Parte 1
El sol de agosto en el pueblo no perdonaba.
Era esa clase de calor que se te mete en los huesos y te hace dudar de tu propia existencia.
Las persianas de la casa de Doña Virtudes estaban bajadas hasta el último milímetro.
Era la guerra contra el sol, una tradición tan antigua como el propio municipio.
Dentro, el aire olía a una mezcla de cera de muebles, lavanda rancia y el café recién hecho que humeaba sobre la mesa de camilla.
Elena se miraba en el espejo del pasillo, intentando ignorar el sudor que empezaba a perlarle la frente.
Sostenía el vestido frente a ella con una mezcla de orgullo y terror.
Era un vestido precioso.
Rojo.
Pero no un rojo cualquiera.
Era un rojo que gritaba, un rojo que reclamaba atención, un rojo que en ese pueblo podía considerarse un pecado capital.
Era un rojo “sangre de toro”, intenso, vibrante, con una caída de seda que acariciaba los dedos.
De pronto, el crujido de una puerta de madera vieja rompió el silencio de la siesta.
Virtudes apareció en el umbral, con su bata de guatiné a pesar de los treinta y ocho grados exteriores.
Se quedó paralizada.
Sus ojos, expertos en detectar cualquier mota de polvo o falta a la moral, se clavaron en la prenda.
La mano de la suegra subió lentamente hacia su pecho, buscando el crucifijo de plata que siempre colgaba de su cuello.
—Dime que eso es para una representación de teatro, Elena.
Su voz era un susurro cargado de presagio.
Elena suspiró, armándose de la paciencia que solo se adquiere tras cinco años de matrimonio con un hijo del pueblo.
—Es para la boda de mi prima, suegra.
—¿La de Raquel?
—La misma.
—¿En la iglesia de San Bartolomé?
—Donde si no, Virtudes. Es la única que hay.
La suegra dio un paso adelante, como quien se acerca a un animal peligroso.
—¿Vas a ir a la boda de tu prima de color rojo?
Elena asintió, tratando de mantener la sonrisa.
—Me favorece mucho, ¿no cree? Con el moreno que he pillado en la piscina…
Virtudes cerró los ojos y empezó a negar con la cabeza rítmicamente.
—¡Pero si hace solo un año que murió el tío Paco!
El nombre de Paco cayó en la habitación como una losa de granito.
Paco, el hermano mayor de Virtudes.
Un hombre que en vida se había dedicado principalmente a jugar al dominó y a quejarse del precio del gasoil.
—Trece meses, suegra —corrigió Elena suavemente—. Han pasado trece meses.
—¡Trece meses no es nada! —exclamó Virtudes, elevando el tono—. En esta familia, el luto se respeta hasta que la polilla se come la ropa negra.
—Suegra, por favor, la vida sigue.
—La vida sigue para los que no tienen memoria, hija mía.
Virtudes se acercó a la mesa de camilla y se dejó caer en la silla, como si el peso de la afrenta la hubiera agotado de repente.
—El tío Paco querría que estuviéramos alegres, no vestidos de cuervos —insistió Elena, acercándose a ella.
—¿Alegres? Paco era un hombre serio. Un hombre de orden.
—Paco era un hombre que se bebía dos carajillos antes de las diez de la mañana y contaba chistes verdes en los entierros.
—Eso era porque tenía una filosofía de vida muy particular —replicó la suegra sin inmutarse—. Pero en el fondo, era un tradicional.
Elena extendió el vestido sobre el sofá de escay.
El contraste del rojo contra el marrón desgastado era casi violento.
—Mírelo bien, Virtudes. Es elegante. Es moderno.
—Es una provocación. Es un escupitajo al árbol genealógico.
—No exagere.
—¿Que no exagere? La gente va a hablar muy mal de ti en el pueblo, te lo aviso.
—Que hablen. No me importa.
Virtudes soltó una carcajada seca, carente de cualquier rastro de humor.
—¿Que no te importa? Tú no sabes lo que es este pueblo, Elena.
—Llevo viviendo aquí cinco años.
—Cinco años no son nada. Escribes en arena. Yo llevo sesenta años aquí y sé cómo se afilan las lenguas en la peluquería de la Mari.
Elena se cruzó de brazos.
—¿Y qué van a decir? “¿Habéis visto a la nuera de la Virtudes? Iba guapísima”.
—Dirán: “¿Habéis visto a esa? Ni un respeto por el difunto. Aún no se ha enfriado el pobre Paco en el nicho y ella ya va vestida como una amapola en celo”.
Elena se sentó frente a ella, tratando de conectar visualmente.
—El tío Paco me decía siempre que yo era la única que le daba alegría a estas cenas familiares.
—Te lo decía porque le reías las gracias, no porque quisiera que fueras al altar vestida de bombera.
