Aquel lunes amaneció con ese color grisáceo que solo Madrid sabe lucir cuando se pone triste, una mezcla entre el humo de los tubos de escape de la M-30 y el ánimo de alguien que sabe que le toca renovar el abono transporte. Sergio se despertó no por la alarma del móvil, que rugía con una de esas melodías de piano relajante que terminan poniéndote de los nervios, sino por un olor. Un olor que no debería estar allí. No era el aroma a café recién hecho, ni el perfume barato del vecino de arriba que bajaba a pasear al perro. Era algo más telúrico, más ancestral. Algo que olía a cueva, a sótano de castillo olvidado, a calcetín usado olvidado detrás de un radiador durante tres legislaturas.
Se incorporó en la cama, sorteando un montón de libros que acumulaba en el suelo por falta de espacio —y de estanterías dignas—, y lo vio. Allí, justo en la esquina superior derecha de su dormitorio, donde el techo se encontraba con la pared en un ángulo que nunca había sido de noventa grados, había nacido una mancha. No era una mancha cualquiera. No era un lamparón de café ni el rastro de un mosquito aplastado en un momento de furia ciega. Era una mancha de humedad con personalidad propia. Tenía relieve, tenía texturas y, si Sergio no estaba alucinando por la falta de sueño, parecía tener hasta una ligera pelusa de color verde azulado que oscilaba levemente con la corriente de aire.
—No me fastidies —susurró Sergio, frotándose los ojos con la esperanza de que fuera un resto de legaña especialmente persistente.
Pero la mancha no se fue. De hecho, bajo la luz mortecina del amanecer madrileño, parecía estar saludándole. Sergio vivía en un “estudio con encanto”, que en el idioma de las inmobiliarias de la zona de Malasaña significaba “un cuarto sin ascensor donde no cabe una mesa de comedor y las tuberías suenan como una orquesta de heavy metal desafinada”. Pagaba por aquel zulo una cantidad de dinero que le habría permitido vivir como un príncipe en cualquier otra ciudad europea, pero allí estaba él, compartiendo su escaso oxígeno con un hongo que parecía tener más aspiraciones inmobiliarias que él mismo.
Después de diez minutos de observación silenciosa, en los que llegó a la conclusión de que la mancha se parecía vagamente al mapa de las Islas Canarias si Gran Canaria hubiera decidido merendarse a Tenerife, Sergio decidió que era el momento de actuar. Y actuar, en el mundo de los inquilinos precarios, significa una sola cosa: llamar al dueño.
Don Manuel.
Don Manuel era el prototipo de casero que solo existe en España. Un hombre de unos setenta años que siempre vestía un chaleco de multibolsillos, aunque su única actividad conocida fuera ir de su casa al bar y del bar a cobrar alquileres. Tenía una calva reluciente, una voz que sonaba como si se hubiera tragado una caja de lija y una habilidad sobrenatural para ignorar cualquier ley de la física que implicara que los edificios necesitan mantenimiento.
Sergio buscó el teléfono en la mesilla, esquivando un vaso de agua medio vacío. Marcó el número. Sabía que Don Manuel no cogía el teléfono antes de las diez de la mañana porque, según él, “el cerebro necesita lubricarse con el primer café antes de escuchar desgracias”, pero la desesperación es una fuerza motriz poderosa.
—¿Dígame? —tronó la voz al otro lado al cuarto tono. Sonaba a carajillo y a humo de tabaco de los años ochenta.
—Hola, Don Manuel. Soy Sergio, el del cuarto B.
—¿Sergio? ¿Qué Sergio? Ah, el de la calle Pez. ¿Qué pasa ahora? ¿Se ha vuelto a estropear la cisterna? Te dije que no tiraras papeles de esos que dicen que se disuelven, que eso es un invento de los comunistas para romper las bajantes.
—No, no es la cisterna, Don Manuel. Es que… hay humedad en el dormitorio. Y no es una manchita pequeña. Es que creo que si me quedo mirando mucho rato, va a empezar a pedirme el DNI para empadronarse. Huele fatal y está creciendo por momentos.
