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Marta Sahagún: ¿Primera Dama o SANTERA del Gobierno?… Protegió el SAQUEO de sus Hijos.

diciembre de 1997. En un cuarto cerrado, lejos de los reflectores y mucho antes de que México creyera estar entrando a una nueva era democrática, dos mujeres observaban como el fuego se tragaba fotografías atravesadas por una tarántula viva. No estaban planeando una campaña ni discutiendo una política pública.

Según las versiones más inquietantes que durante años persiguieron a Marta Sagun, ahí estaban haciendo otra cosa. una primera dama, no una compañera de gobierno, sino un poder paralelo, un poder que no quería estar cerca del presidente, quería meterse dentro de su voluntad. Hoy esa mujer vive lejos del centro del escenario, refugiada en la calma aparente del rancho San Cristóbal, como si el tiempo hubiera limpiado lo que dejó detrás.

Pero esta no es la historia de cómo terminó envejeciendo junto a Vicente Fox. Esta es la historia de cómo llegó  hasta ahí. Como una mujer nacida el 10 de abril de 1953 en Zamora, Michoacán, pasó de vender queso y administrar una farmacia a convertirse en la figura más temida del sexenio, que prometía acabar con 71 años de viejo régimen.

Como, según investigaciones periodísticas, convirtió Los Pinos en una zona de influencia personal. como alrededor de sus hijos creció una red de privilegios, contratos y escándalos que salpicó a Pemex, a Oceanografía y a la propia idea del cambio democrático. Y como una familia marcada por el abandono, terminó buscando en el dinero público, en el blindaje político  y en el apellido presidencial La cura para heridas mucho más antiguas.

Hoy vas a descubrir cuatro cosas. Primero, ¿de dónde salió realmente la obsesión de Marta Saagún por mandar, controlar y no volver jamás a la sombra? Segundo, ¿qué se decía en voz baja sobre limpias, santería, Toloache  y una extraña dependencia que empezó a rodear a Vicente Fox? Tercero, como Manuel, Jorge y Fernando Briviesca pasaron de hijos heridos a protagonistas de una de las historias más turbias del poder en México.

Y cuarto, ¿por qué periodistas, expedientes y denuncias terminaron dibujando el retrato de una dinastía que confundió el Estado con herencia familiar? Pero para entender el escándalo, primero hay que volver al origen,  porque esta historia no comenzó en la presidencia. comenzó en una mujer que juró no volver a ser nadie antes de que Marta Saagún aprendiera a caminar por los pasillos del poder como si siempre le hubieran pertenecido.

Antes de los pinos, antes de los micrófonos, antes de la imagen cuidadosamente pulida de mujer providencial que hablaba de caridad,  de familia y de cambio, hubo otra vida, una mucho más pequeña, mucho más áspera, mucho más parecida a una jaula que a un destino. Y ahí, precisamente ahí fue donde empezó todo. 10 de abril de 1953.

Zamora, Michoacán. México todavía era un país donde el apellido correcto abría puertas y el apellido equivocado te condenaba a mirar desde afuera. En ese mundo nació Marta Saagún. No nació entre lujos, no nació entre apellidos de Abolengo, no nació en el corazón del poder. Nació en una normalidad gris, en una clase media modesta, en un entorno donde la vida parecía ya escrita de antemano.

Crecer, casarse, obedecer, resignarse. Para muchas mujeres de su generación, ese era el libreto completo. Pero Marth nunca pareció dispuesta a aceptar un papel decorativo. trabajó vendiendo queso. Después administró una farmacia. Oficios pequeños,  rutinas pequeñas, horizontes pequeños y quizá para cualquier otra mujer aquello habría sido suficiente.

Un empleo estable, un nombre respetable, una vida sin sobresaltos, pero hay personas que no soportan la idea de pasar por el mundo sin dejar huella, sin mandar, sin torcer la realidad a su favor. Y según las versiones biográficas que durante años intentaron descifrarla, Marta pertenecía a esa clase de personas. No quería acompañar una vida, quería dirigirla, no quería adaptarse al orden, quería imponerlo.

En 1971 se casó con Manuel Briviesca Godoy, un médico veterinario. Sobre el papel, aquello parecía el comienzo de una vida convencional:  matrimonio, hogar, hijos. Estabilidad en la práctica terminó siendo una historia marcada por el desgaste, la fricción y una incompatibilidad cada vez más visible. El hogar no fue refugio, fue encierro.

Las descripciones de aquella etapa repiten la misma sensación: discusiones, asperezas, resentimientos.  Una mujer que se sentía atrapada en un papel que le quedaba demasiado estrecho y un matrimonio que, lejos de darle identidad  la hacía sentirse todavía más invisible. Y eso importa más de lo que parece, porque las personas no siempre llegan al poder vocación.

A veces llegan por hambre, hambre de reconocimiento, hambre de control, hambre de no volver a sentirse humilladas por una vida que consideran inferior a lo que creen merecer. En Marta esa hambre fue creciendo como una fiebre mientras el matrimonio se desgastaba y la vida doméstica la asfixiaba.

También fue creciendo una convicción íntima, silenciosa, feroz. Ella no había nacido para quedarse detrás de nadie. Por eso la política no fue solo una oportunidad, fue una salida, una puerta, un antídoto contra la irrelevancia. Su ingreso al PAN y su acercamiento al mundo político no deben leerse como un simple cambio  de actividad, sino como el momento en que una ambición vieja por fin encontró vehículo.

Marta no quería volver a ser la mujer del pueblo, la esposa resignada,  la administradora de una farmacia, la figura secundaria de una historia escrita por otros. Quería un lugar del que nadie pudiera desplazarla. Quería peso, quería influencia. quería mandar y entonces apareció Vicente Fox no todavía como presidente, no todavía como símbolo de una transición histórica,  sino como algo quizá más importante para ella.

una escalera, una posibilidad real de salir para siempre de la sombra, pero también una amenaza, porque si algo entendió muy pronto fue que el poder prestado nunca es seguro. Depende del afecto, del deseo, de la conveniencia, del cálculo. Y una mujer que había pasado media vida huyendo de la insignificancia no podía permitirse volver a caer ahí.

Ese fue el vacío que la empujó. No solo  la ambición, sino el terror. El miedo a regresar a la vida anterior, el miedo a no ser nadie otra vez, el miedo a mirar hacia atrás y descubrir que todo había sido apenas un paréntesis. Y cuando el poder deja de ser una meta y se convierte en una necesidad emocional, ya no basta con tocar la puerta.

Empieza la obsesión por cerrarla detrás de uno y guardar la llave para siempre. El poder casi nunca se ve cuando nace. No entra haciendo ruido. No anuncia su llegada con trompetas  ni con discursos. Entra en silencio. Se sienta a la mesa, observa, aprende los miedos del otro y luego cuando encuentra la grieta exacta empieza a trabajar desde ahí.

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