—Era su color favorito, suegra. ¿Se acuerda de su tractor? Era rojo.
—¡Un tractor es una herramienta de trabajo, no un vestido de fiesta! No me mezcles las churras con las merinas.
—Es lo mismo. Es energía. Es vida.
—Es un escándalo —sentenció Virtudes.
La suegra se levantó y caminó hacia la ventana, apartando un centímetro la cortina para mirar la calle desierta.
—Ya veo a la Puri mirándote por encima de las gafas.
—La Puri se aburre mucho.
—Y la tía Angustias… esa mujer tiene un radar para el pecado.
—La tía Angustias lleva en luto desde la muerte de Alfonso XIII, eso no cuenta.
Virtudes se giró, con el rostro serio.
—El luto es un escudo, Elena.
—¿Un escudo contra qué?
—Contra la malicia. Contra el juicio. Si vas de negro, nadie puede decir nada de ti. Eres intocable. Eres una santa que sufre.
—Pero es que yo no quiero ser una santa que sufre. Yo quiero ser una invitada que disfruta.
—Disfrutar es para los jóvenes que no tienen muertos a la espalda.
—Yo tengo a mis abuelos, y a mi tío Luis, y a Paco… pero no los llevo en la ropa, los llevo en el corazón.
—En el corazón no se ven desde la acera de enfrente —remató Virtudes con una lógica aplastante.
Elena suspiró y empezó a doblar el vestido con cuidado.
—Me lo voy a poner, suegra.
Virtudes guardó silencio durante un minuto eterno.
El sonido de un reloj de cuco en el salón era lo único que llenaba el vacío.
—Entonces atente a las consecuencias —dijo finalmente la mujer con un tono que helaba la sangre.
—¿Qué consecuencias? ¿Que no me den el trozo de tarta más grande?
—Cosas peores. El vacío. Los susurros cuando entres en la iglesia.
—Puedo vivir con eso.
—No solo hablo de ti. Hablo de mí. Van a decir que no te he sabido educar. Que en mi casa no hay principios.
—Usted no tiene la culpa de lo que yo me ponga.
—En este pueblo, la suegra siempre tiene la culpa de lo que hace la nuera, y la madre de lo que hace el hijo. Es la ley de la gravedad social.
Elena se acercó a la puerta del pasillo.
—Voy a probármelo con los zapatos. Quiero ver si el tacón es demasiado para el empedrado.
—Ponte unos zapatos negros al menos —suplicó Virtudes—. Un poco de equilibrio. Una de cal y otra de arena.
—Son dorados, suegra.
Virtudes se santiguó tres veces seguidas.
—Dorados. Rojo y dorado. Pareces un capote de torero.
—Pues olé —dijo Elena con una sonrisa desafiante antes de salir de la habitación.
Virtudes se quedó sola en la cocina, mirando la cafetera vacía.
Suspiró profundamente.
Caminó hacia el teléfono de baquelita que descansaba sobre una mesita de ganchillo.
Sus dedos marcaron un número que conocía de memoria.
—¿Mari? Sí, soy Virtudes. Oye… prepárate un tilo, que tengo que contarte lo que acaba de pasar en mi salón.
La guerra del luto no había hecho más que empezar.
Porque en un pueblo donde el qué dirán es la religión oficial, un vestido rojo es el equivalente a una declaración de independencia.
Y Virtudes no pensaba rendirse sin luchar por el honor de la familia y la memoria del pobre Paco.
Paco, que probablemente, allá donde estuviera, se estaría riendo de todo aquello mientras pedía otra copa de aguardiente.
Pero eso a Virtudes no le importaba.
La tradición era la tradición.
Y el rojo, definitivamente, no entraba en el protocolo de los que todavía tenían un muerto “fresco” en el cementerio de la loma.
Parte 2
La noticia corrió por el pueblo más rápido que el camión del tapicero.
Para cuando Elena terminó de ajustarse los tirantes del vestido frente al espejo del dormitorio, la mitad de las vecinas ya estaban al tanto de la “desfachatez”.
Virtudes, mientras tanto, se había transformado en una especie de general de brigada en plena retirada táctica.
Caminaba de un lado a otro del pasillo, con las zapatillas de paño arrastrándose por el suelo, produciendo un sonido rítmico: shhh, shhh, shhh.
Era el sonido de la desaprobación inminente.
—Elena, por favor, piénsalo otra vez —insistió Virtudes desde el otro lado de la puerta.
—Me lo he pensado mucho, suegra. He tardado tres meses en encontrar este tono exacto.
—¡Ese tono exacto es el que usan para las señales de prohibido el paso!
Elena abrió la puerta.
El vestido le quedaba como un guante.
Ajustado en la cintura, con un escote elegante pero decidido, y una falda que cobraba vida propia con cada movimiento.
