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El sacrilegio del sábado por la mañana

PARTE 1: El sacrilegio del sábado por la mañana

El bar “El Cruce” no era solo un establecimiento de hostelería; era el epicentro sísmico de un barrio madrileño que se negaba a sucumbir a la gentrificación de los aguacates y los zumos de kale. Allí, el aire tenía una densidad especial, una mezcla alquímica de aroma a café torrefacto, churros recién sacados de la freidora y ese rastro persistente de serrín en el suelo que, aunque ya no se usaba por normativas municipales que nadie terminaba de entender, parecía haber quedado impregnado en las paredes de azulejo blanco y verde. Era sábado, las once de la mañana, la hora sagrada en la que el trabajador descansa y el jubilado ejerce su cátedra sobre el estado de la nación.

Paco y Manolo ocupaban el extremo de la barra de acero inoxidable, el rincón donde la luz del sol entraba de refilón por el cristal empañado, iluminando las motas de polvo que bailaban al ritmo de la máquina de tragaperras. Eran amigos desde que el Seat 600 era el rey de la carretera, una amistad forjada en mil batallas de dominó y tres mil discusiones sobre si aquel fuera de juego del setenta y ocho fue o no fue.

Saturnino, el dueño, un hombre cuya cara parecía un mapa de carreteras secundarias y que manejaba la cafetera con la precisión de un cirujano vascular, deslizó sobre la barra dos platos de duralex con un estruendo metálico. En el centro de cada plato, una cuña de tortilla de patatas reposaba con la dignidad de un monumento nacional. Pero había una diferencia. Una diferencia que, para Paco, era el equivalente gastronómico a un insulto a sus antepasados.

Paco miró su trozo de tortilla. Era alta, compacta, de un amarillo canario impecable, casi geométrica. Miró luego la de Manolo. Aquella cosa… aquella amalgama de huevo que parecía querer escaparse por los lados, con filamentos oscuros y brillantes asomando entre los pedazos de patata mal cortada. Paco sintió un escalofrío que le recorrió la columna vertebral.

—Manolo —dijo Paco, dejando el tenedor en el aire, señalando el plato de su amigo con una mezcla de lástima y reproche—, yo te quiero como a un hermano. Hemos compartido mili, hemos compartido el andamio, y hasta te presté el coche para tu luna de miel sabiendo que lo ibas a devolver con el depósito en reserva. Pero esto… esto sobrepasa los límites de la decencia humana.

Manolo, que ya se estaba relamiendo, pinchó un trozo generoso de su tortilla. La cebolla, caramelizada y pegajosa, colgaba del tenedor como una promesa de felicidad. Se la metió en la boca, cerró los ojos y masticó con una parsimonia que a Paco le resultó ofensiva.

—¿De qué hablas ahora, Paco? —preguntó Manolo tras tragar, con la voz ligeramente amortiguada por el éxtasis del primer bocado—. Estás de un tiquismiquis que pareces un crítico de esos que salen en la tele con gafas de pasta. Disfruta de tu almuerzo y deja que los hombres de verdad comamos con fundamento.

Paco golpeó suavemente la barra con el nudillo.

—Fundamento dice. ¡Fundamento! Manolo, por el amor de Dios, abre los ojos. La tortilla buena, la de verdad, la que inventaron los genios de este país para alimentar a los ejércitos, lleva cebolla. Es un axioma. Es como decir que el cielo es azul o que la propina es opcional. La cebolla es el alma, el lubricante, la alegría de la huerta metida en una sartén. Lo tuyo, lo que tienes ahí delante, es un desierto de huevo y patata. Es un castigo seco.

Manolo soltó una carcajada que hizo que Saturnino levantara la vista del periódico.

—¿Seco? —Manolo señaló su propia tortilla, que brillaba bajo la luz del fluorescente—. Mira esto, Paco. Mira esta jugosidad. Esto es una oda a la textura. La tortilla sin cebolla no es una tortilla, es un ladrillo para construir tabiques. Es una esponja amarilla que te absorbe la saliva hasta dejarte la garganta como el suelo de un garaje en agosto. Sin cebolla, Paco, la tortilla es un error administrativo, un olvido imperdonable.

—¡Ni hablar! —saltó Paco, poniéndose rojo como un tomate de los de antes—. Lo que tú tienes ahí no es cocina, es confitería barata. Con cebolla, la tortilla se convierte en una mermelada con huevos. Pierde la estructura. La patata deja de ser la protagonista para convertirse en una comparsa de esa masa dulce y blanda que lo invade todo. ¿Quieres azúcar? Vete a la pastelería de la esquina y cómprate un bollo de crema. Pero no me llames “tortilla” a ese puré encebollado que parece que lo han masticado antes de servírtelo.

Saturnino, que no podía evitar meterse en los charcos, se acercó limpiando la barra con un trapo que había visto tiempos mejores.

—A ver, caballeros, que estamos empezando el día —dijo Saturnino con voz de barítono—. El debate es viejo, pero las formas se mantienen. Paco, tienes razón en que la estructura es importante, pero Manolo… Manolo tiene ese punto de jugosidad que a muchos clientes les gusta. Aunque, si me preguntáis a mí…

—Nadie te ha preguntado, Satur —dijeron los dos amigos al unísono, sin quitarse la vista de encima.

Paco tomó un trozo de su tortilla sin cebolla. Era firme. Ofrecía una resistencia noble al tenedor. La saboreó con orgullo.

—Fíjate, Manolo. Notas el sabor de la patata gallega, el punto exacto de sal, el huevo cuajado con la precisión de un relojero suizo. No hay distracciones. No hay hilos dulces que te engañen el paladar. Esto es honestidad en un plato. Lo tuyo es un truco de magia. Le echáis cebolla para tapar que la patata es de bolsa o que el aceite está pasado. La cebolla es la máscara de la mediocridad.

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