. Lo hallaron en su casa, un hombre sencillo, campesino. Señor Leal, soy Pedro Infante. Vengo a preguntarle sobre Roberto Vega. Armando palideció. Yo no quiero problemas. No habrá problemas.
Solo necesito que me diga la verdad. ¿Usted recogió su vehículo en el taller la noche del 10 de febrero? Sí. ¿A qué hora? Como a las 10:20. Roberto estaba ahí trabajando. Me entregó las llaves. Conversamos un momento. ¿Por qué no declaró en el juicio? Armando bajo la mirada. Porque me amenazaron. ¿Quién? Dos hombres del comandante Durán vinieron a mi casa.
Me advirtieron que si hablaba mi familia sufriría. Pedro apretó los puños. ¿Estaría dispuesto a testificar ahora? Armando tembló. Si lo hago, me matarán. Le prometo protección. Voy directo con el gobernador del estado. Armando dudó. Su esposa salió de la casa y habló con voz firme.
Armando, ese muchacho va a morir por algo que no hizo. ¿Podrás cargar con eso? Armando miró a su esposa, luego a Pedro. Está bien, testificaré, pero necesito que cumpla su promesa de protección. La cumpliré. Pedro tenía dos testigos que acreditaban la inocencia de Roberto, pero necesitaba más. Necesitaba evidencia del contrabando de Durán.
Necesitaba prueba de que Durán había eliminado a Julio y Barra. Esa tarde visitó la escena del crimen. La casa donde mataron a Julio estaba vacía, abandonada. Ingresó por una ventana rota. La sala aún conservaba manchas de sangre en el piso. Pedro caminó despacio imaginando lo ocurrido. Tres disparos.
robo, pero algo no cuadraba. Si fue un robo, ¿para qué matar? Los ladrones huyen, no ejecutan. Esto fue un asesinato premeditado. Revisó la casa. En el estudio de Julio encontró un archivero forzado, cajones vacíos. Lo que Julio guardaba ahí, alguien se lo llevó. Pero en el fondo de un cajón oculto, Pedro halló algo.

Un papel arrugado, una lista de fechas, horas y cantidades. Febrero 3, 2 de la mañana, 50 cajas. Frontera norte. Febrero 7, 3 de la mañana, 30 cajas, Puente Nuevo. Era un registro. Julio estaba documentando el contrabando. Esta era la evidencia. Por eso lo mataron. Pedro guardó el papel, salió de la casa. Afuera, un automóvil negro estaba estacionado. Tres hombres descendieron.
El del centro era alto, con bigote espeso, uniforme de comandante. Durán. Señor infante, qué sorpresa hallarlo aquí. Pedro se mantuvo firme. Comandante Durán, imagino, el mismo que hacen propiedad privada. Busco la verdad. Durán sonrió fríamente. La verdad ya fue hallada. Roberto Vega es culpable. Fue juzgado. Será ejecutado.
Eso es lo que ocurre con los asesinos. Roberto Vega es inocente y usted lo sabe. Durán avanzó un paso. Cuidado con sus acusaciones, señor infante. Podría meterse en problemas. No me amedrentan las amenazas. Tengo testigos, tengo evidencia y voy directo con el gobernador. Durán soltó una carcajada. El gobernador, el gobernador es mi compadre.
¿Cree que le creerá a una estrella de cine sobre su comandante de confianza? Entonces acudiré a la prensa, al presidente, si es necesario. Los otros dos hombres pusieron manos en sus pistolas. Durán alzó una mano. Tranquilos, el señor infante se va. Sí, ¿verdad? Pedro no se movió. Quedan 24 horas y usaré cada segundo para destruir su imperio de mentiras.
Durán dejó de sonreír. Avanzó hasta quedar frente a frente con Pedro. Usted no sabe con quién se está enfrentando. Pedro lo miró directo a los ojos. Usted tampoco. Pedro Infante regresó al hotel con el documento hallado en casa de Julio. Don Chuy cerró la puerta con seguro. Jefe, Durán va a eliminarnos. Lo sé.