Virtudes tuvo que agarrarse al marco de la puerta para no tambalearse.
—Virgen de la Fuensanta… si pareces un incendio forestal.
—¿A que estoy radiante? —Elena dio una vuelta sobre sí misma.
—Estás para que te llamen los bomberos, no para ir a una boda de familia.
—Suegra, admita que el corte es impecable.
—El corte es lo de menos. Lo que importa es el mensaje. Estás diciendo: “Me importa un pimiento el tío Paco”.
—¡Eso no es verdad! Al tío Paco le habría encantado. ¿Sabe lo que me dijo en la última Navidad?
—Seguro que alguna tontería de las suyas.
—Me dijo que el negro le recordaba a la época en la que no había luz eléctrica y que la gente se vestía así para camuflarse con la oscuridad.
—Paco siempre fue un poco filósofo de barra de bar —bufó Virtudes.
En ese momento, el timbre de la puerta sonó con una insistencia casi agresiva.
Eran tres toques cortos y uno largo.
El código de emergencia de las vecinas.
Virtudes palideció.
—¡Es la Puri! ¡Ya está aquí! No abras, Elena, por lo que más quieras. Diré que tenemos el virus de la barriga y que no podemos recibir a nadie.
—No sea ridícula, suegra. Voy a abrir yo.
Elena caminó hacia la entrada con la seguridad de quien sabe que lleva las de ganar en cuanto a estilo, aunque tenga todas las de perder en cuanto a diplomacia rural.
Abrió la puerta de par en par.
Allí estaba la Puri, con su permanente recién hecha y una bolsa de magdalenas que usaba como salvoconducto para entrar en cualquier casa a cualquier hora.
Al ver a Elena, la Puri se quedó con la boca abierta.
Literalmente abierta.
Se le cayó una magdalena de la bolsa.
—¡Madre de Dios! —exclamó la Puri, persignándose con la mano que le quedaba libre.
—Hola, Puri. Pasa, no te quedes ahí que entra el calor —dijo Elena con una sonrisa angelical.
La Puri entró, pero sus ojos no se separaron del vestido rojo.
Virtudes apareció detrás, haciendo gestos con las manos como si intentara borrar la realidad.
—Puri, hija, no es lo que parece —balbuceó la suegra—. Es… es una prueba. Estamos viendo si… si el color aguanta la luz del sol.
La Puri no era tonta. Había olido sangre. O en este caso, rojo sangre.
—¿Una prueba, Virtudes? Esto no es una prueba. Esto es un desafío a la autoridad competente.
La vecina dejó las magdalenas sobre la mesa con un golpe seco.
—Elena, cielo… ¿tú sabes que el pobre Paco todavía no tiene puesta ni la lápida definitiva?
—Lo sé, Puri. Y sé que la lápida será de granito gris, como todo en este bendito pueblo —respondió Elena con calma—. Por eso mismo quiero poner un poco de color.
—Pero el rojo… el rojo es para las corridas de toros y para las que tienen mala reputación en las películas de sobremesa —sentenció la Puri.
—O para las primas que quieren ir guapas a una boda —apostilló Elena.
Virtudes miró a su amiga con ojos de súplica.
—Díselo tú, Puri. A mí no me hace caso. Dice que el luto es algo antiguo.
La Puri se sentó en el sofá de escay, el mismo donde el vestido había reposado minutos antes.
Se ajustó las gafas y miró a Elena de arriba abajo, como un juez de la Inquisición evaluando un caso de brujería leve.
—Mira, Elena, tú eres de ciudad y allí las cosas son diferentes. Allí te mueres y al día siguiente la gente ya está de compras en el centro comercial.
—Tampoco es exactamente así, Puri.
—Casi. Pero aquí… aquí los muertos tienen memoria larga. Paco nos está viendo.
—¿Desde dónde? —preguntó Elena, divertida.
—Desde el cielo, o desde el purgatorio, que Paco tenía sus cosillas —intervino Virtudes.
—Pues si nos está viendo, estará pensando: “Qué guapa va mi sobrina política, qué bien le sienta ese color que parece un clavel” —dijo Elena, empezando a perder la paciencia.
—No —dijo la Puri con solemnidad—. Estará pensando: “¿Para esto me pasé yo cuarenta años trabajando en la cooperativa? ¿Para que me guarden un luto de color de coche de carreras?”.
Elena se sentó en una silla frente a las dos mujeres.
La escena parecía un bodegón de la España profunda: dos señoras de pelo cardado contra una joven vestida de satén rojo.
—Vamos a ver —dijo Elena—. ¿Cuál es el problema real? ¿El tiempo que ha pasado o el color en sí?
—Las dos cosas —respondieron las señoras al unísono.
—Si fuera azul marino, ¿estaríais contentas? —preguntó Elena.
