El sol de mediodía en Madrid no perdona.
Entra por los ventanales del salón de Paco con una agresividad casi personal.
Es ese tipo de luz que saca a relucir el polvo suspendido en el aire.
Ese polvo que Conchi, su mujer, jura que no existe porque ella limpia “por donde ve la suegra”.
Paco está sentado en su trono de skay marrón, un sillón que ha cogido la forma de sus lumbares tras décadas de siestas reglamentarias.
Tiene el mando a distancia en la mano derecha, empuñado como si fuera un cetro o un arma corta.
En la televisión, un programa de debate donde todo el mundo grita sin escucharse.
Paco asiente, dándoles la razón a todos y a ninguno.
—Mira estos, Lucía, mira qué espectáculo —dice Paco, sin apartar la vista de la pantalla.
Lucía, su nuera, está sentada en el borde del sofá de enfrente, intentando no parecer incómoda.
Lleva un vestido de lino que ya se le ha arrugado por el viaje en metro.
Lleva también una opresión en el pecho que conoce demasiado bien.
Esa sensación de que el aire es un poco más espeso de lo normal.
Como si estuviera intentando respirar a través de una manta de lana.
—Es solo ruido, Paco —responde Lucía con un hilo de voz—. Solo buscan audiencia.
—Ruido dice —Paco resopla, soltando una risotada seca—. Lo que buscan es no dar un palo al agua.
Conchi aparece desde la cocina, secándose las manos en un delantal con el logo de una marca de embutidos.
Trae consigo el olor a sofrito, a aceite de oliva quemado y a esa paz doméstica que solo ella sabe fingir.
—Deja a la niña, Paco, que viene de trabajar y lo que menos quiere es oír tus sermones sobre la tele.
—Si yo no digo nada, Conchi, si yo solo observo la decadencia de Occidente desde mi salón.
Paco deja el mando sobre la mesita auxiliar, justo al lado de un tapete de ganchillo que tiene más años que la democracia.
Se recoloca las gafas sobre el puente de la nariz.
Unas gafas de presbicia compradas en una farmacia que le dan un aire de búho malhumorado.
—¿Y tú qué tal, Lucía? —pregunta Paco, girándose por fin hacia ella—. Te veo como… lacia.
—¿Lacia? —Lucía esboza una sonrisa forzada—. No sé qué significa estar lacia, Paco.
—Pues así, como un espagueti sin sal. Como si te faltara un buen cocido o una noticia de las que te ponen las pilas.
Lucía exhala lentamente, intentando que el suspiro no parezca una claudicación.
—He tenido una semana complicada en la oficina, eso es todo.
—La oficina, la oficina —repite Paco, saboreando las sílabas—. Mucho aire acondicionado y mucha pantallita.
Lucía nota un pinchazo en el estómago.
Sabe por dónde va a ir la conversación.
Es un camino que han recorrido mil veces, como el trayecto del autobús que nunca llega a su hora.
—No es solo el aire acondicionado, Paco. Son los plazos, los clientes, las reuniones que no sirven para nada…
—Tonterías de la modernidad —interrumpe él, levantando un dedo índice calloso—. En mis tiempos, una reunión era cuando el capataz te decía: “Paco, ahí tienes el camión, muévelo”.
—Los tiempos han cambiado, suegro. Ahora el estrés es… diferente.
—El estrés —Paco suelta una carcajada que termina en una tos productiva—. Otra palabrita de las vuestras.
Conchi vuelve a entrar con un plato de aceitunas gordales y unas patatas fritas de bolsa.
—Paco, cállate ya, que vas a empezar con lo de la obra y no paramos.
—No, si no es por la obra —dice Paco, cogiendo una aceituna con una precisión quirúrgica—. Es que Lucía me dice que está estresada.
Lucía mira las aceitunas como si fueran la clave de un enigma existencial.
—No es solo estrés, Paco. Es que… bueno, últimamente tengo mucha ansiedad.