Hubo un silencio al otro lado de la línea. Un silencio espeso, de esos en los que puedes oír a la otra persona suspirar con la fatiga de quien lleva cargando con el peso del mundo sobre sus hombros desde la Transición.
—Humedad, dice el muchacho… —masculló Don Manuel, hablando más para sí mismo que para Sergio—. Eso es que no ventilas, Sergio. Que os encerráis ahí con la calefacción a tope y os ponéis a respirar como locos, y claro, el aire se condensa. Que sois muy de pulmón ancho los jóvenes de ahora.
—Don Manuel, que ventilo todos los días. Que hace un frío en este piso que parece que vivo en una estación de esquí, pero la mancha sigue ahí. Está verde. Tiene pelo. Yo creo que tiene hasta sistema circulatorio.
—Bueno, bueno, no te pongas dramático, que pareces un actor de esos de la tele. Iré a echarle un vistazo luego. Pero no me metas prisa, que tengo al del tercero con un problema de hormigas que dicen que hablan. Hay que ver cómo sois de exagerados.
Sergio colgó el teléfono y se quedó mirando la mancha. Estaba convencido de que, en el tiempo que había durado la llamada, la mancha había conquistado al menos dos centímetros cuadrados más de territorio. Se preparó un café rápido, evitando mirar hacia la esquina, pero el olor era persistente. Era un olor que se te metía en el cerebro, que te recordaba tu propia mortalidad y el hecho de que tu fianza estaba en manos de un hombre que creía que el gotelé era la cima de la decoración de interiores.
Pasaron las horas. Sergio intentó trabajar desde casa, pero su mirada se desviaba constantemente hacia la esquina. A las doce, la mancha ya no se parecía a las Canarias; ahora recordaba más a un retrato abstracto de un perro con malas pulgas. El verde se había vuelto un tono más oscuro, casi negro, y el centro de la humedad parecía brillar con una humedad aceitosa.
A las dos de la tarde, sonó el timbre. Era un timbre estridente, de los que te dan un susto de muerte aunque lo estés esperando. Sergio abrió la puerta y allí estaba Don Manuel. Llevaba su chaleco de confianza, unos pantalones de pana que habían visto tiempos mejores y una caja de herramientas pequeña que parecía contener únicamente un martillo oxidado y un rollo de cinta de carrocero.
—A ver esa catástrofe —dijo Don Manuel, entrando en el piso sin pedir permiso y olisqueando el aire como un sabueso—. Pues sí que huele un poco a cerrado. Te lo he dicho, Sergio: ventilar. La ventana abierta, aunque nieve. El frío purifica el alma y seca las paredes.
—Pase, pase… está en el dormitorio —dijo Sergio, guiándolo por el estrecho pasillo.
Don Manuel entró en la habitación con la parsimonia de un obispo entrando en una catedral. Se detuvo ante la mancha, se ajustó las gafas de presbicia que llevaba colgadas de un cordón y emitió un sonido gutural, entre el asombro y el desprecio.
—Eso no es nada, hombre. Eso es una “miaja” de condensación. He visto humedades en edificios de la posguerra que tenían su propio ecosistema, con ranas y todo. Esto es un moco en comparación.
—¿Un moco? Don Manuel, eso está devorando la pared. Si me descuido, mañana me despierto en el piso de al lado porque se habrá comido el ladrillo.
Don Manuel se acercó a la mancha y, para horror de Sergio, la tocó con el dedo índice. Luego se llevó el dedo a la nariz y aspiró.
—Filtra un poco, sí. Pero nada que no se arregle con un poco de cariño.
—¿Cariño? Don Manuel, lo que necesita esto es un fontanero, un albañil y quizá un exorcista. Hay que picar, ver de dónde viene el agua, arreglar la tubería o lo que sea que esté perdiendo arriba…
Don Manuel se dio la vuelta, con una sonrisa de suficiencia dibujada en sus labios finos. Se guardó las manos en los bolsillos del chaleco y miró a Sergio como un maestro mira a un alumno especialmente torpe que no entiende una regla de tres simple.