Virtudes y la Puri se miraron. Empezaron a deliberar en silencio con la mirada.
—Azul marino… —murmuró la Puri—. Es un color serio.
—Pero sigue sin ser negro —añadió Virtudes—. El primer año es negro riguroso. El segundo año se puede introducir el alivio.
—¿El alivio? —Elena no pudo evitar la carcajada—. ¿Me estáis diciendo que hay un calendario oficial de colores?
—Claro que lo hay, ignorante —dijo Virtudes con orgullo—. Primero el negro azabache. Luego el negro mate. Después el gris marengo. Luego el morado obispo… y ya, si eso, cuando han pasado tres años, puedes ponerte un beige discretito.
—Pero el rojo es el final del camino —añadió la Puri—. El rojo es cuando ya te has olvidado hasta del nombre del difunto.
—Yo no me he olvidado de Paco —dijo Elena con firmeza—. Pero no necesito ir disfrazada de viuda de la guerra civil para recordarlo.
En ese momento, el teléfono volvió a sonar.
Era la Mari, la peluquera.
Virtudes cogió el auricular con manos temblorosas.
—¿Sí?… Sí, Mari… No, si ya lo sabe todo el mundo… Sí, lo tiene puesto ahora mismo… Parece una bengala… No, no entra en razones… Dice que Paco era de tractor rojo… Sí, lo sé, una vergüenza.
Elena se levantó y se dirigió a la cocina para servirse un vaso de agua fría.
Sentía que la atmósfera de la casa se volvía más densa por momentos.
No era solo por el calor.
Era la presión social, esa fuerza invisible que en los pueblos es más fuerte que la gravedad.
Podía sentir los ojos de las vecinas imaginarias clavados en su espalda.
Podía escuchar los cuchicheos en la plaza antes de que ocurrieran.
—¿Sabes qué es lo peor, Elena? —dijo la Puri, que la había seguido hasta la cocina.
—¿Qué es lo peor, Puri?
—Que tu marido, el pobre Manuel, va a tener que dar la cara por ti.
Elena se detuvo con el vaso de agua a medio camino de la boca.
—Manuel sabe perfectamente lo que me voy a poner. Y le encanta.
—Te dirá que le encanta por no oírte —intervino Virtudes desde el salón—. Pero por dentro estará sufriendo. Él es un hombre del pueblo. Sabe lo que significa que su mujer vaya provocando al personal.
—¿Provocando? —Elena dejó el vaso sobre la encimera con un golpe seco—. ¿A quién provoco? ¿A los jubilados que se sientan en el banco de la iglesia?
—Provocas a la decencia —sentenció la Puri—. Provocas a la tradición que nos mantiene unidos.
Elena respiró hondo.
Sabía que si perdía los estribos ahora, habrían ganado ellas.
Tenía que usar su propia lógica contra ellas.
—Escuchadme bien las dos.
Se colocó en el centro de la cocina, haciendo que el vestido rojo brillara bajo la luz del fluorescente parpadeante.
—Si yo me pongo este vestido, no es por falta de respeto. Es porque Paco odiaba el drama. ¿Os acordáis de su entierro?
Las dos mujeres asintieron con solemnidad.
—¿Os acordáis de cuando el cura se puso a hablar del valle de lágrimas y de la oscuridad eterna? —continuó Elena.
—Fue un sermón precioso —dijo Virtudes, secándose una lágrima inexistente.
—Fue un tostón —corrigió Elena—. Y si Paco hubiera podido levantarse, le habría dicho: “Padre, déjese de tonterías y que saquen el vino de pitarra”.
Virtudes hizo un gesto de horror, pero en el fondo sabía que era verdad.
—Paco era un hombre de luz —siguió Elena—. Le gustaba el sol, le gustaba el campo, le gustaba la vida. Ir de negro a la boda de su sobrina favorita sería insultar su memoria. Sería decirle que su muerte nos ha dejado sin colores. Y yo me niego a creer eso.
La Puri y Virtudes se quedaron calladas.
Era un argumento difícil de rebatir sin parecer una persona sin corazón.
—Además —añadió Elena, lanzando el golpe final—, Raquel, la novia, me ha pedido expresamente que no vaya de negro. Dice que quiere una boda alegre, no un funeral de segunda categoría.
Virtudes abrió mucho los ojos.
—¿Raquel ha dicho eso?
—Palabra de novia.
—Bueno… —la Puri empezó a recular—. Si la novia lo ha dicho… eso cambia un poco la cosa. La novia es la que manda en su día.
—Pero sigue siendo rojo —insistió Virtudes, que no se daba por vencida tan fácilmente—. Podría haber dicho “no vayáis de negro” y tú podrías haber elegido un verde agua. O un rosa palo.
