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Cuando María Félix fue humillada en Hollywood frente a Marilyn Monroe — Su respuesta cruzó fronteras

Cuando María Félix fue humillada en Hollywood frente a Marilyn Monro, su respuesta cruzó fronteras. El flash de la cámara duró una fracción de segundo, pero la humillación duró exactamente 11 segundos. 11 segundos en los que 400 personas, las más poderosas de la industria del cine mundial, contuvieron la respiración dentro del salón principal del Beverly Hilton Hotel.

11 segundos en los que María Félix, la mujer más temida de México, la actriz que había rechazado a reyes y destruido a directores con una sola mirada, se quedó completamente inmóvil frente al escenario, mientras la voz de Darril Sanuk, el todopoderoso jefe de la vigésima Century Fox, pronunciaba las palabras que pretendían borrarla del mapa del cine internacional.

Lo que nadie sabía, lo que nadie podía anticipar, era que en los próximos 7 minutos María Félix haría algo que Hollywood jamás había presenciado, algo que ni Marl Dietrich, ni Greta Garbo, ni la mismísima Marilyn Monro, que estaba sentada a tres mesas de distancia observando todo con los ojos muy abiertos, habían hecho jamás.

Y cuando terminó, cuando el silencio se rompió y 400 personas se pusieron de pie, no para aplaudir a Hollywood, sino para aplaudir a una mexicana, el mundo del cine cambió para siempre. Esta es esa historia, la historia que Hollywood intentó enterrar, pero que México nunca olvidó.

Y si estas historias de Nuestra Señora María Félix te hacen sentir algo, suscríbete para que sigamos manteniéndolas vivas, porque la época de oro merece seguir brillando. Los Angeles, California. 14 de noviembre de 1956. La ciudad de los sueños fabricados, la capital mundial del cine, la maquinaria más poderosa de entretenimiento que el planeta había conocido.

Hollywood en 1956 era un imperio absoluto. Los grandes estudios controlaban todo. ¿Qué películas se hacían? ¿Quién las protagonizaba, quién triunfaba? Y quién desaparecía. Y en la cima de ese imperio, sentado en su trono de celuloide y millones de dólares, estaba Darril Francis Anuk. presidente de la vigésima Century Fox, el hombre que había descubierto a Marilyn Monro, que había producido más de 200 películas, que había ganado tres premios Óscar y que tenía un ego tan descomunal que sus propios ejecutivos le temían más que a un huracán.

Sanuk tenía 54 años, fumaba puros cubanos, bebía whisky escocés de 30 años y trataba a las actrices como piezas de un tablero de ajedrez que podía mover, sacrificar o eliminar según le conviniera. Era conocido por sus fiestas privadas, por sus casting cauchis, por su capacidad de destruir carreras con una llamada telefónica y por una frase que repetía como mantre cuando alguien lo desafiaba.

En Hollywood, yo soy Dios y los dioses no piden permiso. Esa noche del 14 de noviembre, Sanuke organizaba su evento anual, la gala internacional del cine, una cena de beneficencia que en realidad era una demostración de poder donde los estudios exhibían a sus estrellas como trofeos. 400 invitados, lo más selecto de la industria, productores, directores, actores, periodistas de todo el mundo.

Las mesas brillaban con cristalería de bacarat, los manteles eran de seda importada de Francia y en cada lugar había una tarjeta con el nombre del invitado escrito en tinta dorada. Era la noche del año en Hollywood y todos querían estar ahí. María Félix había llegado a Los Ángeles dos semanas antes. Tenía 42 años.

Estaba casada con el banquero francés Alex Berger y vivía entre París y Ciudad de México. Pero su fama era global. En Europa la adoraban. En Francia había filmado con J. Renoir. En España la llamaban la emperatriz. En toda Latinoamérica era un mito viviente. La mujer más bella, más fuerte, más indomable que el continente había producido.

Pero Hollywood era otra historia. Hollywood la quería desde hacía años, pero en sus términos le habían ofrecido papeles de sirvienta mexicana, de campesina sufrida, de amante exótica del héroe anglosajón. Papeles que reducían a cualquier actriz latina a un estereotipo decorativo, un adorno moreno para que el protagonista blanco luciera más.

María los había rechazado todos, cada uno, sin excepción. En 1944, cuando la Republic Pictures le ofreció un contrato millonario para hacer westerns como la india enamorada del vaquero, María respondió con una frase que cruzó el océano. Yo no interpreto sirvientas. Si Hollywood quiere una María Félix, tendrá que darme una María Félix. La industria se río.

¿Quién se cree esta mexicana? Decían los ejecutivos en sus oficinas con vista a Sunset Boulevard. Aquí las reglas las ponemos nosotros. Pero María no estaba jugando. Regresó a México, hizo las películas que quiso, se convirtió en la estrella más grande del cine en español y dejó que Hollywood la mirara desde lejos, deseándola, pero sin poder tenerla.

Hasta noviembre de 1956, cuando las cosas cambiaron. La invitación llegó un mes antes. Sobre Delino color crema, sello dorado de la vigésima Centuri Fox. El estudio la invitaba formalmente a la gala internacional del cine como invitada de honor, representando al cine latinoamericano. El tono era respetuoso, casi reverencial.

Sería usted un privilegio para nuestra gala. Su presencia elevaría el evento a una dimensión internacional que Hollywood necesita. María leyó la invitación. tres veces llamó a Alex. Me invitan como invitada de honor. Eso es maravilloso, respondió su marido. Finalmente reconocen tu talento. María no compartía el entusiasmo. No me fío.

Hollywood no regala nada. Si me invitan es porque quieren algo. Alexis. Es una oportunidad para mostrarles quién eres, para que vean lo que el cine mexicano tiene. María lo pensó durante una semana. Consultó con su amigo el pintor Diego Rivera, que la conocía como pocas personas en el mundo. Diego, me and Hollywood.

¿Voy o no voy? Diego, enfermo y cansado, pero lúcido como siempre, la miró con esos ojos enormes que habían pintado murales que contaban la historia de un continente. María, tú no vas a Hollywood. Hollywood viene a ti. Si vas, que sea como reina, no como invitada. Que sepan que no los necesitas, que estás ahí porque decidiste estar, no porque te lo pidieron. María sonrió.

Siempre sabes qué decir. No, solo sé quién eres y tú también lo sabes. No dejes que lo olvides cuando estés rodeada de lobos. María aceptó la invitación, pero no sin prepararse. Durante las dos semanas siguientes, antes de viajar, María hizo algo que nadie supo. Hasta décadas después contactó a amigos en Europa, periodistas franceses que conocían la industria americana y les pidió información sobre Sanuk.

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