—Mira, Sergio, que eres joven y te ahogas en un vaso de agua. Picar dice el tío… Si picamos, armamos un jaleo de mil demonios. Polvo por todos lados, ruidos, licencias de obra… Eso es un lío. Yo tengo una solución mucho más rápida, más limpia y más barata.
—¿Ah, sí? ¿Y cuál es? —preguntó Sergio, con un rayo de esperanza que no debería haber tenido.
Don Manuel señaló la mancha con un gesto triunfal, como si estuviera revelando el secreto de la eterna juventud.
—Pinta encima.
Sergio se quedó bloqueado. Parpadeó varias veces, convencido de que su cerebro no había procesado bien las palabras.
—¿Cómo que pinte encima?
—Pues eso. Coges un bote de pintura blanca, de esa buena que tapa hasta los pecados, le das dos manos generosas y ¡pim, pam! Pared como nueva. Si no lo ves, no existe. Es psicología aplicada a la construcción.
Parte 2: La psicología del rodillo
Sergio sintió que una vena empezaba a latirle rítmicamente en la sien. Era esa pulsación específica que aparece cuando te das cuenta de que la lógica ha abandonado la habitación y se ha ido a tomar unas cañas a la vuelta de la esquina.
—¿Pinta encima? —repitió Sergio, con la voz subiendo una octava—. Don Manuel, eso es como si tengo una pierna gangrenada y usted me dice que me ponga un pantalón largo para que no se vea. El problema sigue ahí. El hongo sigue ahí. El agua sigue filtrándose detrás de la pintura.
Don Manuel suspiró, sacando un palillo de uno de los bolsillos de su chaleco y empezando a trabajar con él en una muela trasera. Se apoyó en el marco de la puerta con la confianza de un filósofo estoico que ha visto caer imperios.
—Hijo, qué manía tenéis los jóvenes con la verdad absoluta. La verdad es relativa. Si tú ves la pared blanca, tu cerebro registra “pared blanca”. Y si registra “pared blanca”, tú duermes tranquilo. La tranquilidad es lo más importante en esta vida, más que el aislamiento hidrófugo.
—Pero Don Manuel —insistió Sergio, señalando la mancha que parecía haber oscurecido aún más ante la mención de la pintura, como si se sintiera ofendida—, que esto huele. Aunque lo pinte, el olor a pantano de Shrek no se va a ir. Y además, la pintura se va a abombar en dos días.
—Eso es porque no sabes pintar —sentenció Don Manuel con una seguridad aplastante—. Hay que darle con brío. Y si se abomba, se le da otra mano. La pintura es como la ropa: si tienes frío, te pones otra capa. Es aislamiento térmico y visual. Todo ventajas.
Sergio se sentó en el borde de la cama, derrotado. Miró a Don Manuel y luego a la mancha. En ese momento, la situación le pareció una metáfora perfecta de su propia vida.
—Sabe qué pasa, Don Manuel —dijo Sergio, con un tono que mezclaba la resignación con el sarcasmo más ácido—, que yo también puedo pintar encima de mis traumas, y ahí siguen. Tengo una ansiedad que no me deja vivir, un síndrome del impostor que me saluda todas las mañanas y una relación inexistente con mi padre, pero oye, según su lógica, si me pongo una sonrisa de anuncio de dentífrico y digo que todo va bien, el problema desaparece, ¿no?
Don Manuel se quedó mirando a Sergio durante unos segundos. Por un momento, el joven pensó que quizá había tocado alguna fibra sensible en aquel hombre de corazón de hormigón. Don Manuel se sacó el palillo de la boca, asintió lentamente y, con una voz cargada de una sabiduría popular que rozaba el surrealismo, respondió:
—Exactamente. Ahí le has dado, chaval. Ves cómo eres listo cuando quieres. Pero se ve mejor, ¿verdad? Si tú vas a una entrevista de trabajo con cara de haber dormido en un cajero, no te dan el puesto. Pero si te peinas, te afeitas y pones cara de que te gusta madrugar, pues “pintas encima” de tus ganas de llorar y te dan el contrato. Con la pared es lo mismo. A la pared no le importa estar húmeda, lo que le importa es que tú la mires con asco.