—El rosa palo me hace parecer un salmón fuera del agua, suegra. Usted lo sabe.
Virtudes miró el vestido otra vez.
Empezaba a acostumbrarse a la intensidad del color.
O tal vez era que el calor le estaba reblandeciendo la resistencia.
—No sé, Elena… esto va a ser el tema de conversación de todo el convite. No van a probar ni el jamón de tanto hablar de ti.
—Mejor —dijo Elena—. Así sobra más jamón para nosotras.
La Puri soltó una risita nerviosa que cortó de inmediato al ver la mirada fulminante de Virtudes.
—Bueno, yo me voy —dijo la Puri, recogiendo su bolsa de magdalenas (menos una)—. Tengo que ir a plancharle la camisa a mi Antonio. Pero te aviso, Elena: ponte unos buenos pendientes que distraigan la atención del vestido.
—Llevaré los de oro que me regaló usted, suegra —dijo Elena, buscando la paz.
Virtudes suavizó un poco el gesto.
—Esos pendientes son muy finos. Quizás… quizás si la gente se fija en el oro, no se fije tanto en el escarlata.
La Puri salió de la casa, probablemente para ir a informar a la Mari de que la situación era crítica pero estable.
Virtudes y Elena se quedaron solas de nuevo.
—Suegra —dijo Elena suavemente—, no quiero que se sienta mal. De verdad.
—No me siento mal, hija. Me siento vieja.
—No diga eso.
—Es la verdad. En mis tiempos, las cosas estaban claras. Sabías a qué atenerte. Ahora… ahora parece que todo vale. Que los colores no significan nada. Que los muertos se olvidan en un abrir y cerrar de ojos.
—No se olvidan, suegra. Solo cambian de sitio. Pasan de estar en la silla de la mesa a estar en los recuerdos que nos hacen sonreír.
Virtudes miró a su nuera.
Vio la determinación en sus ojos.
Vio que no era rebeldía por rebeldía, sino una forma distinta de entender la vida.
—Está bien —dijo Virtudes con un suspiro—. Ponte el vestido. Pero hazme un favor.
—Lo que quiera.
—Cuando pases por delante de la casa de la tía Angustias de camino a la iglesia… ponte un chal.
—¿Un chal? ¡Si hace un calor que se derriten las piedras!
—Me da igual. Aunque sea un visillo de encaje. No quiero que le dé un parraque a la pobre mujer antes de que empiece la ceremonia.
Elena sonrió y abrazó a su suegra.
—Trato hecho. Un chal negro. Para que vea que tengo un poco de consideración.
—Negro no —dijo Virtudes, recuperando su instinto de mando—. Que el negro con el rojo parece que vas vestida de baraja de cartas. Ponle un chal blanco. O dorado, como los zapatos.
—Dorado será.
Elena regresó a su habitación, sintiendo que había ganado una batalla importante, aunque sabía que la guerra se libraría en el atrio de la iglesia.
Virtudes, por su parte, se dirigió al armario del pasillo.
Sacó una caja de fotos antigua y buscó una de Paco.
Ahí estaba él, joven, con su camisa abierta y una sonrisa de oreja a oreja.
—Ay, Paco… —susurró Virtudes—. Menudo lío nos has dejado aquí abajo. Pero mira, la niña dice que vas de rojo en el cielo. Espero que al menos allí no te cobren el gasoil tan caro.
Cerró la caja y se dispuso a vestirse ella también.
De negro, por supuesto.
Alguien tenía que mantener el equilibrio del universo en aquel pueblo.
Parte 3
El día de la boda amaneció con un cielo de un azul tan intenso que dolía mirarlo.
Ni una sola nube se atrevía a cruzar el firmamento, como si supieran que en el pueblo de Doña Virtudes, cualquier distracción climática sería juzgada severamente.
Elena se estaba terminando de maquillar.
Sabía que hoy su cara sería el segundo foco de atención, justo después del vestido rojo.
Se aplicó un labial que iba perfectamente a juego con la seda.
—Si vamos a pecar, pequemos con estilo —se dijo a sí misma frente al espejo.
Fuera, en el salón, se oían los preparativos de Manuel, su marido.
Manuel era un hombre de paz, de los que prefieren una siesta larga a una discusión corta.
—¡Elena! ¿Estás ya? —gritó Manuel desde el salón—. Mi madre ya se ha ido a la iglesia. Dice que tiene que coger sitio “estratégico”.
—¿Estratégico? —Elena salió de la habitación, ya totalmente vestida—. ¿Para qué? ¿Para que no le dé el sol o para ver quién entra con quién?
Manuel se quedó mudo al verla.
Llevaba un traje gris marengo, discreto y elegante, pero a su lado parecía una sombra.
—Madre mía, Elena… vas a causar un infarto masivo.