Por eso necesitamos movernos más velozmente que él. llamó al licenciado Méndez a Ciudad de México. Licenciado, encontré evidencia de contrabando. Necesito que contacte al procurador general Pedro. El procurador no moverá un dedo sin pruebas sólidas. Tengo un documento con fechas, cantidades, rutas. Es el registro del contrabando que gestionaba Durán.
Perfecto, pero necesitas testigos que lo corroboren. El muerto no puede testificar. Entonces localiza a alguien más, alguien dentro de la operación de Durán, alguien que hable. Pedro colgó. Requerían un informante cercano a Durán. Pensó en las palabras del señor Campos. Durán controla la aduana. Eso significaba que había empleados involucrados, personas que presenciaban lo que ocurría.
Esa noche Pedro y Don Chuy fueron a una cantina cerca del puente internacional. Era el lugar donde los empleados de la aduana bebían tras su turno. Se sentaron en una mesa del fondo. Pedro usó sombrero y lentes oscuros para pasar desapercibido. Escucharon conversaciones. La mayoría hablaban de fútbol, mujeres, dinero.
Pero en una mesa cercana un hombre bebía solo. Lucía nervioso, angustiado. Pedro se aproximó. ¿Puedo sentarme? El hombre lo miró desconfiado. La mesa es libre. Pedro se sentó. Parece que carga algo pesado en la mente. El hombre bebió su tequila de un trago. ¿Usted qué sabe? Sé que a veces la conciencia pesa más que cualquier amenaza. El hombre lo observó fijamente.
¿Quién es usted? Alguien que busca justicia. Y creo que usted también. El hombre bajó la voz. Si hablo, me matan. Si no habla, un inocente perece mañana. Roberto Vega. El hombre palideció. ¿Cómo lo sabe? Porque sé que él no mató a Julio y Barra. Y sé que usted conoce quién lo hizo. El hombre tembló. Yo trabajaba con Julio en la aduana.
Éramos amigos. Descubrió que el comandante Durán introducía mercancía ilegal, electrónicos, armas, lo que fuera. Pagaba a inspectores para que ignoraran todo. Julio documentó todo. Iba a denunciarlo. ¿Qué ocurrió? Una noche Julio me llamó aterrado. Dijo que lo seguían, que Durán sabía que tenía evidencia.
Le sugerí que acudiera a la policía estatal, pero no tuvo tiempo. Lo mataron esa misma noche. Presenció quien lo hizo, no directamente. Pero al día siguiente, en la aduana escuché a dos guardias conversando. Dijeron que el tuerto había realizado el trabajo limpio. ¿Quién es el tuerto? El sicario de Durán. Se llama Fabián Roque. Tiene un ojo de vidrio.
Es quien ejecuta los trabajos sucios. ¿Dónde puedo hallarlo? El hombre negó con la cabeza. Eso es suicidio. Por favor, es la única manera de salvar a Roberto. El hombre anotó una dirección en una servilleta. Habita en un rancho a las afueras, pero si va, vaya armado. Ese hombre carece de alma. Pedro tomó la servilleta. Gracias.
¿Cómo se llama? El hombre se levantó. Es preferible que no lo sepa. Salió de la cantina velozmente. Don Chuy miró a Pedro. Jefe, ¿no iremos a buscar a ese asesino? Sí, iremos. Es nuestra única oportunidad de obtener una confesión, pero nos matará, ¿no? Si llegamos con ventaja. A la mañana siguiente, Pedro contactó a un reportero del periódico El Norte, Ramiro Solís.
Le relató la historia. Ramiro, necesito que me acompañes al Rancho del Tuerto. Si logramos que confiese, lo publicarás en primera plana. ¿Estás loco? Ese individuo es un asesino, lo sé. Por eso requiero testigos. Si algo me ocurre, la historia se publica de todos modos. Ramiro aceptó. Llevó una cámara. Partiron hacia el rancho.