—Es increíble —masmurró Sergio, cubriéndose la cara con las manos—. Está comparando un problema estructural de fontanería con mi salud mental.
—Todo es estructura, Sergio. Todo es estructura —Don Manuel empezó a caminar por la habitación, inspeccionando las otras esquinas como si buscara más lienzos para su arte de la ocultación—. Mira, yo tuve un inquilino hace años, un muchacho que estudiaba para notario. Se pasaba el día estudiando. Un día me llamó porque decía que la pared del salón le hablaba.
—¿Le hablaba? —preguntó Sergio, intrigado a su pesar.
—Sí, decía que oía susurros. Yo fui, escuché y, efectivamente, se oía un siseo constante. Era una tubería del vecino que tenía un poro y soltaba un hilillo de aire y agua. ¿Sabes qué hice?
—¿Arregló la tubería?
—No seas ingenuo. Le dije que eran los espíritus de los antiguos propietarios que le estaban dando las respuestas del examen. Pero que para que no le distrajeran, lo mejor era poner un armario empotrado delante. Lo pusimos, se tapó el ruido, el chico aprobó la oposición y aquí paz y después gloria. El armario sigue ahí, y la tubería seguramente también, pero nadie se queja.
Sergio no sabía si reír o llamar a la policía. Don Manuel vivía en un universo paralelo donde las leyes de la edificación se regían por el principio de “ojos que no ven, corazón que no siente”.
—Don Manuel, no voy a poner un armario empotrado sobre un hongo carnívoro. Quiero que esto se arregle. Se lo digo en serio, el contrato dice que el propietario debe mantener la vivienda en condiciones de habitabilidad.
Don Manuel cambió el gesto. La amabilidad socarrona dejó paso a esa seriedad de casero que sabe que tiene la sartén por el mango y el fuego a tope.
—Habitabilidad… qué palabra más bonita. Habitabilidad es que tengas un techo que no se caiga, y ese techo no se cae ni aunque le pegues con un mazo, que los forjados de antes se hacían con sangre de esclavo y cemento del bueno, no como las porquerías de pladur de ahora. Eso es una mancha, Sergio. No me seas “tiquismiquis”. Si te mando al pintor, son cien euros. Si quieres que pique el albañil, son quinientos. Y si hay que llamar a la comunidad, entramos en derramas y nos dan las uvas del 2030.
—¿Y qué propone entonces? ¿Que compre yo la pintura?
—Yo te traigo el bote. Tengo uno en el trastero, blanco nieve, de una obra que hice en Vallecas. Está casi entero. Te lo subo mañana, te dejo un rodillo y en diez minutos lo tienes apañado. Te ahorras el disgusto y yo me ahorro el viaje. Y de paso, te sirve de terapia, que dicen que pintar relaja mucho el espíritu.
Sergio miró la mancha. La mancha parecía haberse expandido otros dos milímetros mientras Don Manuel hablaba. Tenía la sensación de que, si cerraba los ojos, escucharía a la humedad riéndose de él.
—Está bien —cedió Sergio, agotado psicológicamente—. Traiga la pintura. Pero si en una semana la mancha vuelve a salir, o si empiezo a ver alucinaciones por las esporas del hongo, llamo a Sanidad.
—Eso es hablar como un hombre, Sergio. Mañana te traigo el “remedio milagroso”. Y no te preocupes por los traumas esos que dices, que la vida es muy corta para andar rascando en lo profundo. Pinta encima de todo, hijo, que al final lo que cuenta es la fachada.
Don Manuel salió del piso dejando un rastro de olor a tabaco barato y una sensación de vacío existencial en Sergio que no se podía tapar ni con tres botes de pintura industrial.
Parte 3: El arte de la negación
A la mañana siguiente, puntualmente a las nueve, Don Manuel apareció con un bote de pintura que parecía haber sobrevivido a una guerra nuclear. El bote estaba abollado, tenía restos de pintura seca de varios colores goteando por los lados y la etiqueta estaba tan desgastada que apenas se podía leer “Blanco Mate”.