—¿Te gusta?
—Me encanta. Pero prepárate para los comentarios. He pasado por el bar antes y ya me han preguntado si es verdad que vas de “rojo fuego”.
—¿Quién te lo ha preguntado?
—El del estanco. Y el hijo del carnicero. Parece ser que mi madre ha estado haciendo campaña informativa preventiva.
Elena soltó una carcajada.
—Espero que haya dicho que es un rojo “homenaje”.
—Ha dicho que eres una “moderna de la capital” y que no tiene fuerzas para luchar contra el progreso —dijo Manuel, dándole un beso en la mejilla—. Pero en el fondo está orgullosa de que vayas así de guapa. Solo que no puede admitirlo delante de la Puri.
—Pobre Virtudes. Tiene un papelón.
Salieron de la casa.
El calor de las once de la mañana ya era considerable.
Caminaron por las calles empedradas, el tacón de los zapatos dorados de Elena resonando como pequeños disparos contra el silencio del pueblo.
A medida que se acercaban a la iglesia de San Bartolomé, empezaron a aparecer los primeros grupos de invitados.
Era como un mar de colores oscuros, grises y azules marinos.
Y de repente, Elena.
Era como si alguien hubiera lanzado una granada de color en medio de una película en blanco y negro.
Las cabezas giraban con la precisión de un mecanismo de relojería.
—Ahí va —susurró una voz desde un balcón.
—¿Lo ves? Te lo dije —respondió otra.
Elena mantuvo la cabeza alta, con el chal dorado descansando sobre sus hombros, cumpliendo la promesa hecha a su suegra.
Al llegar al atrio, la multitud se abrió un poco.
Allí estaba Virtudes, rodeada por el consejo de sabias: la Puri, la Mari y la tía Angustias.
La tía Angustias, que tenía noventa y dos años y una vista que todavía alcanzaba a ver un pecado a tres kilómetros de distancia, entrecerró los ojos.
—¿Eso qué es lo que es? —preguntó la anciana con voz quebradiza.
—Es Elena, tía —dijo Virtudes con un tono de voz extrañamente defensivo—. Que va vestida de alegría.
Elena se acercó y saludó una por una.
Cuando llegó a la tía Angustias, la anciana le agarró la mano con una fuerza sorprendente.
—Hija… ese color es el que llevaba la Virgen del Carmen en el retablo antiguo antes de que lo restauraran —dijo la tía Angustias—. Es un color de mucha importancia.
—Muchas gracias, tía —respondió Elena, aliviada.
—Pero también es el color de las sandías maduras —continuó la anciana—. Y a mí las sandías me dan gases.
La Puri soltó una carcajada que intentó camuflar con un ataque de tos.
Justo en ese momento, llegó el coche de la novia.
Raquel bajó del coche, radiante en su vestido blanco, y al ver a Elena entre la multitud de tonos sombríos, sus ojos se iluminaron.
Se acercó a ella ignorando el protocolo del inicio de la marcha.
—¡Elena! ¡Estás espectacular! —exclamó la novia, dándole dos besos—. Gracias por hacerme caso. Si llego a ver un negro más, me hubiera dado la impresión de que me casaba con un enterrador.
Las señoras del pueblo, que estaban escuchando con las orejas tiesas, se quedaron mudas.
Si la novia aprobaba el rojo, ¿quiénes eran ellas para protestar?
La jerarquía nupcial había hablado.
La ceremonia transcurrió sin incidentes, aunque Elena notaba que el cura miraba el vestido más de lo habitual durante el sermón.
Tal vez estaba comparando el tono de la seda con la casulla de los domingos de Pentecostés.
Al salir de la iglesia, el calor ya era sofocante, pero el ambiente se había relajado.
La gente empezó a acercarse a Elena.
—Oye, pues no queda tan mal ese rojo —dijo una vecina joven.
—Es atrevido, pero le sienta bien —comentó otra.
Virtudes, que caminaba al lado de su nuera hacia el lugar del banquete, parecía haber crecido diez centímetros de orgullo.
—¿Has visto, Elena? —susurró la suegra—. Al final dicen que vas bien.
—¿Ah, sí? Pensaba que me iban a excomulgar.
—Bueno, es que yo les he explicado a todas que ese vestido es un diseño exclusivo que solo se puede llevar si tienes una dispensa especial por parte de la familia del difunto —inventó Virtudes con una creatividad asombrosa.
—¿Una dispensa especial? ¿Y eso existe?
—En mi cabeza sí. Y en este pueblo, lo que yo digo con seguridad se convierte en ley.
Llegaron al restaurante, un antiguo lagar rehabilitado que conservaba el frescor de los muros de piedra.
El banquete fue una explosión de comida y ruido, como todas las bodas españolas que se precien.