El silencio que sigue a esa frase es casi sólido.
Se puede cortar con el cuchillo de sierra que Conchi usa para el pan.
Paco se queda con la aceituna a medio camino entre el plato y la boca.
Entorna los ojos, como si Lucía acabara de confesar que se ha unido a una secta que adora a los gnomos de jardín.
—¿Ansiedad? —pregunta Paco, con una incredulidad genuina.
—Sí, ansiedad —repite Lucía, sintiendo que su voz suena pequeña, casi infantil, en ese salón lleno de muebles de roble.
Paco mastica la aceituna con una lentitud exasperante.
Escupe el hueso en un cenicero de cristal de Murano que nunca ha visto un cigarrillo.
Se limpia las comisuras de los labios con el dorso de la mano.
—¿Ansiedad? Eso se cura trabajando y dejándose de mirar el ombligo, Lucía.
La frase cae como un ladrillo en un estanque de aguas tranquilas.
Lucía siente que el pecho se le cierra un poco más.
No es la primera vez que la oye, pero el tono de Paco tiene esa autoridad de quien cree poseer la verdad absoluta sobre la vida.
Es la sabiduría del que ha levantado tabiques con sus propias manos.
La filosofía del que cree que cualquier malestar del alma se soluciona con un pico y una pala.
—No es tan sencillo, Paco —dice Lucía, intentando mantener la calma—. La ansiedad es una enfermedad real.
—¿Enfermedad? Enfermedad es el tifus. Enfermedad es una pierna gangrenada.
Paco se inclina hacia delante, apoyando los codos en sus rodillas, invadiendo el espacio vital de la conversación.
—Lo tuyo no es una enfermedad, es que tienes demasiado tiempo para pensar en ti misma.
—No se trata de pensar en mí misma. Se trata de que mi cuerpo reacciona a cosas que no puedo controlar.
—Porque no lo cansas —sentencia Paco—. Si llegaras a casa con los riñones rotos de cargar sacos de cemento, te aseguro que no tendrías ansiedad.
Lucía siente un calor repentino subiéndole por el cuello.
Es la indignación mezclada con el agotamiento crónico de quien tiene que explicar el color azul a alguien que ha decidido que solo existe el gris.
—La ansiedad no se cura cavando zanjas, suegro. Eso es un mito de otra época.
—¿Un mito? —Paco se ríe, una risa que es más un desafío que un gesto de alegría—. En mis tiempos no teníamos tiempo para tener ansiedad. Estábamos muy ocupados sobreviviendo.
—Sobrevivir no es lo mismo que vivir bien, Paco.
—¡Vivir bien! —exclama él, levantando las manos al cielo—. Si tenéis de todo. Tenéis teléfonos que hacen hasta el café, coches que aparcan solos, vacaciones en sitios que yo no sé ni pronunciar…
—Tener cosas no significa estar bien de la cabeza.
Paco niega con la cabeza, con una mezcla de lástima y desprecio.
—Es que sois la generación del cristal fino. Un soplido y os rompéis.
Conchi, desde la cocina, grita para intentar rebajar la tensión.
—¡Que la comida ya está casi lista! ¡Dejad de arreglar el mundo, que se enfría el arroz!
Pero Paco no está dispuesto a soltar su presa.
Ha encontrado un tema que le apasiona porque le permite reafirmar su propia dureza.
Él es el hombre que nunca se quejó.
El hombre que se levantaba a las cinco de la mañana para ir a la obra lloviera o nevara.
El hombre que cree que la salud mental es un invento de las farmacéuticas para vender pastillas de colores.
—Mira, Lucía —dice Paco, bajando el tono, como si fuera a revelarle un secreto ancestral—. El problema es que antes nos callábamos y tirábamos para adelante.
—Y eso no era bueno, Paco. Eso dejaba a gente rota que no sabía por qué estaba mal.
—Rotos estábamos todos —replica él con una dureza repentina en la mirada—. Pero teníamos una familia que alimentar. No podíamos permitirnos el lujo de estar “ansiosos”.