—Aquí tienes el oro líquido —dijo Don Manuel, dejándolo caer en el suelo del dormitorio con un golpe sordo que hizo temblar las tazas de la cocina—. Y aquí el rodillo. Está un poco rígido, pero si lo mojas un poco en aguarrás, se queda más suave que el pelo de un ángel.
Sergio miró el rodillo. Tenía la consistencia de una piedra pómez y conservaba algunos pelos de vete a saber qué década.
—Don Manuel, esto no es un rodillo, es un arma contundente.
—No te quejes tanto, que a caballo regalado no le mires el dentado. Yo me voy, que tengo una reunión con el del tercero, que sigue con la tontería de las hormigas. Dice que han formado un sindicato y que le piden mejores condiciones de vida en el azucarero. ¡Hay que ver cómo está el mundo!
Sergio se quedó solo frente al bote. Suspiró profundamente, se puso una camiseta vieja que usaba para limpiar y abrió el bote con un destornillador. El olor que emanó de allí dentro no era precisamente a flores silvestres. Era un aroma químico, denso, con un matiz de disolvente caducado que le hizo lagrimear los ojos al instante.
“Pinta encima”, se repitió Sergio como un mantra. “Pinta encima y todo se verá mejor”.
Comenzó la tarea. Removió la pintura con un palo de escoba roto, intentando que los grumos desaparecieran. El rodillo, tras media hora de remojo en un líquido dudoso que encontró bajo el fregadero, empezó a mostrar cierta flexibilidad. Se subió a una silla —porque, por supuesto, Don Manuel no le había dejado una escalera— y se enfrentó a la bestia.
La primera pasada fue un desastre. La pintura blanca, en contacto con la humedad verde y pegajosa, no se adhirió. En lugar de eso, se mezcló creando un tono grisáceo amarillento que recordaba a la comida de un hospital público. Sergio no se rindió. Dio una segunda pasada, y una tercera. Poco a poco, la mancha fue desapareciendo bajo capas y capas de ese blanco industrial que olía a veneno.
A medida que pintaba, Sergio empezó a experimentar una extraña euforia. Quizá era el efecto de los vapores químicos, o quizá era esa “psicología aplicada” de la que hablaba su casero. Realmente, al tapar el verde podrido con el blanco impoluto, su pecho se sentía menos oprimido. Ya no había hongo. Ya no había filtración. Solo había una pared blanca, ligeramente abombada y con una textura de estuco mal hecho, pero blanca al fin y al cabo.
—¡Toma ya! —exclamó Sergio, dándole el último brochazo a la esquina—. ¡Muérete, hongo! ¡Atrás, traumas!
Se bajó de la silla, triunfante. Durante unos minutos, se quedó admirando su obra. El dormitorio parecía otro. El olor seguía ahí, sí, pero su cerebro, siguiendo las instrucciones de Don Manuel, empezó a clasificarlo como “olor a reforma reciente” en lugar de “olor a tumba abierta”.
Se sentó a trabajar. Por primera vez en días, fue productivo. Escribió tres informes, contestó veinte correos y hasta se permitió el lujo de pedirse una pizza para cenar. Estaba tan animado que hasta llamó a su madre.
—Hola, mamá. Sí, todo bien. No, ya no hay humedad. La he pintado. ¿Cómo que la he pintado? Pues encima, mamá, encima. Don Manuel dice que es lo mejor. Sí, ya sé que papá decía que había que ver el origen, pero papá era un perfeccionista y Don Manuel es un pragmático. Me siento mucho mejor, de verdad. Es como si hubiera borrado un trozo de realidad que no me gustaba.
Se fue a dormir con una sonrisa, ignorando el ligero mareo provocado por la falta de ventilación (no quería abrir la ventana para que el frío no estropeara el secado, otra teoría de Don Manuel).
Sin embargo, a las tres de la mañana, un sonido lo despertó. No fue un ruido fuerte. Fue un “ploc”. Un sonido húmedo, pequeño, casi tímido.
Sergio se quedó inmóvil en la cama, con los ojos abiertos como platos, mirando hacia la esquina oscura. No encendió la luz de inmediato. Tenía miedo. Pero el “ploc” se repitió, seguido de un leve siseo, como si alguien estuviera desinflando un globo muy lentamente.
