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RICARDO MAYORGA : El MÁS ODIADO DE MÉXICO Cumplió 52 Años y Como Vive Es Muy Triste

Dos títulos mundiales, $,000. El boxeador más odiado en México encontrado en la calle con las costillas rotas. Hay una grabación. Su entrenador la tiene desde 2004. Nunca la publicó. En esa grabación, Mallorga admite que bajó la guardia a propósito frente a Trinidad, que sabía que iba a perder, que le obligaron a recibir la paliza.

¿Por qué? Esa pregunta tiene una respuesta y esa respuesta explica todo lo que vino después. El crack, las calles, las costillas rotas, todo tiene la misma raíz y hoy la vas a ver. En 2003, Alexis Argüello lo vio ganar el título y dijo algo en público que nadie quiso escuchar. Va a terminar en una calamidad.

Lo dijo cuando Mayorga era campeón del mundo. Cuando tenía todo, Argüello tenía razón en todo. ¿Cómo lo supo? Porque Arguello vio algo que el resto del mundo no quiso ver y hoy tú también lo vas a ver. Lo que está en juego no es una carrera destruida. Es una pregunta que el boxeo latino lleva 20 años sin responder. ¿Quién obliga a un campeón del mundo a perder? ¿Quién tiene ese poder? ¿Y qué le cobran después? Todos conocen al loco Mayorga, el que fumaba puros en el ring, el que subió al pesaje comiendo una pierna de pollo, el que le dio una palmada en los glúteos a

la esposa de Trinidad. Nadie conoce lo que había detrás de ese show, lo que le costó, lo que le quitaron mientras él hacía reír al mundo. Hoy eso cambia. Antes de entender la caída, tienes que entender lo que cayó. Marzo de 2002, Costa Rica, un estadio en San José, Mallorga contra Andrew Lewis por el título welter de la AMB.

Nadie conocía a Mallorga fuera de Nicaragua. Un tipo raro de Granada que fumaba y bebía y llegaba tarde a los entrenamientos, que peleaba en la calle desde niño, que cuando lo golpeaban en el ring se descontrolaba y olvidaba todo lo que le habían enseñado. Y empezaba a pelear exactamente como lo había hecho siempre, sin técnica.

Sin miedo, con todo. Eso era Mayorga, un hombre para quien el dolor no era señal de parar, era señal de atacar más. Lewis cayó en el quinto asalto. Mallorga campeón del mundo. El estadio en Costa Rica enloqueció. Mallorga se subió al ring con un puro encendido. Lo fumó sobre el cuerpo tirado de Lewis. El árbitro no supo qué hacer.

El público tampoco. Eso no se había visto antes en el boxeo mundial. Eso no se ha visto después. Esa victoria catapultó a Mallorga a un nivel diferente. Ya no era el desconocido de Nicaragua, era el campeón que nadie esperaba y que había llegado exactamente de la manera que nadie esperaba, con un puro y con bravura y sin manual.

Pero lo que vino en enero de 2003 fue diferente. Bernon Forrest llegaba con 35 victorias y cero derrotas. Era el campeón unificado Welter del CB, el hombre que había quitado el invicto a Shane Mosley, el favorito absoluto. Mayorga era el desconocido de Nicaragua, al que nadie había visto pelear en televisión americana.

En el primer asalto, Mayorga lo mandó al piso. El estadio no lo podía creer. Forrest era el favorito por amplísimo margen. Forrest era el técnico perfecto. Forrest era el campeón que había quitado el invicto a Shane Mosley. En el tercer asalto, Mallorga lo mandó al piso de nuevo. El árbitro detuvo la pelea.

Mallorga, campeón unificado de la AMB y el CMB, del mismo hombre que llegaba borracho a los entrenamientos. ¿Cómo? Cómo un tipo que llegaba borracho a los entrenamientos noquea al campeón unificado en tres asaltos. La respuesta es que Mallorga era algo que el boxeo técnico no sabe cómo enfrentar. Un hombre que no siente miedo dentro del ring, que cuanto más lo golpean más energía tiene, que pelea con una ferocidad que no se puede entrenar porque no viene del entrenamiento, viene de haber crecido en las calles de

Granada peleando por sobrevivir. Mallorga empezó a boxear en el ejército sandinista en 1987 con 14 años. No porque le gustara el boxeo, porque en Nicaragua ese año el boxeo profesional estaba prohibido y el ejército era el único lugar donde podías aprender algo que se pareciera al boxeo. Cuando el boxeo profesional regresó a Nicaragua en 1993, Mallorga tenía 20 años.

Debutó y no paró. Se fue a Costa Rica porque en Nicaragua no había mercado suficiente. Trabajó en la construcción de día. De noche cuidaba carros en el estacionamiento de un night club y entrenaba cuando podía. El dueño del night club lo vio pelear una noche y le ofreció trabajo como vigilante. Mejor que cargar ladrillos. Mayorga aceptó.

Pero el night club tenía un problema para un boxeador. Las noches largas, el alcohol disponible, la gente que llegaba a divertirse hasta el amanecer. Mayorga era vigilante y también era cliente. Eso vio Efraín Vega, el promotor costarricense, cuando llegó a buscarlo. Un diamante en bruto que se estaba puliendo en la dirección equivocada.

Vega lo obligó a dejar el night club, a concentrarse en entrenar, a tomar el boxeo en serio y Mallorga obedeció. Por un tiempo. Forest no tenía respuesta para eso. Nadie la tenía. 6 meses después pelearon la revancha. Mallorga ganó de nuevo, esta vez por decisión mayoritaria. Forrestó la respuesta para la ferocidad de Mayorga.

Dos peleas, dos victorias para el hombre que llegaba tarde a los entrenamientos y bebía guaro en las noches. Eso es Mayorga. Ir Magazine puso a Ricardo Mayorga en la portada de diciembre de 2003 con un título que nadie olvidó. El hombre más loco del deporte. Eso era lo que el mundo veía. La locura, el show, el puro, la pierna de pollo.

Lo que el mundo no veía era lo que había debajo. Y debajo había algo que Alexis Argüello vio desde el primer momento. Alexis Argüello era en 2003 la leyenda más grande del boxeo nicaragüense de todos los tiempos. Tres títulos mundiales en tres divisiones diferentes. Uno de los cinco mejores boxeadores de toda la historia según Ring Magazine.

Argüello y Mallorga eran compatriotas. Dos nicaragüenses que llegaron al boxeo mundial desde el mismo país pequeño, desde la misma pobreza, desde la misma necesidad de demostrar algo al mundo, pero eran completamente diferentes. Argüello era disciplina pura, entrenamiento metódico, vida ordenada, un hombre que trató su cuerpo como la herramienta más valiosa que tenía y que llegó a su mejor versión porque nunca dejó que nada lo desviara del camino.

Aorga era caos, absoluto y glorioso caos. Un hombre que trataba su cuerpo como si fuera indestructible, que fumaba antes de entrenar y bebía después, que llegaba tarde al gimnasio y salía temprano, que encontraba en la locura lo que Argüello encontraba en la disciplina. Y cuando Argüyo vio a Mallorga ganar el título en 2002, dijo algo que ningún periodista deportivo quiso analizar.

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