Lucía siente que está hablando con una pared de hormigón armado.
Una pared que ha sido pintada con capas y capas de estoicismo mal entendido.
—No es un lujo, Paco. Es una carga. Y duele.
—Te duele porque te miras mucho. Te miras y te buscas. Y el que busca, encuentra.
Paco se levanta del sillón con un esfuerzo visible en sus articulaciones.
Cruje como un barco viejo atracando en un puerto de madera.
Se acerca a la ventana y mira hacia la calle, hacia el asfalto que desprende vaho de calor.
—Antes, si un hombre se sentía mal, se iba al bar, se tomaba un carajillo, echaba una partida y al día siguiente a currar.
—¿Y tú crees que eso es solución? —pregunta Lucía, levantándose también.
—Era nuestra solución. Y aquí estamos. He criado a tres hijos, he pagado este piso y nunca he necesitado ir a un psicólogo a que me cuente que mi padre no me quería lo suficiente.
Lucía se queda mirándolo de espaldas.
Ve sus hombros cargados, su nuca quemada por el sol de tantos años a la intemperie.
Siente una mezcla de rabia y una extraña ternura.
Rabia por su ceguera voluntaria.
Ternura por la armadura tan pesada que ha tenido que llevar toda la vida sin que nadie le diera permiso para quitársela.
—Tal vez si hubieras ido, Paco, no serías tan testarudo ahora.
Paco se gira, con una media sonrisa en los labios.
—Si hubiera ido, Lucía, probablemente me habrían dicho que soy un genio incomprendido y no habría dado ni golpe.
—Eso no es lo que hacen los psicólogos.
—Eso es lo que hacen con los que no quieren doblar el lomo. Les dan una excusa para quedarse en la cama pensando en las nubes.
En ese momento, Sergio, el marido de Lucía e hijo de Paco, entra por la puerta principal.
Viene sudando, con una bolsa de hielos en la mano y la cara de quien sabe que llega a un campo de minas.
—Hola familia —dice Sergio, intentando sonar jovial—. He tardado porque en la gasolinera había una cola que parecía el desembarco de Normandía.
Sergio mira a Lucía, luego a su padre, y detecta la electricidad estática en el ambiente.
—¿De qué habláis? —pregunta, dejando los hielos sobre la mesa de comedor.
—De que tu mujer dice que tiene ansiedad —dice Paco, volviendo a su sillón—. Y yo le digo que lo que le hace falta es un poco de barro en las botas.
Sergio suspira.
Mira a Lucía con ojos de “lo siento, ya sabes cómo es”.
Lucía le devuelve una mirada de “haz algo o me tiro por el balcón”.
—Papá, no empieces con tus teorías de la vieja escuela —dice Sergio, acercándose a su padre—. La ansiedad es algo serio. Yo también he tenido épocas malas.
Paco mira a su hijo como si le acabara de decir que prefiere el café descafeinado de sobre.
—¿Tú también, Sergio? ¿Pero qué os pasa a todos? ¿Os han echado algo en el agua del grifo?
—No es el agua, papá. Es el ritmo de vida. No paramos. El móvil no deja de sonar, el trabajo no se queda en el trabajo…
—Pues apagas el móvil —dice Paco, como si fuera la solución más obvia del universo—. Yo cuando terminaba el turno, dejaba la paleta y me olvidaba de los ladrillos hasta el lunes.
—Ya no funciona así —replica Sergio—. Si no respondes a un correo un sábado por la tarde, parece que has matado a alguien.
Paco hace un gesto de desprecio con la mano.
—Esclavos. Sois esclavos de unos aparatos que valen más que vuestro sueldo. Y luego decís que tenéis ansiedad. ¡Normal!
Lucía siente que la conversación está entrando en un bucle infinito.
Un bucle de incomprensión generacional que tiene raíces profundas en la historia del país.
