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Padre soltero tomaba té solo—hasta que cuatrillizas del CEO susurraron: «Finge ser nuestro padre»

Capítulo 3. La carta que nunca llegó

No podían quedarse en la cafetería.

Tomás pagó sin esperar el cambio, llamó a Celia para decirle que la recogería Mercedes, la madre de una compañera, y llevó a las cuatro niñas a su piso de Lavapiés por calles secundarias. No tenía coche. Nunca lo necesitaba. Pero aquella tarde habría dado cualquier cosa por no viajar en metro con cuatro herederas multimillonarias empapadas, aterradas y mirándolo como si él pudiera sostener el cielo con las manos.

Su piso estaba en un tercero sin ascensor, pequeño, lleno de libros y plantas que sobrevivían por pura obstinación. Había dibujos de Celia pegados en la nevera, una bicicleta infantil en el pasillo y una manta de cuadros sobre el sofá.

Sofía miró alrededor.

—Es bonito.

Tomás soltó una risa triste.

—Es pequeño.

—En nuestra casa hay treinta habitaciones —dijo Inés— y ninguna parece segura.

Eso lo dejó sin respuesta.

Les dio toallas, leche caliente y ropa seca de Celia que les quedaba algo corta. Ver a las cuatro sentadas en su salón, con calcetines de colores diferentes y el pelo mojado sobre los hombros, le produjo una ternura dolorosa. Eran niñas. No titulares de prensa. No herederas. Niñas asustadas.

Clara puso la caja de té sobre la mesa.

—Ábrela.

Tomás no se movió.

—Antes necesito saber algo. ¿Por qué vuestra madre no llamó a la policía?

Vega bajó la mirada.

—Porque Álvaro controla a los escoltas, a los médicos y a la abuela. Y porque mamá empezó a olvidarse de cosas hace dos semanas.

—Decía frases raras —añadió Sofía—. Un día me llamó “Elena”.

Tomás palideció.

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