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El sol de agosto en el pueblo no perdonaba.

Parte 1

El sol de agosto en el pueblo no perdonaba.

Era esa clase de calor que se te mete en los huesos y te hace dudar de tu propia existencia.

Las persianas de la casa de Doña Virtudes estaban bajadas hasta el último milímetro.

Era la guerra contra el sol, una tradición tan antigua como el propio municipio.

Dentro, el aire olía a una mezcla de cera de muebles, lavanda rancia y el café recién hecho que humeaba sobre la mesa de camilla.

Elena se miraba en el espejo del pasillo, intentando ignorar el sudor que empezaba a perlarle la frente.

Sostenía el vestido frente a ella con una mezcla de orgullo y terror.

Era un vestido precioso.

Rojo.

Pero no un rojo cualquiera.

Era un rojo que gritaba, un rojo que reclamaba atención, un rojo que en ese pueblo podía considerarse un pecado capital.

Era un rojo “sangre de toro”, intenso, vibrante, con una caída de seda que acariciaba los dedos.

De pronto, el crujido de una puerta de madera vieja rompió el silencio de la siesta.

Virtudes apareció en el umbral, con su bata de guatiné a pesar de los treinta y ocho grados exteriores.

Se quedó paralizada.

Sus ojos, expertos en detectar cualquier mota de polvo o falta a la moral, se clavaron en la prenda.

La mano de la suegra subió lentamente hacia su pecho, buscando el crucifijo de plata que siempre colgaba de su cuello.

—Dime que eso es para una representación de teatro, Elena.

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