Por un lado, el hombre hecho a sí mismo, forjado en el sacrificio físico y el silencio emocional.
Por otro, los hijos de la abundancia relativa, que han descubierto que el cuerpo no es lo único que se agota.
—Paco —dice Lucía, acercándose un poco más a él—. No es que nos miremos el ombligo. Es que intentamos entender por qué nos sentimos vacíos aunque lo tengamos todo.
Paco la mira fijamente.
Por un segundo, parece que algo en su expresión se ablanda.
Solo un segundo.
Luego, recupera su máscara de hierro.
—Vacíos dice. Vacío estaba mi estómago en el 58. Eso sí que era una sensación que no te dejaba dormir.
—El hambre física se quita con comida, Paco. El hambre de paz mental es más difícil de saciar.
Paco resopla y coge otra aceituna.
—Paz mental. Si quieres paz, vete al cementerio de la Almudena, que allí están todos muy tranquilos. Mientras estés vivo, lo que tienes que hacer es tirar del carro.
Conchi grita de nuevo desde la cocina.
—¡A la mesa! ¡Y nada de hablar de enfermedades ni de penas! ¡He hecho una paella que resucita a un muerto!
Sergio coge a Lucía por el hombro y le da un beso rápido en la sien.
—Tranquila, amor. No lo vas a convencer hoy. Ni nunca.
—No quiero convencerlo, Sergio —susurra ella—. Solo quiero que entienda que no me invento las cosas.
—Él cree que si no se ve, no existe. Es un hombre de materiales, ¿recuerdas? Ladrillo, cemento, hierro. El cerebro para él es solo una caja donde guardar los datos de la cuenta corriente.
Caminan hacia la mesa de comedor, que ya está vestida con un mantel de flores que huele a suavizante.
Paco preside la mesa, como siempre.
Se sirve un vaso de vino tinto con un chorro generoso de gaseosa.
—Venga, sentaos —ordena Paco—. Vamos a ver si con un poco de arroz se os pasan las tonterías esas de la ansiedad.
Lucía se sienta, notando cómo la silla de madera le presiona los muslos.
Mira el plato humeante que Conchi le pone delante.
El arroz tiene un color amarillo brillante, casi radioactivo, gracias al azafrán de bote.
—Come, Lucía —dice Conchi con dulzura—. Que te vas a quedar en los huesos.
—Gracias, Conchi. Huele muy bien.
Paco ya ha empezado a comer con una energía envidiable para su edad.
Come como si el mundo se fuera a acabar en cinco minutos y él tuviera que terminar su ración para salvar a la humanidad.
Entre bocado y bocado, mira a Lucía.
—¿Sabes qué hacía yo cuando me sentía agobiado en la obra? —pregunta Paco con la boca a medio llenar.
Lucía cierra los ojos un instante.
—Dígame, Paco. ¿Qué hacía usted?
—Me ponía a silbar —dice él, con una seriedad absoluta—. Me ponía a silbar una de Manolo Escobar y se me pasaban todos los males.
Sergio suelta una carcajada.
—¿Silbar, papá? ¿Ese es tu consejo médico?
—Mejor que las pastillas esas que os tomáis, que os dejan atontados —responde Paco—. Silbar limpia los pulmones y el alma.
Lucía no puede evitarlo y deja escapar una pequeña risa.
Es una risa nerviosa, pero también liberadora.
—No creo que mi jefe vea con buenos ojos que me ponga a silbar “El porompompero” en medio de una auditoría, Paco.
—Pues peor para él —dice Paco, señalándola con el tenedor—. Eso significaría que es un triste. Y de los tristes es de quien hay que huir, no de la ansiedad.
Lucía mira su plato de arroz.
Por primera vez en todo el día, siente que el nudo de su garganta se afloja un milímetro.
No es que Paco tenga razón.
Es que su lógica, tan absurda y arcaica, tiene una solidez que resulta extrañamente reconfortante.
En el mundo de Paco, todo es simple.
Si tienes hambre, comes.