Encendió la lámpara de la mesilla con la mano temblorosa.
Lo que vio le heló la sangre. La pintura blanca, que apenas unas horas antes lucía orgullosa y cubriente, estaba sufriendo una metamorfosis. Se habían formado unas burbujas enormes, del tamaño de pelotas de golf, que parecían respirar. El centro de la esquina estaba empezando a supurar un líquido ambarino que goteaba rítmicamente sobre su montón de libros.
Pero lo peor no fue eso. Lo peor fue que la humedad había vuelto, pero con refuerzos. Alrededor de las burbujas, el hongo original no solo había reaparecido, sino que parecía haberse alimentado de la propia pintura. Ahora era de un color violeta eléctrico y emitía un ligero resplandor fosforescente en la oscuridad.
—No puede ser… —susurró Sergio—. ¡Se ha comido la pintura! ¡El hongo ha mutado!
Se levantó de un salto y se acercó a la pared. Las burbujas de pintura crujieron. Era como si la pared tuviera una enfermedad cutánea en fase terminal. Sergio, en un arrebato de desesperación, cogió el rodillo que aún tenía pintura fresca y volvió a pasarlo con furia.
—¡Cúbrete! ¡Cúbrete, maldita sea! —gritaba, mientras intentaba aplastar las burbujas con el rodillo.
Pero cuanto más pintaba, más líquido salía. Era una lucha perdida. La pintura resbalaba sobre la superficie húmeda como si intentara pintar sobre una pastilla de jabón usada. El olor químico se mezcló con el olor a podrido, creando una fragancia nueva que Sergio bautizó mentalmente como “Apocalipsis en Malasaña”.
Se sentó en el suelo, con el rodillo en la mano y la camiseta manchada de ese blanco nuclear que ya no servía para nada. Eran las cuatro de la mañana. Su dormitorio parecía el escenario de una película de terror de bajo presupuesto. La mancha ya no era una mancha; era una entidad. Tenía relieve, tenía luz propia y, juraría, que estaba empezando a extenderse hacia el techo del pasillo.
—Tenía razón —dijo Sergio en voz alta, riendo histéricamente—. Se ve mejor. Ahora, en lugar de una humedad normal, tengo una discoteca de hongos radiactivos. Gracias, Don Manuel. Gracias por la psicología aplicada.
Parte 4: El clímax del despropósito
A las ocho de la mañana, Sergio estaba sentado en el rellano de la escalera, esperando a que Don Manuel saliera de su casa en el primero. Tenía ojeras que le llegaban a la mandíbula y el pelo revuelto. Cuando la puerta del primero se abrió y apareció el casero con su chaleco y su palillo reglamentario, Sergio se puso en pie como un resorte.
—Don Manuel. Tenemos que hablar.
El casero dio un salto atrás, sorprendido por la aparición de aquel espectro pintarrajeado de blanco.
—¡Cojones, Sergio! Me has dado un susto de muerte. Pareces un fantasma que se ha caído en un bote de cal. ¿Qué pasa ahora? ¿Te ha gustado tanto pintar que vas a darle una mano a toda la escalera?
—Venga conmigo, Don Manuel —dijo Sergio con una calma que daba miedo—. Venga a ver su “obra de arte”.
Subieron al cuarto en silencio. Don Manuel iba refunfuñando sobre la falta de paciencia de la juventud y lo mucho que tardaba en secar la pintura con esta humedad ambiental. Cuando entraron en el dormitorio, Don Manuel se detuvo en seco.
La escena era dantesca. Las burbujas de pintura habían estallado, dejando jirones de color blanco colgando de la pared como si fuera piel muerta. El hongo violeta se había extendido por todo el ángulo del techo y ahora empezaba a descender por la pared lateral, formando extraños patrones geométricos. El líquido ambarino había formado un pequeño charco en el suelo.
—Vaya… —dijo Don Manuel, rascándose la nuca—. Pues sí que ha cogido fuerza la criatura.