Hubo jamón, hubo queso, hubo gambas que requerían un curso de ingeniería para ser peladas.
Y hubo, por supuesto, vino.
A medida que las botellas se vaciaban, las lenguas se soltaban.
Incluso los más críticos con el vestido rojo empezaron a ver la vida de otro color.
De repente, en mitad de los postres, ocurrió algo inesperado.
Un primo lejano de Paco, un hombre llamado Anselmo que vivía en otro pueblo y que apenas se hablaba con la familia, se levantó con su copa de cava en la mano.
—¡Atención todos! —gritó Anselmo, que ya llevaba unos cuantos vinos de más.
El silencio se hizo en la sala.
Virtudes se puso tensa. Anselmo era conocido por ser un “metepatas” profesional.
—Quiero proponer un brindis —dijo Anselmo—. Por la novia, claro. Por el novio, por supuesto. Pero sobre todo… ¡por el vestido de Elena!
Un murmullo recorrió las mesas.
Elena sintió que se ponía roja como su ropa.
—Porque ver ese rojo hoy aquí —continuó Anselmo con voz emocionada— me ha recordado lo que me decía mi primo Paco cada vez que íbamos a las fiestas de San Roque.
Virtudes se inclinó hacia delante, expectante.
—Paco siempre decía: “Anselmo, el día que yo me muera, si alguien se pone de negro por mí, me bajo de la nube y le doy un capón. Que la vida es muy corta para andar vistiéndose de sombra”.
La sala se quedó en un silencio sepulcral durante tres segundos que parecieron tres horas.
Luego, espontáneamente, empezó un aplauso.
Primero tímido, luego estruendoso.
Virtudes miró a Elena con los ojos húmedos.
La Puri empezó a aplaudir con entusiasmo, como si ella hubiera sido la defensora número uno del vestido desde el principio.
—¿Lo ves? —dijo Manuel al oído de su mujer—. Hasta Paco ha votado a favor desde el más allá.
Elena sonrió, sintiendo que el peso de la tradición ya no era una carga, sino una manta cálida.
Pero la fiesta no había terminado.
Porque en las bodas de pueblo, después del banquete viene el baile.
Y en el baile es donde realmente se ponen a prueba las costuras de la moralidad y de los vestidos de seda.
Elena se quitó el chal dorado.
—Bueno, suegra —dijo Elena, levantándose de la mesa—. ¿Está preparada para que la amapola en celo salga a bailar un pasodoble?
Virtudes se terminó su copa de cava de un trago y se levantó con una agilidad impropia de sus rodillas con artrosis.
—Quítate de ahí, niña. El primer pasodoble lo bailo yo contigo.
—¿Usted y yo?
—Claro. Para que vean que el rojo y el negro no solo pegan en la ruleta, sino también en esta familia.
Y allí salieron las dos al centro de la pista.
La suegra de negro riguroso y la nuera de rojo pasión.
Bailando “Paquito el Chocolatero” bajo las luces de colores del DJ.
Fue la imagen de la tarde.
Fue la imagen del año.
Fue el momento en que el pueblo entendió que el luto no es una cuestión de tela, sino de amor.
Y que Paco, dondequiera que estuviera, seguramente estaba pidiendo otra ronda para todos, mientras admiraba cómo el rojo de su tractor ahora brillaba con luz propia en medio de la fiesta.
Parte 4
La noche cayó sobre el pueblo, pero el calor no se dio por aludido.
Sin embargo, a esas alturas de la boda, a nadie le importaba ya el termómetro.
La barra libre había hecho su magia democratizadora.
Aquellos que por la mañana miraban el vestido de Elena con recelo, ahora se acercaban a ella para pedirle consejos de moda o para contarle anécdotas de juventud.
Incluso la Puri, tras tres gintonics con mucha ginebra y poca tónica, confesó que ella siempre había querido tener un vestido así, pero que su Antonio nunca la había dejado “por no dar el cante”.
—Pues el año que viene te compras uno, Puri —le decía Elena mientras intentaba mantener el equilibrio entre el baile y la conversación—. La vida son dos días y uno ya se ha pasado entre la misa y el cóctel.
—¡Di que sí, hija! —gritaba la Puri, moviendo los hombros con un ritmo que no tenía nada que ver con la música—. ¡Si es que somos unas reprimidas!
Virtudes, por su parte, se había retirado a un rincón más tranquilo con la tía Angustias.
Ambas observaban la pista de baile con la sabiduría de las que han visto pasar muchas modas y muchos entierros.
—Sabes una cosa, Virtudes —dijo la tía Angustias, apoyada en su bastón—. Ese rojo es el color de la sangre que corre por las venas. Y mientras haya sangre, hay esperanza.
Virtudes asintió, mirando a su nuera.