Si tienes sed, bebes.
Si tienes sueño, duermes.
Y si tienes ansiedad, trabajas hasta que se te olvida.
Es un mundo sin matices, pero también sin el peso asfixiante de las infinitas opciones de la modernidad.
—Bueno —dice Lucía, cogiendo la cuchara—. Quizá pruebe lo de silbar. Pero no garantizo los resultados.
—Tú prueba, muchacha, tú prueba —dice Paco, volviendo a su arroz—. Y déjate de mirar tanto el ombligo, que lo tienes ya gastado de tanto mirarlo.
Conchi sirve más vino.
Sergio intenta cambiar de tema hablando del fútbol.
Paco entra al trapo inmediatamente, criticando al entrenador de su equipo con la misma vehemencia con la que criticaba la ansiedad hace cinco minutos.
La comida sigue su curso.
El calor sigue apretando fuera.
Dentro, entre el olor a paella y el ruido de los cubiertos contra la porcelana, la tensión parece haberse transformado en algo más manejable.
Una tregua temporal en la guerra de las generaciones.
Pero Lucía sabe que esto es solo el principio.
Sabe que el café traerá nuevas discusiones.
Que el orujo de hierbas que Paco sacará después de los postres aflojará las lenguas y endurecerá las posturas.
Porque la salud mental no es solo un tema de conversación.
Es la brecha insalvable entre dos formas de entender el mundo.
Entre los que tuvieron que construir las paredes y los que ahora tienen que aprender a vivir dentro de ellas sin sentir que el techo se les cae encima.
Paco termina su plato y limpia los restos de salsa con un trozo de pan.
Mira a Lucía por encima de sus gafas de farmacia.
—¿Vas a querer repetir, o la ansiedad también te quita el hambre?
—La ansiedad no me quita el hambre de tu paella, Conchi —responde Lucía, esquivando el dardo de Paco con elegancia.
—¡Esa es mi chica! —exclama Conchi, encantada—. Paco, deja de pincharla, que te conozco.
—Si yo no la pincho —dice Paco, recostándose en la silla—. Si yo lo único que quiero es que esta juventud aprenda a disfrutar de lo que tiene.
—Estamos en ello, Paco —dice Sergio—. Estamos en ello.
Pero el “estamos en ello” suena a promesa vacía en ese salón donde el tiempo parece haberse detenido en 1985.
Lucía mira el reloj de pared.
Todavía quedan tres horas de domingo.
Tres horas de digestión pesada y verdades a medias.
Tres horas donde tendrá que luchar por defender su derecho a no estar bien.
Frente a un hombre que cree que estar mal es una falta de respeto al esfuerzo de sus antepasados.
La batalla de la sobremesa acaba de empezar.
Y el arma secreta de Paco, el orujo casero, ya está asomando por la puerta del mueble bar.
Lucía toma aire profundamente.
Cuenta hasta diez.
Siente el latido de su corazón en la punta de los dedos.
La ansiedad sigue ahí, agazapada bajo el mantel.
Pero hoy, al menos, tiene un plato de arroz delante para entretenerla.
—Venga ese orujo, Paco —dice Lucía, sorprendiéndose a sí misma—. Vamos a ver si eso ayuda más que silbar.
Paco sonríe, mostrando una dentadura que ha aguantado más que muchos puentes.
—Esa es la actitud, Lucía. Esa es la actitud.
La tarde se estira como un chicle bajo el sol de Madrid.
Y la conversación, como el orujo, promete quemar al bajar pero dejar un rastro de calor en el pecho.
Para bien o para mal.
Paco se levanta con una agilidad sospechosa para su edad y se dirige al mueble bar.
Ese mueble bar es una reliquia de los años setenta, con espejos en el fondo y estantes llenos de botellas que parecen haber sobrevivido a un naufragio.
Hay una botella de coñac con una etiqueta tan descolorida que parece un pergamino antiguo.
