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Él No Sabía que Era Luis Miguel — el Maestro Italiano Desafió al Cantante Equivocado

Él no sabía que era Luis Miguel.  El maestro italiano desafió a cantante equivocado. Octubre de 1988, Teatro Ayzcala, Milán. El maestro Giuseppe Benedetti acababa de terminar su interpretación de la Traviata cuando hizo algo que hacía en cada ciudad, detener el concierto para demostrar su superioridad musical.

Esa noche  su dedo arrogante apuntó hacia la fila 12, señalando a un hombre de camisa sencilla que había venido solo. “Usted, el latino del público, suba al escenario”, dijo con desprecio. “Lo que Benedetti no sabía era que acababa de elegir al hombre equivocado, porque ese latino cualquiera era Luis Miguel. Y lo que pasó en los siguientes minutos cambiaría para siempre la historia del teatro lírico italiano.

Muuspe Benedetti era conocido en toda Europa como el director  de orquesta más prestigioso y arrogante de Italia. A sus 55 años había dirigido las mejores óperas del mundo en Viena, Londres y París. Su carrera había comenzado décadas atrás como un joven prodigio humilde, pero el éxito lo había transformado en un hombre que creía que su nacionalidad italiana le otorgaba superioridad natural sobre cualquier músico de otras culturas.

Benedetti tenía una rutina que había perfeccionado durante años. En cada ciudad que visitaba, después de deslumbrar al público con su técnica impecable, reinvitaba Morima algún local al escenario para demostrar la diferencia entre música serie europea y lo que despectivamente llamaba entretenimiento regional.

En Bien había humillado a un músico de folk austriaco.  En Londres había avergonzado a un cantante de pop irlandés. En París había ridiculizado a un intérprete de Chanon francés. Cada vez el resultado era el mismo. El invitado fracasaba miserablemente. Benedetti lucía superior y el público aplaudía la demostración de verdadera.

Pero esa noche de octubre la escala estaba completamente llena. Era el teatro de ópera más prestigioso del mundo y un templo de 2000 asientos donde solo los mejores artistas tenían el privilegio de actuar. Las entradas habían costado fortuna y la audiencia estaba compuesta por la élite cultural italiana y turistas adinerados de toda Europa.

Entre el público, en la fila 12, estaba Luis Miguel.  Luis Miguel había llegado a Milán 3 días antes, no como turista, sino en una misión personal de perfeccionamiento artístico. Acababa de terminar una gira exitosa por México y había decidido viajar a Italia para estudiar técnica operística con maestros de conservatorio milanés.  Durante el día trabajaba con profesores italianos que quedaban impresionados por su rango vocal y su capacidad para absorber técnicas complejas.

Pero esa noche había decidido tomarse un descanso y simplemente disfrutar como espectador y había comprado su entrada como cualquier otro asistente, eligiendo un asiento en una fila intermedia donde pudiera escuchar  sin ser el centro de atención. vestía ropa sencilla, pantalón oscuro, camisa blanca sin corbata, chaqueta casual, nada que indicara que era una estrella internacional.

Cuando entró al teatro, algunas personas lo miraron con curiosidad. Su rostro le resultaba familiar, pero fuera de su público latino, Luis Miguel aún no era reconocido inmediatamente por el público general europeo. Los que lo identificaron fueron discretos, respetando la atmósfera solemne de la escala.

se sentó tranquilo estudiando programa, admirando la acústica perfecta del teatro histórico. A su alrededor escuchaba conversaciones en italiano sobre Benedetti, sobre su talento indiscutible y también sobre su personalidad difícil. “Y es brillante, pero insoportable”, susurraba una mujer italiana a su esposo. “Cada noche hace lo mismo.

Invita a alguien para humillarlo. Es una tradición suya”,  respondió el hombre. Dice que así educa al público sobre música verdadera. Luis Miguel escuchaba sin comentar, simplemente esperando que comenzara la función. La actuación de Benedetti esa noche había sido técnicamente perfecta. Durante 90 minutos dirigió la traviata con una precisión que dejó al público admirado.

Su control de la orquesta era absoluto, cada matiz musical ejecutado exactamente como lo visualizaba. Pero cuando terminó la ópera, en lugar de agradecer y retirarse, Benedetti hizo su gesto característico, levantó la mano para silenciar los aplausos y caminó hacia el frente del escenario.

Señoras y señores, comenzó con su italiano preciso, pero ligeramente pedante. Antes de terminar esta noche perfecta y quiero compartir con ustedes una lección importante sobre música.  Un murmullo recorrió el teatro. Los habituales de las cala sabían lo que venía. Vivimos en una época donde la confusión musical es común,  donde se llama artista cualquiera que pueda cantar una melodía simple.

Esta noche, como hago en cada ciudad, voy a demostrar la diferencia entre el arte verdadero y el mero entretenimiento. Sus ojos recorrieron la audiencia con la mirada calculada de un cazador buscando presa.  Me voy a invitar a alguien del público, alguien que represente esa música popular que tanto se consume hoy y veremos qué sucede cuando se encuentra con arte real.

El silencio se volvió incómodo. Nadie quería ser elegido para la humillación pública de Benedetti. Su dedo se extendió directamente hacia Luis Miguel. Usted, señor, en la fila 12. Por su aspecto, imagino que es admirador de esas baladas románticas tan populares en su país. Suba,  por favor. Pero lo que estaba por pasar nadie en la escala lo esperaba.

Un murmullo inmediato recorrió las filas cercanas a Luis Miguel. Las personas que lo habían reconocido intercambiaban miradas tensas.  Sabían exactamente quién era y lo que estaba a punto de suceder. “Dios mío”, susurró la mujer italiana que había estado hablando antes. “¿Ese es Luis  Miguel, el cantante latino?”, preguntó su esposo, súbitamente interesado.

“No solo cantante”, respondió ella sin apartar la mirada de pasillo. “Es un perfeccionista.  Dicen que puede repetir una toma 20 veces y no le convence y que se entrena como si fuera un atleta.  El murmullo se extendía fila por fila, como ondas en un estanque.  Benedetti, desde el escenario, notaba la reacción, pero no entendía su origen.

Había esperado silencio incómodo, no una energía creciente de expectativa.  Luis Miguel se levantó lentamente, sin prisa. No mostró nervios, irritación o desafío. Solo la calma de alguien que había estado en cientos de escenarios y para quien subiera uno más era tan natural como respirar.

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