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El sol de mediodía en Madrid no perdona.

El sol de mediodía en Madrid no perdona.

Entra por los ventanales del salón de Paco con una agresividad casi personal.

Es ese tipo de luz que saca a relucir el polvo suspendido en el aire.

Ese polvo que Conchi, su mujer, jura que no existe porque ella limpia “por donde ve la suegra”.

Paco está sentado en su trono de skay marrón, un sillón que ha cogido la forma de sus lumbares tras décadas de siestas reglamentarias.

Tiene el mando a distancia en la mano derecha, empuñado como si fuera un cetro o un arma corta.

En la televisión, un programa de debate donde todo el mundo grita sin escucharse.

Paco asiente, dándoles la razón a todos y a ninguno.

—Mira estos, Lucía, mira qué espectáculo —dice Paco, sin apartar la vista de la pantalla.

Lucía, su nuera, está sentada en el borde del sofá de enfrente, intentando no parecer incómoda.

Lleva un vestido de lino que ya se le ha arrugado por el viaje en metro.

Lleva también una opresión en el pecho que conoce demasiado bien.

Esa sensación de que el aire es un poco más espeso de lo normal.

Como si estuviera intentando respirar a través de una manta de lana.

—Es solo ruido, Paco —responde Lucía con un hilo de voz—. Solo buscan audiencia.

—Ruido dice —Paco resopla, soltando una risotada seca—. Lo que buscan es no dar un palo al agua.

Conchi aparece desde la cocina, secándose las manos en un delantal con el logo de una marca de embutidos.

Trae consigo el olor a sofrito, a aceite de oliva quemado y a esa paz doméstica que solo ella sabe fingir.

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