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El ecosistema del gotelé

Parte 1: El ecosistema del gotelé

Aquel lunes amaneció con ese color grisáceo que solo Madrid sabe lucir cuando se pone triste, una mezcla entre el humo de los tubos de escape de la M-30 y el ánimo de alguien que sabe que le toca renovar el abono transporte. Sergio se despertó no por la alarma del móvil, que rugía con una de esas melodías de piano relajante que terminan poniéndote de los nervios, sino por un olor. Un olor que no debería estar allí. No era el aroma a café recién hecho, ni el perfume barato del vecino de arriba que bajaba a pasear al perro. Era algo más telúrico, más ancestral. Algo que olía a cueva, a sótano de castillo olvidado, a calcetín usado olvidado detrás de un radiador durante tres legislaturas.

Se incorporó en la cama, sorteando un montón de libros que acumulaba en el suelo por falta de espacio —y de estanterías dignas—, y lo vio. Allí, justo en la esquina superior derecha de su dormitorio, donde el techo se encontraba con la pared en un ángulo que nunca había sido de noventa grados, había nacido una mancha. No era una mancha cualquiera. No era un lamparón de café ni el rastro de un mosquito aplastado en un momento de furia ciega. Era una mancha de humedad con personalidad propia. Tenía relieve, tenía texturas y, si Sergio no estaba alucinando por la falta de sueño, parecía tener hasta una ligera pelusa de color verde azulado que oscilaba levemente con la corriente de aire.

—No me fastidies —susurró Sergio, frotándose los ojos con la esperanza de que fuera un resto de legaña especialmente persistente.

Pero la mancha no se fue. De hecho, bajo la luz mortecina del amanecer madrileño, parecía estar saludándole. Sergio vivía en un “estudio con encanto”, que en el idioma de las inmobiliarias de la zona de Malasaña significaba “un cuarto sin ascensor donde no cabe una mesa de comedor y las tuberías suenan como una orquesta de heavy metal desafinada”. Pagaba por aquel zulo una cantidad de dinero que le habría permitido vivir como un príncipe en cualquier otra ciudad europea, pero allí estaba él, compartiendo su escaso oxígeno con un hongo que parecía tener más aspiraciones inmobiliarias que él mismo.

Después de diez minutos de observación silenciosa, en los que llegó a la conclusión de que la mancha se parecía vagamente al mapa de las Islas Canarias si Gran Canaria hubiera decidido merendarse a Tenerife, Sergio decidió que era el momento de actuar. Y actuar, en el mundo de los inquilinos precarios, significa una sola cosa: llamar al dueño.

Don Manuel.

Don Manuel era el prototipo de casero que solo existe en España. Un hombre de unos setenta años que siempre vestía un chaleco de multibolsillos, aunque su única actividad conocida fuera ir de su casa al bar y del bar a cobrar alquileres. Tenía una calva reluciente, una voz que sonaba como si se hubiera tragado una caja de lija y una habilidad sobrenatural para ignorar cualquier ley de la física que implicara que los edificios necesitan mantenimiento.

Sergio buscó el teléfono en la mesilla, esquivando un vaso de agua medio vacío. Marcó el número. Sabía que Don Manuel no cogía el teléfono antes de las diez de la mañana porque, según él, “el cerebro necesita lubricarse con el primer café antes de escuchar desgracias”, pero la desesperación es una fuerza motriz poderosa.

—¿Dígame? —tronó la voz al otro lado al cuarto tono. Sonaba a carajillo y a humo de tabaco de los años ochenta.

—Hola, Don Manuel. Soy Sergio, el del cuarto B.

—¿Sergio? ¿Qué Sergio? Ah, el de la calle Pez. ¿Qué pasa ahora? ¿Se ha vuelto a estropear la cisterna? Te dije que no tiraras papeles de esos que dicen que se disuelven, que eso es un invento de los comunistas para romper las bajantes.

—No, no es la cisterna, Don Manuel. Es que… hay humedad en el dormitorio. Y no es una manchita pequeña. Es que creo que si me quedo mirando mucho rato, va a empezar a pedirme el DNI para empadronarse. Huele fatal y está creciendo por momentos.

Hubo un silencio al otro lado de la línea. Un silencio espeso, de esos en los que puedes oír a la otra persona suspirar con la fatiga de quien lleva cargando con el peso del mundo sobre sus hombros desde la Transición.

—Humedad, dice el muchacho… —masculló Don Manuel, hablando más para sí mismo que para Sergio—. Eso es que no ventilas, Sergio. Que os encerráis ahí con la calefacción a tope y os ponéis a respirar como locos, y claro, el aire se condensa. Que sois muy de pulmón ancho los jóvenes de ahora.

—Don Manuel, que ventilo todos los días. Que hace un frío en este piso que parece que vivo en una estación de esquí, pero la mancha sigue ahí. Está verde. Tiene pelo. Yo creo que tiene hasta sistema circulatorio.

—Bueno, bueno, no te pongas dramático, que pareces un actor de esos de la tele. Iré a echarle un vistazo luego. Pero no me metas prisa, que tengo al del tercero con un problema de hormigas que dicen que hablan. Hay que ver cómo sois de exagerados.

Sergio colgó el teléfono y se quedó mirando la mancha. Estaba convencido de que, en el tiempo que había durado la llamada, la mancha había conquistado al menos dos centímetros cuadrados más de territorio. Se preparó un café rápido, evitando mirar hacia la esquina, pero el olor era persistente. Era un olor que se te metía en el cerebro, que te recordaba tu propia mortalidad y el hecho de que tu fianza estaba en manos de un hombre que creía que el gotelé era la cima de la decoración de interiores.

Pasaron las horas. Sergio intentó trabajar desde casa, pero su mirada se desviaba constantemente hacia la esquina. A las doce, la mancha ya no se parecía a las Canarias; ahora recordaba más a un retrato abstracto de un perro con malas pulgas. El verde se había vuelto un tono más oscuro, casi negro, y el centro de la humedad parecía brillar con una humedad aceitosa.

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