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La vida secreta de Chespirito y sus Mansiones | Herencia, amores, fortuna y todo lo que contaron

Hay una mansión en Cancún que se llama Villa Florinda. Está en uno de los complejos residenciales más exclusivos de México en Isla Dorada, en plena zona hotelera. Tiene tres pisos, siete habitaciones con baño completo, gimnasio, spa, jacuzi, alberca, cancha de tenis y padel, muelle privado para yates y un jardín de 300 m².

La mandó construir un hombre que supervisó personalmente cada detalle de la obra. Un hombre que le puso el nombre de la mujer que amaba. Un hombre que durante décadas hizo reír a más de 500 millones de personas en el mundo entero interpretando a un niño pobre que vivía dentro de un barril en una vecindad. La ironía es brutal.

El hombre que creó al personaje más humilde de la televisión latinoamericana vivió sus últimos años en una mansión valuada en más de 2 millones de dólares. Pero esa ironía dice más sobre quién fue Roberto Gómez Bolaños de lo que cualquier biografía podría explicar. Porque Chespirito no nació rico, no nació famoso, no nació con conexiones ni con privilegios.

Nació en la ciudad de México en 1929 en una familia donde el padre era pintor y dibujante y la madre era secretaria bilingüe, una familia de clase media que tuvo que luchar para salir adelante. Y ese hombre, ese niño que creció dibujando en la mesa de su padre, que soñaba con ser ingeniero, que boxeaba en su adolescencia, que jugaba fútbol a nivel semiprofesional, terminó creando los personajes más queridos que la televisión en español ha conocido jamás.

Y cuando murió, dejó detrás una fortuna estimada en 50 millones de dólares, dos esposas, seis hijos, una amante que se convirtió en la mujer de su vida, un escándalo de infidelidad que partió a su familia en dos, una mansión que nadie quiere comprar y un legado que sigue generando millones cada año.

Hoy vamos a conocer la vida completa de Roberto Gómez Bolaños como nunca te la han contado. Vamos a recorrer cada una de sus casas y saber qué pasó con ellas. Vamos a conocer a las dos mujeres que marcaron su vida y la verdad detrás de la infidelidad que destruyó su primer matrimonio. Vamos a descubrir cuánto dinero ganó realmente, cómo se repartió su herencia, quién se quedó con qué y porque Florinda Mesa dice que no recibió casi nada.

Vamos a entender por qué murió deprimido, porque Televisa le sacó los programas del aire y porque la última mansión donde vivió lleva años intentando venderse sin que nadie la compre. Comencemos desde el principio. Desde la ciudad de México. Roberto Mario Gómez Bolaños nació el 21 de febrero de 1929 en la Ciudad de México. Era el segundo de tres hermanos.

Su hermano mayor se llamaba Francisco y su hermano menor se llamaba Horacio, el mismo Horacio que décadas después interpretaría a Godines en El Chavo del Ocho. Su padre se llamaba Francisco Gómez Linares. Era pintor, dibujante e ilustrador. Un hombre de arte, un hombre de trazos. un hombre que ganaba lo que podía con el talento de sus manos.

Su madre se llamaba Elsa Bolaños Cacho Aguilar. Era secretaria bilingüe, una mujer inteligente, trabajadora, que hablaba dos idiomas en una época donde eso era un privilegio extraordinario. Y hay un dato que muy pocos conocen sobre la familia de Roberto. Su tío era Gustavo Díaz Ordaz, el hombre que fue presidente de México de 1964 a 1970.

El mismo presidente que gobernó durante la masa de Tlatelolco en 1968. Roberto nunca habló mucho de esa conexión familiar. No la presumió, no la usó, pero estaba ahí como una sombra silenciosa en el árbol genealógico de uno de los comediantes más queridos del mundo. Durante el embarazo de Elsa hubo un momento que casi termina con todo antes de que empezara.

Un medicamento para la gripe recetado por un tío de Roberto casi provoca que su madre perdiera al bebé. Imagina eso. El hombre que haría reír a 500 millones de personas estuvo a punto de no nacer por una pastilla para la gripe. Roberto creció en una ciudad de México muy diferente a la que conocemos hoy, más pequeña, más tranquila, más provinciana.

Su padre le enseñó a dibujar, le transmitió esa sensibilidad artística que Roberto llevaría consigo toda la vida. Pero el padre murió cuando Roberto tenía apenas 6 años, dejando a la familia en una situación económica difícil. Elsa tuvo que sacar adelante a tres hijos sola. Roberto fue un adolescente inquieto.

En su juventud practicó boxeo como principiante. Jugó fútbol a nivel semiprofesional en el equipo Marte. En la preparatoria ganó un concurso de poesía y prosa que revelaba que ese muchacho tenía algo especial con las palabras. Después entró a estudiar ingeniería en la Universidad Nacional Autónoma de México, la UNAM.

Aunque algunas fuentes indican que cursó arquitectura, lo cierto es que nunca ejerció ninguna de las dos carreras, porque la vida tenía otros planes para Roberto Gómez Bolaños, planes que involucraban algo mucho más poderoso que la ingeniería o la arquitectura. Involucraban la capacidad de hacer reír a la gente.

A los 22 años, Roberto entró a trabajar como creativo en la Agencia de Publicidad de Arsi. Ahí descubrió que tenía un talento natural para escribir, no para construir puentes ni diseñar edificios, para construir historias, para diseñar personajes, para encontrar el humor en las situaciones más cotidianas de la vida. La publicidad fue su escuela.

Aprendió a comunicar ideas en segundos, a captar la atención del público con una frase, a vender una emoción con una imagen. Todo eso lo usaría después cuando creara al Chavo, al Chapulín, a Don Ramón, a la Chilindrina, a cada uno de esos personajes que llevan más de medio siglo viviendo en la memoria colectiva de Latinoamérica.

De la publicidad saltó a escribir guiones para radio, televisión y cine. Empezó escribiendo para otros. Escribió guiones para Viruta y capulina en el programa Cómicos y Canciones. Escribió para el programa Estudio de Pedro Vargas. Entre 1960 y 1965, los dos programas más vistos de la televisión mexicana los escribía él. Él solo, un hombre sentado frente a una máquina de escribir produciendo el entretenimiento de todo un país.

Nadie lo conocía por nombre. Nadie sabía que detrás de esas risas estaba Roberto Gómez Bolaños. Era un fantasma creativo, un genio invisible. Fue en esa época cuando le pusieron el apodo que lo definiría para siempre. El director de cine, Agustín P. Delgado, empezó a llamarlo Chespirito. Era una versión mexicanizada y en diminutivo de Shakespeare.

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