—¿La criatura? —Sergio estalló—. ¡Es un vertido tóxico, Don Manuel! ¡He pintado encima como me dijo! ¡He gastado medio bote! ¡Y mire! ¡Mire cómo se ríe de nosotros! ¡Incluso creo que la mancha tiene forma de su cara ahora mismo!
Don Manuel se acercó a la pared, imperturbable. Se puso las gafas, analizó el desastre y luego se giró hacia Sergio con una expresión de decepción absoluta.
—¿Sabes cuál ha sido el problema, Sergio?
—¿Que hay una tubería rota? ¿Que el edificio se cae a pedazos? ¿Que usted es un chapuzas?
—No, hijo, no. El problema es que te ha faltado fe.
—¿Fe? —Sergio estuvo a punto de lanzarle el rodillo—. ¿Fe en qué? ¿En la química? ¿En la virgen del Carmen?
—Fe en el proceso. Te has puesto nervioso. Has pintado con ansiedad. La pintura huele el miedo, Sergio. Si pintas con miedo, la pintura no agarra. Tienes que pintar convencido de que la pared está sana. Es una cuestión de vibraciones.
Sergio se apoyó contra la pared opuesta (la que aún estaba seca) y se deslizó hasta quedar sentado en el suelo. Ya no tenía fuerzas para gritar. La situación había superado el límite de lo absurdo y había entrado en la dimensión de lo surrealista.
—Don Manuel, escúcheme bien. O llama a un profesional ahora mismo, o llamo yo a la policía, a los bomberos, a la OTAN y a mi abogado, que es un tipo muy bajito pero con mucha mala leche. Esto no se arregla con pintura. Esto no se arregla con psicología. Esto se arregla con alguien que sepa lo que es una llave inglesa.
Don Manuel suspiró, sacó el palillo de la boca y lo miró con melancolía.
—Está bien, está bien. Qué poca resistencia tenéis al fracaso. Llamaré a Paco, el fontanero. Pero te aviso: Paco es un hombre de ideas fijas. Si él dice que hay que picar, picamos. Pero luego no te quejes del polvo.
—Que pique, Don Manuel. Que pique hasta que encuentre el centro de la Tierra si hace falta.
Don Manuel se encaminó hacia la puerta, pero antes de salir, se detuvo y miró a Sergio una última vez.
—¿Sabes qué es lo más gracioso, Sergio? Que he tenido inquilinos de todo tipo. Artistas, abogados, hasta un cura. Y todos me han dicho lo mismo. Que mis consejos son los peores que han oído en su vida.
—No me extraña —masculló Sergio.
—Pero fíjate —continuó Don Manuel con una media sonrisa—, el peor consejo que di nunca no fue el de pintar encima de la humedad.
—¿Ah, no? ¿Y cuál fue?
Don Manuel se ajustó el chaleco y soltó una carcajada ronca que retumbó en todo el piso.
—Fue a uno que tenía una gotera en el salón que parecía las cataratas del Niágara. El tío estaba desesperado. ¿Sabes qué le dije?
—¿Qué?
—Le dije que pusiera una piscina hinchable debajo, que así se ahorraba el gimnasio y podía nadar sin salir de casa. El muy animal lo hizo. Al tercer día, el peso de la piscina hundió el forjado y terminó bañándose en el salón del vecino de abajo. ¡Eso sí que fue un lío de seguros y no lo tuyo!
Don Manuel salió del piso riendo, dejando a Sergio solo con su hongo fosforescente y su pared descascarillada.
Sergio miró la mancha violeta. Le pareció que, efectivamente, la humedad le estaba guiñando un ojo. Suspiró, cogió el móvil y buscó en Google “puntos de recogida de escombros y restos químicos”.
Esa noche, Sergio decidió que no iba a pintar más. Ni encima de la humedad, ni encima de sus traumas. Se fue al salón, arrastró el colchón lo más lejos posible del dormitorio y durmió con la ventana abierta de par en par, dejando que el frío de Madrid le limpiara los pulmones. Al fin y al cabo, como decía Don Manuel, el frío purifica el alma. Y si no la purifica, al menos te mantiene lo suficientemente despierto como para no dejar que un hongo te robe la fianza.