Hay un licor de melocotón que nadie ha tocado desde la comunión de Sergio.
Y en el centro, la joya de la corona: una botella de cristal genérica, sin etiqueta, llena de un líquido transparente que brilla con una luz peligrosa.
—Esto —dice Paco, levantando la botella como si fuera el Santo Grial—, esto es mano de santo.
—Papá, ten cuidado, que ese orujo quita el esmalte de los dientes —advierte Sergio, aunque ya está acercando su vaso.
—¿Esmalte? Esto lo que quita son las tonterías del cerebro —replica Paco, sirviendo un chorro generoso en tres vasos pequeños de cristal tallado.
Conchi se niega con un gesto de la mano.
—A mí ponme una tila, Paco, que con este calor el alcohol me da vueltas la cabeza.
—Una tila —masculla Paco—. Lo que yo digo, la modernidad os ha vuelto blandos hasta para beber.
Le entrega un vaso a Lucía.
Ella lo mira con recelo.
El líquido desprende un aroma intenso a hierbas, alcohol de quemar y algo que recuerda remotamente al campo gallego bajo la lluvia.
—¿Seguro que esto es legal, suegro? —pregunta Lucía, intentando bromear.
—Legal no sé, pero eficaz es un rato largo. Bébetelo de un trago, no andes con remilgos de señorita.
Lucía mira a Sergio, que ya ha dado el primer sorbo y tiene los ojos ligeramente vidriosos.
—Adelante, amor —dice Sergio con voz rasposa—. Es como si un ángel te diera una patada en el esófago.
Lucía respira hondo y da un trago.
El líquido entra frío, pero en cuanto toca la garganta se transforma en lava líquida.
Siente cómo el calor desciende por su pecho, abriéndose camino, quemando cada duda, cada nudo de ansiedad, cada correo electrónico sin responder.
Por un momento, se queda sin respiración.
Sus ojos se llenan de lágrimas involuntarias.
—¡Madre mía! —exclama Lucía, cuando por fin recupera el habla—. ¡Eso no es orujo, eso es combustible para cohetes!
Paco ríe con ganas, una risa que le sale desde lo más profundo del diafragma.
—¿Ves? —dice, dando un golpe en la mesa—. ¿A que ya no te acuerdas de la ansiedad esa?
—No me acuerdo ni de mi nombre, Paco —responde ella, limpiándose una lágrima con el dedo.
—Pues eso es la salud mental, muchacha. Saber cuándo hay que apagar el motor y dejar que la máquina se enfríe.
Paco se vuelve a sentar, pero esta vez con una actitud más relajada.
El alcohol parece haber suavizado sus aristas, o al menos las ha hecho más brillantes.
—Tú crees que yo no he tenido días de querer mandarlo todo a la porra, ¿verdad? —pregunta Paco, mirando fijamente a Lucía.
Lucía se queda sorprendida por la pregunta.
Es la primera vez que Paco admite algo que se parece, aunque sea de lejos, a la vulnerabilidad.
—Supongo que todos los tenemos, Paco. Pero tú siempre pareces tan… sólido.
—Sólido —repite él, como si fuera un insulto—. Sólido es un muro, y hasta los muros se agrietan.
Paco da otro sorbo a su vaso, saboreándolo esta vez con más calma.
—Hubo un año, allá por el ochenta y dos… —empieza Paco, y Lucía sabe que ha entrado en la zona de las historias de guerra.
—¿El año del Naranjito? —interrumpe Sergio.
—Cállate, Sergio, que estoy hablando de cosas serias.
Paco se inclina hacia delante.
Sus ojos, normalmente duros y burlones, se vuelven nublados por el recuerdo.
—Fue el año que se cayó la obra de los chalets de las afueras. Un desastre de los arquitectos, pero al que querían colgar era al capataz. O sea, a mí.
Lucía escucha con atención.
Este es un Paco que no conocía.
—No dormía. Me pasaba las noches mirando el techo, contando las grietas de la pintura. Sentía que si cerraba los ojos, el mundo se me iba a desplomar encima.