—Me ha dado una lección hoy, tía. Yo estaba preocupada por lo que dirían las vecinas, y resulta que las vecinas lo que estaban era envidiosas.
—La envidia es el deporte nacional, ya lo sabes —respondió la anciana—. Pero el respeto… el respeto se gana siendo uno mismo. Paco lo sabía. Por eso era tan feliz, aunque no tuviera un duro.
En ese momento, la música cambió.
Empezó a sonar una balada lenta, de esas que obligan a las parejas a pegarse un poco más.
Manuel buscó a Elena y la llevó al centro de la pista.
El rojo del vestido parecía ahora más suave bajo las luces tenues de la noche.
—¿Estás cansada? —le preguntó Manuel, rodeándola con sus brazos.
—Un poco. Pero ha valido la pena cada segundo de tensión.
—Has cambiado este pueblo, ¿lo sabes?
—No exageres. Solo me he puesto un vestido.
—No es solo el vestido. Es el hecho de que no te has rendido. Mañana, cuando la gente hable en la plaza, ya no dirán “la nuera de la Virtudes que faltó al respeto”. Dirán “la Elena, que tuvo el valor de ponerle color a la tristeza”.
Elena apoyó la cabeza en el hombro de su marido.
A lo lejos, vio a su suegra levantarse.
Virtudes caminó hacia ellos con paso decidido.
Elena pensó por un momento que tal vez le iba a pedir que se fuera ya a casa, que ya era suficiente exposición mediática.
Pero no.
Virtudes llegó a su lado y, con una sonrisa que Elena no le había visto nunca, le puso una mano en el brazo.
—Escúchame bien, Elena.
—Dígame, suegra.
—Mañana voy a ir al cementerio a ver a Paco.
Elena se tensó un poco.
—¿Y bien?
—Voy a llevarle flores —continuó Virtudes—. Pero no voy a llevarle crisantemos blancos, como siempre.
—¿No?
—No. Voy a comprar una docena de rosas rojas. Las más rojas que encuentre en la floristería de la plaza.
Elena sintió que se le hacía un nudo en la garganta.
—Le van a encantar, suegra.
—Y voy a decirle que se quede tranquilo. Que su sobrina se ha casado muy bien, y que su nuera… bueno, que su nuera es un poco cabezota, pero que tiene un gusto excelente para la ropa.
Las dos mujeres se abrazaron bajo la mirada atónita de los invitados que aún quedaban.
Era el fin oficial del luto riguroso.
Era el inicio de una nueva era en la familia y, quizás, en el pueblo.
La boda terminó de madrugada, con el sol amenazando con salir de nuevo tras las colinas.
Mientras volvían a casa, caminando por las mismas calles que horas antes parecían amenazantes, Elena se sintió ligera.
El vestido rojo ya no era un uniforme de guerra.
Era simplemente una prenda que guardaba el recuerdo de un día inolvidable.
Al pasar por delante de la casa de la tía Angustias, Elena se dio cuenta de que se había olvidado el chal dorado en el restaurante.
—¡Vaya! —dijo Elena—. He dejado el chal. Mañana la tía Angustias me matará si me ve pasar sin él.
Virtudes, que caminaba un poco por delante, se giró y le guiñó un ojo.
—No te preocupes por la tía Angustias. Mañana a mediodía, cuando pasees por su puerta para ir a comer las sobras de la boda, ponte este.
Virtudes se quitó el pañuelo negro que llevaba al cuello y se lo lanzó.
—Es negro, pero tiene bordados de colores en los bordes —dijo la suegra—. Es lo que llaman “alivio”. Y creo que tú y yo nos hemos ganado un poco de alivio hoy.
Elena cogió el pañuelo y se lo puso.
Rojo y negro.
Tradición y modernidad.
Dolor y alegría.
Todo mezclado en una noche de agosto en la que un simple vestido fue capaz de recordarles a todos que, aunque los que queremos se vayan, la vida sigue teniendo la obligación de ser, al menos de vez en cuando, de un color vibrante.
Y así fue como en aquel pequeño rincón de España, el luto dejó de ser una celosía cerrada para convertirse en una ventana abierta.
Porque a veces, para honrar a los muertos, lo mejor que se puede hacer es demostrarles que los vivos todavía sabemos cómo celebrar la vida.
Y Paco, desde su nube con olor a aguardiente, seguro que dio un último brindis antes de que se apagara la última luz de la fiesta.
Un brindis por el rojo.
Un brindis por su familia.
Y sobre todo, un brindis por su nuera, la mujer que tuvo el valor de no ser un cuervo en un mundo que a veces se olvida de que el color también es una forma de respeto.
El silencio volvió a las calles del pueblo.
El calor seguía allí, esperando al nuevo día.
Pero algo había cambiado para siempre bajo los tejados de arcilla.
El rojo había llegado para quedarse.