Era un lugar apartado, rodeado de mezquites y tierra seca. Una casa pequeña deteriorada. Dos perros flacos ladraron cuando llegaron. La puerta se abrió. Surgió un hombre corpulento, fornido, con un parche negro en el ojo izquierdo. El tuerto. ¿Quién es usted? Mi nombre es Pedro Infante. Vengo a hablar sobre Julio y Barra.
El tuerto escupió al suelo. No sé de qué habla. Creo que sí. Y creo que el comandante Durán le pagó para eliminarlo. El tuerto extrajo una pistola. Lárguense antes de que los haga desaparecer. Pedro no se movió. Ramiro tomó fotografías. Si nos mata, estas imágenes llegan a todos los periódicos del país. Todo México sabrá quién es usted.
El tuerto apuntó la pistola directamente a Pedro. No me importa. Pedro habló con voz serena. ¿Tiene familia? ¿Qué le importa? Porque si nos mata, la policía federal vendrá aquí y hallarán todo lo que ha perpetrado y su familia pagará las consecuencias. El tuerto bajó levemente la pistola. ¿Qué desea la verdad? Confiese que mató a Julio Ibarra y que Roberto Vega es inocente.
Y a cambio le concedo 24 horas para huir antes de entregar su confesión. El tuerto reflexionó, miró alrededor, finalmente guardó la pistola. De acuerdo. Yo maté a Julio y Barra. El comandante me pagó 5000 pesos. Me indicó que Julio poseía información peligrosa, que había que silenciarlo. Ingresé a su domicilio, le disparé tres veces. Coloqué la navaja de Roberto Vega que el comandante me entregó.
Fue trabajo limpio. Ramiro registró todo con la cámara. Pedro sintió alivio y terror simultáneamente. Y Roberto, él no tuvo ninguna participación. Es inocente. Lo culparon porque resultaba conveniente. El tuerto miró su reloj. Ya tienen su confesión. Ahora retírense y cumplan su promesa. Debo desaparecer. Salieron del rancho apresuradamente.
Don Chuy temblaba. Jefe, eso fue lo más arriesgado que he presenciado, pero lo logramos. Tenemos la confesión del verdadero asesino. Faltaban 18 horas para la ejecución. Pedro contaba con testigos, evidencia de contrabando y la confesión del sicario, pero ahora llegaba la parte más difícil, persuadir a un juez de suspender la ejecución en tiempo récord y lograrlo antes de que Durán los detuviera o eliminara.
Pedro Infante llegó al juzgado de Matamoros a las 11 de la mañana. Quedaban 17 horas. El juez era Octavio Briseño, hombre de 60 años, reconocido por su inflexibilidad. La secretaria los recibió. El juez no atiende sin cita previa. Es urgente. Se trata de Roberto Vega. El caso está cerrado. La sentencia se ejecuta mañana.
Por eso mismo debo verlo ahora. Tengo evidencia nueva. La secretaria dudó. Déjeme consultar. Entró. 5 minutos después salió. Tienen 10 minutos. Entraron. El juez briseño estaba detrás de un escritorio repleto de expedientes. Miró a Pedro con frialdad. Señor infante, esto es irregular. Señoría, un hombre inocente perecerá mañana si no me escucha.
El juez se recostó en su silla. Ya escuché esa historia en el juicio. Las pruebas fueron fabricadas y puedo demostrarlo. Pedro depositó sobre el escritorio los documentos, el testimonio de Armando Leal, confirmando que Roberto estaba en el taller a la hora del asesinato, el registro de contrabando hallado en casa de Julio Ibarra y la grabación de la confesión de Fabián Roque, el tuerto, admitiendo haber matado a Julio por órdenes del comandante Durán.
El juez examinó los documentos pausadamente, su expresión se transformó. Esto es grave, muy grave. Suficiente para detener la ejecución. El juez respiró profundo. Si esto es auténtico, sí, la justicia aún puede prevalecer. M.