—Eso suena mucho a ansiedad, Paco —dice Lucía suavemente.
Paco la mira de reojo, detectando la trampa.
—Llámalo como quieras. Yo lo llamaba tener responsabilidad. Tenía a veinte hombres a mi cargo y a una familia que dependía de mi jornal.
—¿Y qué hiciste? —pregunta Sergio.
—¿Qué iba a hacer? Irme a un médico a decirle que tenía miedo? —Paco suelta un resoplido—. Me habrían quitado el carné de hombre en la puerta de la consulta.
—Entonces, ¿cómo lo superaste? —insiste Lucía.
Paco se queda callado un momento, mirando el fondo de su vaso vacío.
—Trabajando más —dice finalmente—. Me iba a la obra dos horas antes que nadie. Me ponía a picar piedra yo solo, hasta que las manos me sangraban.
Lucía siente un nudo en el corazón.
La imagen de un Paco más joven, solo en una obra vacía, castigando su cuerpo para silenciar su mente, le resulta dolorosa.
—Eso no es curarse, Paco. Eso es anestesiarse.
—Anestesia o no, funcionó. El cansancio físico es el único que te deja dormir cuando el alma está revuelta.
—Pero el precio es muy alto —dice Lucía—. Mira tus manos. Mira tu espalda.
Paco mira sus manos, llenas de cicatrices, manchas de la edad y callosidades permanentes.
Las abre y las cierra con dificultad.
—Es el precio que pagamos por que vosotros no tuvierais que picar piedra.
La frase queda suspendida en el aire, pesada como el calor de la tarde.
Es la verdad definitiva de Paco.
Su sacrificio fue la moneda con la que compró la “ansiedad” de sus hijos.
Compró el derecho de ellos a preocuparse por cosas invisibles porque él se encargó de todas las cosas visibles.
—Lo sabemos, papá —dice Sergio, poniendo una mano sobre el brazo de su padre—. Y te lo agradecemos.
—Pues si me lo agradecéis, dejad de quejaros por tonterías —dice Paco, recuperando su tono habitual, aunque con menos convicción que antes.
—No nos quejamos, suegro —dice Lucía—. Intentamos vivir en el mundo que nos habéis dejado. Y es un mundo muy rápido.
—Pues frenad —dice Paco—. ¿Quién os obliga a correr tanto?
—El sistema, Paco. Las facturas. La competencia.
—El sistema dice —Paco se levanta para servirse otro orujo—. El sistema sois vosotros, que no sabéis decir que no a nada.
Conchi vuelve con la tila y se sienta a la mesa.
—Ya estáis otra vez con el sistema y las penas. ¿No podéis hablar de algo alegre? ¿De cuándo vamos a ir a ver las flores al botánico?
—Las flores no se mueven, Conchi, no tienen interés —dice Paco—. Aquí estamos discutiendo el futuro de la humanidad.
Lucía sonríe.
A pesar de la cabezonería de Paco, hay algo en esta conversación que la hace sentir más conectada a él de lo que jamás hubiera imaginado.
Bajo la superficie de reproches y malentendidos, hay un hilo de respeto mutuo.
Paco respeta que Lucía trabaje y sea independiente.
Lucía respeta el esfuerzo titánico que Paco hizo para levantar su vida de la nada.
El problema es el lenguaje.
Hablan idiomas diferentes para describir el mismo dolor.
Para Paco, el dolor se mide en kilos.
Para Lucía, se mide en nudos en la boca del estómago.
—¿Sabes qué, Paco? —dice Lucía, levantando su pequeño vaso—. Tienes razón en una cosa.
—¿Solo en una? —pregunta él con una ceja levantada.
—En que a veces hay que silbar.
Paco sonríe de oreja a oreja.
—¿Ves? Si al final te voy a hacer una mujer de provecho.
—Pero no voy a silbar a Manolo Escobar —matiza Lucía—. Silbaré algo de David Bowie, o de Rosalía.
Paco pone cara de asco.
—¿Rosalía? ¿Esa que hace ruidos con las manos? Eso no es música, eso es un ataque de nervios.
—Es el ritmo de nuestra época, Paco.
—Pues vuestra época tiene un ritmo que parece una hormigonera estropeada.
Sergio se ríe y se suma al brindis.
—Por la hormigonera estropeada, entonces. Y por que no se detenga.
Brindan los tres, los vasos de cristal tallado chocando con un tintineo que suena a hogar, a domingo y a familia española de clase media.
El orujo vuelve a quemar, pero esta vez Lucía ya sabe qué esperar.
Deja que el calor se expanda.
Mira a Conchi, que sopla su tila con paciencia.
Mira a Sergio, que ya está mirando el móvil por debajo de la mesa, probablemente revisando algún grupo de WhatsApp.
Y mira a Paco, que se ha vuelto a recostar en su silla, satisfecho de haber “ganado” otro asalto.
La tarde sigue avanzando.
Las sombras se alargan sobre el parqué desgastado.
La ansiedad de Lucía no ha desaparecido, pero se siente diferente.
Menos como una amenaza y más como una compañera de viaje pesada, pero conocida.
Una compañera que, tal vez, también aprecie el olor a paella y el sabor del orujo casero.
—Paco —dice Lucía, después de un rato de silencio—. ¿De verdad silbabas?
Paco la mira, con los ojos ya un poco cansados.
—De verdad, Lucía. Y cuando no silbaba, cantaba por lo bajini.
—¿Y qué cantabas?
Paco carraspea.
Mira a su mujer, luego a su hijo.
—”Y viva España” —dice, con una seriedad cómica—. Me daba fuerza. Sentía que si España vivía, yo también podía sobrevivir a ese lunes.
Lucía estalla en una carcajada genuina.
—¡Es usted un caso perdido, suegro!
—Un caso perdido que tiene la pensión pagada y la conciencia tranquila —responde él, orgulloso—. A ver cuántos de vuestra generación pueden decir lo mismo dentro de cuarenta años.
Ese es el golpe de gracia.
La realidad económica que Paco siempre usa para cerrar las discusiones.
Y tiene razón.
Lucía lo sabe.
Sergio lo sabe.
Incluso la tila de Conchi parece saberlo.
Pero por hoy, las facturas del futuro pueden esperar.
Por hoy, solo importa que el sol está bajando y que el orujo ha cumplido su misión.
—Venga —dice Paco, levantándose—. Vamos a dar un paseo, que si nos quedamos aquí sentados nos vamos a quedar pegados al skay.
—¿A dónde vamos, Paco? —pregunta Conchi.
—A la plaza. A ver si hay alguien a quien llevarle la contraria.
Salen todos del piso, dejando atrás el olor a comida y el silencio de las habitaciones vacías.
Caminan por la calle, Paco delante con su paso decidido de quien sabe exactamente a dónde va, aunque no vaya a ninguna parte.
Lucía camina a su lado, sintiendo el aire de la tarde en la cara.
De repente, Paco empieza a silbar.
Una melodía familiar, un poco desafinada pero llena de intención.
Lucía lo mira y sonríe.
No es Manolo Escobar.
Es algo que suena a resistencia.
Es el sonido de un hombre que decidió que la ansiedad no iba a entrar en su casa, al menos no sin pelear.
Y Lucía, por primera vez en semanas, siente que puede respirar hondo.
Sin mantas de lana.
Sin nudos.
Solo aire.
Aire de domingo en Madrid.
Con un suegro que es un dolor de cabeza, pero que también es un ancla.
Un ancla de ladrillo y cemento en un mar de incertidumbre digital.
Y así, silbando bajito, se pierden por las calles del barrio.
Hacia el final de un domingo más.
Hacia el principio de otra semana de ansiedad, trabajo y, tal vez, algún que otro orujo salvador.